El Mensaje de Otros Mundos (frag. 5)

UN VIAJE IMPREVISTO
(Noche del 31 de agosto al 1 de septiembre de 1981)

Estoy convencido de que los seres extraterrestres que observan la Tierra nos han visitado durante milenios en lo que ahora denominados platillos volantes. Estos objetos son concebidos y pilotados por seres inteligentes de muy elevado nivel. Hermann Oberth («padre» de los cohetes espaciales alemanes). Aquel día, el 31 de agosto de 1981, a poco más de las ocho de la tarde (seis hora solar), me echaba a la carretera. Mas, al salir del camino particular del hotel, en el que había dejado a mi compañera, yo debía tomar a la izquierda y dirigirme, tras atravesar el pueblo de Prats de Molló, hacia Perpiñán, donde proyectaba pasar la noche y salir a la mañana siguiente hacia Barcelona. Esto debido a las enormes molestias que me ocasiona en la vista el conducir de noche. Pero sin saber por qué, tomé hacia la derecha. Es decir: por la carretera que conduce hacia la frontera y en dirección a Barcelona, vía Camprodón. Al cuarto de hora, más o menos, y también sin razón para ello, poco antes de llegar a la frontera abandoné la carretera nacional y me adentré por un camino forestal, por el que circulé dos o tres minutos, hasta que se paró el motor del coche y se apagaron los faros. El tiempo y las distancias a que aquí me refiero las calculé seis días después, cuando fui a visitar el lugar del encuentro y a sacar algunas fotografías. Accioné en seguida la puesta en marcha dos o tres veces sin que ninguno de los órganos del motor diese la menor señal de vida. Y cabe pensar que accionaría el botón de las luces preso de cierto nerviosismo, puesto que me quedé con él en la mano. Entonces bajé del coche y recorrí un centenar de pasos en dirección al interior del bosque. Luego regresé al punto de partida, sin haber visto ni oído nada, y me senté en el morro del coche, como quien espera algo o a alguien. Diré que de pronto pensé en ellos, en los extraterrestres, pero al no ver luces ni nada que delatase su presencia, deseché esta idea sin saber muy bien en qué pensar. Tardé muy poco en ponerme a caminar de nuevo en la misma dirección que antes, hasta alcanzar una curva situada a unos 150 metros de distancia. Todavía clareaba. Mas no había rebasado del todo la curva cuando, de pronto, se iluminó se inundó de luz, sería más apropiado decir la parte derecha del bosquecillo, que se extendía a ambos lados del camino. Era un verdadero mar de luz, en el que si bien preponderaba el blanco, también se percibían franjas de color rosa y naranja. Aunque, por instantes, en los rayos de luz se entremezclaban multitud de colores difíciles de definir. Era como una sinfonía de arcos iris cambiantes, rápida y suavemente a la vez. Detalle curioso: pese a que, como ya señalé, a mí me molestan tremendamente los faros de otros coches, cuando viajo por carretera, he de reconocer que no sentí molestia alguna ante aquel insuperable alarde de luminosidad, y la fantástica catarata de colores no sólo no me sorprendió sino que operó en mí como un delicioso sedante. Si tuviera que buscar un ejemplo diría que semejante estado no se da en mí más que cuando escucho música de jazz o brasileña. Desde el primer instante tuve la sensación de que todo aquello, tan insólito, me era algo familiar. Mi editor, al hablarle de ello, habló de «valentía», de «temeridad» No, yo creo que, en lo que me afecta, lo que se da es una poco corriente mezcla de curiosidad, fruto sin duda de mi temprana formación racionalista, y una cierta carga de inconsciencia, acumulada a lo largo de mi accidentada y apasionante existencia. Por eso, seguramente, me encaminé hacia el lugar de donde parecía brotar aquella luz, con paso lento, pero resuelto, sin abandonar el camino, aunque muy pronto pude darme cuenta de que la iluminación procedía del interior del bosquecillo. Tardé poco más de un minuto en llegar a las lindes de un prado, que era donde nacía la luz, y desde allí empecé a distinguir la silueta de una enorme nave espacial. De unos 50 a 75 metros de anchura. La luz salía de la parte de arriba y de la parte baja de la nave. Así que salté del camino al prado y me quedé como encantado durante unos segundos. Al tiempo que los dos anchos haces de luz se apagaban lentamente, oí una voz en correcto castellano, con un tono cantarín, algo musical que me dijo: No temas. Acércate, por favor. Entonces, con la mayor naturalidad del mundo, me acerqué a la nave, cuya base estaba ahora iluminada por un potente foco de luz blanca y rosa, que salía por una puerta abierta en su «bajo vientre», de la que no tardó en salir una especie de rampa. Me dirigí hacia allí y apenas llegué al pie de la «escalerilla» me detuve y alcé la vista, percibiendo en la puerta una forma corporal alta, envuelta por una especie de halo multicolor. En el acto volví a oír la voz: No temas. Sube a nuestra nave, que deseamos hablar contigo. La rampilla mecánica me subió hasta arriba, hasta la puerta, que estaría situada a unos 4 o 5 metros del suelo. Antes había podido ver que la nave estaba posada sobre cuatro patas, que parecían estar articuladas tubularmente. Por lo que yo podía percibir, la nave era de un color metalizado, más bien oscuro. Al franquear la entrada la voz me dijo: Bienvenido a bordo de la nave Luz del Cosmos! Y con un ademán suave, de los tres que me estaban esperando, el más cercano a mí que luego resultó ser una fémina me indicó unos asientos en el centro de aquella inmensa sala, colocados en torno a una mesa de forma ovalada. La primera impresión que tuve, que me «golpeó», ante la blancura de todo aquello, es que se trataba de un aparato de materia plástica. Ahora, al verlos desplazarse a mi lado, ya podía hablar de cuerpos humanos, puesto que, por lo menos, tenían un torso, una cabeza, dos brazos y dos piernas. Iban vestidos con una especie de mono blanco, muy ajustado al cuerpo, y calzados con unas botas también blancas que parecían ser de lona. Nunca observé en su atuendo la menor arruga o pliegue. En el pecho, a la altura del corazón, llevaban un emblema en cuyo centro había un círculo, un ojo resplandeciente, multicolor y multiprisma, que no cesó de centellear un solo instante, y en el que, a menudo, quedaría clavada mi mirada. A lo lejos, a unos 6 o 7 metros, al fondo de la sala, a mi derecha, percibí a cuatro tripulantes más, que se movían frente a una gran pantalla, en la que no cesaban de encenderse y apagarse lucecillas de todos los colores, como si estuvieran manipulando botones en aquel inmenso «tablero de mandos» que se encontraba al pie de la pantalla luminosa. Más tarde, uno de ellos se reunió con nosotros en la mesa, en torno a la cual llevábamos ya un buen rato sentados y silenciosos. Ellos, al sentarse, se habían quedado inmóviles, como estatuas. No diré que «mirándome» los tenía a 2 o 3 metros de distancia, porque el halo aquel me impedía ver sus ojos que luego descubriría ; apenas si veía el contorno de su cara, ya que llevaban puesto un pequeño casco. Fue sin duda un compás de «aclimatación». Lo sentí como si me hubiesen estado diciendo: «Ten la certeza de que aquí, entre nosotros, te vas a sentir como en tu propia casa». Y para ello, como es natural, el mejor camino era el de dejarme mirar, y observar y tratar de captar todo lo que me rodeaba. Una de las cosas que me llamó más la atención fue el silencio que reinaba en el recinto. De vez en cuando fijaba mi mirada en los cuatro tripulantes que andaban atareados ante la gran pantalla luminosa. Se movían y gesticulaban esto sería la tónica general en todos los tripulantes mientras conviví con ellos con lentitud. Parecían personajes de una película proyectada a cámara lenta. También observé con mucha atención la mesa que tenía delante. Y, como el orgullo terrestre todavía era de rigor, en todo momento me esforzaba por comparar lo que veía con lo que podía ser su equivalente en la Tierra. La mesa se parecía a esas que vemos en los estudios de radio, con varias manecillas, y del centro emergían unas pantallas escamoteables, en una de las cuales yo podría admirar varios documentales que trataban, entre otras cosas, de sus viajes, de las recepciones que les habían reservado las poblaciones de los planetas visitados, de fiestas populares, de zambullidos de mini-platillos en los mares, y varios episodios más, la mayoría de las veces con gentes extraterrestres y otras con terráqueos como principales protagonistas. También conté varias puertas que no vi abrirse ni una sola vez. Detrás mío, al pie de la pared, había como una especie de consola semicircular, con una mesa de la misma forma y media docena de silloncitos parecidos al mío. Así transcurrió quizá media hora. No sabría decirlo con exactitud, porque allí tuve la impresión de haber perdido la noción del tiempo. Ahora, cada vez que reflexiono sobre ello, pienso que era porque me sentía muy a gusto, aunque alrededor mío todo tuviera algo de misterioso y fantástico a la vez. Quizá porque presentía lo que iba a descubrir a bordo de aquella nave espacial extraterrestre. Cuando interrumpí mi inspección visual me quedé mirándolos fijamente. Y a pesar de que yo no podía descifrar qué rictus dominaba en su semblante, sentía muy bien sus miradas posadas en mí. Al cabo de un tiempo, oí la voz de nuevo: Estarías dispuesto a recoger un mensaje nuestro destinado a los habitantes de la Tierra? Respondí afirmativamente sin pensármelo dos veces. Y agregué: Ahora, si me lo permitís, iré hasta el coche a buscar papel y mi pluma. No, no es necesario. El mensaje te lo vamos a grabar en la mente. Si accedes a ello, naturalmente. Les dije que no veía el menor inconveniente. Pasaron unos minutos de silencio, pero me di cuenta de que estaban hablando entre ellos: los tres tripulantes y el cuarto, que acababa de reunirse con nosotros y que estuve siempre de pie, apoyado en el respaldo del sillón del centro. Observé cómo ladeaban sus cabezas, como mirándose, pero no oí ningún ruido, ni la menor voz. Luego se me acercó la recién llegada vi que era una fémina por las formas de su cuerpo y una larga cabellera pelirroja-trigueña, que descubrí a través del halo multicolor al acercárseme tanto y me colocó un casco que tenía la forma de un birrete de rabino. Las primeras palabras que oí por los auriculares del casco fueron éstas: No creemos que corras ningún peligro grave, pero las fuertes impresiones a que va a ser sometida tu mente podrían acarrearte alguna complicación. Si accedes a correr ese pequeño riesgo no te muevas. Pero, en caso contrario, tú mismo puedes quitarte el casco, salir de nuestra nave, regresar al automóvil y seguir el viaje tranquilamente. Me quedé inmóvil. Pensé que me había enfrentado con tantos peligros a lo largo de mi vida, y en algunas ocasiones, posiblemente, por razones mucho menos importantes que aquélla. Por otra parte a qué negarlo? semejante situación me divertía y, cada minuto que pasaba, la curiosidad por saber en qué iba a quedar todo aquello aumentaba. La verdad es que tampoco podía llamar curiosidad a secas al sentimiento que me embargaba desde el instante en que descubrí el platillo volante estacionado en aquella pradera. Y si es cierto que ellos comprimieron en mi mente muchísimas estampas, no lo es menos que, antes de que me colocaran el casco, ya andaba yo la mar de preocupado por ver cómo me las arreglaría para retener en mi mente todo lo que estaba viendo y lo que no era difícil presentir que me quedaba por ver. Conociendo el escepticismo y la desconfianza de que suele hacer gala el común de las personas ante cualquier hecho insólito, estoy persuadido que mi afán por retener aquellas fantásticas vivencias en mi mente estaba centrado en mi personal recreo y, si acaso, para hacer partícipe de ellas a algún buen amigo mío. Uno valga el recuerdo ha conocido un sinnúmero de desilusiones y de reveses tratándose de asuntos más tangibles, para albergar demasiadas esperanzas respecto la capacidad de mis «paisanos» terrestres en esforzarse por comprender al prójimo y, menos todavía, para disponerse a extraer de nuestras experiencias personales lecciones saludables para todos. Así que, en este trance tan insólito, uno no puede pretender otra cosa valga la advertencia que narrar, lo más llanamente posible, lo que vio, lo que oyó, y los recuerdos y las reflexiones que nuestra larga, amena y hasta divertida conversación despertó en mí. Y nada más, sino agradecer al lector amigo la atención prestada a mi relato. Y recalcar que me esforzaré porque estas páginas, pese a todo, rezumen optimismo.

