El Mensaje de Otros Mundos (frag. 6)

CON UNA TRIBU CENTROAMERICANA

Un reportero catalán, Joaquín Grau, de la mano del fotógrafo Leopoldo Samsó, nos ha ofrecido un
libro maravilloso del que, obligadamente, vamos a tener que transcribir varios pasajes. Como éste:
«La vida es mucho menos tremebunda que la literatura. Los aucas (tribu reputada salvaje en tierras de
la Amazonia Oriental ecuatoriana) simplemente me estaban dando una lección de sana espontaneidad.
Ellos no componen, como nosotros (los «civilizados»), una sociedad de voyeurs; ellos no han
reprimido el sentido del tacto, ellos tocan como un niño a otro niño. Ellos absorben información por
todos sus sentidos, especialmente por el tacto. No les basta ver las cosas y menos, como nosotros,
verlas, si es posible, por el ojo de la cerradura; las cosas hay que tocarlas, hay que establecer
contacto directo con ellas, sentirlas, crear la más pura e íntima comunión. Hay que tocar. Y ellos,
especialmente hombres y niños, palmeaban mi cuerpo, comprobaban su textura, me abrían el
pantalón, buscaban… Y reían, reían como niños que acaban de descubrir un mundo nuevo. Quento —
el guía, de padre quechua y de madre auca— les ahorró todo ese trabajo de descubierta. Sólo llegar a
la choza se quitó la ropa y se quedó tan desnudo como los aucas. Confieso que lamente no poseer esa
espontaneidad. Desgraciadamente, casi dos mil años de represión judeo-cristiana gravitaban
sobre mí [29]».
El libro de Grau y Samsó llegó a mis manos el 26 de junio de 1981 y, poco después de leerlo,
publiqué una larga reseña ilustrada en el Diario de Barcelona. Los textos escogidos habían sido
subrayados por mí casi dos meses antes de mi encuentro con ellos. A la vista de tantas coincidencias
en los enfoques esenciales sobre la vida humana, ¿se sospechará, acaso, que los aucas son
extraterrestres o que están emparentados con ellos? [apéndice 14]
Por otra parte, a estas alturas uno —y mucha gente— está en el derecho de preguntarse: ¿cuántos
sentidos habrán anulado en nosotros, no solamente la represión judeo-cristiana —que no es moco de
pavo— sino todas aquellas «civilizaciones» que se han enseñoreado del mundo, de raíz
preponderadamente religiosa? ¿Y cuántos e incalculables quilates de espontaneidad y de naturalidad
habremos perdido por el accidentado camino que las sucesivas «civilizaciones» nos han trazado e
impuesto a lo largo de los tiempos? Hasta hacernos desembocar en esta triste situación de «robots»
con apariencia humana en la que, a grandes zancadas, están cayendo legiones de seres humanos.
Recordando la desnudez de los aucas, lancé otra pregunta:
—¿Y los vestidos esos que lleváis, esos monos que parecen uniformes, son obligatorios en
vuestros planetas? ¿No hay en ellos adeptos al nudismo?
—Presta atención, por favor —respondió la voz.

