El Mensaje de Otros Mundos (frag. 8)

COMIDA EN COMPRIMIDOS

Esta vez fue la fémina vecina mía la que sacó de la mesa una bandejita, que parecía de plata y en la que había como un par de docenas de comprimidos de varios colores, del tamaño de guisante.

-Es comida concentrada-me dijo-, La utilizamos durante nuestros viajes. Tómate dos o tres de ellos, y así recuperarás energías.

Cogí dos comprimidos y los disolví en la boca, bebiendo un trago del refresco que sabía a naranja-limón-pomelo. Mentiría si dijese que en aquel momento no eché de menos un buen plato de verduras, de esos que me prepara mi compañera, y un bistec a la brasa, regado con un tintorro de solera de la tierra.
De entrada creí que aquellos comprimidos sabían a puchero manchego o extremeño, incluso con un regusto de caldo de gallina. Quedé sorprendido, como digo, al comprobar que, en cosa de segundos, me sentí como «bien comido». Algo asombroso, sobre todo teniendo en cuenta que soy de los que no saben comer sin pan, «afición» que a muchos nos viene de los tiempos difíciles en los que, para la clase obrera, el pan era el alimento básico, ni sin apoyatura del vino. También podría ser que, en aquel trance tan insólito, mi apetito no fuese del todo normal.
El caso es que fue esa comida tan frugal la que, sin duda, me inspiró para abordar otra clase, de temas, digamos más etéreos…

ANDALUCES y EXTREMEÑOS EN OTROS PLANETAS

No sé por qué, de pronto, acordándome de los campesinos de los arrozales, les hice otra pregunta:

-¿Y ésa fue la única vez que rescatasteis terráqueos y os los llevasteis a vuestros planetas?

Esta vez fue de nuevo mi vecina de mesa la que respondió:

-Ahora, por favor, te rogamos que extremes tu atención, porque lo que vamos a mostrarte es algo que te atañe muy de cerca.
La luz se fue tamizando lentamente y en la pantalla apareció, filmado desde muy cerca, una especie de edificio, de un blanco inmaculado -bueno, como todos los blancos que vi en la nave-con los dinteles de las puertas y de las ventanas -que eran puros orificios sin nada para cerrarlos- de dos plantas. La proyección se desarrollaba con cierta lentitud, sin duda para que yo pudiese percatarme mejor de los detalles. Aquel edificio estaba formado por una especie de módulos acoplados y superpuestos. Luego supe que era la forma de construcción más adecuadas, en el planeta Escarlata, para hacer frente a los temblores de tierra. En caso de peligro, según me indicaron ellos, los módulos se acoplaban a unas naves espaciales de recuperación encargadas de trasladarlos, con sus respectivos inquilinos y todos los enseres, a lugares más seguros.
-¿Y por qué permitir que viva gente en lugares tan poco seguros?

La explicación brotó rápida:
-Pues verás, este planeta reúne condiciones excelentes para el “descanso cósmico”. Por eso lo utilizamos como área habitable, aunque debemos puntualizarte que todas las disposiciones están tomadas para evacuar rápidamente las zonas peligrosas. Insistimos en que este planta reúne condiciones climatológicas y recursos naturales para el “descanso cósmico” de propios y extraños.
He de confesar que, al oír pronunciar la palabra “extraños”, sin saber por qué me puse en guardia. Ignoro la razón, repito, pero el caso es que aquello me dio muy mala espina…
-Porque de todas las rabietas de la Naturaleza tiene en alguno de nuestros planetas –siguió diciendo la fémina- nosotros vamos obteniendo recursos insospechados. De ahí nuestra terca insistencia en recomendar a los terráqueos que se esfuercen por conocer a fondo el planeta en que viven antes de lanzarse a descifrar los misterios del espacio. En las entrañas de la Tierra no sólo encontraréis muchas claves para comprender el Universo, sino que en ellas los terráqueos descubriréis también fuentes de vida infinita.

No pude por menos, entonces, que recordar la “facilidades” que en la Tierra se dan a los exploradores-investigadores de pro, con vistas a domesticar y aprovechar las rabietas de nuestra Naturaleza. Por ejemplo, en la persona del primer vulcanólogo del mundo: el francés Haroun Tazieff.

Lentamente. -a través del filme que me estaban proyectando-entramos en un gran módulo adosado al edificio. Primero cruzamos algo parecido a una salita de recepción. Pero, como para hacer más misterioso el trance, allí no se veía a nadie. Seguimos adelante por un largo pasillo, que tenía el techo acristalado y por el cual se transparentaba una lujuriosa vegetación en la que predominaba el verde brillante con tonalidades achocolatadas y amarillentas, hasta que alcanzamos una gran sala cuya blancura quedaba cortada por infinidad de finos hilos que partían de las paredes -estarían empalmados a algún aparato, que se encontraba al otro lado de la pared- y se repartían por unas mesas rectangulares que parecían de mármol, las cuales estaban situadas a un par de palmos del suelo, y sobre las que descansaban unos cuerpos humanos inánimes.