 

UNA LARGA CONVERSACIÓN Y SUS PROLONGADOS SILENCIOS

Para nada sirve conquistar la seguridad, en relación con los hombres, si las cosas celestes y las cosas subterráneas y todo lo que hay en el Universo sin límites sigue siendo objeto de ideas confusas. Lucrecio. En esta época de pobreza moral, lo fundamental es despertar el entusiasmo. Picasso. Hay que amar la Vida para amar el Espacio. Kazuaki Twasaki.

A BORDO DE UNA NAVE ESPACIAL DE OTRO MUNDO

De pronto la voz me dijo: Ya te hemos confiado el mensaje. A mí eso me parece más bien un ultimátum aventuré yo. Es lo uno y lo otro a la vez, y cree que sentimos mucho el habernos visto obligados a redactarlo en esos términos. De momento no pude localizar de dónde salía aquella voz. Me pareció que venía de lo alto de la sala y a ratos que salía del centro de la mesa que me separaba de ellos. Durante la «grabación» del mensaje, que hicieron con cierta lentitud, yo había podido leerlo perfectamente y he de confesar que su contenido me alarmó sobremanera. Pero uno, que raramente pierde su optimismo (puede que tenga algo de ese «fluido cósmico» que, según ellos, algunos terráqueos poseen) [16], acabaría por serenarse al pensar que, con la difusión del mensaje, quizá contribuyese a evitar peores males. De qué quieres que hablemos? preguntó la voz. Muchas preguntas merodeaban por mi cabeza y ahora que podía darles suelta parecía como si, al pugnar por salir todas a la vez, ninguna de ellas consiguiese despegar del tumulto. Por eso permanecí unos minutos en silencio. Quiero hacer una advertencia: cuando hablo de «tiempo», «ratos», «minutos», lo hago siempre por aproximación y con un lapso de tiempo (las siete horas que calculo haber pasado en su compañía) como punto de referencia, porque lo cierto es y de ello sigo teniendo conciencia todavía ahora que allí, en su nave, perdí no sólo la noción del tiempo sino incluso la de mi asentamiento geográfico. Quiero decir: que aunque al subir yo en aquella nave espacial ésta estuviera «anclada» en el planeta Tierra, mientras permanecí en ella tuve la sensación de encontrarme en un mundo muy diferente al mío; entre personas cuya configuración mental tenía muy poco que ver con la que, por lo regular, domina en la Tierra. La verdad es que quería preguntarles muchas cosas y no sabía por dónde empezar. Al fin me arranqué: Me gustaría saber de dónde venís, si hay muchos planetas habitados, además del vuestro, cómo tenéis organizadas vuestras vidas y, sobre todo, cómo habéis conseguido vencer a la muerte, y otras cosas que ya iré recordando La voz, siempre dulce y cantarína, respondió : Si te refieres al último planeta que hemos visitado antes de llegar a la Tierra, te diremos que era el Verde Brillante, llamado así porque en él abundan los ríos y los lagos [17]. Nosotros procedemos de planetas distintos. Cuatro somos del planeta Blanco-Marfil, dos son de Violeta-Flor y el otro es precisamente de Verde-Brillante Y es muy posible que ninguno de nosotros vuelva a pisar nunca más su planeta natal Aunque si hay razones para ello podemos estar en comunicación con ellos en cualquier momento y por varios medios. Entonces no veréis más a vuestras familias? Las familias, según las entendéis vosotros, no existen en nuestro mundo. Nosotros vivimos en régimen comunitario a escala interplanetaria. Lo que significa que cuando nacemos pasamos a formar parte de la comunidad a la que pertenecen nuestros progenitores, hasta que nuestras vivencias nos llevan a otros lugares, pero sin estar ligados a nadie en concreto y a todos a la vez. Comprendes? [18]

