El Mensaje de Otros Mundos (frag. 7)

EXTRATERRESTRES EN EL MEDITERRÁNEO Y LA CERDANYA

La voz volvió a rogarme que prestase atención y en el acto empezaron a pasarme otro documental.
Pude admirar algunas de las muchas riquezas que, según ellos , encierra nuestro planeta, y de las que
al parecer nosotros ignoramos la existencia[35]. Primero las imágenes desfilaban a una velocidad
vertiginosa, que luego, progresivamente, iba disminuyendo hasta pasar a ritmo de cámara lenta. Vi las
profundidades de un lago africano, después otro iberoamericano y, finalmente, «nos zambullimos» en
aguas del Mediterráneo.
A medida que el documental desplegaba ante mis ojos unas panorámicas completamente inéditas
para mí, ante todo por su insólita belleza —y creo que para cualquier terráqueo, por muy asiduo
cinéfilo que sea—[36], la voz puntualizó que aquel tipo de «sondeos» los habían realizado
recientemente con unas pequeñas naves que luego me mostrarían.
También pude ver un grupo «excursionista» —de extraterrestres— explorando, según me
indicaron, las montañas de la Cerdaña (eso que personas tan serias y documentadas como Antonio
Ribera y Juan García Atienza llaman «el núcleo magnético del Canigó»), sin preocuparse para nada
de la frontera que divide a Cataluña en dos. Me aseguraron que las dos superpotencias quedarían
asombradas —y humilladas, agrego yo— si un día ellos les revelasen, en prueba de buena amistad, el
inventario de todos nuestros recursos reales, incluidas un sinnúmero de riquezas ignoradas que se
hallan en sus propios territorios.
—Nosotros podemos asegurar —me dijeron— que, en la Tierra, cuyos especialistas en la
materia, maltusianos o no, están alarmados porque a fines de este siglo vuestro planeta quizá alcance
los ocho mil millones de habitantes, disponéis de recursos para atender dignamente a cuarenta o
cincuenta mil millones de pobladores[37]. Y sin tener que esquilmar y arruinar la Naturaleza, sino
todo lo contrario, sintonizando con ella armoniosamente. Mas para ello, repetimos, la Tierra tiene
que consagrarse a fondo a tareas pacíficas y dejar de rendir culto a la muerte, como habéis hecho
hasta ahora…
—Bueno, ésa quizá sea la razón —tercié yo—, que vosotros no debéis ignorar, de que en la
Tierra se haya divulgado, por parte de personajillos especializados en «relaciones públicas»,
respecto al tema de los ovnis, o en asuntos de defensa nacional, que lo que vosotros pretendéis es que
bajemos la guardia para invadirnos y apoderaros de los tesoros de nuestro planeta…; ya sabéis que
se ha dicho incluso que carecéis de agua y de sal, y que venís a abasteceros en la Tierra…
—¡Pero tú no te creerás esas majaderías!
Otra vez no supe qué contestar, así, de pronto. Temí que mi opinión sonase a falso. Porque lo
cierto es que yo he pensado a menudo en lo necia que resulta esa excusa —la de tenerle miedo al
prójimo— para acumular pertrechos bélicos y estar siempre en pie de guerra… unas naciones
terrestres respecto de otras. Por tanto, ¿cómo no iba a pensar lo mismo al referirnos a las
comunidades extraterrestres?
—De todas formas —dije—, alguna manera habrá de entrarle al toro de cara de una puñetera vez
si, como afirmáis, vosotros disponéis de recursos para suspender la vida de los pobladores de una de
las dos superpotencias. De ser así, y conste que yo no tengo ninguna razón para ponerlo en duda,
quizá podríais intervenir, por ejemplo, en el sentido de atenuar, o incluso atajar, esa tremenda sequía
que padecemos actualmente en casi toda España… o detener cualquier calamidad natural de las
muchas que asolan el mundo. (Sequía, dicho sea de paso, que ensotanados jerarcas españoles han
calificado de «castigo del Cielo», por la descristianización de nuestro país, en particular, y del
mundo en general…). Y demostrar así vuestra buena voluntad.