OTRO DOCUMENTAL

Ante mis ojos empezaron a desfilar imágenes de gentes del planeta Lagos Profundos —me indicaron
— bañándose desnudos en un lago. En seguida me di cuenta de que se trataba de un pequeño mar
subterráneo, rodeado de una especie de módulos blancos, parecidos a los «iglús» de los esquimales,
con orificios pequeños que hacían la vez de ventanas, y con entradas, pero sin puertas. Todo ello
rodeado de una vegetación que daba la impresión de haber sido miniaturizada. Vi sauces llorones que
no levantarían del suelo más de tres metros de altura. El techo del lago daba la impresión de ser de
materia plástica transparente, y estaría a unos diez metros sobre el nivel del agua.
—Los vestidos —puntualizó la voz— forman parte de nosotros mismos en determinados
momentos de nuestra vida. Así, por ejemplo, este halo que ves alrededor de nuestros cuerpos sólo lo
usamos cuando nos acercamos a la Tierra, como inmunización contra vuestras contaminaciones,
cuyos efectos nocivos incluso vosotros sois incapaces de calcular, y también podemos utilizarlo
como coraza protectora en caso necesario. No tenemos más que aumentar su densidad.
Sin poderlo evitar, con un punto de mala uva, lancé:
—¿Entonces, vosotros tampoco estáis a salvo de accidentes o de averías?
—Por supuesto que no. Pero en nosotros cualquier fallo puede ser enmendado sobre la marcha
gracias a nuestros sistemas de prevención. A nosotros lo que más nos preocupa es no transportar la
contaminación terráquea a otros ambientes, lo cual crearía problemas, pero en caso alguno resultados
irreversibles en ningún campo.
Por vez primera, sus palabras habían adquirido un tono algo zumbón —o así me lo pareció a mí
—, lo cual me obligó a levantar la mirada de la pantalla y a fijarme mejor en sus semblantes y pude
comprobar que, mirándose unos a otros, se sonreían.
—No sé, pero a mí me parece que esas imágenes quedarían más bonitas con algo de música.
—Es verdad, perdón.
Y en el acto oí el rumor, muy atenuado, propio de un lugar donde hay personas bañándose. Pensé:
ya me gustaría ver un partido de fútbol o de rugby, con esta gente tan silenciosa en las gradas y sobre
el césped. Parecería una película muda.
La voz agregó:
—Bueno, a menos que a ti te agrade oír una música en particular…
Que no se me había pegado todavía gran cosa de la bondad de mis anfitriones quedó demostrado
en la música pedida por mí, como para ponérselo difícil, que era un disco que yo oía diariamente
mientras me afeitaba, en el puente de los años 50 y 60. Creo que hasta endurecí la voz un poco para
pedirles el Concierto de Aranjuez interpretado por el trompetista de jazz Miles Davis, con un arreglo
de Bill Evans. ¡Cuál no sería mi sorpresa al oír empalmar las primeras notas de tan bella pieza
musical, y de su no menos hermoso arreglo, con las últimas sílabas de mi petición! Sentí una gran
vergüenza, la verdad, y hasta —¿por qué no decirlo?— una cierta humillación, pensando, una vez
más, en nuestra desgraciada soberbia terráquea. Y aquí se volvió a abrir un largo silencio…
Me quedé observándolos. Y me fijé, en particular, en los emblemas que llevaban, no sé si
cosidos, pegados o bordados en el pecho, a la altura del corazón. Tendrían unos 12 a 15 centímetros
de alto. Su perfil, ancho de 3 o 4 milímetros, era negro. Tan sólo lo que parecía un ojo, en el centro
—el ojo viviente lo llamaría yo—, era multicolor, con colores refulgentes y cambiantes. Era un ojo
multiprisma. El primer recuerdo que me vino a la memoria fueron los ojos verdes —de tonalidad
cambiante según que el día fuese soleado o nublado—, que se asemejaban a florecillas en
permanente mutación de matices, de mi primera compañera y madre de mis cuatro hijos. También
aquellos ojos, que se apagaron para siempre un día de julio de 1964, se configuraban en una infinidad
de prismas cambiantes, pero el «ojo» de estos emblemas era algo muy fuera de lo corriente.
Mirándolos, uno tenía la sensación de estar navegando por el espacio o nadando en las más exóticas
profundidades del mar o de un lago. Era un espectáculo apasionante. A ratos me fascinaban de
verdad. Luego he reproducido este emblema de memoria y no sólo no le hemos podido dar vida sino
que, con nuestros insípidos colores, tengo la sensación de que es un emblema enfermo…
A ratos me daba la impresión de que, cuando ellos me miraban fijamente, estaban leyendo mi
pensamiento, como se leen las páginas de un libro abierto. Y yo, que poco a poco me iba
acostumbrando a darles toda clase de facilidades, llegué a imaginar que ésa sería la mejor manera, si
no de leer, por lo menos de tratar de adivinar sus intenciones. Aunque, en verdad, ¿para qué quería
yo saber lo que pensaban hacer conmigo, por ejemplo, si estaba clarísimo que lo podían todo y que,
mientras no tuviese pruebas palpables de lo contrario, parecían animados por los mejores
sentimientos?
Pero, repito —y en esto hay que insistir tanto como haga falta—, en el fondo me sentía en un
plano de gran inferioridad. Me decía para mis adentros: al parecer, estos señores lo tienen todo, nos
pueden enseñar de todo, ayudarnos —si llega el momento— en todo y, en cambio, nosotros, los
habitantes de la Tierra («el ombligo del mundo», según una cantinela reiteradamente entonada a lo
largo de los tiempos por nuestros más ilustres pensadores…), ¿qué podríamos enseñarles? ¿A
matarse unos a otros? ¿A destruir el medio ambiente y a exportar bombas al Cosmos? ¿A poner el
propio hogar en peligro de saltar por los aires en cualquier momento?
Después de un breve silencio volví a preguntar:
—Entonces, si en vuestros planetas no existen familias, como en el nuestro, ¿tampoco existen ni
el amor ni la amistad?

