El Mensaje de Otros Mundos, [audio 2/2]

Pons Prades era, antes de vivir su experiencia en 1981, un verdadero escéptico y desconocedor del tema ovni, fue en sus primeros años un guerrillero, un sindicalista, ligado a la rama extrema de la izquierda, y comabtiente en la Guerra Civil en el Ejército Republicano. Filosóficamente, fue además, un racionalista convencido.

 

INTRODUCCIÓN

En primer lugar os exhorto a sacaros de encima el miedo a los Dioses y a la Muerte, que, en el fondo, es un miedo parecido.

Epicuro.

Esta introducción, lector amigo, no puede ser una introducción corriente, porque el tema que juntos vamos a abordar en estas páginas es, por decirlo con palabras de mi buen amigo Antonio Ribera, uno de los más importantes a que el hombre del siglo XX se tiene que enfrentar. Ya que, de la misma manera que solemos decir que los problemas de Cataluña no pueden solucionarse más que enfocados, hermanados con los que se plantean en el resto de las comunidades ibéricas y, por extensión, que los «problemas regionales» de Europa no tendrán una solución justa más que cuando los europeos formen un haz solidario —con ese afán pacífico por excelencia que es el de equilibrar y moderar el enfrentamiento entre las dos grandes superpotencias y, a nivel planetario, sepan irradiar anhelos y esperanzas que sean comunes a la raza humana—, pues de esa misma forma quizá haya llegado el momento de planteamos muy seriamente si los problemas de la Tierra —el peligro de la guerra nuclear, que impide gozar de la Vida con plenitud, el hambre, que mata cada año al menos cincuenta millones de seres humanos, la tercera parte de los cuales son menores de 5 años— no vamos a tener que enfocarlos a escala cósmica. Y para ello, naturalmente, una de las primeras medidas que deben tomarse es la de inhabilitar a tanto charlatán y vividor como pululan por ahí, y prestar apoyo, colaborando con ellos, a quienes se toman —se han tomado siempre— todos los asuntos humanos muy en serio.

De ahí que, para que la poca o mucha influencia que estas páginas puedan tener en el lector amigo sea plenamente positiva, uno haya creído oportuno «rodear» su experiencia de una serie de textos que demuestran que, antes de su encuentro con ellos, el autor ya había conocido hombres y mujeres de la Tierra con una visión cósmica de la existencia, que poseían la humanidad y la inteligencia de los extraterrestres, antes de que éstos irrumpieran en nuestras vidas.

 

SOBRE LA «MANIPULACIÓN»