La verdad es que no lo acababa de comprender del todo, porque siempre resulta difícil desprenderse de las tradiciones y atavismos terráqueos y disponer por entero de nuestra mente para asimilar lo insólito. Incluso según he podido comprobar a priori y a posteriori cuando se trata de personas que se tienen o alardean por progresistas y que, frente a los hechos que desbordan el cuadro de sus rutinarios devaneos doctrinarios, reaccionan como auténticos retrógrados. Hay muchísimos planetas habitados siguió diciendo la voz. Cada uno de ellos con unas características singulares, que son las que le dan su nombre. Como diríais vosotros: los hay más ricos y los hay más pobres. Uno de ellos, por ejemplo, es el llamado Desierto-Dorado, que visitamos no hace mucho. Si nos fijásemos tan sólo en su superficie, es más bien de aspecto pobre, como vuestro desierto del Sahara, pero en su interior podemos descubrir lagos inmensos cuyas aguas poseen grandes poderes sedantes. Por eso tiene muy pocos habitantes. Pero allí, además de tener varios observatorios y muchos puntos de referencia para nuestra navegación, se han instalado balnearios para las gentes de nuestra comunidad Pero todo eso, a escala planetaria, requerirá una organización monstruosa corté. Nada de monstruosa, compañero. Tan sólo una organización racional, en permanente reajuste y perfeccionamiento, en la que cualquier miembro de nuestra gran comunidad no se siente nunca extraño. Te pondremos otro ejemplo: como todo el mundo sabe que puede y debe colaborar en el mejoramiento de nuestras respectivas existencias, tomemos el caso de uno de nuestros compañeros al que se confía el control de la salubridad de uno de esos lagos. Que estará muy atento a su misión es algo incuestionable, pero que, además, si nota la más mínima anomalía en cualquier otro lugar inmediatamente pondrá en marcha el dispositivo de alerta, porque él sabe muy bien, ya que así se lo han enseñado en la escuela, que nada de lo que sucede alrededor suyo le puede ser ajeno. Y sabe también que no se debe subestimar nada, por muy tenue que pueda ser su tinte de anormalidad, y que, por tanto, debe hacer rápidamente cuanto esté de su mano para que todo vuelva a la normalidad. Comprendes? Naturalmente que lo comprendía, puesto que, como pude comprobar, ellos empleaban un castellano perfecto. (Otro «testigo directo» ha hablado de «castellano químicamente puro»). Lo que ocurría es que, así, de buenas a primeras, todo aquello me costaba creerlo, la verdad. Luego he pensado que, a la vista de los recursos de que disponemos los terráqueos, nosotros podríamos perfectamente poner en pie una organización semejante, a escala planetaria. A condición, como es lógico, de haber enmendado antes las tremendas e insultantes injusticias sociales existentes en la Tierra [apéndice 1] Y no digamos si la Tierra se incorporase a una comunidad cósmica! Pero yo seguía obsesionado por lo que parecía ser la base de esa organización. Y así se lo planteé.

 

COMUNIDADES HUMANAS SIN BASE FAMILIAR

Como ya te hemos dicho prosiguió la voz, las células básicas de nuestras comunidades son los grupos formados por afinidad de vivencias. Vosotros diríais seguramente por «obligaciones profesionales o familiares». Te pondremos otro ejemplo: nosotros, antes de venir a la Tierra a realizar la doble misión de explorar vuestro planeta y de vigilarla, pilotábamos una nave mucho más pequeña que ésta, dedicada a la exploración interestelar. Y ahora, cuando regresemos de esta misión, es muy posible que nuestra tripulación se disgregue, por lo menos durante un tiempo determinado. Una de nuestras compañeras se encuentra en período de gestación, lo cual significa que será atendida en el primer planeta-etapa que visitemos, hasta el día del alumbramiento. Es posible que un día vuelva a reunirse con nosotros. El solo hecho de que hayamos sido compañeros de vivencias durante alguna misión podría explicar que nos interesemos por la evolución de su estado. Y, tras un breve silencio, la voz prosiguió: Uno de nuestros compañeros se unirá con otra de nuestras compañeras de tripulación, lo cual significa que, en el primer lugar que aterricemos, se separarán de nosotros y dispondrán de un tiempo para vivir o viajar a su antojo por el espacio, visitando aquellos planetas que les plazca, con la certeza de que serán recibidos en todas partes como verdaderos hermanos. Comprendes? Lo comprendía, claro que lo comprendía, pero mi complicada mente de terráqueo seguía salpicando aquellas bellas estampas de preguntas insolentes, que yo me hacía para mis adentros: Pero, cómo se pueden formar comunidades de ninguna especie sin lazos familiares? [apéndice 2] Y, se casan cuando quieren, sin pedir permiso a nadie, y luego se descasan cuando les viene en gana, y ya está? Y esos viajes de novios cuánto duran? Y quién fija la duración del viaje? Y se van de viaje por el espacio, así, por las buenas, sin que nadie les marque un itinerario?

