El Mensaje de Otros Mundos (frag. 9)

TESTIGOS DIRECTOS ESPAÑOLES

Los objetos volantes no identificados (ovnis) constituyen el mayor problema científico e internacional de nuestro tiempo y, pese a ello, desde hace más de treinta años no es tomado en serio por los científicos oficiales. ¿Por qué? ¿Qué se esconde detrás de ese silencio?

James E. McDonald, decano de la Facultad de Física de la Universidad de Arizona, Estados Unidos.

 

La polémica entre los que creen en la existencia de planetas habitados —tomando como punto de referencia las incursiones por el nuestro de sus naves espaciales— y los que no creen, está abierta, en verdad, desde hace siglos. Los que admiten la existencia de mundos extraterrestres parecen reclutarse sobre todo entre los astrónomos y los físicos (Sagan, Drake, Morrison…), mientras que la mayoría de los más destacados expertos en biología evolutiva (Simpson, François, Mayr…), afirman que la Tierra es «probablemente» el único planeta en el que hay vida inteligente; al menos —recalcan los reticentes— entre los de nuestra galaxia. Naturalmente, estos últimos apoyan toda su argumentación  en datos referidos a los actuales conocimientos de la ciencia terrestre. Y no titubean en atrincherarse obcecadamente tras esa especie de Muralla de China de las fórmulas y las ecuaciones, las cuales, a la hora de la verdad, no resisten lo más mínimo ante la avalancha de los testimonios sobre ovnis de gentes —testigos directos— de la más variada condición social, de distinto nivel cultural y originarios de países muy alejados unos de otros, y no sólo geográficamente hablando. Ahí están, si no, los casos que reseñamos aquí, entre cientos, escogidos al paso de mis recientes y rápidas lecturas, ciñéndome a encuentros protagonizados por compatriotas nuestros, en el área europeo-latina.
Primero cedemos la palabra a un gran estudioso del tema ovni, el barcelonés Antonio Ribera, que nos ha hecho el honor de prologar este libro, y el cual, en una de sus más recientes obras, nos habla del caso de Jaime Bordas Bley, ex meteorólogo, al que el propio Ribera califica de «personaje extraordinario por muchos conceptos».

 

ENTREVISTA REALIZADA POR ANTONIO RIBERA A JAIME BORDAS BLEY

El encuentro de J. B. B. con un extraterrestre tuvo lugar en junio de 1951 en el pueblo de Casteil, en la vertiente occidental del macizo del Canigó, en tierras del Rosellón. Es un testimonio convincente.
Lo reproducimos íntegro porque no sólo ofrece «curiosas» coincidencias con mi propia experiencia sino que, por añadidura, debo subrayar que aquel encuentro se produjo algo más de treinta años antes que el mío y que apenas 18 km de distancia separan, a vuelo de pájaro, ambos lugares.

El enigmático personaje del Canigó

«Mi amigo Bordas es por muchos conceptos un personaje extraordinario: ex meteorólogo, llegó a ser
una de las primeras potencias de Andorra; regentaba en la época en que se sitúa el suceso (junio de
1951) un hotelito situado al pie del Canigó, en el pueblo de Casteil o Casteil y un poco más arriba de
la estación balnearia de Vemet-les-Bains. El nombre del hotelito era Hostal de l’Isard;(Hostal del
Rebeco).