Mis padres eran libertarios. Lo que significa que, desde muy jóvenes, a mis dos hermanos, a mi hermana y a mí ya nos enseñaron a vivir libres. Lo más libremente posible, en un mundo cada día más violento, agresivo y castrador. Primero en nuestro hogar, donde mi padre no pegó ni castigó nunca a nadie, prefiriendo explicar, conversar, razonar, hasta la saciedad, en torno a los pequeños problemas que podía plantear la convivencia. No tanto la del hogar como la de la escuela o la calle. Al mismo tiempo se nos despertaba el sentido de la responsabilidad y de la crítica. Hablaré en particular de mi formación —soy el mayor de los cuatro hermanos— y de mi educación. Mi padre no sólo no castigó de obra o de palabra a sus hijos sino tampoco a los muchos aprendices que tuvo a su lado. Y esto siendo él un joven obrero en su Valencia natal. Su emigración a Barcelona, en 1915, fue debido a un incidente con el encargado de una fábrica de juguetes donde mi padre trabajaba. Le tenía dicho al encargado que cuando tuviese algo contra su aprendiz que se lo dijese a él. Pero ocurrió que un día, en ausencia de mi padre, el encargado le pegó al aprendiz (cosa muy corriente entonces y durante muchos años) y al pedirle cuentas, el secuaz del dueño de la fábrica amenazó a mi padre. ¡Nunca lo hiciera! Un compañero de taller —el ebanista Cervera— me contó lo que sucedió: «Mal remate le puso el encargado, Eduardo. Muy mal remate, porque tu padre, a penas oyó la amenaza, dio media vuelta y le sacudió un puñetazo de antología. Cayó al suelo don Santiago —el encargado— y no hizo más que levantarse y tu padre le soltó otro directo. Y así hasta que intervinieron varios obreros y se llevaron al encargado a curarlo al botiquín. ¡Menuda paliza le dio! Yo nunca había visto a tu padre tan fuera de sí, la verdad. Él, que era un hombre pacífico, de una paciencia infinita, aquel día parecía una fiera dando golpes… Tú no puedes saber lo que significaba en aquellos tiempos el que un obrero —aun cargado de razón, como tu padre— le sacudiera estopa aun encargado.»[6] Sí que lo sabía, porque nuestra madre nos lo había explicado: a mi padre lo pusieron en la lista negra de la patronal valenciana de la madera. Era lo que se conocía por el «pacto del hambre». Era uno de los tantos «inventos» de los patronos —españoles y no españoles— para tratar de someter a los irreductibles. Y, como tantos otros, tuvo que emigrar y alcanzar la «tierra de promisión», que era Barcelona. Eso explica quizá (porque mi padre no fue, con mucho, el único ebanista valenciano sometido al pacto del hambre), el que el Sindicato de la Madera barcelonés se contase, en la década de los años 20 y 30, entre los más revolucionarios de Cataluña. Valga, de entrada, esta puntualización: ninguno de nosotros fuma, ni se da a la bebida, ni es aficionado a los juegos de azar, ni se ha acostado nunca con una prostituta, ni ha atentado contra la propiedad privada, por lo menos directa y personalmente, y ha vivido siempre del fruto de su trabajo, nunca del trabajo ajeno. Señalo todo esto porque estas particularidades es de suponer influirían algo, piensa uno, a la hora de ser escogido por los extraterrestres como mensajero suyo. Más todavía: en nuestra casa jamás entró juguete alguno que tuviese relación con la violencia, ni en la modesta biblioteca de nuestros padres vimos nunca libros que incitasen a ella o la fomentasen. Ni tampoco ninguna publicación que despertase los bajos instintos que, como es sabido, cada uno almacena en sus entrañas en mayor o menor cantidad. Otro tanto ocurría con las películas que veíamos. Nuestros padres no nos prohibieron nunca nada. Nos explicaban los inconvenientes, las incomodidades y peligros que algunas inclinaciones podían acarrearnos. Y éramos nosotros quienes debíamos decidir, ya desde muy pequeños, repito, lo que haríamos o dejaríamos de hacer. De ahí mi nula afición a las películas de gángsters, del Oeste o de terror y mi gran pasión por las comedias musicales y las películas cómicas, cuando era niño. Por consiguiente no teníamos la menor afición a las armas, ni la más mínima inclinación a coaccionar ni a violentar a nadie. Aunque esto no quiere decir que uno renunciase a ventilar litigios infantiles callejeros a mamporro o pedrada limpia, alguna que otra vez. Eso sí, cuando fallaban los recursos persuasorios; porque yo recuerdo perfectamente que, a ratos, los avisos verbales dados por mí cancelaban en cuanto oía decir: «¡Tú lo que tienes es miedo de pelear!».

Hasta que llegamos a julio de 1936, en que, con una sublevación militar como entrada en materia, pude comprobar que, en tales circunstancias, la mayor parte de lo que mis padres me habían enseñado no me servía para nada. Y que para defender mi libertad y mi dignidad —y las de mi pueblo, por supuesto— los «salvadores de Patrias» no me dejaban otro camino que el de las armas ni otro afán que el de tratar de eliminar a mi enemigo antes que él me eliminase a mí.

Así que no sólo tuve que saltar al ruedo ibérico a matar, sino que, al ser un bachiller recién acuñado, me incorporé a una Escuela de Capacitación y Mandos del ejército republicano, en Escorial de la Sierra, al pie del Guadarrama, de donde salí con la graduación de sargento instructor de máquinas de acompañamiento. Lo que significó que no sólo tuve que aprender a matar yo, sino que también tuve que enseñar a otros muchachos a matar. Entonces, yo me pregunto: si mis padres me prepararon para vivir en un mundo futuro, el soñado por ellos y tantos compañeros suyos, fraternal y libre —sabiendo muy bien, porque ellos lo estaban sufriendo en sus propias carnes, cada día, como luchadores obreristas, que para eso debíamos cambiar el mundo en que vivíamos, por estar inspirado éste en las más bajas pasiones del hombre—, ¿cabría afirmar, repito, que fui «manipulado» por mis padres? Y más aún: si esa «manipulación» estaba orientada en el más puro de los sentidos, ¿cabría adjetivar esa tentativa de forma peyorativa?