UNA FRATERNIDAD UNIVERSAL

Aunque lo cierto es que a un libertario no debería haberle sorprendido nada de lo que estaba oyendo, puesto que la sociedad fraternal con la que nosotros siempre soñamos, y por la que tanto hemos luchado, tenía como lema: «De cada cual según sus posibilidades y a cada cual según sus necesidades [19]». Lo que significa que, en un estadio inicial de esa evolución hacia la fraternidad universal (detalle importante: gentes de escasa o nula cultura, hablaban ya de «fraternidad universal»), los que, por las razones que fuese, tienen mayor capacidad de entendimiento, de organización, de trabajo y de comprensión de los problemas humanos, deberían poner esa potencia de creación al servicio de todos. Mientras que los menos, o peor dotados que lo son, casi siempre, a causa de las seculares injusticias sociales, deberían poder acceder a todo aquello que les permite ser felices, libres y, naturalmente, superar su impotencia primaria con la misma facilidad que los mejor dotados. Esto ya lo sé porque nos lo repiten a diario los «sabios» y los «cretinos» al alimón, aunque con argumentos distintos es la Gran Utopía. Pero no deja de ser curioso que estos días mientras pasaba a máquina el original de este libro, en una emisión de televisión española, muy popular, se le hiciera decir a uno de los personajes que se suponía procedente de «otro mundo» : «Yo vengo de un lugar donde el que tiene da, y el que no tiene, toma [20]». Quizá por haber podido comprobar lo difícil que sería realizar esa revolución en la Tierra, era por lo que ahora se me hacía tan cuesta arriba el admitir que, en otro planeta, tal sociedad pudiese ser una realidad. De lo que no me cabía la menor duda, sin embargo, era que a medida que conversaba con ellos una inmensa felicidad se iba adueñando de mí. Una felicidad muy distinta a todas las que yo haya podido experimentar en mi vida. Pero, con todo, yo seguía en mis trece. Lo comprendo y no lo acabo de comprender, la verdad, porque si dos seres se juntan eso quiere decir que van a formar una familia Nada de eso, compañero, porque es posible que uno de los dos, en ese viaje, decida quedarse, por lo que sea, en el planeta donde están pasando, por decirlo con palabras vuestras, «la luna de miel». Por otra parte, si cuando una pareja procrea, los dos, o uno de los dos, desea ser destinado al planeta donde se está formando el niño, se le dará ese destino sin demora. Porque la comunidad tiene que respetar siempre los deseos íntimos de la persona, mientras ésta sepa armonizar sus deseos con su labor. Lo entiendes ahora? No del todo, porque, según veo, en vuestro mundo reina tal libertad individual que no concibo cómo pueden cumplirse unas mínimas obligaciones hacia la comunidad. Porque alguna obligación tendrá el individuo con respecto a la comunidad. O no? Claro que las tiene. Pero no es una obligación, según lo entendéis los terráqueos, sino una vivencia personal que está orientada, en un momento determinado, por lo que podríamos llamar el «planning de la comunidad universal» Y quién maneja ese planning? corté yo. Bueno, en realidad se trata de una red de computadoras-coordinadoras Nosotros a eso lo llamaríamos «burocracia robotizada» corté de nuevo, con una punta de insolencia (de la que, en verdad, me avergoncé en el acto). Algo realmente espantoso de imaginar agregué, al menos para los terráqueos amantes de la libertad [apéndice 3] Confieso que caí una vez más y no sería la última en una de las tantas «frases hechas» nuestras. Porque si en aquel momento, a ellos les da por preguntarme a qué clase de libertad aludía, seguro que me hubiesen puesto en un aprieto, ya que los «progresistas» hemos caído en la trampa que nos ha tendido los «retrógrados»: la de referirnos a la libertad y a tantas otras cosas más! siempre en términos abstractos. Cuando de lo que deberíamos hablar siempre es de las libertades fundamentales, concretas, de la persona humana, que son las que, hermanadas, forman la Libertad. Como más tarde me recalcarían ellos. Eso sería cierto si las manejasen tan sólo los elegidos o los privilegiados [apéndice 4]. Pero allí no tenemos ni de lo uno ni de lo otro. Allí todos, sin excepción, estamos en disposición de pasar por los tableros de mando de las coordinadoras, ya que es algo que aprendemos desde muy jóvenes en la escuela. Hay que señalar también que nosotros no ponemos nunca nada en marcha, por atractivo o seductor que se nos antoje el proyecto, sin que esté dotado de sus respectivos elementos de control y de neutralización y, llegado el caso, de autodestrucción. Elementos que son de pulsación humana en todos los casos. Ningún mecanismo puede escapar a nuestro control, por inofensivo que pueda parecer. Nosotros hemos humanizado la técnica [21]. Lo comprendes ahora? Sí, pero a cada paso que damos a mí se me plantean nuevas incógnitas. Por ejemplo: cómo tenéis organizada la formación de los niños? Y esa especie de amor libre que al parecer practicáis, nunca provoca fricciones o enfrentamientos?

LA FORMACIÓN DE LOS NIÑOS Y EL AMOR LIBRE

Tu reacción no nos sorprende en lo más mínimo porque desconoces la clase de formación que nuestros niños y niñas reciben desde su más temprana edad. En cuanto empiezan a tener uso de razón: a partir de los cuatro o cinco años. Sin la menor discriminación, unos y otras reciben una doble formación: la vocacional y la necesaria. Muchas veces ambas coinciden. Pero lo esencial, la clave está en que cada niño y cada niña desde muy joven sabe que la formación necesaria es la que lo insertará mañana en un lugar de servicio a la comunidad. Mientras que, con su formación vocacional, llenará lo que vosotros llamáis «tiempo de ocio», aunque conviene puntualizar que, dada su formación general, esos «tiempos», además de favorecer y desarrollar la eclosión de su plena personalidad, en armonía con su entorno, de alguna manera contribuirán a enriquecer lo que, para entendemos bien, podríamos llamar, utilizando palabras vuestras, el acervo cultural de la comunidad. Por «necesaria» nosotros entenderíamos «obligatoria» Vosotros sí replicó la voz, pero nosotros no, puesto que cualquier niño, en todo momento, tiene a su alcance el ejemplo de quienes lo ayudan a formarse. Dicho de otra manera: se orienta a los demás dando siempre el ejemplo. Ésa es la clave: que no se puede pedir nada a nadie si antes uno no está dispuesto a dar de sí todo lo que puede dar. Comprendes?[apéndice 5] Supongo que los deportes deben jugar un papel importante en la vida de vuestros niños Bien. El deporte es importante para todos: para los pequeños y para los grandes. Es algo que forma parte de nuestras vivencias cotidianas. Y qué clase de deporte practicáis? Luego tú mismo podrás ver practicar alguno. Pero te anticipamos que el talante con que nosotros practicamos el deporte no tiene nada que ver con el que domina en la Tierra. En nuestras vidas no entra para nada la noción de competitividad [22]. Practicamos el deporte más adecuado a nuestra manera de ser, a las necesidades fisiológicas y para solazarnos y divertimos. En seguida comprendí que me había metido en un buen lío, porque qué podía yo decirle, con relación a «nuestros deportes» y a los «deportistas» terráqueos? Me encontraba con otra de nuestras asignaturas completamente falseada. Empezando por la máxima olímpica del barón de Coubertín: «Lo importante es participar». Ahora, tanto para los practicantes como para los hinchas de cualquier deporte, «lo importante es ganar». Como sea: sobornando a diestro y siniestro, incluso amenazando con la violencia o con el rapto de elementos destacados, o con la muerte como le ocurrió al tenista sueco Borg en tierras americanas, con brutalidad a espuertas, gritando, vociferando, insultando, blasfemando, agrediendo a los moderadores o directores del juego, golpeándolos e intentado, a veces, hasta lincharlos. Y de los resultados colectivos de equipo pasemos a la cruel obsesión de las plusmarcas individuales, para lograr las cuales se somete a los deportistas seleccionados a un régimen de vida de auténticos esclavos del deporte. Bueno, en resumen, que a todo esto se le puede llamar cualquier cosa menos deporte. En todo caso, es otra palpable muestra de nuestra degeneración. O sea: que tampoco en esta materia podríamos dar la más mínima lección a otras comunidades civilizadas. Seguí callando un rato y luego me descolgué con otro tema:

Bien, todavía nos queda pendiente lo del amor libre Pues eso, en esencia, es fruto de la misma formación infantil. A los niños, desde muy pequeños, se les abren las puertas del conocimiento de par en par, sin anteojeras de ninguna especie, y se les enseña que en nuestras comunidades nadie es dueño o propietario de nada ni de nadie. Y que, por lo tanto, nadie, en ningún terreno, puede dominar a nadie ni ejercer poder sobre nada. Entonces la procreación vendría a ser un acto casi mecánico? Que es lo que ha preconizado siempre la Iglesia Católica. Porque, puesto que el amor o el cariño, o lo que sea eso que une la pareja en vuestro mundo, parece ser algo tan fugaz y tan voluble a la vez Nada de eso, compañero. Las parejas se forman porque existe una afinidad que no necesita ser adjetivada. Dos seres se atraen porque se pone en evidencia entre ellos alguna coincidencia que los acerca y los incita a intimar y a culminar el acercamiento como ellos mejor lo sienten y entienden. El acto sexual que puede determinar la procreación, si ellos la desean, habrá sido propiciado por otros actos previos de ambientación, por los cuales se da paso, o no, a esa unión. Esto puede parecer complejo, pero en realidad no lo es. Al menos para nosotros que, como puedes observar, actuamos siempre con espontaneidad y naturalidad. Este último tramo del camino (de 70 a 80 metros de recorrido) es el que hice a pie dos veces. La segunda vez fue después de haber estallado el mar de luz multicolor en el cielo y a través de los árboles del fondo, donde el camino tuerce a la izquierda. Éste es el calvero donde estaba posada la nave espacial extraterrestre, de unos 50 a 75 metros de diámetro y de 10 a 15 metros de altura.

