El Mensaje de Otros Mundos (frag. 3)

AVISO A LOS NAVEGANTES

De un tiempo a esta parte he leído cosas tremendamente demenciales sobre el «fenómeno ovni». Me explico: he quedado perplejo, y profundamente alarmado, ante un interminable rosario de divagaciones y elucubraciones, en torno a la mente humana, que producen escalofríos y hasta náuseas. Y no ya tanto por las previsiones y conclusiones que los «especialistas» expanden en sus «doctos» trabajos, sino por la creciente influencia que tengo por peligrosamente nociva en el sentido de hacer creer, de inculcar a las gentes que la mente humana puede llegar a destilar las más abyectas monstruosidades que imaginarse pueda; eso con poder imaginar ya muchas con sólo atenernos a las que hemos presenciado en este último medio siglo. Pero la mente es como la conciencia. Si se extiende cada día con mayor intensidad sobre la sensibilidad humana, está claro que, al mismo ritmo, se va recortando el espacio abandonado a la inconsciencia. Y a poder alcanzar ese estadio que uno imagina maravilloso: aquel en el que la escasa inconsciencia actuase de poder hacerlo en plena conciencia. La mente sabido es es algo muy poco conocido y a menudo mal aprovechado. Por eso la frase «tiene una mente enrevesada» es algo que se oye con mayor frecuencia cada día. Por qué? Sencillamente, porque el «ambiente» no da para más. Si me guío por mi propia experiencia y la de otras personas de formación similar a la mía, al margen, en cualquier caso, de influencias religiosas, uno cree que todo esto es cuestión de ambientación familiar y social. Con este «aviso» pretendo adelantarme a esa caterva de charlatanes-especialistas que, como ya me previno mi editor, se nos van a echar encima como auténticas aves de presa. Y dándoles noticias de lo que puede haber sido mi «evolución mental» así, grosso modo a lo largo de ese medio siglo de que hablaba antes, les facilito material para que vayan haciendo boca. Y vean, si todavía les queda capacidad para mirar y ver sin anteojeras y sin esos filtros pseudocientíficos que se han inventado, las cosas humanas las terrestres y las extraterrestres con ojos bien abiertos y limpios, con las entendederas despejadas, con el corazón dilatado y con el talante más generoso que puedan desplegar. Ya sé que es mucho pedir, pero por pedir que no quede Decía estar casi dispuesto a escribir este capítulo antes de remitir el esquema del libro a mi editor, y si no figuró en el proyecto inicial es porque uno no tuvo nunca la menor inclinación a pasar por un provocador. Pero estos días, en las postrimerías del año 1981, cayó en mis manos un trabajo titulado «Puntualizaciones sobre la temática ovni», cuya entrada en materia dice así: «De la misma forma que el fenómeno se adapta a las ideas del tiempo y lugar en que se presenta, lo mismo ocurre con los mensajes, que se adaptan a la personalidad de la persona o grupo a los que van dirigidos».
El enunciado de los capítulos y algunos pies de foto son también todo un poema. Leemos los primeros: «1). No es un fenómeno puramente físico. 2). No es un fenómeno puramente psíquico. 3). Su procedencia no está clara en absoluto. 4). Existe algún tipo de inteligencia (un plan oculto y torvo) detrás del fenómeno. 5). No está clara su benevolencia hacia nosotros. 6). Si consideramos el fenómeno, relacionando los distintos tipos de «contacto» que presenta la historia, observamos dos clases de situaciones, formando dos grupos, uno de características fijas y otro variable». Y en los pies de foto se lee: «Son los ovnis meras creaciones mentales de los contactados? Fenómenos imaginarios creados por la fantasía? Hechos insólitos, transformados en tangibles por la mente, de forma paranormal? O sucesos reales, procedentes de una inteligencia exterior, capaz de influir en el psiquismo humano?». O, «tal vez sea en lo más profundo de nuestra mente donde debemos buscar la naturaleza del fenómeno que hoy conocemos con el nombre de ovni? Tal vez, como algunos investigadores afirman y otros insinúan, alguna clase de inteligencias, quizá identificables con niveles profundos de nuestro propio inconsciente, sean capaces de proyectarse, utilizando las facultades de las que la mente está dotada, al exterior de nuestro ser físico, para elaborar una especie de psicodrama, destinado a modificar nuestras conciencias» [9]. La verdad es que cualquier «contactado» que lea esto, u otras cosas de semejante corte, forzosamente tiene que exclamar: «Vaya, no pensaba que yo estuviese tan deteriorado interiormente!». Cuando sería mucho más fácil y humano dejar que cada cual a su aire, sin discriminaciones de ninguna especie, explicase sus experiencias, por extrañas que pudiesen parecer, a unos y a otros Porque los individuos más