Otro gran silencio estalló en la sala. Entonces surgió en mi recuerdo algo que me habían
explicado en la zona sur de la provincia de Valencia, el otoño pasado, en tierras que limitan con las
de Albacete. Me dijeron que unas avionetas —personales unas y alquiladas otras—, por encargo de
una familia de las más acaudaladas de la zona, exportadores de agrios y hortalizas y dueños de
grandes extensiones de árboles frutales, habían «bombardeado» nubes cargadas de agua, con objeto
de alejarlas de sus tierras, que no necesitaban ser regadas. Pues bien, no sólo consiguieron su
objetivo, sino también otro más abominable: el de alejar de unas tierras —las albaceteñas—, rumbo
al mar, las nubes cargadas de lluvia; las alejaron de unas tierras en las que no caía ni una sola gota de
agua desde hacía más de un año. Esto me lo contó un campesino oriundo del pueblo valenciano de
Simat de Valldigna, persona seria donde las hubiere, y me fue confirmado por otros del pueblo,
también valenciano, de Sumacárcel.
Estuve a punto de contárselo a ellos , para que comprobasen que uno, pese a sus modestos
alcances, hace ya mucho tiempo que sabe muy bien de qué pie cojeamos en la Tierra. Pero, otra vez,
prevaleció la prudencia hipócrita terráquea, porque la verdad es que me sentía bastante apabullado
por tantas verdades de a puño como iba recordando, a medida que charlaba con ellos . Y todas, ¡ay!,
justificadísimas, que nos dejaban peor parados cada vez. En todo caso, esa fechoría de las avionetas
de «bombardeo» basta y sobra para demostrar que ni siquiera es necesaria una guerra —ni tampoco
buscarse enemigos de otras naciones o planetas— para que unos terráqueos le hagan la vida
imposible a otros…

 

A lo lejos, a 6-7 metros, al fondo de la sala, a mi derecha, percibí a cuatro tripulantes más, que se
movían frente a una gran pantalla rectangular, en la que no cesaban de encenderse y apagarse
lucecillas de todos los colores, como si estuviesen manipulando botones en aquel inmenso «tablero
de mandos» que se encontraba al pie de la pantalla luminosa. Más tarde me acercarla a ella y me
darían toda clase de explicaciones sobre la misma.

 

De pronto me hicieron notar —invitándome a acercarme al gran ventanal— que la «cúpula» de la
nave se había separado de ella. Se encontraba suspendida en el aire a pocos metros.

 

SU ÉTICA DE «NO INTERFERENCIA»

—Es cierto, podríamos hacer algo —respondieron—, para demostrar nuestro poder. De hecho, como
luego podrás ver, alguna vez hemos ayudado a gentes de la Tierra.
Incluso a compatriotas tuyos. Pero eso, ahora, resultaría poco eficaz por varias razones. La
primera es que las superpotencias, en el estado actual del mundo, acabarían por unirse y lanzar la
consigna de una defensa planetaria, esgrimiendo la inminencia de una invasión extraterrestre[38].
Algo así como una «cruzada interestelar». Y tenemos razones para creer que esa reacción no estaría
motivada por nuestra hipotética intervención en los asuntos terrestres, sino más bien por miedo a la
insurrección de sus propios pueblos y de los pueblos del tercer mundo; unos en protesta contra esa
suicida política armamentista de sus dirigentes y otros contra la humillación y la explotación.
¿Comprendes?
»La segunda razón es que, en el supuesto de que las dos superpotencias se quedasen a la
expectativa, que es una eventualidad a descartar casi del todo hoy en día, esos planteamientos
paternalistas serían quizá eficientes a corto plazo, pero negativos a largo plazo, dado que cualquier
solución que venga del cielo se consideraría como «un milagro divino», y esto es una farsa a la que
nosotros no nos prestaremos nunca. Fíjate que algunos «especialistas del tema ovni» han llegado ya a
afirmar que su Dios —Jesucristo— era un extraterrestre.
Recordé, quizá sin ton ni son, un proverbio chino: «El hambre de los pueblos no se sacia
dándoles panes y peces, sino enseñándoles a sembrar y a pescar».
—Pues bien —prosiguió la voz—, salvo por medio de una fuerte y sostenida información sobre
la realidad de los hechos, lo cual nos haría desembocar en una desaforada guerra de ondas, las
superpotencias coartarían, adulterarían, falsearían e incluso silenciarían esa realidad, y esto por
razones particulares y comunes a la vez. Como es bien notorio que lo hacen en torno a temas de
menor trascendencia de la que podría tener una intervención por nuestra parte en los asuntos de la
Tierra[apéndice 17]. Y esto sería así, querido compañero, aunque nosotros nos esforzásemos por
demostrar que sólo perseguíamos fines pacíficos, sin segundas intenciones de ninguna especie.
¿Comprendes?
Pensé, de paso, en la de iglesias y sectas que saltarían a la palestra para apuntarse el tanto. En
España ya son incontables las que existen, procedentes casi todas —las nuevas— del área
anglosajona, sin olvidar, por supuesto, a esos «jaraneros místicos», recién acuñados por el Vaticano
sevillano del Palmar de Troya.
Seguí callado otro largo rato, hasta que la fémina que me había acogido al llegar a la nave —que
estaba sentada en el centro de la mesa— rompió el silencio:
—Quisiéramos ser bien comprendidos y que interpretaseis correctamente nuestra actitud.
Nosotros no podemos hacer más gestos de acercamiento hacia vosotros de los que estamos haciendo
para demostraros nuestra existencia y que somos una civilización avanzada en todos los terrenos.
Aunque es cierto que, muchas veces, hemos sentido deseos de hacerlo, y por eso charlamos tan a
menudo con terráqueos, como lo estamos haciendo ahora contigo. Pero no podemos ir más lejos
mientras no demostréis que de verdad deseáis que nos ayudemos mutuamente. Y la primera
demostración no puede ser otra que la de poner fin a vuestras guerras y a vuestras prácticas
coercitivas y violentas, incluso durante esos tiempos que vosotros llamáis «de paz» [39]. Y que
nosotros comprobemos que los países privilegiados de la Tierra renuncian a seguir dominando y
explotando a los países pobres, a sus propios hermanos planetarios.
»Porque si las comunidades de la Tierra —siguió diciendo la voz— no son capaces de establecer
y consolidar una solidaridad efectiva y generosa entre ellas, ¿cómo vamos a poder creer nosotros en
vuestra sincera disposición para integraros en la gran comunidad cósmica que llevamos alumbrando
desde hace tantos milenios?