Al acercarnos más a ellos pude darme cuenta de que llevaban vestimenta de campesinos o pastores. Había hombres y mujeres y algunos niños y niñas. Sus semblantes reflejaban una inconfundible placidez. Sin lugar a dudas eran terráqueos. Podían ser oriundos de Grecia o de alguna provincia del sur de Yugoslavia, o albanesa quizá, del sur de Italia o de Sicilia, o de alguna de las colonias de gentes de extracción latina que viven en las Américas… O españoles, concretamente del sur de España. Ignoro lo que me pasó, para no sospechar en el acto que podían ser compatriotas míos. De pronto, como si los hubiese visto cociéndose en las legendarias calderas de Pedro Botero; exclamé:
-¿No serán españoles?
-Sí, querido compañero, son españoles…

He de reconocer que aquél fue el peor momento que pasé allí, en la nave Luz del Cosmos. Y no sabría decir la razón de mi súbito y profundo desasosiego. Después he recapacitado y pienso que no supe controlar mis reacciones y un gran escalofrío me serpenteó por todo el cuerpo. Ver aquel enjambre de hilos tendidos desde las paredes a diversas partes del cuerpo de cada uno de aquellos españoles en “descanso cósmico”-como no tardarían en precisarme-y pensar que los estaban utilizando como conejillos de Indias todo fue uno. De repente tuve la sensación de que se habían borrado de mi mente, de golpe, todas las sensaciones maravillosas y las fantásticas impresiones acopiadas en mis entrañas desde que percibí el inenarrable mar de luz que puso en evidencia la presencia de ellos en aquella montaña catalana. Por suerte, la dulce voz de una de las féminas me arrancó de mis tortuosos pensamientos.

La fémina, tendiéndome uno de los vasos y una pastilla, me dijo:
-Tómate esto, que te tranquilizará. -Y, tras un breve silencio, añadió-: Suponemos que querrás saber en qué condiciones fueron rescatados… de una muerte segura, igual que los hindúes.

Por vez primera no me salió ninguna palabra… Asentí con la mirada y una ligera inclinación de cabeza. La verdad es que en seguida me avergoncé, para mis adentros, de la desconfianza que se había apoderado de mí. Me decía: «si realmente leen mi pensamiento, habrán dicho: ¡vaya cretino que tenemos como invitado! » Y ante mi gran sorpresa, me informaron que aquellas dos docenas de personas dormidas formaban parte de un grupo de medio millar de terráqueos -los restantes estaban en otras instalaciones vecinas- oriundos de Andalucía Occidental y de la Baja Extremadura, que habían sido rescatados, en plena campiña, durante la Guerra Civil. Y me dijeron más: me aseguraron que yo había hablado de ellos en uno de mis libros.
Según me informaron, durante nuestra guerra sus naves sobrevolaron varias veces España, y en una de sus incursiones por tierras ibéricas fue cuando, un día, al caer la noche, los tripulantes de una de sus naves espaciales percibieron a un numeroso grupo de personas que se disponían a pasar la noche en las cercanías de un rio. Pero descubrieron asimismo que, al otro lado del río, a muy poca distancia, acampaban soldados africanos, que andaban a la caza de fugitivos. Para evitar aquella matanza, y al mismo tiempo para poder seguir sus investigaciones sobre la adaptación de las gentes de la Tierra a la vida de otros planetas, la tripulación consultó con su base espacial y se decidió rescatar al medio millar de personas que, con toda certeza, estaban condenadas a ser inmoladas bárbaramente.

-¿Y desde entonces los tenéis así… dormidos?
-Así es. Están en «descanso cósmico» desde que los rescatamos: Pero, según los últimos informes recibidos, podemos anticiparte que muy pronto van a ser devueltos a la vida activa.
-¿Y ya se sabe a qué planeta irán a vivir?
-Sí, claro. Por de pronto serán miembros de la comunidad de Yerba Fina, y luego se comprobará si pueden vivir también, en otros lugares.
-¡Ese es el planeta de los hindúes!
-El mismo, sí.
-¿Ya qué se van a dedicar?
-Por de pronto a nada en concreto. Primero conocerán un tiempo de adaptación, durante el cual, para evitar accidentes, estarán sometidos a una estricta observación. Mientras tanto estudiarán y se familiarizarán con nuestro lenguaje y los distintos ritmos de vida del planeta Yerba Fina. Luego ellos ya decidirán lo que desean hacer y se irán acoplando a la labor para la que demuestren mayor aptitud, a través de nuestros cursillos de formación. Pero lo más importante -y de eso van a tener ellos plena conciencia-es su aportación al estudio de la adaptación de terráqueos en otros planetas del Cosmos. ¿Comprendes?
-Eso quiere decir que también podrán dedicarse a investigar, a pilotar naves e incluso a trabajar en alguna de vuestras computadoras-coordinadoras.

-¡Naturalmente! ¿Por qué no habría de ser así?