peligrosos, ay!, no están en los manicomios y en las cárceles, sino que andan sueltos por ahí, dispuestos a catequizar y a evangelizar, «científicamente» claro, a esa legión de humanos que no conocen muy bien ni su cuerpo ni su mente. Pese a que esos nuevos sacerdotes terráqueos saben muy bien gracias a qué tipo de catequizadores y evangelizadores las gentes de la Tierra salvo las de algunas tribus no conocen ni su cuerpo ni su mente, ni tienen la más mínima idea de cómo podría desarrollarse naturalmente su conciencia. Pero vamos con mi condensado curriculum vitae. Mi calle natal y mis amigos de infancia los supervivientes pueden testimoniar que los hermanos Pons Prades éramos unos niños felices, sin otros problemas ni de niños, ni de adolescentes, ni de adultos que no fuesen los derivados de la condición humilde de nuestros padres y de luchadores obreristas de ideas libertarias. Hoy hablaré tan sólo de mí. Desde muy niño dormía bien y de vez en cuando tenía sueños maravillosos que se desarrollaban casi siempre en plena Naturaleza. Se debía esto a que mis padres nos llevaban casi todos los domingos al campo en otoño, en invierno y en primavera, por el lado de Tiana La Conreria y en verano a la playa de Montgat. Mi madre me hacía explicarle mis sueños alguna que otra vez. Nunca tuve la menor pesadilla, porque mis padres no eran de los que amenazaban a sus hijos con el «hombre del saco» o «las calderas de Pedro Botero» u otras sandeces por el estilo. Sandeces que acomplejaron a muchos niños y niñas para el resto de su vida. Conozco varios casos, incluso en mi propia calle. Los primeros maestros que tuve fueron monsieur y madame Gabarrou, que tenían su academia en la calle del Carmen, muy cerca de la Rambla de las Flores. Vivían en Barcelona desde Eran tan buenas personas que el estallido de la primera guerra mundial debió horrorizarlos. Y como monsieur Gabarrou era una persona incapaz de matar a una mosca y un gran enamorado de la vida, prefirió exiliarse en Cataluña y enseñar a los niños y a las niñas que le eran confiados a ser personas de bien. Luego, en 1918, al terminar aquella nueva masacre, como ya dijo el gran Anatole France tras el primer enfrentamiento entre alemanes y franceses, en 1870, se vio claro que «la juventud de uno y otro país habían ido a la guerra a defenderlo «todo» menos la patria». Por eso, sin duda, yo nunca oí hablar de ella de una patria local a ninguno de mis maestros; ni a mis padres, por supuesto. A nosotros se nos enseñó y lo aprendimos que nuestra patria era el mundo y nuestra familia la humanidad. Así de sencillo! La bondad de aquella pareja francesa me marcó para siempre. Por eso yo siempre tuve sueños hermosos y nunca una sola pesadilla. Hasta que estalló nuestra guerra civil, en Entonces dejé de soñar, pero sin tener pesadillas de ningún género, pese a que la situación era más bien propicia a ellas. Dejé de tener el dormir frágil. Tanto que, ya metidos en el año 1937, muchas mañanas, al levantarle, mi madre me preguntaba: «No has oído el bombardeo de esta noche?». Más tarde y con ello di pie a toda clase de bromas, en la batalla del Ebro, metido en lo más hondo del refugio, dormía a pierna suelta mientras el enemigo, con su artillería y su aviación, desfondaba literalmente nuestras posiciones. Os acordáis, compañeros, del batallón especial de ametralladoras del V Cuerpo, cuando defendíamos la cota 424, en la cresta de la Valí de la Torre, perdida de día varias veces y recuperada de noche otras tantas? Porque resulta que los republicanos, al ser tan menguada nuestra cobertura artillera y aérea, nos veíamos obligados a operar con las tinieblas. Y en lo único que recuerdo haber soñado ya desde mi bautismo del fuego en la sierra del Guadarrama, en el otoño de 1937 fue con mi cama de Barcelona, sus sábanas limpias y sus calientes mantas. Podríamos decir, todo lo más, que eran sueños ligeramente salpicados de añoranza. [10] En 1939 hasta 1944, en el exilio francés, incluida mi segunda guerra (la campaña de Francia, ), que hice en la cruz de las fronteras de Francia, de Luxemburgo y de Bélgica, seguía durmiendo como un lirón. Sin sueños ni pesadillas, pese a tener a los nazis a tiro de honda. Dormía mis ocho, nueve y hasta diez horas por noche. Régimen de descanso que seguiría practicando después de perder también mi segunda guerra luego, siendo campesino, y también más tarde, en , cuando me tocó ejercer de guerrillero por el Mediodía de Francia. Los años los pasé virtualmente en España, viviendo y actuando en plena clandestinidad. En el número 26 de la Vuelta del Ruiseñor, en Valencia, todavía vive la familia en cuyo hogar viví realquilado cerca de dos años. Allí ni soñé ni tuve pesadillas, y más me valió, porque la señora, el