»En los comienzos del verano de 1951, Jaime descansaba en el patio del Hostal de l’Isard, bajo
la sombra de unos perales. Por la puerta de la terraza que daba al lado de la montaña y al valle del
Cady, hizo su aparición un individuo que se detuvo en la entrada.
»—Bonjour —dijo, cuadrándose, mientras realizaba una leve inclinación con todo el cuerpo.
»Jaime le devolvió el saludo maquinalmente, examinándolo con detenimiento. El individuo en
cuestión era alto, de dos metros. Su andar era pausado y su voz había sonado en tono bajo pero de
timbre claro, que sin ser excesivamente varonil no correspondía a su físico.
»Lo que más atrajo su atención, además de su extraña voz y sus peculiares modales, fue su
aspecto y su manera de vestir. Llevaba unos pantalones ajustadísimos, a modo de unos leotardos en
donde resaltaba toda la musculatura de los muslos, bajo aquel color indefinible, de tonos azules,
petrolíferos y grisáceos. Las largas y perfectas piernas rememoraban las de una estatua griega, tal vez
demasiado largas en proporción al resto del cuerpo. Calzaba unas botas de media caña, de una sola
pieza, sin ojales, ceñidas, muy negras, confeccionadas con una especie de piel extraordinariamente
mate. Llevaba el torso ceñido por un blusón en el que destacaba un bordón de un dedo de grueso en
torno al cuello. El blusón era un poco holgado, sin ajustarse tanto como el pantalón pero marcando su
figura. Le llegaba hasta la cintura, rematado por una tira —a modo de cinto estrecho— cerrado por
contacto, al igual que la abertura central.
»(Es de notar que los cierres de contacto, tipo «Velero», por ejemplo, aún no se habían
inventado).
»La blusa también estaba cerrada por sendos bordones rodeándole las muñecas. Este detalle hizo
que Jaime se fijase en las manos del «desconocido»: eran unas manos provistas de dedos finos,
alargados, bellas, muy afeminadas, lisas, blancas, sin vello ni venas destacadas. Pese a su estrecha
cintura tenía el cuerpo atlético y era bastante ancho de hombros. Su conjunto era más bien fino, de
una esbeltez notable y no aparentaba poseer ni un solo gramo de grasa. En cuanto a su tez, era blanca,
ligeramente sonrosada. Imberbe. Los cabellos de un rubio claro, cayéndole hasta los hombros —de
una manera similar a la del famoso venusiano de Adamski—, provisto de amplias ondulaciones y
vuelto ligeramente hacia el interior por abajo.
»Su cara era alargada, provista de una boca perfectamente dibujada, más bien sensual que fría,
con los labios ligeramente carnosos y bien formados. Al hablar mostraba una dentadura normal y
sana. La nariz de trazo rectilíneo sin ser clásica, algo achatada en las aletas, pero por encima de ellas
continuaba en punta. Poseía unos ojos muy grandes, almendrados, de un azul límpido, tan claro que su
mirar daba la sensación de ser un tanto desvaído, pero llenos de vitalidad. Eran unos ojos propios de
una mujer bellísima, turbadores, casi insondables y provistos de una especie de magnética
penetración.
»Cuando el «desconocido» posaba su enigmática mirada sobre él, Jaime experimentaba la
sensación de sentirse atravesado de parte a parte. No le era posible sostenerle la mirada ni fijar sus
pupilas en las de aquellos ojos. Cada vez que lo intentaba sentíase intimidado a pesar de que el
«desconocido» le contemplase atento y respetuoso. Las cejas eran finísimas, formando un trazo rubio
bajo una frente enormemente espaciosa.
Hablaba sin gesticular. Su cara y sus manos no se movían. Sus brazos se apoyaban en la mesa,
quietos también. Daba la impresión de que en él todo su cuerpo era pura voz, surgiendo con el mismo
diapasón: muy agradable, sin inflexiones, sin altos ni bajos, suave, pero a la vez penetrante y clara.
»Se expresaba en un francés «químicamente puro» sin que resaltase ningún acento regional
determinado. Empleaba un vocabulario de elevada técnica; sin embargo, todo lo exponía con
sencillez y claridad. Aparentaba tener de 30 a 35 años.
»—Quisiera pedirle un favor.
»—Siéntese —le invitó Jaime con amabilidad.
»El «desconocido» tomó asiento en una silla, a su lado. Al tenerlo tan cerca observó que la tela
de su vestido terna una contextura especial, lisa, al parecer sin fibras, como de espuma.
»—He venido a verle para pedirle un favor —continuó el «desconocido».
»—Si está en mi mano…
»—Espero de su amabilidad que me facilite cada día, a esta hora, un par de botellas de leche y
pan.
»—No me dedico a vender lo que solicita —replicó Jaime—. Esto es un restaurante.
»—Lo sé —admitió el «desconocido»—, pero no puedo dirigirme a nadie más en este pueblo. Si
no me vende lo que le pido me causará una extorsión.
»—¿Y por qué una extorsión?
»—No tengo documentos ni dinero —aclaró—. Además, he de procurar que me vean paseando