LA MUERTE SERÁ SIEMPRE ALGO IRREVERSIBLE?

Aquí se hizo el primer largo silencio de la noche. Como si adivinasen que yo necesitaba concentrarme para seguir haciendo preguntas. Y, en particular, la gran pregunta. Porque, la verdad, es que eso de haber vencido a la muerte era algo tan fantástico, tan inesperado, tan fabuloso, que desbordaba todo lo que la imaginación humana, por muy fecunda y exuberante que fuese, sería capaz de concebir. [24] Me quedé mirándolos, uno tras otro, a los cuatro que tenía al lado opuesto de la mesa, esforzándome por ver más allá del halo vaporoso que envolvía sus cuerpos. Como tratando de adivinar si, en realidad, eran gentes de carne y hueso o acaso muñecos mecánicos, o quizá mitad y mitad. De pronto cruzó por mi memoria el recuerdo del buen monsieur Garric, un competente campesino del Mediodía francés, al lado del cual, en los años , aprendí las artes de cultivar y cuidar el viñedo. Era uno de los supervivientes de la célebre y cruenta batalla de Verdún una de las mayores carnicerías bélicas de la historia, en la que había sido gravemente herido. Una ráfaga de ametralladora le destrozó el estómago y parte de los intestinos y desde entonces vivía, comía y digería gracias a un estómago de cabra que le injertaron. Y también por medio de unos intestinos «tuberías» las llamaba él, riéndose de su propia sombra restaurados tan «milagrosamente» como el resto de los órganos destrozados. Y yo me preguntaba: Cabría por ello haber considerado al bueno de monsieur Garric menos humano que otra persona dotada de sus órganos de origen, intactos? Entonces, me decía yo, por qué no ha de ser posible que estos seres lleven parte de su organismo en materia no perecedera o que hayan descubierto ungüentos, grasas o cualquier otro tipo de protección natural, capaces de evitar el deterioro de la materia o de asegurar su periódica regeneración? [25] Y por qué no habrían alcanzado tal nivel de conocimientos que fuesen capaces de evitar la supervivencia y la proliferación de las células destructoras del organismo humano? [26] En el rato que duró aquel incomparable e impresionante silencio no podría decir cuántas preguntas desfilaron por mi mente. Porque yo seguía empeñado en dar con la que, de algún modo, los pusiese entre la espada y la pared. Necesitaba respuestas que no despertasen en mí nuevas incógnitas. No me daba cuenta, aún, de que las prolongaciones de los «misterios», con los que me iba enfrentando, no eran fruto de sus respuestas sino de mi insuficiente capacidad de comprensión y asimilación. De nuestra deformada y deficiente manera de preguntar. Todo esto me lo repetía yo al tiempo que reflexionaba para mis adentros: cómo es posible que nadie, que ningún grupo de pobladores de la Tierra, nunca que yo sepa se hubiese llegado a plantear que la única gran victoria que el género humano podía alcanzar era precisamente ésa: la de vencer a la muerte? Cómo era posible que los terráqueos que no profesaban ninguna religión, ni adscritos a ninguna secta incluidos, naturalmente, los grandes pensadores laicos hubiesen admitido, sin más, la irreversibilidad de la muerte, esa fatalidad de signo eminentemente religioso? Cómo no se han dado cuenta de que los restantes éxitos no son más que victorias pírricas? Sí, ya sé, ya sé que se me puede responder que «el hombre está hecho de materia perecedera» y que se podría desgranar ante mi un largo rosario de fórmulas científicas, o seudocientíficas, para demostrarme que perseguir esa meta, el gozar de vida infinita, es algo que está fuera de las posibilidades humanas. Sin embargo, en estas páginas se podría alinear también el repetido eco reflejado en revistas científicas, libros de innumerables palos de ciego dados por «especialistas» en todo tipo de investigación, sin olvidar los descubrimientos que se han hecho por pura casualidad. Pero, en realidad, yo no iba precisamente por ahí Con todo, nos ha parecido interesante reproducir en apéndice una noticia, referente a las investigaciones del Instituto soviético de Kiev [apéndices 6 y 7]

UNA UTOPÍA CADA DÍA

En realidad, uno, ante todo, pensaba en otro aspecto de la cuestión. Acariciaba las increíbles perspectivas que se nos ofrecerían si hubiésemos dado un giro de ciento ochenta grados al sentido de nuestra vida. Me decía: si alguien hubiera siquiera esbozado esa utopía como realizable aunque su alcance se situase a miles o millones de años vista, lo mismo da, y se hubiese conseguido centrar en torno a ella todos los recursos que la Naturaleza nos ofrece y aquellos que el ser humano es capaz de crear, es indudable que a los terráqueos les hubiera obsesionado y mortificado mucho menos la idea de un fin inevitable y tal vez próximo, y por ello, pienso, quizá hubieran cedido menos a la tentación de practicar ese obsesionante y esterilizador culto a la muerte. En particular organizando guerras o dejando perecer a millones de personas de hambre o víctimas de toda clase de epidemias. Y no se olvide que las guerras que han causado más víctimas, en el mundo, han sido las llamadas «de religión». Desterrar las guerras y suspender definitivamente ese incesante y cruel holocausto de vidas ajenas, desencadenado periódicamente, como si tales matanzas pudiesen ser, para los guerreros, la garantía de una mejor o más larga vida propia. Colocar esa utopía en el punto de mira del ser humano hubiera sido sería como fijar ante él, en la mente y en el corazón del hombre y de la mujer, el más ambicioso de los objetivos: una sed inagotable de vida, y lograr que dedicasen a ella, a la Vida, todos sus desvelos, sus esfuerzos y su saber hacer. Orientándose, por el contrario, hacia los más intrincados vericuetos de la deshumanización pese, repito, a la omnipotente presencia de tantas doctrinas religiosas, que jugaban a ser un factor humanizador, el habitante de la Tierra, con la prolongación de sus esperanzas de vida, por un lado, y con la creciente «angustia vital» por otro, lo único que ha conseguido, por decirlo con palabras de nuestro admirado Américo Castro, ha sido prolongar su mortificador «vivir desviviéndose», que en la era moderna ha pasado a ser «su pan de cada día». Y de ahí que, al paso del tiempo, el hombre haya ido sustituyendo lo esencial de su existencia vivir su vida con una plenitud cada día mayor, por lo banal, lo frívolo, es decir: todo aquello que da goces tan superficiales como pasajeros. Más claro: había que ofrecer al Hombre ese «entretenimiento», cósmico por los cuatro costados: el de armonizar su existencia a imagen de los incontables e inagotables recursos del Universo y tratar de alcanzar la inmortalidad con sus propias manos, sin soñar con la ayuda de divinidades de ninguna especie, tan sólo mediante un estímulo, terrenal por excelencia, que sería el de dar al ser humano «su utopía de cada día». De pronto se iluminó se inundó de luz la parte derecha del bosquecillo. Era un verdadero mar de luz, en el que, si bien preponderaba el blanco, también se percibían franjas de color rosa y naranja. Aunque, por instantes, en los rayos de luz se entremezclaban multitud de colores difíciles de definir, así que me encaminé hacia el lugar de donde parecía brotar aquella luz.

