EL MENSAJE DE OTROS MUNDOS (frag. 4)

EL MENSAJE DE OTROS MUNDOS (31 de agosto de 1981)

QUIÉNES SOMOS

Somos los representantes de una infinidad de planetas habitados por humanos y animales de todas las especies, que componen la Armoniosa Confraternidad Universal.

NUESTROS DESEOS

Desde hace muchos siglos: establecer un contacto fraternal con los habitantes del planeta Tierra. Tan sólo su carácter belicoso y las acciones destructivas han hecho imposible el contacto definitivo. Desde los tiempos más remotos, y por todos los medios a nuestro alcance, hemos intentado dar fe de nuestra existencia y de nuestras intenciones. Y anhelábamos que la Tierra centrase toda su inteligencia y esfuerzos en corresponder a nuestros intentos. En lugar de eso, recientemente las potencias más «civilizadas» han procurado mantener en secreto muchas de nuestras apariciones sobre la Tierra. Como nosotros somos gente de paz, nos hemos limitado a visitar periódicamente la Tierra y a observarla, siempre con la esperanza de que un día se establecería el tan deseado contacto definitivo. Contacto que no ha sido posible, repetimos, a causa de vuestras guerras, en las que, al paso de los tiempos, se han ido empleando recursos destructivos de mayor potencia, hasta alcanzar la situación actual, en que el planeta Tierra puede saltar por los aires, en millones de fragmentos, el día menos pensado.

NUESTRAS ESPERANZAS Y NUESTROS TEMORES

Cuando las superpotencias de la Tierra empezaron a lanzar naves espaciales hacia el Cosmos, albergamos la frágil esperanza de que fuesen mensajes de paz.
Pero en seguida pudimos comprobar que tales acciones sólo eran nuevas empresas con vistas a consolidar el poderío bélico de las dos superpotencias que dominan y esclavizan al planeta Tierra. Cediendo así, una vez más, a la tentación secular de dominio, de esclavización y exterminación del prójimo, fruto de la inconmensurable soberbia y de la peligrosa imbecilidad de quienes detentan el poder político, militar y espiritual en la Tierra. Por eso, nuestras apariciones, que ahora son además operaciones de policía, han proliferado tanto en este último cuarto de siglo. Actualmente, en 1981, podemos asegurar a los habitantes de la Tierra que una de dichas superpotencias tiene en proyecto la instalación de bases militares espaciales para amenazar y chantajear a todas las comunidades terrestres, en general, y a la otra superpotencia, en particular. Aunque siempre nos ha entristecido el ver a los habitantes de la Tierra destruirse mutuamente y emplear su inteligencia en hallar medios de destrucción más horribles, nosotros, fieles a nuestra ética cósmica de no intervenir en el desarrollo de otras vidas, y menos todavía de coaccionarlas o violentarlas, siempre nos hemos abstenido de actuar en la Tierra. Sin embargo, hoy, cuando una de las dos superpotencias amenaza el armonioso orden universal, establecido confratenalmente desde hace muchos siglos, con el transporte de artefactos altamente destructivos en sus naves espaciales, nos hemos decidido a enviar este mensaje, que esperamos no sea interceptado o adulterado como otras veces ha ocurrido.