LOS DESCONOCIDOS TESOROS DEL UNIVERSO

Juzgando, sin duda, que necesitaría relajarme un poco, me invitaron a visitar la nave. En seguida me
di cuenta de que aquella sala era mucho más pequeña de lo que yo imaginé. Existían unas
separaciones que parecían de vidrio, pero prácticamente invisibles. Lo noté tan sólo cuando
franqueamos una especie de puerta y entramos en lo que yo tomé por la cabina de navegación y de
control —por llamarla de alguna manera— y oí como unos silbidos muy apagados, que variaban de
intensidad —pero siempre con un registro bajísimo— al unísono con las lucecitas que se encendían y
se apagaban intermitentemente en aquel inmenso tablero —o «mapa mural»— que yo ya había
percibido desde mi asiento. Ahora, de cerca, me parecía más sofisticado: con una serie de hileras de
pulsadores de distintos colores, con seis pantallitas encastradas en el largo pupitre que se extendía al
pie del tablero.
—Pulsa este botón, por favor —me dijo uno de ellos, con un amago de sonrisa en su semblante.
Lo pulsé y oí perfectamente cómo se ponía en marcha el motor del Opel y se encendían los faros,
al tiempo que la imagen del coche se reflejaba en una de las pantallas.
Me estuvieron explicando que determinadas lucecillas correspondían al control de carreteras y
caminos que conducían al lugar donde se encontraba la nave, mientras que otros eran contactos con
otras naves suyas o señales de equipos de exploradores que se encontraban en tierra, investigando, en
aquel momento.
—Bueno —dije, por decir algo—, ya debéis saber que por ahí fuera se habla también de que
venís a la Tierra a buscar minerales de los que carecéis en vuestros planetas.
—Eso son ganas de hablar por hablar. En nuestros planetas hay tanta variedad o más de minerales
y de especies vegetales y animales que en la Tierra[apéndice 18]. Porque nuestra comunidad dispone de
los recursos de muchos planetas. Eso es lo que nos ha permitido progresar tan rápidamente en
nuestras investigaciones. Además de las inagotables fuentes de riqueza que se generan en los
espacios cósmicos, de las cuales vosotros ni siquiera sabéis aprovechar una de ellas entre tantas
otras: la energía solar…
Por una rampa mecánica, idéntica a la utilizada por mí para subir a la nave, ascendimos hasta la
gran sala central, donde, enseñándome una mesa repleta de pedazos de piedras —minerales de
distinta talla, estructura y colorido—, me dijeron:
—Estos fragmentos de roca, y muchas otras muestras que hemos extraído de la Tierra, son para
enriquecer nuestro caudal de datos y, si llega el momento, todo esto puede servir para aumentar
considerablemente la información que vosotros poseéis sobre vuestro propio planeta. Sin embargo,
lo que más nos ayuda a progresar es nuestro conocimiento de las leyes de la armonía cósmica, del
mundo vegetal, mineral y animal.
—¿Y es verdad que nadie puede calcular los tesoros del Universo? —pregunté con la ignorancia
de un profano en la materia.
—No olvides que los mares de la Tierra y vuestros continentes también forman parte de ese
Universo, pero nosotros no acostumbramos a hacer evaluaciones de ninguna clase; por eso no
podríamos contestar correctamente a tu pregunta. No obstante, podemos asegurarte que nuestro mejor
tesoro son los mares y que, sin ellos, tanto en la Tierra como en cualquier otro planeta sería
dificilísimo, por no decir imposible, seguir disponiendo de nuestras esencias vitales. Por decirlo con
palabras más directas: si se secasen los planetas la muerte volvería a adueñarse del Universo. Por
eso debemos cuidarlos muy bien.
De pronto, por primera vez, me puse a pensar en la posible reacción de mis paisanos terráqueos
cuando les explicase todo esto. En verdad, hasta aquel momento —no sabría decir por qué— no me
había parado a pensar que yo estuviese obligado a explicar nada a nadie. No por el «qué dirán» —
que eso a mí me importa un bledo— sino por temor a la inutilidad de la difusión de los pormenores
del encuentro y del contenido del mensaje. Durante varias horas, toda mi preocupación estuvo
centrada en «archivar» en mi mente el mayor número posible de detalles de aquel insólito encuentro,
como para convencerme a mí mismo de que no había sido un sueño…
Al tener en mi poder —mentalmente— el mensaje —mensaje con inconfundibles ribetes de
ultimátum—, cuando pensaba cómo podría divulgarlo mejor, por mi cabeza correteaban ideas muy
contradictorias: a ratos me embargaba una gran ilusión, pensando que, con ello, iba a poder ayudar a
mis semejantes a ver algo más claro nuestro futuro —el que hemos de edificar nosotros mismos a
pecho descubierto y a mano desnuda—, pero por momento llegué a temer también que quizá
contribuyese a aumentar la confusión reinante en torno al tan vidrioso tema de los extraterrestres.
Esta última impresión se debía, quizá, a la escasa información que yo poseía sobre dicho tema antes
del encuentro con ellos. De ahí, seguramente, que preponderase en mí un talante vacilante: ilusionado
y pesimista al mismo tiempo. Hasta que, al final del trayecto, me ganaría de nuevo el optimismo.
En la gran sala pude ver, sobre todo, cuatro pequeñas naves de distinto tipo. Dos de ellas eran
redondas, como la nave portadora, y las otras cilíndricas, tipo «cigarro puro». Las primeras tendrían
unos 10 a 12 metros de diámetro y una altura de 2,50 a 3 metros. Las otras medirían unos 6 a 7 metros
de longitud y 2 a 3 metros de diámetro. Eran, como la nave madre, plateadas, pero sin brillo. Los
«cigarros» estaban acristalados en lo que tomé por el morro, recordando a los que había visto
zambullirse en el mar y explorar aquella gruta submarina. La parte acristalada era como de materia
plástica, ahumada, lo cual, según me explicaron, servía para ver tan sólo de dentro a fuera.
—Estas naves —agregó uno de ellos, mostrándome los platillos volantes redondos— sirven para
las exploraciones de superficie, cuando nuestra nave permanece suspendida en el espacio como baseestación.
Y éstos —señalando los «cigarros»— están destinados a la exploración submarina, como
ya pudiste ver en uno de los documentales.

Entre dos columnas y en el curso de aquella larga conversación entrecortada por prolongados y muy
saludables silencios, me invitaron a beber una especie de refresco que tenia gusto a naranja, a limón
y a pomelo a la vez. Y también hice con ellos una «comida», que consistió en ingerir varios
comprimidos. O sea: comida sintética, por llamarla de alguna manera. Pero tras la cual tuve la
sensación de haber comido bien…

 