EL SILENCIO: UNA CLAVE PARA LA SUPERVIVENCIA

Pero, vamos a ver aparte las terapias o modificaciones orgánicas que puedan darse en vuestra civilización, no hay otras razones, digamos de tipo preventivo y personal, que pueden ayudar a vuestros cuerpos a sobrevivir? Como la voz tardó algo en responderme, llegué a pensar que quizá había cometido una equivocación insistiendo en el tema, y sin poder evitar que en el tono de mi pregunta destellase cierta dosis de escepticismo. Pero no, no era eso. Poco a poco me iba dando cuenta de la importancia de los silencios que se intercalaban en nuestro diálogo. No tardaría mucho en saber algunas cosas más en torno al valor vital del silencio, como clave para la supervivencia. Naturalmente que las hay. Una de ellas, la principal, es que, desde su más temprana edad, los niños y las niñas conocen su cuerpo a fondo y aprenden a cuidarlo. Cuidar de su cuerpo quiere decir: estar siempre atento a sus manifestaciones más peculiares y portarse con él como lo que es: como nuestro mejor compañero. Este conocerse a fondo a sí mismo facilita la mejor identificación de los demás y, por lo tanto, la más adecuada armonización de nuestros respectivos cuerpos y, a través de ellos, de nuestras vivencias. Por consiguiente, velando por la salud del cuerpo de cada cual cuidamos también de la salud de la comunidad. Además, nadie como el propio individuo puede fijar el instante óptimo de su personalidad, es decir: el momento de fijación definitiva del que será su cuerpo «para la inmortalidad», como diríais vosotros. La voz calló durante unos minutos y luego apostilló: Pues bien, aparte otras medidas, como puede ser el no fumar, no beber alcohol y no drogarse, tenemos el ejercicio físico, adecuado a las aptitudes personales, pero hay otro factor importantísimo que es la observación del pleno silencio «silencio cósmico» lo llamaré yo de ahora en adelante, que incide en todas las fases de nuestra existencia.»en primer lugar, el silencio durante el descanso regular. Ya desde muy niños se nos enseña, a la par que vamos descubriendo nuestro cuerpo, a relajarnos; en una palabra: a vivir y a descansar en armonía con el cuerpo y con su entorno. Vosotros diríais seguramente «a dominar su propio cuerpo». Es esa plena posesión de sí mismo, la relajación con naturalidad, la que nos procura un descanso total, de incomparables efectos tonificadores y sedantes.»el silencio, inteligentemente aplicado, ayuda a la mejor conservación de todos los órganos, en particular los visuales y auditivos, a la vez que clarifica nuestra mente. Por ejemplo: hay muchos momentos de nuestra vida que podemos vivirlos con los ojos cerrados. Y otros con los oídos tapados. Fíjate en los extremados cuidados que los terráqueos dedicáis a menudo a vuestras máquinas, las de los lugares de trabajo o las de uso personal, como son los automóviles, y comparadlo con el escaso o nulo interés con que cuidáis vuestros cuerpos. No consideras que esto es una contradicción imperdonable? Por el grado de indignación «indignación cósmica» la llamaré en adelante, para darle una dimensión a tono con la magnitud del desafuero que la provoca que de pronto se apoderó de mí, deduje que ellos estimulaban constantemente mis reflexiones y yo, a la vez que me admiraba de haber logrado amasar en mi mente tantos «datos» y «recuerdos», me preguntaba cómo no había sido capaz, antes, mucho antes, de detectar tanta falta de autenticidad, desde siempre, en la Tierra, en torno a la existencia de sus pobladores. No existía una sola parcela de la vida terrenal donde no apareciese y las más de las veces preponderantemente lo ficticio, lo inauténtico, la doblez, el engaño, la autosatisfacción más ridícula porque el engañador de hoy acaba siendo el engañado de mañana ; en fin, que nos iba a ser muy difícil reconquistar esas señas de identidad que el ser humano de la Tierra debe haber perdido hace ya muchísimo tiempo [apéndices 8 y 9] Sin duda para cambiarme algo las ideas y meterme en el cuerpo una pizca de alegría, la voz me dijo: Ahora presta atención, por favor.