NUESTRA ADVERTENCIA

Nuestra advertencia, siempre con miras fraternales, es, sin embargo, muy seria y resuelta: esa superpotencia (cuya identidad, hoy por hoy, no revelaremos) debe renunciar de inmediato a ese loco proyecto, ya que, en caso contrario y sin previo aviso (en realidad este mensaje debe ser considerado como una advertencia), procederemos a la congelación indefinida de toda vida en el área de su territorio nacional y las de sus bases esparcidas por el planeta Tierra y en el espacio. Poseemos medios sobrados para ello. Medios que hemos ido descubriendo, a lo largo de muchos siglos, buscando el fermento de la Vida y no el imperio de la Muerte, desconocida en los planetas de la Armoniosa Confraternidad Universal. Y queremos recalcar que este aviso vale también para la otra superpotencia y para todas aquellas comunidades de la Tierra que puedan ceder a la tentación de dominar el Universo. Pretensión ridícula, cuando todavía no han sido capaces de conocer y amaestrar el planeta sobre el que nacen, viven y mueren. Y a todas esas comunidades grandes y pequeñas, potentes e impotentes les decimos que el contacto definitivo con nosotros no podrá ser establecido más que cuando quede bien claro que la Tierra desea vivir en paz consigo misma y con los demás. Y que, en lugar de surcar los espacios cósmicos con intenciones bélicas y destructivas, dedique sus principales esfuerzos y recursos a conocer a fondo las características y los maravillosos recursos de su planeta, único medio de que puedan vencer un día, a su vez, a la Muerte, dando a la Vida su única fuente de subsistencia: la del interminable descubrimiento de las inmensas e infinitas maravillas del Universo. Dado en un macizo montañoso de la Tierra, en la mente de un mensajero terrestre, en la noche del 31 de agosto al 1 de septiembre de 1981.