AMOR… Y COMPAÑERISMO

Se miraron entre sí de nuevo, como preguntándose quién de ellos iba a responder. Fue la fémina que
tenía enfrente, ligeramente hacia mi derecha, a menos de un par de metros de mí. Vi cómo movía sus
labios, ligeramente carnosos, de un rojo más bien desvaído. Aunque esto de los colores o tonos debo
subrayar, una vez más, que era algo muy relativo, puesto que —por lo menos a mis ojos— todo
estaba condicionado a la luz blanca dominante en el ambiente.
—En nuestras comunidades existen unos tipos de relación equivalentes, aunque nosotros diríamos
que más genuinos. Nosotros hemos ido depurando nuestras costumbres y nuestro lenguaje, como es
lógico, enriqueciéndolo todo con la mayor espontaneidad. Y nuestra naturalidad ha alcanzado tal
punto, que casi nunca nuestras actitudes, actos o vivencias necesitan ser embellecidos con la palabra.
Nuestra preocupación constante, en este interesante tema, es la de mantener la máxima sinceridad en
nuestras relaciones. Somos gente que hablamos mucho más con nuestro comportamiento que con las
palabras. Para explicarte mejor el sentimiento que preside nuestras relaciones emplearemos una
palabra algo desusada en vuestro planeta: es la palabra compañerismo…
—Bueno, según para quién —corté—, porque en los medios libertarios esa palabra ha sido
siempre de uso corriente.
—Sí, ya lo sabemos. Pero nos estamos refiriendo a la gente de la Tierra en general. Este estado
de ánimo o de relación, resume bien el acto de unir personas, comunidades, voluntades y esfuerzos. Y
entre nosotros esto dura mientras pervive la necesidad de estar en compañía, de acompañar, de ser
acompañado, para recrearse, gozar, viajar, investigar, explorar, es decir: para realizar algo que no
podríamos hacer en solitario. Pero todo esto tiene su límite natural, tras el cual se abre en seguida
otra perspectiva. Vosotros, los terráqueos, debéis tener presente, siempre, que nosotros somos gente
libre, que gozamos de una libertad total, sin trabas de ninguna especie, porque cada individuo, cada
comunidad conoce al pie de la letra sus «derechos» y «deberes», por decirlo con palabras vuestras.

La rampilla mecánica me subió hacia arriba, hasta la puerta que estaría situada a unos 4-5 metros del
suelo. Antes había podido ver que la nave estaba posada sobre cuatro patas, que parecían estar
articuladas tubularmente. Al franquear la entrada, la voz me dijo: «Bienvenido a bordo de la nave
«Luz del Cosmos». Y con un ademán suave, de los tres que me estaban esperando, el más cercano a
mi me indicó unos asientos del centro de aquella inmensa sala, colocados en torno a una mesa de
forma ovalada.

 

LA LIBERTAD A ESCALA CÓSMICA

—Porque para nosotros, la libertad bien entendida de uno no es aquella que termina donde empieza
la libertad del otro; lo cual, bien mirado, es una frase hueca, como tantas otras de las que se usan en
la Tierra. Porque, ¿quién puede fijar la frontera entre esas dos libertades individuales? Nuestra
libertad es la que se imbrica, que se armoniza y que se funde con la libertad de los demás. Sólo así se
puede trenzar de verdad la libertad colectiva, que es la genuina, y no con «libertades que van por
libre», a las que tan sólo pueden acceder los elegidos y los privilegiados, como ocurre en vuestro
planeta.
.
—¡Naturalmente que las hacemos! —saltó la fémina—. Nadie mejor que nosotros para saber
apreciar los esfuerzos y sacrificios de determinados grupos de terráqueos, a lo largo de los tiempos,
para encauzar más armoniosamente la existencia de vuestras comunidades. Y hemos podido
comprobar, también, que quienes representaban mejor los más bellos ideales humanos han sido a
menudo perdedores, precisamente a causa de su bondad. ¡Naturalmente que hacemos diferencias! —
insistió la fémina.
—Como tampoco podéis meter a todos los equipos de dirigentes en la misma bolsa. Los hay que
podrían hacer muchas cosas buenas y no las realizan, mientras que otros, que querrían hacerlas, no
poseen medios para ello, o están atemorizados por los espadones de turno.