Pienso, por tanto, que los tripulantes de aquella nave espacial me hubiesen manipulado, en el mal sentido de la palabra, si se hubiesen empeñado en hacerme ver lo blanco negro —aunque es verdad que me mostraron colores que yo no había visto nunca— y afirmar que era de día siendo de noche. O que, de pronto, apareciese un sumo sacerdote galáctico o una encantadora sacerdotisa, dictando órdenes procedentes, por ejemplo, del Orden Supremo Cósmico, y sin otra alternativa que la del acatamiento incondicional y la resignación irracional. Por ahora no tengo noticia de la existencia de dogmas galácticos de ninguna especie, ni de casos en los que a alguno de los que han tenido contacto con ellos se le haya ocurrido exclamar: ¡He aquí a nuestros salvadores!, ni que hayan construido un platillo volante en miniatura, con sus tripulantes dentro, a modo de una Santa Cena, o imágenes de sus interlocutores extraterrestres, que los hayan puesto en un altar, rodeados de cirios encendidos y de lamparillas votivas, y que los estén venerando periódicamente. O, lo que sería mucho peor: que hicieran lo que han hecho los sacerdotes o brujos —tanto monta…— por nuestras latitudes, desde tiempos inmemoriales, que es obligar a los demás a venerar símbolos o reproducciones de «dioses» o «vírgenes», de «apóstoles» o de «mártires», etc. Y a un servidor, que conste, ésta es la última cosa que se le ocurriría: dar a mi testimonio el menor toque religioso, evangélico o místico, o premonitorio de catástrofes apocalípticas o de paradisíacas bienaventuranzas de signo sobre natural. Sigo creyendo, como antes y como siempre, que son el Hombre y la Mujer de la Tierra quienes han de encaminarse —el camino se conoce desde antiguo: es el de la paz y la fraternidad— por sí solos, resueltamente, hacia una vida más digna y más libre. Aunque a veces, hay que repetirlo hasta que cale bien hondo en nuestras conciencias, esa paz y esa fraternidad haya que conquistarlas luchando a brazo partido y a dentellada limpia. Sin embargo, ha ocurrido todo lo contrario: ellos —los extraterrestres— saben perfectamente que, puestos a interferir en nuestros asuntos —«manipulándonos»—, ¿quién fijaría los límites de esa interferencia? Por otra parte, eso corresponde a un comportamiento, a una actitud presumiblemente multisecular en ellos —la de no interferirse en vidas ajenas—, y no creo que rompan esa noble tradición por nada. O tan sólo en caso de legítima defensa. Mas, como ya se irá viendo, ningún tema de los abordados por nosotros —en nuestra larga conversación, entrecortada de prolongados silencios— presentó a mis ojos entornos muy novedosos. La única novedad consistió, quizá, en centrarlos tan atinadamente, puesto que ante ellos la mente de uno no descansaba hasta sacar conclusiones claras, contundentes e incuestionables. Tanto es así que, en el curso de la conversación, varias veces me hice la misma pregunta: «¿Pero cómo no había yo caído en esto antes?». Entonces, si la manipulación —al parecer tan temida por algunos— me servía para redondear el análisis de cada uno de nuestros problemas con mayor rapidez y dejar ya, de una vez, de darle más vueltas a la noria de los canjilones agujereados, no me quedaría otra salida que la de gritar: «¡Bienvenida sea, pues, la manipulación!». Por otro lado —¡oído a la pisada, compañeros!—, a poco que se tenga alguna información sobre la odiosa y perniciosa manipulación de que la inmensa mayoría de los terráqueos es víctima por  parte de la ínfima minoría, en beneficio exclusivo del poder y de los privilegios de esta última, ¿quién tiene autoridad moral, en este globo terráqueo de nuestras dichas y desdichas, para acusar a nadie de «manipulaciones», «lavados de cerebro», u otras acciones de semejante corte? Ellos me dijeron varias veces que dejaban a mi libre albedrío cuándo, en qué forma y en qué condiciones podría difundir el mensaje, así como mis impresiones, con las que, naturalmente, pensaba arroparlo. Imagino