APOSTILLAS A UN MENSAJE

Si nuestro quehacer cotidiano no destella fulgor poético, no es la Vida lo que viviremos sino que, día tras día, nos irá saliendo al paso la Muerte. Henry-David Thoreau. «Tal vez todas las civilizaciones considerablemente más avanzadas que la nuestra han alcanzado una inmortalidad personal efectiva y han perdido la motivación para vagar por los espacios intersiderales, lo cual, por todo lo que sabemos, puede ser una necesidad típica de las civilizaciones adolescentes», ha escrito Carl Sagan. [12] Recuerdo que, en los primeros años de la década de los 50, el llamado fenómeno ovni empezó a ocupar espacios cada vez más importantes en toda suerte de medios de comunicación y, muy particularmente, en las revistas de tono más o menos sensacionalista. Residía yo entonces en el sur de Francia y, como autor de guiones literarios para cine, hacía frecuentes viajes a París. En uno de ellos, en la primavera de 1950, cayó en mis manos una revista francesa, Noir et Blanc, en cuyas páginas vi por vez primera unos dibujos representando supuestos platillos volantes, aderezados con un texto pasablemente fantasioso, pero que, a mi entender, tenía su miga. Para mí, al menos, sí la tuvo, puesto que el 31 de octubre de 1952 depositaba en la Sociedad de Autores de Películas, de París, un guión literario (registrado con el número 13,829), titulado Aventura en Venus (y más tarde, tras una revisión, Destino: Venus), inspirado un poco en el reportaje de Noir et Blanc, pero en el que yo había dejado volar mi imaginación a partir de unas preguntas que cualquiera, en aquel trance, podía hacerse: Por qué no han de existir otros planetas habitados? Y de existir: Por qué no podrían ser sus habitantes más civilizados, felices y perfectos que nosotros? Y de ser esto así: Por qué ese empeño en relacionarse con nosotros que, cada dos por tres, a lo largo de nuestra historia, estábamos demostrando con creces no estar ni civilizados, ni ser inteligentes ni, por supuesto, felices y andar cada día más distanciados de la perfección? Ya en trance de sincerarme, diré que otra de mis fuentes de inspiración, para escribir mi guión, en el que el tema estaba tratado por mí a modo de comedia musical, fue una película de los años 30, titulada El último varón sobre la Tierra, protagonizada, si mal no recuerdo, por Conchita Montenegro y Raoul Roulien, que eran unos actores españoles afincados en Hollywood. Aclaro: tanto en un caso como en otro fueron inspiraciones más bien livianas, digamos de arranque, que uno actualizó y, si cabe, anticipó en el tiempo y en el espacio, puesto que apunté «realidades» que luego se han confirmado. También he de puntualizar que, desde entonces a estas fechas, casi treinta años, el asunto de los ovnis no me atrajo nunca especialmente. Con decir que en mi bien surtida biblioteca no tenía un solo libro dedicado a ellos, está dicho todo. Leía con atención, eso sí, cuanto caía en mis manos (revistas, periódicos ), como se lee algo que ya se da por sabido, pero que uno comprueba que, para el común de las gentes, sigue teniendo cierto halo misterioso y está despertando creciente interés. Ha sido ahora, tras el encuentro con la tripulación de una nave espacial extraterrestre, cuando, durante cuatro meses, me he empapado de libros y revistas «especializadas». Más que nada para ver por qué niveles transitaba, a ras de tierra, el tema ovni y a qué extremos de fantasía o de morbosidad habían llegado los terráqueos, a quienes, al parecer, tanto interesa y apasiona el tema en cuestión. He de confesar que mi decepción ha sido mayúscula. Más adelante entraré en detalles. Ahora limitémonos a ponerle algunas apostillas al mensaje-ultimátum. El célebre y joven investigador Carl Sagan es el autor que más me ha impresionado. Y no ya sólo por su obra, que se me antoja importantísima, sino también por su sinceridad. No le duelen prendas y, por encima de todo, es capaz de hacerse una serie de preguntas en las que, según mi propia experiencia, se contiene la esencia o mejor dicho: las esencias de la Vida en otros mundos. [apéndice 1] Apunta Sagan la posibilidad de «inmortalidad en otras civilizaciones». Éste es el punto que más me sorprendió y me anonadó en boca de los extraterrestres: la afirmación de que para ellos no existía la Muerte y, por consiguiente, tampoco el Tiempo ni el Espacio. Y cuando Sagan habla de que «quizá hayan perdido la motivación para vagar por los espacios interestelares», dejando flotar la pregunta en el aire, ellos nos responden en el mensaje, cuando nos hablan del principal aliciente de sus vidas: la del interminable descubrimiento de las inmensas e infinitas maravillas y recursos del Universo. Descubrimientos que van completando sus ya profundos y dilatados conocimientos sobre el Cosmos y su latente y cambiante vida. Hechas estas aclaraciones, es posible que la lectura del comunicado de otros mundos resulte más enriquecedora. Pero aún hay más: y es que a estas alturas nadie puede dudar de que sus recursos tecnológicos los de los extraterrestres resultan inconcebibles, por lo menos desde nuestras coordenadas y a través de nuestros parámetros tradicionales. Por otra parte, por la manera de emplear esos recursos aparecer y desaparecer ante nosotros, sin dañar nada ni a nadie, como una pura exhalación cósmica se puede sospechar, e incluso afirmar, que, en efecto, son gente de paz. Mientras que nosotros, los terráqueos, nadie puede negar que somos precisamente todo lo contrario: gentes de guerra. Es lo que, sin duda, permitió al filósofo alemán Kant acuñar esta afirmación: «La coexistencia pacífica entre los hombres no es un estado natural; su condición real es más bien la guerra». Así, en tanto a los habitantes del planeta Tierra nos domine el talante destructivo y exterminador, del que hacemos gala desde nuestros orígenes, cómo vamos a pretender convivir con otras comunidades cuya principal razón de ser es el culto a la vida? [apéndice 2] Además, ahora, cuando con algo menos de cien gramos de TNT por cabeza de terráqueo serían suficientes para hacer saltar la Tierra en millones de pedazos, en 1981 tocábamos ya a varios kilos del tremendo explosivo per capita y en 1981, no contentos con haber archiasegurado la destrucción de nuestro planeta, nos disponemos a exportar esa capacidad de aniquilación hacia el Cosmos. [apéndice 3] Hay o no razones para desesperar de la civilización terráquea? Los más suspicaces comentaristas entre los que no creen en la existencia de otros mundos no pueden evitar, sin embargo, que se les escapen las sempiternas preguntas: «Si de verdad existen los extraterrestres, por qué no se dan a conocer?, y por qué no establecen negociaciones con nosotros?».