por los alrededores de su casa lo menos posible.
»Jaime pensó que su misterioso interlocutor podía ser un perseguido o un fugitivo político.
»Entretanto, el «desconocido» le miraba fijamente con un rostro que se iluminaba, pero sin llegar
a sonreír. En realidad no le vio sonreír jamás, únicamente en determinados momentos se le aclaraba
toda la faz. Diríase que sonreía interiormente, sin ningún signo externo, como si la vida física cediese
a la interna, a la espiritual.
»Jaime accedió a la petición.
»—Muchas gracias —dijo su extraño visitante con aquella indefinible expresión.
»—Mañana ya puede pasar a recoger el pan y la leche, que yo iré a buscar al pueblo.
»El Hostal de l’Isard estaba enclavado en la misma entrada de la población.
»De súbito, Jaime le preguntó:
»—¿De dónde viene usted?
»—De arriba.
»—¿Está en Marialles o cerca del Coll de Jou?
»—De arriba—repitió el «desconocido».
»Jaime no quiso insistir. Hubiera deseado saber la identidad de aquel raro personaje, pero se
contuvo. Un cuarto 4e hora antes de que éste se fuese le hizo prometer que sería muy discreto y no
revelaría a nadie su presencia, quedando en volver al día siguiente a la misma hora.
»En efecto, a la hora concertada volvió a comparecer, hizo la misma clase de salutación que el
día anterior y fue a sentarse directamente al lado de Jaime.
»—Me gustaría saber qué es lo que hace usted por esta región —dijo Jaime, procurando no dar
demasiada importancia a sus palabras.
»—He venido con una misión científica —le respondió—. Más adelante le diré de qué se trata.
»—¿Es usted un científico?
»El «desconocido» asintió con la cabeza.
»—¿Por qué rama de la Ciencia se interesa?
»—Por muchas —contestó, preguntando a su vez—. ¿Usted también se interesa por la Ciencia?
»—Sí, bastante.
»—Pues sepa usted que este macizo es muy interesante para la Ciencia. El macizo del Canigó es
riquísimo en mineral, pero además tiene otras cosas que usted no podría comprender nunca.
»Le hablaba benévolamente, como si se tratase de un niño de diez o doce años. Le exponía las
cosas con claridad y sin el menor asomo de orgullo o petulancia. Se limitaba a hablarle del Canigó.
Entre otras cosas, le dijo que era una montaña de hierro, magnética. Acaso esta inesperada
información explicase los frecuentes accidentes de aviación que se han ido registrando y cuyo
historial, desde 1945, comprende una trágica lista de once catástrofes, con un total de 229 muertos.
Posiblemente los compases de los aviones fueron desviados por la fuerza magnética de la montaña.
»Al tercer día, extrañado ante las escasas necesidades que demostraba tener el individuo, le
preguntó:
»—¿No quiere que le traiga otra cosa del pueblo?
»—Ya tengo suficiente —repuso con su habitual tono de voz.
»—Me es usted simpático —insistió, tratando de romper aquella especie de hielo que les
separaba—. Si le hace falta algo más sólo tiene que decírmelo.
»—No necesito absolutamente nada —atajó el visitante. Tras una pequeña pausa continuó—: Yo
me alimento únicamente de pan y leche.
»Esta declaración no le sorprendió demasiado. Jaime había sido vegetariano durante muchos
años, por lo que este tipo de alimentación, un tanto sobria, la atribuyó a una cuestión puramente
dietética. «Acaso esté enfermo», pensó para sí.
»Con singular naturalidad, el «desconocido» empezó a desarrollar temas más profundos, de un
curioso carácter social.
»—El régimen francés es retrógrado —di jóle entre otras cosas y agregando a continuación—:
Desde luego, el planeta en que nos encontramos está compuesto por una sociedad dislocada. Todo en
vías de arreglo, pero aún no hay nada que se sostenga.
»Por sus palabras y por los conceptos que vertía —que a veces sólo entendía confusamente— le
pareció un auténtico comunista. Este concepto ideológico que había formado del «desconocido» se
reafirmó al oírle decir:
»—Existe un país que tan sólo es un embrión de lo que será el mundo del futuro. Pero sólo es un
embrión.
»Jaime le escuchaba cada vez más interesado.
»—Es preciso desarraigar el egoísmo del hombre, totalmente. Ustedes creen que es algo
congénito, pero no, no lo es en absoluto. Aunque la tarea de su expulsión será muy dura.
»Hizo una pausa. Daba la impresión de que sus palabras surgían por todas partes de su cuerpo
provocando una especie de fascinación a la que no podía sustraerse.
—El hombre se considera solo en la Tierra y no sabe que no es más que uno de los elementos de
la evolución. Con todo su desmesurado orgullo, con toda su pretendida sabiduría, ignora que en el
planeta Tierra existe un animal, hoy en proceso evolutivo, que andando el tiempo le sustituirá.
Actualmente no puede sospechar que ya se está preparando algo que lo superará.
»—Me gustaría saber qué clase de animales…