que, de haber estado tan «sugestionado» por ellos —o manipulado, lo mismo da—, nada más haber sido transcrito el mensaje en mi mente podía haberme personado en cualquier revista sensacionalista de Europa —que, según es notorio, las hay en abundancia— y asunto concluido. Quiero decir que no tenía por qué haberme calentado mucho la cabeza. Pero en lugar de actuar de tal suerte —frivolizando el tema como tantos otros lo hacen—, uno se puso a darle a la máquina, a razón de 2 a 3 horas por día, a transcribir «recuerdos» y «reflexiones», y dedicado 6 o 7 horas diarias a leer libros y revistas que tratan de ovnis, publicados en Francia, España e Italia. A los cuatro meses justos de mi encuentro con ellos decidí suspender las lecturas porque ya tenía claros los verdaderos móviles de tanta expectación —la «científica» en particular— y tanta especulación, y me dispuse a dar a todos mis apuntes en vivo —cerca de dos mil cuartillas— la forma de un libro. Porque para mí —un historiador que investiga sobre el terreno, que no abandona nunca el ruedo — el libro sigue siendo el vehículo más digno que existe para comunicar con los demás. Pero conste que, de haberlo juzgado útil, hubiese estado leyendo a los «especialistas» durante semanas o meses, máxime si me hubiese adentrado —algo leí de ambas fuentes, como se verá— en la literatura ovni añade fuentes norteamericana o soviética. He de confesar, una vez más, que con lo leído —y no sólo respecto a los ovnis sino, también, con referencia a algunos pensadores clásicos y modernos— he sacado la conclusión de que mucho de lo que se conoce por «erudición humana», es ante todo un cúmulo de especulaciones, más ambiguas las unas que las otras, cuyo principal ropaje es la frase redonda, la cual, casi siempre —hay que reconocerlo— «suena» muy bien. Por eso no han tenido grandes dificultades esos «pensadores», para cruzar la barrera del tiempo, cortando en flor, a menudo, otros frutos del intelecto humano que encerraban genuinas verdades, mucho más dignas de atención y estudio. En una palabra: que no hace falta tener mucha perspicacia para vislumbrar el objetivo común de tanto erudito-parlanchín: el acomplejamiento y el atenazamiento de la inmensa mayoría, ya que, ¿cómo sobresaldrían los escogidos, de no existir una masa amorfa e inculta? Y, en sus mismos niveles, para apabullar a sus colegas con «doctos textos» y «magistrales comunicaciones», ceban y animan las lides especulativas a las que se entregan regularmente, con tan poca discreción como intasable soberbia e insolencia. O sea, que si fuese posible establecer la gran nómina —la relación planetaria— de las «personalidades» cuyo paso por la vida y su único aliciente no es más que un simple «cubrir el expediente» y cultivar su insaciable egocentrismo —que magnifican y elevan a la categoría de «discurso sublime», descocada y reiteradamente—, entonces es muy posible que comenzásemos a ver más claro y comprender las verdaderas razones de este ir a la deriva, constantemente, esta nave llamada Tierra. Y de carambola, y por extensión, el origen de todos los espantosos tinglados que se han montado en torno al tema de los extraterrestres y «sus incontables, misteriosas y alarmantes prolongaciones». Y, por consiguiente, comprobar quiénes son nuestros principales manipuladores y de qué recursos se valen para falsear, adulterar y esterilizar la incomparable potencia de creatividad popular —del pueblo llano, de la inmensa mayoría— que, a mi entender, es la causa primera de nuestro incesante malvivir. Diré también que muchos «especialistas», que no nombraré —para no hacerles publicidad—,que, al parecer, recorren el mundo de punta a punta periódicamente para «ilustrarnos» sobre nuestro pasado extraterrestre, podrían escribir sus libros, tranquilamente, sin moverse de su casa y con sólo leer y releer, entre otros, a H. G. Wells, a Julio Verne o a Edgar Allan Poe.

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