ama de casa, era la viuda de un capitán «caído por Dios y por España», adicta al régimen franquista, como es lógico, de forma que si me llega a dar por soñar despierto, pongo por caso, o tener pesadillas, a la buena señora le hubiese faltado tiempo para ir a delatarme a la policía. Salí al exilio de nuevo, pateándome el Pirineo en solitario, en la primavera de Y seguía durmiendo normalmente. Bueno, lo que yo entiendo por «normal» desde julio de 1936, ya que a mí me hubiese gustado volver a mis maravillosos sueños infantiles. Ahora, frescos mis sesenta años sí, soy de la «quinta del biberón», pero alistado voluntario antes de ser llamado a filas, sigo durmiendo mis siete u ocho horas y mi compañera puede atestiguar que no tengo ninguna pesadilla y yo puedo asegurar que sigo sin soñar. Respecto a la conciencia y a la gran importancia que, en su conformación, tiene la educación infantil me ha ocurrido tres cuartos de lo mismo. Ni en el Guadarrama (otoño-invierno de 1937), ni en el Segre (primavera de 1938), ni en el Ebro (verano-otoño de 1938), se me ocurrió nunca insultar, y menos maltratar, a ningún prisionero de guerra ni siquiera a los italianos algunos bastante chulos que tuve que conducir al campo de fútbol de Falset un día de agosto de Y en Francia, en la guerrilla, igual que en España, mi única obsesión fue siempre la de armonizar la eficacia de las acciones con la salvaguarda de mis hombres. Los prisioneros alemanes que mi destacamento hizo incluido un capitán de las SS fueron entregados a las autoridades militares francesas en el mismo estado que los capturamos. Pero desarmados y desdocumentados, eso sí. En cierto modo también se beneficiaron de mi «obsesión». Y conste que uno fue «amo y señor», armado, de la zona oriental de la región de Carcassonne durante casi una semana (20-26 de agosto de 1944), tiempo en el que destituí a varios concejos municipales adictos al mariscal Pétain y a sus respectivos alcaldes. En la persona de alguno de éstos pude haberme tomado la justicia por mi mano, como en el caso del de Douzens, un tal Montlaur, el cual, en el otoño de 1940, se había portado miserablemente con una docena de familias de refugiados españoles residentes en su municipio. Con algo de mala suerte, a partir de aquella inhumana actitud muchos de ellos pudieron haber ido a dar con sus huesos a un campo de exterminio alemán. Como ocurrió en la zona centro de Francia, en la región de Angouleme. Pero mi destacamento no molestó lo más mínimo a nadie. Y de su jefe, un servidor, aquellos pueblos guardan me consta, por haberlos visitado este último verano un buen recuerdo. Allí, en 1944, por parte nuestra no se dio ni nerviosismo, ni gritos, ni menos aún gestos histéricos No voy, con falsa modestia, a pedir perdón por haberme mostrado como «modelo». Podría haber citado docenas de casos muchos de ellos constan en mis libros, pero preferí hablar del caso que tenía más a mano y que, en este trance, mejor podría servir si sirve para algo a quienes sentirían alguna inclinación al estudio de mi mente, de mis recursos paranormales o de otras potencias interiores o periféricas. Entonces, si está claro que en el niño de hoy se conforma el hombre y la mujer de mañana, y éste se forma en el hogar, en la escuela y en la calle, no quedará menos claro que lo que deberíamos hacer es no remover las pequeñas cantidades de mala uva que, por lo visto, todos almacenamos en nuestras entrañas, sino cultivar las buenas inclinaciones, la generosidad y el amor, o el compañerismo de que uno es capaz. Y asunto concluido. Y remachar bien esto: al mundo hemos venido nos lo dice Antonio Gala con bellísimas y, a la vez, dolidas palabras a tratar de ser felices, y no podremos serlo plenamente más que en la medida en que lo sean también todos aquellos que nos rodean, aunque estén a miles de kilómetros de nosotros y su piel sea de otro color que la nuestra. Podría hablar también de mi experiencia carcelaria española, en el invierno En particular con muchachos de estirpe gitana ejercían de «descuideros» por Girona, al parecer, a los que conocí en la cuarentena y tuve como alumnos en la escuela carcelaria después. Con uno de ellos conviví en la cuarentena varios días. Al decir de la sociedad era un malhechor, pero yo puedo afirmar que allí me dio pruebas de un talante solidario ejemplar, siendo yo un perfecto desconocido para él. Y un «político», para que no faltase detalle. Pero sería prolongar demasiado no innecesariamente este capítulo. Quiero decir, sin embargo, que desde muy joven oí decir a mi padre que el hombre nacía bueno y que era la sociedad la que lo volvía malo. Confieso que, a ratos, llegué a dudar de ello, pero a estas alturas reconozco que mi padre, y cuantos opinaban como él, tenían