EXTRATERRESTRES EN UN POBLADO MARÍTIMO ESPAÑOL

Y mostrándome una consola rinconera, me dijo:
—Toma asiento y presta atención, por favor.
Nos sentamos y, en el acto, se tamizó la luz y en una pantalla —que salió del techo y quedó
suspendida a media altura— aparecieron dos naves cilíndricas. Volaban velozmente a ras del mar, a
muy poca altura de las olas. De pronto se quedaron paradas y, picando del morro, se zambulleron
lentamente en el mar. Por la parte acristalada, y gracias a su lentísima velocidad —siempre con el
mismo objetivo: el de no alterar más que mínimamente el medio ambiente acuático—, pude admirar
los fondos submarinos, con toda su fina y multicolor flora y la abundante y variopinta fauna que
jugueteaba en torno a las pequeñas naves, mientras que en su interior, y con la nariz pegada a la
cristalera, se veía a varios tripulantes, que parecían divertirse como niños al observar todos aquellos
peces.
Poco después, bajo un claro de luna espléndido, salieron las naves a la superficie,
aproximándose a una playa desierta. Minutos más tarde, procedentes de tierra adentro, aparecieron
dos grupos de extraterrestres que llevaban una especie de mochila en la espalda. Pero, a medida que
se acercaban, pude darme cuenta de que iban acompañados de terráqueos, los cuales, al llegar a la
orilla del mar, donde se deshacen las olas, los despedirían con grandes pruebas de afecto, agitando
gorras y pañuelos (debían ser como quince o veinte personas de ambos sexos, entre las que se veían
a varios niños), hasta que las naves cilíndricas volvieron a sumergirse en el mar. Se echaba de ver
que unos y otros no se extrañaban en absoluto.
Me quedé perplejo, sin saber qué decir. Por momentos llegué a sospechar que todo aquello podía
ser un montaje, y para convencerme de que no lo era pregunté:
—Entonces resulta que ese contacto definitivo en realidad ya debe haberse establecido, puesto
que, según he visto, ese grupo de hombres y mujeres parecen estar acostumbrados a vuestras
visitas…
—Exacto. Hemos establecido contacto con innumerables grupos aislados de terráqueos y a veces
con familias que viven en lugares muy apartados, y todos nos ayudan en nuestras investigaciones…
—¿A cambio de qué…? —corté…, arrepintiéndome en el acto de haberles hecho semejante
pregunta.
—De nada, compañero, a cambio de nada. Bueno, sí, a cambio de nuestra gratitud…, porque, en
el fondo, tanto ellos como nosotros sabemos que estamos trabajando por una causa que nos es común.
—¿Y podríais decirme de qué país son esas gentes?
—Del tuyo, querido compañero, de España. Forman parte de una población marinera de vuestras
costas del Mediterráneo…, las andaluzas, concretamente.
Uno, sin poder asegurarlo, casi que lo hubiese adivinado, aunque también podían ser italianos o
griegos. Pero no, según ellos eran españoles. Y no había razón para no creerlos…
Se suspendió la sesión de cine y entonces me invitaron a subir a la cúpula, totalmente
transparente, a través de la cual se veía el cielo estrellado. No sé de qué clase de cristal estaría
hecha la cúpula, pero lo cierto es que tuve la sensación de que aquel cielo estaba al alcance de mi
mano. Allí subimos por una rampa de caracol y entonces noté que algo me mantenía en todo momento
a dos o tres palmos de ellos. Uno, cuando charla con alguien, tiene tendencia incluso a tomarle por el
brazo, de forma que, inconscientemente, yo traté de acercarme a ellos en varias ocasiones, pero,
repito, siempre noté que algo, como una barrera de vapor tibio, me frenaba.

 