 

LOS BORBONES EN CANDELERO

—También en ese terreno podemos dar una opinión muy ajustada de la realidad. Sabes la
importancia que tiene para nosotros la cuenca del Mediterráneo y lo que opinamos sobre los pueblos
que la circundan (véase el capítulo «Por qué me eligieron a mí como mensajero»). Pues bien, aunque
te pueda chocar lo que vamos a decirte, porque conocemos tu intransigente republicanismo, nosotros
hemos observado mucha valentía y mucha naturalidad en el comportamiento de vuestros reyes, los
cuales, si persisten en su trayectoria, están llamados a desempeñar un papel mucho más importante
que el actual.
Confieso que, al oír estos elogios sobre la pareja real española por boca de extraterrestres, mi
sorpresa fue morrocotuda. Porque, la verdad, en el largo rato que llevábamos charlando, ellos no se
habían mostrado en absoluto inclinados a tomar partido o señalar preferencias, sobre todo en los
asuntos políticos de la Tierra. No es que me molestase, pero tampoco salté de contento, la verdad.
Pero como lo cortés no quita lo valiente, yo, a pesar de mi «intransigente republicanismo»,
reproduzco aquí, sin quitar ni poner una coma, lo que me dijeron. Sin embargo, esto del
«republicanismo intransigente» requiere una explicación: es fruto, ante todo, de mi antimonarquismo
consecuente.
Yo no he podido admitir nunca —ni lo admitiré mientras viva— que, una vez por designios
providenciales y otras por caprichos caudillales, a mí se me impongan dirigentes de ninguna clase.
Por otra parte, para no tener la menor simpatía a la dinastía borbónica me basta y me sobra con
conocer la historia de España. Pero es que hay más: conozco muy bien —por haberla vivido muy
intensamente— nuestra historia de este último medio siglo. Y en particular el período que arrancó en
julio de 1936. Me explico: el peor enemigo que ha tenido —y tiene— la monarquía —ya desde antes
de ser restaurada— es la de contar como Estratega Mayor al Conde de Barcelona. Así se lo dije —
de pasada— en un artículo mío («El franquismo por dentro». Mundo Diario, Barcelona, 9 de febrero
de 1979): «Es posible que el Conde de Barcelona proyectase, a la vista del panorama —Franco le
soltó, en 1948, entre otras «indelicadezas», que pensaba conservar el poder durante veinte años más
—, una restauración a largo plazo. Pero que quede claro que no le hizo ningún favor al pueblo
español y un muy flaco servicio a la Monarquía instaurada en 1975 [apéndices 15 y 16].»

 