PRIMER DOCUMENTAL EN COLOR

En cosa de segundos, del centro de la mesa emergió una pequeña pantalla frente a mí; la iluminación de la sala quedó tamizada y de la parte frontal de mi casco salió una especie de visera transparente, ligeramente ahumada, que bajó hasta la altura de mi barbilla. Y aparecieron las primeras imágenes en color en la pantalla. Con su indescriptible gama de colores cósmicos. Y la voz dijo: Nos encontramos en el planeta Verde-Cristal y asistimos a la salida de tres pequeñas naves que van a explorar vuestros mares. Están pilotadas por muchachos y muchachas de los centros de formación. Cada una de ellas lleva a bordo medio centenar de pasajeros. Van a pasar una temporada en el mar, a convivir con la fauna y la flora de las grandes profundidades. Allí hay minerales y vegetación de mucha importancia para nuestras investigaciones, y también colonias de ciertas especies acuáticas, adiestradas para colaborar con nosotros [apéndice 10] Entonces corté yo, eso de que tenéis bases en la Tierra, es verdad? En cierto modo, sí Cómo en cierto modo? Claro, porque si el permanecer un mes o dos debajo del agua o el posar nuestras naves en alguna de vuestras altas montañas o en zonas despobladas, si eso es tener bases, entonces tendremos que responder que sí, que tenemos bases. Pero si para eso hay que vivir en permanencia entre vosotros, en lugares determinados, como es el caso de ciertas potencias terráqueas, entonces no, no es cierto que tengamos bases. Acaso las tenéis en alguna otra parte? En algún asteroide o en un planeta cercano a la Tierra? Sí, naturalmente, disponemos de auténticas bases espaciales que se desplazan continuamente o que están suspendidas en el aire, según nuestros programas de exploración. Y sólo os sirven como simples apeaderos de paso? Nada de eso. Todas nuestras naves portadoras son auténticos laboratorios y nuestra actividad, aunque ello pueda parecer una redundancia, está basada en perfeccionar los recursos destinados a fortalecer nuestros organismos y a mejorar nuestra vida, así como a enriquecer nuestros conocimientos sobre los lugares donde debemos vivir. Así, a medida que logramos mayor inmunidad, podemos emprender exploraciones espaciales por mundos desconocidos. Siempre con el mismo objetivo: el de maravillarnos por los incesantes descubrimientos que hacemos, porque el Universo, como es sabido, es infinito y genera maravillas sin cesar; y la inmensa alegría de encontrar más planetas habitados no es la menor de esas maravillas. Y, cuando os encontráis con algún planeta habitado, no se os plantea ningún problema? Claro que surgen problemas. Los propios e inevitables de cualquier contacto inesperado. Y luego los que se derivan de su integración en nuestra comunidad y los que pueden surgir sobre la marcha, totalmente imprevisibles. Y nunca os habéis tropezado con planetas armados hasta los dientes, como la Tierra, cuyos jefes no hayan querido tener relaciones con vosotros? La voz tardó algo en contestar: Sí, alguna vez ha sucedido. Pero nunca con armamento tan peligroso como el que posee actualmente la Tierra. Y cuando eso ha ocurrido, qué habéis hecho vosotros, si se puede saber? En tal caso no hemos profundizado los contactos. Nos hemos quedado como hacemos respecto a vosotros, a la expectativa. O sea, que es posible que en el Cosmos haya planetas habitados que no estén integrados en vuestra comunidad? Por supuesto que los hay Acaso no estarán poblados por esos agresivos hombrecillos verdes que, al parecer, se ven de vez en cuando por la Tierra y que también viajan en platillos volantes? Es muy posible, aunque debemos señalarte que algunas veces nosotros hemos enviado naves pequeñas, en servicio de exploración, con tripulaciones enteramente automatizadas. O mandadas a distancia, si lo prefieres. Y en muchos casos su atuendo metálico era precisamente de color verdoso. Y son los que, según parece, han atacado a terráqueos alguna vez? Bueno, es que nuestros colaboradores mecánicos están programados para defenderse, pero sólo si son atacados, o para autodestruirse en caso de ser apresados. Nunca atacan los primeros eso os lo podemos asegurar. Pero si vuestros muñecos se presentan así, por las buenas, sin avisar, es lógico que mis paisanos se espanten y que el miedo les haga cometer alguna tontería. Sí, es natural. Son los mínimos inconvenientes de estas imprevistas tomas de contacto. Así que nadie ha puesto en peligro la paz del Cosmos como los dirigentes de la Tierra? No; hasta ahora tal tipo de crisis nos era desconocido Bueno, pero vosotros, ahora que el peligro es tan evidente, quizá podríais intervenir antes de que fuese tarde. Por ejemplo: por qué no interceptar, destruir o capturar alguna de las naves tripuladas por terráqueos? O mejor todavía: de las que van sin tripulación. Digo esto porque si no hay víctimas humanas el impacto sería menos desfavorable entre los terráqueos La respuesta fluyó rápida y tajante: Nosotros no podemos hacer eso! El Universo es de todos y, por tanto, también es vuestro! Ninguno de nosotros se atrevería nunca a cometer la más mínima agresión o violencia sobre nadie sin que mediasen razones muy poderosas para ello! En caso de legítima defensa! apostillé. Eso mismo, sí. Y, aun en tal caso, la haríamos con un profundo temor, porque eso significaría para nuestra comunidad una regresión, una vuelta atrás. Es decir: caeríamos en ese juego cíclico, estúpido y nefasto que practicáis los terráqueos, que es el de recurrir a la destrucción de la vida. Y nuestras computadoras-coordinadoras entrarían en la danza, por vez primera, con fines negativos, destructores, que es todo lo contrario de aquello para lo que han sido construidas y programadas. No querréis decir que esos chismes también tienen sensibilidad! No, nada de eso. Lo que queremos hacerte comprender es que, en nuestro mundo, personas y máquinas forman un todo armonioso y que eso es el fruto de milenios de una labor puramente pacífica. Y que cualquier fenómeno o acontecimiento extraño, y más si fuese de tales dimensiones, como lo podría ser una intervención nuestra en alguna parte de la Tierra (pudo haber dicho: «contra alguna nación»), rompería esa armonía, que es la base de nuestra convivencia y de nuestra vida. Comprendes? Es como si en el seno de una familia, y empleamos aquí otra unidad de medida vuestra para que nos entendáis mejor, que está acostumbrada a vivir en paz y armonía, de pronto, el padre o la madre o los dos a la vez empezasen a ponerse de malhumor, a gritar y a proferir amenazas. De poco serviría aclarar que todo aquel malestar era provocado por alguna familia vecina. La realidad sería, de todas formas, ésta: que la paz y la armonía de aquella familia, por muy ejemplar que fuese la existencia de sus miembros, se vería profundamente alterada, perturbada. No sabemos si este ejemplo está bastante claro Sí. Naturalmente que está claro. Sin razón aparente me quedé callado. Y ellos también. Como esperando la obligada apostilla. Y ésta vendría rodada: Bueno, todo esto quiere decir que vosotros no provocaréis nunca una guerra preventiva Exactamente, ni preventiva ni de ninguna otra especie. Uno, conste una vez más, se ha movido siempre entre gentes de paz. Quiero decir: sobre todo cuando estaba con amigos o compañeros libertarios. Éramos gente de paz por vocación y formación. Pero doy mi palabra que nunca, en tan corto espacio de tiempo tiempo terráqueo, por supuesto, había oído entonar tantos cantos a la paz como en las breves horas en que estuve charlando con ellos y ellas en su nave espacial [27] Al hacerse de nuevo el silencio, el documental en color volvió a pasar por la pequeña pantalla. Vi cómo las pequeñas naves se deslizaban hacia las profundidades del mar; lentamente y con sus luces muy atenuadas. Cuando llegaron a la boca de lo que parecía ser una gran cueva submarina, mientras una de las naves se quedaba de guardia en la entrada la otra permanecía arriba, entre dos aguas, en servicio de protección, me explicaron la tercera nave se introducía en la cueva. Con la misma lentitud de antes y con un foco de luz muy tamizada. Mientras veía desfilar aquel magnífico paisaje submarino ante mis ojos, la voz me explicó: Seguramente te habrá llamado la atención la lenta marcha de nuestra nave y la poca luz que emplea para explorar aquellas profundidades. Sí, es verdad respondí en el acto. Pues has de saber que eso se hace para alterar lo menos posible el ambiente y no amedrentar a los peces. Así no huyen, sino que siguen haciendo su vida normal, nos acompañan y facilitan nuestra investigación. Lo mismo ocurre cuando exploramos un bosque. Hay que respetar siempre la existencia y, sobre todo, la tranquilidad de las especies animales. Así no somos temidos y todo es más fácil. Y no sólo la fauna, sino que también debemos respetar la flora. Comprendes?[apéndice 11] Estaba avergonzado, ésa es la verdad, porque no podía por menos que pensar en la cantidad de disparos que turban la paz de la Naturaleza, en la Tierra, en cuanto se levantan las vedas. Me pareció estar oyendo también los enloquecidos ladridos de los perros rastreadores. Y los miles de otros ruidos gratuitos, casi siempre que el hombre desparrama por el medio ambiente. Más tarde, cuando iba camino de Barcelona, entre las muchas preguntas que pensé que podía haberles hecho, estaba la de indagar si acaso eran vegetarianos. Y volví a pensar en la paz cósmica en peligro, por obra y gracia de los terráqueos Tardé poco más de un minuto en llegar a las lindes de un prado, que es donde nacía la luz, y desde allí empecé a distinguir la silueta de una enorme nave espacial. De unos 50 a 75 metros de anchura. La luz salía de la parte de arriba y de la parte baja de la nave. Así que salté del camino al prado y me quedé como encantado, al tiempo que los dos haces de luz se apagaban lentamente, oí una voz en correcto castellano, con tono cantarín, algo musical que me dijo: «No temas. Acércate, por favor». Entonces me acerqué a la nave, cuya base estaba ahora iluminada por un potente foco de luz blanca y rosa, que parecía brotar de una puerta abierta en su «bajovientre», de laque no tardó en salir una especie de rampa.