PEQUEÑO BAMBOLEO ESPACIAL

—¿Te das cuenta —me dijo uno de ellos— que ya nos hemos separado de la nave?
Acercándome a la gran ventana acristalada, me fijé que estábamos en el aire, al lado de la nave,
como a cinco o seis metros de ella. Confieso que, en aquel momento, sentí miedo, porque llegué a
temer que les diera por echar a volar con la cúpula…, ya que, por lo visto, aquella nave se podía
fragmentar y cada pedazo transformarse en un vehículo espacial autónomo. Iba de sorpresa en
sorpresa.
Y aunque uno, en la cosa técnica, merodea por niveles más bien primarios, a ratos pensé en la
cara que pondrían nuestros «grandes especialistas» aeroespaciales si pudiesen observar la facilidad
con la que ellos evolucionan, se transforman, se disuelven, se reestructuran y se quedan suspendidos
en el aire, riéndose —es un decir— de nuestras leyes de la gravedad… y quién sabe de cuántas leyes
más…
Pero no, no hubo vuelo alguno, sino apenas un modesto bamboleo espacial, ya que, a los pocos
minutos, íbamos a estar pegados de nuevo en la cima de la nave, sin que yo hubiera tenido la
sensación de haberme movido. Claro que todo fue muy rápido. Y que mis reflejos no eran, al fin y al
cabo, más que los de un terráqueo pasajeramente atemorizado.
Mientras tanto —antes de regresar a nuestro punto de partida— uno de ellos me invitó a
acercarme más a la pared acristalada de la cúpula y poco después me di cuenta de que el
descapuchamiento de la nave-madre se realizaba para permitir alzar el vuelo a los dos platillos
volantes redondos que yo había visto en la sala central. Despegaron —los vi salir con unos segundos
de intervalo— silenciosos, con una gran cantidad de lucecillas, encendiéndose y apagándose con
rápidas intermitencias alrededor de las naves.
—¿Y esas naves adonde van?
—A recoger a unos equipos de exploración que habíamos dejado en unas montañas del centro de
Francia.
Más tarde, poniéndome algo al día en esto de los ovnis, he podido comprobar que las potentes
aviaciones y la impresionante cohetería de que disponen los ejércitos más importantes de la Tierra,
nunca han logrado interceptar, y menos aún abatir o capturar, una sola de esas naves. Tampoco se
conoce la existencia de naves averiadas. Lo cual vendría a confirmar la gran impresión de seguridad
que ellos me daban en todo momento; aunque debo aclarar que ni una sola vez se mostraron
presuntuosos. ¡Y a fe que podrían permitírselo!
Mas para mí está claro que los ciudadanos del Cosmos van y vienen, aterrizan y despegan,
exploran, se zambullen en nuestros mares y lagos, en una palabra: se pasean por «nuestro» espacio y
por «nuestro» planeta, como Pedro por su casa. ¡Ah! Y se instalan en nuestros montes y conviven y
charlan con terráqueos todo el tiempo que les apetece.
Acto seguido bajamos de nuevo a la sala del tablero luminoso y me fijé que en la mesa había dos
botellas y varios vasos de vidrio grueso. Nos sentamos y me preguntaron si tenía sed. Yo, la verdad,
ni tenía sed ni sentía hambre, pero para ver qué era lo que me daban, respondí que sí y entonces me
sirvieron un líquido rosado, algo espeso. Cuando lo probé creí que era naranjada, pero luego, a
medida que iba bebiendo, tuve la sensación de que tenía un regusto de ácido, como si fuese jugo de
limón o de pomelo. Luego, no sé si bajo la influencia de aquella bebida o qué, el caso es que me