El recuerdo del rescate de los andaluces y de los extremeños reavivaría en mí el sinfín de monstruosidades que yo había oído contar, precisamente en mis viajes -entre 1975 y 1977-, mientras recogía datos e información para el citado libro mío…

Y recordé también que aquellos hechos habían ocurrido hacía ya casi medio siglo… Se me entristeció el corazón, aunque sin motivo, en verdad, porque era incuestionable que, de no haber intervenido ellos, aquellas tropas moras, como sucedió en tantos otros casos, los hubiesen pasado a cuchillo a todos. Supongo que debía ser el cansancio el que me empujaba a ver las cosas, de pronto, por su lado más triste. O así me lo parecía a mí.

Al final, siguiendo mi inveterada costumbre de desdramatizarlo todo, dejé volar mi fantasía e imaginé que un día, quizá más cercano de]o que algunos piensan, llegará a la Tierra una nave -Al-andalús o Conquistadores, podría llamarse-tripulada por terráqueos extraterrestres, a buscar unas guitarras unos trajes de campero y vestidos de volantes, castañuelas y unas cuantas sillas de enea, para organizar, «por tó lo alto» -y nunca tan ajustada y certera la frase-el primer festival de Cante Jondo del Cosmos y a lo mejor, ¡quién sabe!, esa música podría ser el mejor puente para establecer, al fin, el contacto definitivo entre ellos y nosotros.
Nos encontramos inmersos otra vez en uno de aquellos largos silencios cósmicos; el último de mi estancia entre ellos. Quizá por eso tuve la impresión de que reflejaba mayor grandiosidad que ninguno. Silencio como es posible que ya no vuelva a conocer otro igual en toda mi vida. Como los precedentes, me hizo gran bien.

Pensé que, pese a todo, yo, por más que quisiera esforzarme, ya no podía poner más de mi parte para tratar de abarcar mentalmente todas aquellas situaciones que se iban desvelando ante mis ojos, digamos en su «dimensión cósmica». Es decir: en una dimensión inédita para mí y supongo que para cualquier habitante de la Tierra. Con lo cual, pese al «piropo» que nos habían echado los extraterrestres-de que algunos terráqueos poseíamos «fluido cósmico»-, era evidente que, incluso con ese fluido, nosotros no podríamos librarnos de nuestras inconmensurables limitaciones y contradicciones.

TRAMO FINAL

Más tarde, ya en el camino que me conduciría a Barcelona, al alborear el día 1 de setiembre de 1981, me dije que aquel trance, en buena lógica, tenía que alterarme profundamente y que, aunque hubiesen preparado mi mente para recibir tal cantidad de referencias, impresiones y sensaciones, lo que quizá ellos ignorasen todavía respecto a nosotros, los terráqueos, es que nuestro organismo, más allá de las puras coordenadas físicas -vitales, para entendernos mejor-, seguía condicionado por atavismos nada fáciles de identificar y difíciles, por tanto, de controlar o de anular.

Por otro lado, en muchas gentes de la Tierra -sin excluir a muchos de esos que, de una manera u otra, tanto contribuyen a echarla a perder-, más o menos subyacente, existe un ansia, un deseo, un anhelo de superación, de perfección, de alcanzar progresivamente sucesivos estados de perfección. Lo grave es que los conductos, los caminos por los que a menudo intentan alcanzarlos, los hacen desembocar en metas opuestas a las perseguidas o soñadas. En este terreno es en el que hay más trecho que recorrer si algún día esas presentidas comunidades extraterrestres establecieran un contacto formal con los habitantes de la Tierra. El Hombre ha sido, y es, la principal víctima de sus propias y periódicas contradicciones. No ha sabido armonizarlas ni, todavía menos, superarlas. Y lo fundamental -volvemos al principio de todo ha sido no darse cuenta, o fingir ignorar, que sus incesantes ofrendas a la Muerte han ido acallando, en su realidad cotidiana, el inmenso repertorio de cantos a la Vida que muchas tribus primitivas, ¡ay!, ya poseían.

Naturalmente, una de las primeras condiciones para ir aireando y saneando nuestras entrañas sería la de ser capaces de hacer nuestro propio, balance -personal y colectivo-, sin rodeos, sin artimañas, sin subterfugios, con lo que, a través de nuestra convivencia, insoslayablemente brotaría la solidaridad, la fraternidad, el compañerismo con nuestros semejantes, para preparar así, juntos, nuestro futuro.

En ese terreno es quizá, más que en el de los adelantos «científicos» y «tecnológicos», en el que los pobladores de este armonioso orden cósmico podrían echarnos una buena mano. Porque, como está ampliamente demostrado, ningún avance es autentico si no está equilibrado con un profundo respeto al entorno y una constante relación armoniosa de las vivencias del Hombre con él.

Personalmente, creo que su ayuda -la de las comunidades extraterrestres- ha sido ya muy apreciable por el solo hecho de habernos obligado a poner en duda nuestra supremacía, en tanto que maestros en tantas «artes» (¡qué lejos estamos de aquella en verdad tan sabia confesión de Sócrates: «yo sólo sé que no sé nada»!) entre las que destaca «el arte de vivir».

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Del libro El Mensaje de Otros Mundos, de Eduardo Pons Prades.

Eduardo Pons Prades

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