ALGO MÁS SOBRE MIS INTERLOCUTORES

Seguí mi inspección ocular: del resto de la tripulación, sólo uno de los varones tenía ojos
almendrados, mucho más saltones que los de la fémina más cercana a mí. Los otros los tenían como
nosotros, redondos, aunque más grandes y saltones y, por lo regular, bastante separados del apéndice
nasal. Después, durante nuestra larga, amena y aleccionadora conversación, me dirían que ello se
debía a una gimnasia ocular periódica, lo cual ponía a sus ojos en disposición de abarcar un campo
de visión mucho mayor y captar así infinidad de detalles. Y, al mismo tiempo, poder expresar mejor,
con la mirada, lo que solamente los ojos pueden decir. Por cierto, que esto de «las miradas que
hablan» me recordó las veces que, durante mis cinco largos viajes por España, para escribir mi libro
dedicado a las guerrillas españolas (1936-1960), sentí no haber llevado conmigo uno de esos
aparatitos de fotografiar —miniaturizados— que pueden ser escondidos debajo de la solapa de la
chaqueta. De esta forma podría haber fotografiado docenas de miradas de campesinos, de
campesinas, de pastores, de carboneros, de guardas jurados incluso, que constituyeron la muda
respuesta a ciertas preguntas mías. Con esas fotos, limitadas al par de ojos de cada entrevistado que
me dio, repito, la callada por respuesta, hubiésemos podido ilustrar muchas páginas que, a no dudar,
resultarían entre las más elocuentes, con mi pregunta primero, en letra impresa, y debajo un recuadro
con la correspondiente respuesta ocular…
Las caras de mis interlocutores masculinos extraterrestres eran más alargadas que las nuestras,
con el mentón algo más prominente que el corriente por estas latitudes. Pero sus proporciones eran
siempre armoniosas. El de los pómulos salientes tenía un aire oriental y era el más bajito de todos:
1,75 metros o poco más. Sus labios eran menos carnosos que los de las féminas y los rostros
varoniles parecían recién afeitados. A ratos se me aparecían como auténticas figuras de cera. Las
orejas eran también alargadas y pegadas a la cabeza.
Me explicaron que la función de oír era muy importante para ellos, no sólo por el alcance de la
percepción de sonidos, sino también para «escuchar» el silencio. Esto me lo dijeron una y otra vez,
sin duda para que yo me percatase bien de lo importante que era para ellos la ausencia de ruidos,
recalcándome que la transmisión de ese silencio hacia su organismo ejercía en sus cuerpos una
influencia altamente tonificante y revitalizadora, sin parangón con cualquier tipo de tratamiento
preventivo, en la por tanto extensa gama de las que disponen, y usan, para mantener sus vidas en eso
que los terráqueos llamamos «buena forma». Si bien nosotros nos referimos más concretamente a la
forma física, mientras que en ellos tiene unos alcances mucho más dilatados.
Sus brazos y sus piernas me parecieron más largas, y esto es algo que también comprendí
perfectamente al descubrir que andaban mucho y que hacían mucho ejercicio durante las
exploraciones montañeras o submarinas. «Aunque nosotros —me dijeron con una punta de ironía—
no escalamos cimas para colocar allí banderitas o emblemas. Nosotros preferimos ir subiendo
lentamente y descubrir a las gentes que viven en esas montañas, conocer su clase de vida, la clase de
vegetación que los rodea y los animales que las pueblan. Las cimas no tienen otro atractivo para
nosotros que el de admirar el paisaje desde una atalaya más alta, aunque esto es cosa de la que
también podemos disfrutar perfectamente desde nuestras naves». Ellos —siguieron explicándome—
daban mucha importancia a no perder detalle de cuanto se ofrecía a sus ojos. Es decir: no perder la
dimensión humana de las cosas[31].Según pude comprobar en los documentales que me mostraron,
ellos no utilizan los elementos mecánicos más que cuando es imprescindiblemente necesario.

Varías veces me rondó la tentación de preguntarles si una vida tan disciplinada y reglamentada no
resultaba a la postre aburrida. Pero ¿por qué pensaba yo en «disciplina» y «reglamentos» si ellos lo
hacían todo en plena libertad? No sería ésta, por supuesto, la última vez que surgiría en mí esta
especie de grandes interrogantes, sostenidos siempre en un punzante desconcierto: el de no acabarme
de creer aquella realidad que tenía delante de mis propias narices. Por enésima vez recordé lo que,
tanto por parte de mis padres como de mis maestros (incluido mi profesor de cultura física, en 1932-
1936, Cuesta, del Club Gimnástico Barcelonés, que fue campeón de España de lucha grecorromana),
recibí como consejo: el de cuidar siempre bien de mi cuerpo, de mi salud, porque de nada me
serviría estudiar, hacer proyectos y trazar planes, si luego, adoleciendo de tal o cual afección o
enfermedad, en el instante de acometerlos me encontraba alicaído.
Por otra parte, yo me decía: no sé si estos compañeros habrán pretendido «ocupar» a fondo mi
mente, pero lo que se ponía en evidencia, cada dos por tres, es que yo seguía emperrado en mis
enfoques terráqueos. Porque, naturalmente, si ellos me hubiesen puesto en estado de encajar
sensaciones sin asimilarlas a mi aire —por lo menos las más esenciales para entender la vida— esta
entrevista desembocaría en una estafa «Made in Tierra» y los primeros engañados serían ellos.
Entonces fue cuando me di cuenta de la suerte que había tenido: estaba haciendo, a trancas y
barrancas, la primera entrevista que unos extraterrestres hayan concedido a un habitante de la Tierra.
Y, por añadidura, a un escritor historiador (de «cronista de la historia» me trató alguien de la estirpe
de «los antropólogos que no han pisado nunca la selva»), practicante de la historia oral contada por
los peatones de la Historia y al que, por otro lado, le hubiesen concedido el privilegio de subir a una
de sus naves y de charlar con ellos durante varias horas.
He de confesar también que sentí no saber corresponder a su cortesía con mayor espontaneidad.
Debí mostrarme menos arisco y haberme esforzado —más, mucho más de lo que me esforcé— por
moverme, mentalmente, en un terreno más abierto, menos tenebroso.
De otra cosa estaba también cada vez más seguro: que debía tratar de amasar en mi caletre
aquellos insólitos materiales de reflexión y que esto era un esfuerzo mental que me tocaba asumir, sin
más, por mi cuenta y riesgo, si de verdad quería comprenderlos y sacar algún provecho de nuestro
encuentro.