entró un ligero sopor. Creo que me quedé dormido un rato. No podría decir si la pregunta que me
obsesionó más aquella noche —¿qué hacer con el mensaje?— volvió a rondarme por el magín,
estando despierto o en aquella breve siesta que me eché.
Pensé que debería deshacerme de él lo más rápidamente posible, bajo seudónimo,
acompañándolo, eso sí, de un relato que lo hiciese creíble. Pero, poco a poco, deseché esta idea
porque tenía tintes de cobardía y de descortesía hacia quienes me lo habían confiado. Pensé,
asimismo, en confiárselo a alguna personalidad del mundo de la política o de la literatura.
Escogiendo bien a la persona, como es natural.
Entonces recordé la emisión radiofónica de Orson Welles, en 1938, en los Estados Unidos,
anunciando, con ambientación apocalíptica, que los «marcianos» estaban invadiendo el planeta
Tierra, y me imaginé que, con la ayuda de algún amigo radiofónico, podíamos montar una emisión
parecida; sólo que, en lugar de atemorizar a la gente, la nuestra serviría para dar a conocer el
comunicado.
No debía de ser difícil organizar una mesa redonda, como si ellos se encontrasen entre nosotros,
para dar al acontecimiento un bien ajustado sensacionalismo que ayudase a hacer calar hondo el
contenido del mensaje; en los radioescuchas primero y en la opinión pública, por extensión, después.
Hasta proyecté endosarle el paquete al inquilino principal del palacio de la Zarzuela, y a su esposa
—al parecer muy interesada por el «fenómeno ovni»—, puesto que a ellos los tenían, según vi, por
personas particularmente gratas. Posiblemente por estar enterados de que disponen de un asesor
ovniano en la persona del periodista-escritor J. J. Benítez. Confieso que también me pasó por la
cabeza el meter el mensaje en una carpeta y reservármelo para mí solo. Así veríamos si ellos
respetaban mi libertad de decisión, o si eran capaces de obligarme —manipulándome o
programándome, lo mismo da— a difundirlo públicamente. Tanto en un caso como en otro, a mí, lo
que en momento alguno se me escapó —de algo tienen que servirme las lecciones encajadas a lo
largo de mi azacanada existencia— eran los peligros que tal difusión podía entrañar.
Todas estas reflexiones, como todas las que me hice durante mi estancia en la nave Luz del
Cosmos, mientras charlaba con ellos , admiraba sus películas o compartía sus silencios, me hubiese
sido imposible, pienso hacérmelas en un «lapso de tiempo» terráqueo o sin que ellos hubiesen
preparado mi mente —como ya me lo advirtieron— para concentrar en ella tal suma de impresiones
y sensaciones. A medida que desfilaban recuerdos, reflexiones, imágenes, yo me iba maravillando
más y más, porque, pensando en mis paisanos de la Tierra, me decía que si a todos ellos se les
pusiera en disposición de utilizar al máximo su capacidad de percepción, de observación, de
reflexión y de análisis, de forma que todas esas potencias individuales aumentasen armoniosamente,
entonces es fácil que la vida, nuestras vidas, discurriesen con mayor placidez, sin transformar un
banal contratiempo en un problema insuperable. Eso que llamamos «complicarse gratuitamente la
vida», lo cual —ya se dijo, pero no estará de más repetirlo— es el signo más característico de
nuestra «civilización»: el poblar las vidas humanas de innumerables dificultades, enfermedades,
traumas, depresiones, fantasmas y otras «desesperaciones»… para que el ser humano no dé pie con
bola en toda su existencia.