EL ARMONIOSO ORDEN CÓSMICO EN PELIGRO

Quiere decir eso pregunté que la muerte haría su reaparición en vuestros espacios, si esos peligros se concretasen? No es tanto la reaparición de la muerte física lo que nos preocupa, porque ese peligro lo podemos atajar rápidamente, sino algo mucho más grave, como sería el desajuste de la vida cósmica, tan armoniosamente trenzada, y la destrucción, en mayor o menor escala, de ese orden universal sobre el que florecen y se desarrollan nuestras vivencias. Toma como ejemplo el respeto a la tranquilidad de toda clase de fauna y flora, de que te hablábamos, y el silencio que tanta importancia tiene en nuestras vidas. El solo estruendo de una bomba alteraría enormemente el medio ambiente cósmico. Es algo que difícilmente vosotros podéis comprender, porque no podéis captar aún toda la grandeza de nuestra paz. En una visión meteórica desfilarían ante mí, con imágenes y sonidos muy a juego, es decir: los estruendosos ruidos inventados por los terráqueos que mortifican nuestra vida de día y de noche, capaces de alterar y de desarreglar los organismos de cualquier especie viviente, en esta Tierra de nuestros tiempos y en cualquier planeta habitado [28]. Pero la verdad es que no supe qué decir. Mi mente, por mucho que me esforzase, no podía alcanzar a concebir los nefastos resultados de tal monstruosidad: que nosotros fuésemos capaces de poner en peligro los fundamentos de una arquitectura espacial tan maravillosa. La indignación volvió a corroerme las entrañas con más fuerza que nunca, al pensar lo que podría ser la vida en la Tierra si el ser humano, en aras del bienestar común, se lo propusiera. Recordé, palabra por palabra, una de las charlas más interesantes y amenas que sobre la Naturaleza oí en mis tiempos de estudiante, entre 1931 y Se la debo a mi profesor de Historia Natural de la Escuela de Militantes CNT-FAI, don Alberto Carsí Lacasa, en el curso Fue también uno de los principales impulsores y organizadores del CENU (Consell de l’escola Nova Unificada), y murió en el exilio a mediados de la década de los años 50. En 1948, en Francia, cuando nuestro viejo profesor y amigo reemprendió sus cursos (pero esta vez por correspondencia) por su cuenta y riesgo, con las nuevas generaciones de jóvenes españoles en el destierro, nos volvió a hablar de la Naturaleza, y de lo que debía ser nuestro comportamiento hacia ella, con las mismas palabras de antaño [apéndice 12]. Es necesario insistir para que se lea y se relea este breve texto, hijo inconfundible del bueno de don Alberto, geólogo eminente, también, una loable labor que compartía con su hermano Ricardo. Detalle curioso: el primero era un ateo integral y el segundo un católico convencido. Tuve ocasión de tratarlos a los dos y confieso que me sería muy difícil decir cuál de los dos era mejor persona. Ambos eran la bondad personificada, ésa es la verdad; quizá porque los dos creían sinceramente en lo que defendían y, como ya dije en otro lugar, porque eran de esa estirpe de humanos que predicaban con el ejemplo. Pero volvamos al texto de don Alberto. En él habla de «la Naturaleza como manantial de vida», y la palabra «armonía» la menciona cuatro veces. Se habla asimismo de «la naturalidad» y de «la sexualidad», de conocer su cuerpo y de toda esa suma de actitudes y acciones centrada en la marcha hacia la «Armonía Universal». Lenguaje, en suma, idéntico al empleado por los tripulantes de la nave espacial Luz del Cosmos. Quede claro por tanto, una vez más, que mucho antes de que los extraterrestres diesen fe de su existencia y por mil conductos distintos nos hicieran llegar sus «mensajes» y «comunicados» de tono fraterno y paternal, a veces, por esta Tierra de nuestras entretelas, ya merodeó una especie de terráqueos que tenía, por decirlo con palabras recién acuñadas en nuestra larga conversación y sus prolongados silencios, mucho fluido cósmico de pecho para adentro. Fluido que, por todos los medios a su alcance, trataron de insuflar a sus semejantes. Tal intento llevaría al pelotón de ejecución, bendecido por el catolicismo español el pelotón, no el ejecutado en Montjuic, en 1909, entre otros, al fundador de la Escuela Moderna, Francisco Ferrer Guardia. Ahora, el documental en color me mostraba el regreso de las naves exploradoras de mares a uno de los planetas-etapa, como decían ellos. En el área de aterrizaje había mucha gente y vi grandes mesas de frutas de todas clases, de colores muy vivos, brillantes. Eran hombres y mujeres de talla menor a la de mis contertulios. Unos de tez clara, como ellos, otros algo aceitunadas y algunos morena. Había varios grupos que cantaban y bailaban cogidos de la mano, en corros abiertos, tal y como he visto bailar en determinadas regiones de Yugoslavia y en Grecia. Yo no sabía hacia dónde mirar, en mi afán de captar todos los detalles. Pero con ser tan interesante lo que estaba viendo, lo que más me maravilló fue el verles las caras a mis cuatro interlocutores. A medida que bajaba su visera el halo vaporoso se iba apartando y descubría sus fisonomías: las de dos hombres y dos féminas. Parecían caras de tipo nórdico, sobre todo las de los hombres. La belleza de sus rasgos me recordaba por momentos a ciertas estatuas griegas de la antigüedad. Ellas tenían la nariz más achatada y una tez menos blanca. Era difícil darles una pigmentación determinada; supongo que, a causa de la luz ambiental, que era blanquísima en general, levemente a veces, entrecortada por matices rosados o azulados. Ellos se dieron cuenta muy pronto de mi estupor. Acaso creías que éramos muy diferentes de vosotros? No supe qué responder, porque en realidad yo, personalmente, no había sabido nunca muy bien qué clase de morfología solía atribuirse a los extraterrestres. Ignoraba, en todo punto, la variedad de sujetos apercibidos o contactados por los terráqueos. Seguí observándolos. Las dos féminas parecían mujeres de 25 a 30 años y los hombres algo mayores: uno de ellos podría tener 40 a 45 años y el otro 30 a 35. Siempre midiendo con los raseros nuestros, por descontado. La voz añadió: En nuestra comunidad existen grupos que son diferentes de nosotros, pero tan sólo en el aspecto exterior. El caso es que yo seguía proyectándome, mentalmente, mis «retrospectivas» a un ritmo increíblemente rápido. Y, como es natural, recordaba mis años escolares, antes de julio de Y veía nuestras excursiones al campo tómese buena nota: tres medias jornadas por semana, con todo el equipo de la Escuela Labor unos 80 chicos y chicas de 6 a 12 años guiados por nuestros maestros: Germinal, que hacía de director cuando todavía no había cumplido los 20 años, y sus tres ayudantes, también, como él, estudiantes de Magisterio, las tres menores de 20 años [apéndice 13]. Por vez primera vi sonreír al que estaba charlando conmigo a través del inlocalizable chisme traductor. Aparato que, al decir de ellos, era capaz de emitir en todos los idiomas de la Tierra y en los miles de dialectos que se emplean en sus cinco continentes. A mí, una de las veces, me preguntaron si deseaba que prosiguiésemos la conversación en catalán, en francés o en lengua de Oc Sus palabras me parecían viéndole mover los labios más bien balbuceos, pero la traducción castellana seguía siendo cantarína, musical, con un sonido muy agradable que, a ratos, todavía repiquetea en mis oídos. Pregunté cuál era el lenguaje que utilizaban entre ellos y me respondieron que lo hacían a través de un código de signos convencionales; en particular cuando comunicaban a distancia. Algo parecido al esperanto? pregunté, sin reflexionar demasiado. Bueno, sí, en parte. Empleamos un lenguaje y signos indiferentemente. Todo depende del asunto. A veces, como has podido ver en el documental sobre el planeta Verde-Cristal, también conversamos con las manos, como lo hacen con esa elegancia tan armoniosa vuestros sordomudos. Porque el silencio, como ya hemos dicho, es importantísimo para nuestro equilibrio sensorial y también para el entorno. La verdad es que yo no había captado muy bien todas las imágenes de aquella fiesta-recepción, siempre a merced, como estaba, de la obsesión por «archivar» el máximo de impresiones en mi memoria. Y muchos de aquellos signos-palabras debí tomarlos como demostraciones de alborozo. No obstante, al observar cómo aquellas gentes se manifestaban en ese sentido, recordé en seguida la efusiva forma de sobamos que nosotros, los mediterráneos, solemos practicar cuando nos despedimos de personas queridas o nos encontramos con ellas.

Me dirigí hacia allí hacia la nave y apenas llegué al pie de la «escalerilla» me detuve y alcé la vista, percibiendo en la puerta una forma corporal alta, envuelta en una especie de halo multicolor. En el acto volví a oír la voz: «No temas. Sube a nuestra nave que queremos hablar contigo».

Eduard Pons Prades

  • Editor: Planeta
  • ISBN-13: 978-8432036361

 

Comenta

*

(*) Camps obligatoris

L'enviament de comentaris implica l'acceptació de les normes d'ús