La mesa se parecía a una de esas que vemos en los estudios de radio, con innumerables manecillas, y
del centro emergían unas pantallas escamoteables en una de las cuales yo podía admirar varios
documentales que trataban de sus viajes, de las recepciones que les habían reservado las poblaciones
de los planetas visitados, de fiestas populares, de zambullidas de miniplatillos en los mares, y varios
episodios más, casi siempre con gentes extraterrestres como principales protagonistas.

 

EL CONTACTO DEFINITIVO

La fémina que estaba en pie, apoyada en el respaldo del asiento del que se encontraba sentado en
medio, dijo:
—No trates de forzarte, querido compañero. Limítate a tener la mente lo más despejada y limpia
posible y obsérvalo todo con todos tus sentidos: lo que ves, lo que oyes y también lo que no oyes.
Grábalo bien en tu memoria. Ya te dijimos al principio que ibas a archivar en ella muchos recuerdos.
Luego, cuando regreses a la Tierra, ya tendrás tiempo de recapacitar tranquilamente sobre tu
experiencia a bordo de nuestra nave. Y podrás transcribir tus recuerdos y tus reflexiones libremente,
según tus referencias terrestres, a las que sabemos que no podrás renunciar. Ya te habrás percatado
del gran abismo que separa nuestras respectivas formas de entender la vida. No es aventurado hablar
de la existencia de dos mundos. Sin embargo, aunque por ahora no se pueda afirmar que «estamos
condenados a entendemos y a convivir unos con otros», lo que sí nos parece incuestionable es que, a
causa de esa nociva intromisión de vuestras naves mortíferas, que ponen en peligro la armonía del
Universo, tan costosamente ordenada a través de milenios, quizá haya comenzado una nueva era que
podríamos llamar de «franca aproximación» y de «contacto abierto», que nosotros estamos deseando
alcanzar desde tiempos inmemoriales[32]
.
—Los terrestres llamamos a eso: «no hay mal que por bien no venga».
—Sí, así es, querido compañero, pero debes convenir con nosotros que siempre es preferible
conversar y compenetrarse, basándose en opciones constructivas, que no al socaire de temores y
amenazas.
—Decidme, ¿vosotros estaríais dispuestos, si de pronto los terráqueos nos volviéramos
civilizados y generosos, a establecer contactos regulares y definitivos y a compartir con nosotros
todos vuestros descubrimientos y secretos?
—Esto es algo que venimos practicando desde siempre entre las comunidades que hemos ido
formando la Confratenidad Universal. Es lógico que nuestra actitud hacia vosotros fuera todo lo
fraternal que ha sido siempre nuestra norma con los demás. ¿Cómo creéis que hubiéramos podido
establecer nuestro armonioso concierto universal?
Entonces, no sé por qué —estos cambios de rumbo los tuve varias veces, así, de pronto—, les
pregunté por la suerte de los mensajes que los terráqueos habían lanzado al espacio. Me dijeron
conocerlos; en particular el último, en el que se transmite «a las otras civilizaciones interestelares
unas visiones tan idílicas de la Tierra, que eso no hay ninguna civilización extraterrestre —por
imbéciles que sean sus miembros— que se lo crea»[33]
.
—No es que a nosotros nos agrade presenciar escenas dramáticas y deprimentes —dijo la fémina
—, pero lo que es cierto es que los terráqueos tenéis mucha afición a redactar «tablas de derechos» y
toda suerte de «declaraciones» y «manifiestos», y dedicar «años» a los marginados, a los humillados
y a los hambrientos, que no son, a la postre, más que puros paliativos.

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