Al pasar ante «ellos» yo también fui mirándolos, uno a uno, a los ojos, fijamente, y estoy seguro que
«ellos» se dieron cuenta de que, con mi mirada, yo les daba las gracias desde lo más hondo de mí
mismo. Noté que en sus miradas se reflejó, como en ningún momento, una bondad inmensa,
intraducible. Tanto me impresionó que estuve a punto de dar media vuelta, volver a sentarme y seguir
charlando con ellos hasta el final de mis días. «¿Volveremos a vemos?», pregunté. «Es muy
posible…», me respondió el que, horas antes, me había dado la bienvenida a bordo de su nave.

 

«RAPTOS» DE TERRÁQUEOS

De pronto se me ocurrió hacerles una pregunta:
—Perdonad la indiscreción…, ¿qué hay de cierto en esos raptos de terráqueos de que se os
acusa?
—Bueno, eso es según se mire. Nosotros no creemos que sea ése el calificativo correcto. Habría
que hablar más bien de rescate… Observa bien lo que te vamos a mostrar y juzga por ti mismo.
En fracciones de segundo nos encontramos sumidos de nuevo en otra proyección cinematográfica.
Era como si estuviésemos viajando a bordo de un helicóptero… Bueno, me olvidaba de que sus
naves pueden surcar el espacio a grandes velocidades, pero también a velocidad de patinete, o
quedarse inmóviles y suspendidas en el aire indefinidamente. Ahora descendíamos vertical y
lentamente. A primera vista me pareció que «picábamos» sobre unos arrozales… o una gran
extensión de charcas pantanosas. Pronto percibí a unos grupos de hombres y mujeres trabajando en
aquellos campos inundados, con el agua hasta las rodillas.
—Éste es el planeta Yerba Fina —me dijeron—. Fíjate bien en esas gentes y dinos si te
recuerdan algo…
Al llegar a pocos metros del suelo la nave dio varias vueltas alrededor de los campesinos y
éstos, reincorporándose, nos saludaron alborozadamente con las manos. En seguida vi unas caras
que, si no me eran «familiares», desconocidas del todo tampoco lo eran.
Y exclamé:
—¡Pero si son gentes de la India!
Serían como cien. Y estaban trabajando en unos arrozales. Durante unos minutos estuvimos
sobrevolando lentamente aquellos campos y sus alrededores.
—Ahora fíjate bien en estos otros trabajos agrícolas…
Y en la pantalla aparecieron grandes extensiones de tierra —me dijeron que era el planeta Trigo
Dorado— y vi algo así como docena y media de tractores muy bajitos, labrando unas tierras más bien
parduzcas, como salpicadas por polvo de pizarra. Aquellos artefactos me recordaron, un instante, las
diabólicas tanquetas italianas —las Ansaldo/Fiat— de la guerra de España. En una esquina de aquel
inmenso campo vi como una especie de tienda de campaña redonda, como si estuviese hinchada.
—Desde esa casa de lona —me dijeron— se conducen esos tractores y cualquier otra máquina
agrícola. Si queremos, las faenas del campo podemos mecanizarlas totalmente. Lo que ocurre es que
hay gentes que desean realizarlas a la vieja usanza, como aquellos hombres y mujeres de Yerba Fina,
que expresaron el deseo de seguir cultivando el arroz como lo hacían en su tierra, y como eso parece
hacerles felices se les ha complacido… Pero sus hijos, que ya reciben la doble formación —
necesaria y vocacional—, seguramente un día desearán que les quede más tiempo libre para viajar,
explorar, investigar…
—Porque esas gentes son de la India, en efecto —puntualizó otro de los pilotos—. Fueron
rescatadas en un islote formado por una de las terribles inundaciones que se producen en aquel país,
cuando todo hacía temer que se las tragasen las aguas de un río desbordado. Por allí se encontraba,
en misión de observación, una de nuestras naves, la cual, tras consultar con su base, descendió sobre
aquel islote y las rescató. Había cerca de mil personas. Esto ocurrió hace mucho tiempo y era la