razón. La socióloga Anne Druyan y el investigador Carl Sagan nos lo confirman científicamente en estas páginas. Mi padre decía también que estaba y está al alcance de cada uno de nosotros, la posibilidad de lograr que la sociedad cumpla la misión que le corresponde: poner los medios para que todos sus miembros sean personas de bien y gente feliz. Antes de terminar, otra breve aclaración: desde mi abuelo paterno, Pons Ferrer (un republicano federal que ya anduvo a mamporro limpio con la fuerza pública, en Valencia, manifestándose en pro de las reivindicaciones autonómicas de los cubanos y de los filipinos), pasando por mi padre, Pons Sistemas (uno de los fundadores del Sindicato de la Madera de la CNT, en Barcelona), un servidor, Pons Prades, y mis cuatro hijos, Pons Santano, en nuestra familia vamos ya por la cuarta generación de gentes totalmente desconectadas y totalmente despreocupadas de todo lo religioso. O sea que nosotros ni estamos, ni hemos estado nunca, inmersos en «crisis de fe». Ni las crisis ajenas de este tipo nos han ocasionado depresiones o traumas de ninguna clase. Con su pan se lo coma cada cual. Por consiguiente, los extraterrestres y concretamente los tripulantes de la nave Luz del Cosmos no se me han presentado bajo forma de vírgenes o santos, como según parece algunos dicen haberlos visto; ni bajo el aspecto de demonios o genios, como al parecer suelen verlos los seguidores de tradiciones esotéricas; ni tampoco en forma de misteriosos iniciados, como dicen vislumbrarlos los estudiosos o pseudo-estudiosos de lo oculto. [11] Por otra parte, mi padre nos decía también que el mejor predicador es el que predica con el ejemplo y, a ser posible, deja bien establecido que de la predicación no obtiene ganancia material alguna. Pues bien, a la vista de los suculentos tinglados comerciales que se han montado esa partida de escudriñadores-alteradores de la mente, de la conciencia y de los más íntimos y oscuros recovecos del ser humano, uno se pregunta a qué se hubiesen dedicado esas gentes, hoy, si no les llegan a caer del cielo nunca tan ajustada la frase los ovnis. Qué clase de sectas o congregaciones se hubiesen inventado para alimentar su egolatría y tratar de disimular esa suma de desequilibrios de los que, a mi entender, adolecen la mayoría de esos vividores del «fenómeno» extraterrestre, y que van desde la decrepitud sexual a la indigencia cultural más apabullante? Grave y delicadísimo estado de alarmantes repercusiones, sabiendo, como es notorio, que ambos equilibrios, para cumplir al dedillo sus respectivas funciones, han de complementarse admirable, fantástica y maravillosamente. Hemos creído oportuno añadir unas notas, a veces extensas, al final de cada capítulo por varias razones concretas: a) a menudo son la extensión del tema abordado o esbozado; b) a veces se trata de un tema que se imbrica con el precedente, aunque también sea «otra historia»; c) en otras ocasiones, como es el caso del físico y astrónomo perpiñanés François Aragô, se citan escuetamente algunos personajes por lo aleccionadoras que son sus actividades y su trayectoria personales; y d) finalmente, porque pueden servir de pista cuando el lector necesite documentarse mejor sobre un tema concreto. Como era natural, el tratamiento del tema de las naves espaciales extraterrestres, y sobre todo el de sus ocupantes y el mundo del que proceden, nos ha revelado, a los profanos, la inmensa seducción que irradia del escenario en que unos y otros nos movemos y actuamos: el Universo. De ahí que, además de los apéndices y las notas, que nos hemos esforzado por sintetizar al máximo, hayamos considerado necesario destacar al final del libro, en las «obras consultadas», las obras que recomendamos al lector amigo para que vaya adentrándose, amena y provechosamente, en el infinito y maravilloso Universo. Por otra parte, el autor queda a disposición del lector que desee mayor información sobre cualquiera de los temas que aquí se mencionan a veces muy superficialmente y a quienes lo soliciten en carta dirigida a Editorial Planeta y a mi nombre, remitirá fotocopia in extenso de los trabajos extractados o facilitará toda clase de información sobre libros, revistas y organismos a los que se pueda solicitar documentación sobre una determinada materia (agricultura, ecología, los bosques, el mar ).

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La reproducció d’aquest material es fa amb propòsit educatiu, d’anàlisi o de crítica i comentari segons la Clàusula d’Ús Just continguda en l’Acta dels Drets de Reproducció i Còpia de 1976.
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El Mensaje de Otros Mundos, Eduardo Pons Prades.

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