Carl Sagan, lacónicamente, nos da una cumplida respuesta: «o tal vez existe en la galaxia una cierta ética de no interferencia con civilizaciones atrasadas o en nacimiento. Tal vez exista un tiempo de espera antes de considerar oportuno tomar contacto, en orden a proporcionamos una buena oportunidad de autodestruimos, si a eso vamos». En efecto, como apunta Sagan, existe una ética de no interferencia. Lo han demostrado repetidamente con su comportamiento. Por lo menos en lo de «no interferir negativamente». Y a tal punto esto es así que, en el curso de nuestra larga y enjundiosa conversación, ni una sola vez se permitieron tomar partido, ni directa ni indirectamente, por nada ni por nadie tajantemente, se entiende con relación a los asuntos de la Tierra. Y cuando hablamos de cosas corrientes por ejemplo: del amor se guardaron muy bien de decirme que «el amor es una inconmesurable farsa de raíz religiosa o metafísica». (por eso da los «amorosos resultados», en general, de todos conocidos), sino que se limitaron a hablarme del «compañerismo» como sentimiento cimero de las relaciones humanas en los planetas que forman parte de la Armoniosa Confraternidad Universal. Mas no anticipemos Ahora lo hacen interfieren, a través de ese mensaje-ultimátum, porque somos nosotros quienes pretendemos invadir su espacio que es también nuestro espacio, como ellos me recalcaron varias veces e interferir en sus vidas con afanes belicosos. Por eso, a nadie ha de extrañar que, de unos decenios a esta parte, lo que antes era mera observación de las ideas y venidas de los terráqueos, se haya transformado ahora en estrecha vigilancia. Por cierto que, observados desde las alturas, nuestro ir y venir debe constituir un espectáculo muy deprimente. Por un lado, esa suicida y poco rentable acumulación de medios destructivos, que ha rebasado, con mucho, el nivel máximo de nuestras «necesidades». [13] Y, por el otro, la total falta de originalidad en la fabricación de esos recursos apocalípticos, y esto pese a tantos avances tecnológicos. El poblador de la Tierra, aunque haya pisado la Luna, en lugar de despegar de su secular mediocridad moralmente hablando, se ha ido adentrando en un desolador callejón sin salida: el de su autodestrucción. Porque, entre otras fechorías de «ambientación», ha cometido la de adulterar y desprestigiar su propio lenguaje, volviendo caducas las fórmulas de contacto y de entendimiento a las que reducidos grupos de otros terráqueos iban insuflando, pese a todo, algún hálito de vida. Y así se han cuarteado peligrosamente todos los ámbitos de la convivencia humana. Han decapitado la esperanza y, en el campo de la creación, hacen reinar una incomunicación total y un vacío creciente y espantoso. Queda en pie la incógnita-clave del mensaje: cuál es la superpotencia que, al parecer, ya tiene dispuestas naves espaciales, preparadas para transportar toda clase de artefactos altamente destructivos? Por encima de noticias de prensa más o menos fidedignas pues la intoxicación psicológica sigue siendo un arma de guerra muy eficiente importa poco saberlo, porque, como hemos podido comprobar en la escalada armamentista, todos sabemos cómo se desarrolla la espiral de la violencia. Sea cual fuere la potencia acusada, todo hace temer que «la otra» no tardará si no lo ha hecho ya en disponer, a su vez, de naves capaces de poner en peligro al armonioso orden cósmico. Lo cual significa que la advertencia que el mensaje contiene es válida para las dos grandes superpotencias terráqueas. Y también para todos aquellos que soñasen con emularlas. Porque, la verdad es que resulta tragicómico que países miserables, como la India entre otros, en lugar de dedicar sus ya parcos recursos a paliar la tremenda miseria que sus poblaciones sufren, se empeñen en querer poseer su bomba atómica personal. [14]

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