primera vez que una tripulación de nuestra Confraternidad asumía una misión semejante. Apenas
penetraron en la nave quedaron en estado de «descanso cósmico», mientras se investigaba cómo y
dónde podían ser devueltos a la vida activa. Estuvieron largo tiempo descansando, hasta que
logramos sintonizar sus organismos con el planeta en el que iban a vivir y trabajar. Entonces los
trasladamos a Yerba Fina, que es un planeta de características muy similares a la Tierra, a su
tierra… —Y, con una punta de ironía, apostilló—: Pero sin sus epidemias, ni su miseria y, como
habrás podido ver, sin sus vacas sagradas…
—Pues a mí me pareció ver algunas…
—Sí, son vacas, pero no sagradas… Aquí, en nuestras comunidades, todo es sagrado, como
diríais vosotros: las gentes, los mares, los animales, los ríos, los lagos, las plantas… en una palabra:
todo aquello que respira vida merece respeto y veneración.
—¿Y sólo habéis rescatado hindúes?
—¡No, qué va! En otros planetas viven gentes de África, de Europa, de Hispanoamérica, de
Oceanía y de Asia Central.
Me quedé con ganas de preguntarles si acaso los rescates de terráqueos se limitaban a gentes de
condición humilde y en particular del medio rural.
Horas más tarde, cuando ya había abandonado la nave, yendo camino de Barcelona, pensé que
pude haberles preguntado un sinfín de cosas: cómo se las arreglaban sin Estado, sin cárceles ni
Bancos, sin policías, sin militares, sin moneda ni funcionarios, ni psicólogos, ni economistas, ni
filósofos, ni tragaperras, ni sociólogos, ni psicoanalistas; en fin: sin esas inmensas ferias de las
vanidades que son los festivales, los concursos, los saraos benéficos, las bienales, los torneos
políticos, los ecos de sociedad, las juntas poético-literarias, las veladas de boxeo, las eurovisiones,
los campeonatos «deportivos». (con los «juegos olímpicos» como farsa mayor), las cuestaciones
sociales, la caridad estatal, o sin las quinielas (apellidadas, para mayor vergüenza, «benéfico-
deportistas»), los «sex-shops», las discotecas, la lotería, los fumadores de opio, los casinos, los
«gadgets» terroríficos, y las cadenas de prostíbulos (la mayor vergüenza de cualquier civilización)
…, y toda esa tramoya mafiosa que algunos llaman «la cucaña de la vida», sin parar mientes que de
esa cucaña se aprovechan muy pocos: los vivales y los «elegidos», como siempre.
Y preguntarles si acaso no eran también naturistas, quizá porque me acordé del gran explorador
que perdió España recientemente —miserablemente, porque mientras otros vividores de la televisión
derrochan el dinero a espuertas, a él, como dicen los campesinos, «le contaban los garbanzos»—, el
castellano Félix Rodríguez de la Fuente, y de sus tesis sobre el equilibrio del ecosistema, del que la
Naturaleza debe beneficiarse constantemente si queremos que éste, a su vez, siga cumpliendo
plenamente su función en pro del ser humano. Muchas veces me he preguntado, asimismo, si al
profesor Rodríguez de la Fuente no lo mataría, precisamente, «su obra bien hecha», porque despertar
y cultivar la sensibilidad de las gentes —y muy particularmente las de condición humilde— en este
mundo, casi idiotizado del todo, es un pecado imperdonable. En todo caso, a Rodríguez de la Fuente
no se lo perdonaron…
De lo que ya no me cabía la menor duda era que aquellos seres —me refiero a ellos, claro—, y
sus compañeros de otros planetas, eran personas sobrias, para las cuales la alimentación no parecía
ser un tipo de deleite o de placer refinado, por decirlo —¿cómo decirlo, si no?— con palabras de la
Tierra. Pronto iba a comprobarlo puesto que, al suspenderse la proyección, me preguntaron si tenia
hambre.

 

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