»La intensa y fija mirada del «desconocido» cortó pregunta. Cada vez más cohibido se vio
obligado a apartar la mirada de él.
»Y de nuevo, sin saber cómo, se entabló la conversación. Uno de los temas en que insistió
muchísimo fue el de las fuerzas ocultas que ahora el hombre cree dominar.
»—Al hombre se le han dado muchas atribuciones para dominar gran cantidad de fuerzas
extraordinarias, pero él no lo sabe. Y si hace mal uso de ellas, únicamente conseguirá la
precipitación de su propio holocausto y la aparición de esa cosa que vendrá después. El hombre ha
de esperar. Tiene que saber esperar, darle tiempo al tiempo, sin quemar estérilmente las etapas.
Solamente entonces será posible que el hombre actual llegue a enlazar con esta cosa futura.
»Cada vez se hallaba más convencido de que el misterioso visitante era un ruso. Esta opinión la
compartían los escasos habitantes de Casteil, que habían visto a aquel être bizarre (ser extraño),
como lo clasificaban en su patois del Rosellón. Sobre todo al oírle decir:
»—Nosotros podemos evitar el cataclismo que las potencias capitalistas puedan provocar.
»En otro retazo de las conversaciones que sostenían afirmó:
»—Sus hijos verán el final de las religiones. Al menos tal como están estructuradas en la
actualidad.
»Hablando de la generación de la posguerra y de la rebelión de los hijos, expresó:
»—Las revoluciones solamente vendrán de las juventudes.
»Con sus pensamientos lisamente expuestos semejaba prever una verdadera mutación de la
juventud. El «desconocido» ya llevaba cuatro o cinco días en Casteil, y pese a sus precauciones, se
había convertido en la comidilla de sus habitantes.
»Una mañana, estando ambos sentados en el patio, salió el hijo de Jaime, llamado por él y
llevando entre sus manos una máquina fotográfica…
»—Papá os hará una foto.
»Pero el «desconocido» mirándole con fijeza, rechazó, diciendo con tajante acento:
»—No. No, gracias.
»Ante la insistencia del muchacho su rostro se alteró por primera vez tomando una expresión muy
rara. Al fin accedió diciendo:
»—Bueno, hágala. De todos modos es inútil. No vale la pena.
»Jaime les hizo no una, sino dos fotografías.
»Al revelar el carrete, transcurridos unos días, cuando ya el «desconocido» se había despedido
de Jaime, los dos fotogramas correspondientes a aquel par de exposiciones aparecieron en blanco. La
película aparecía completamente transparente, sin señales de emulsión. Los otros seis fotogramas de
la misma película, tamaño 6X9, salieron bien, mostrando escenas familiares. El hecho continúa tan
inexplicable ahora como cuando tuvo lugar.
»El día de las fotografías el «desconocido» insistía en un tema que, sin lugar a dudas, le era muy
caro: el de la perversidad del hombre que, según él, tocaba ya a su fin.
»Transcurridos unos días, Jaime, sin poder dominar por más tiempo su creciente curiosidad,
decidió seguir los pasos del «desconocido» sin que éste se diese cuenta. Al abandonar el Hostal de
l’Isard comenzó a seguirle con la mayor discreción posible. Después de traspasar el puente del río
Cady volvió a subir hacia el Coll de Jou. Con no poca sorpresa pudo comprobar que el
«desconocido» subía sin esfuerzo alguno, como si la cuesta descendiese en forma suave en lugar de
ascender rápidamente. Tan regular y elástico era su paso «Subía como una pluma».
»Manteniendo siempre la misma distancia le vio llegar hasta la parte superior de la cuesta. Allí,
entre la espesura del bosque, le esperaba un ser de apariencia y traje iguales a los del
«desconocido», aunque un poco más bajo de estatura. Tuvo la impresión de que se trataba de una
mujer. Los dos seres, sin saludarse, continuaron ascendiendo por el monte, introduciéndose en un
bosquecillo. Jaime se vio obligado a seguirles por las alturas, ocultándose entre las matas,
procurando no perderles de vista ni un solo instante.
»El «desconocido» y su idéntico compañero se detuvieron en un pequeño claro del bosque. En el
centro del mismo, en una especie de calvero, divisó algo que tenía toda la apariencia de una tienda
baja, no cuadrada sino ovalada o circular, con la parte central más elevada. Su color era como «gris
metálico». Por más que se esforzó no pudo ver toda la superficie de la supuesta tienda, de la que le
separaba una distancia de unos 200 metros aproximadamente.
»Montañero experimentado, quedóse estupefacto ante aquel tipo de tienda. Caso de serlo,
pertenecía a un género de confección muy rara en la época, utilizado sólo por las expediciones del
Himalaya y en las misiones polares de Paul-Émile Víctor.
»Los dos misteriosos personajes comenzaron a pasear alrededor de la tienda. Jaime no quiso ser
inoportuno e indiscreto y decidió retirarse. Pero su curiosidad no quedaba satisfecha. Lo primero que
hizo cuando el «desconocido» volvió de nuevo al Hostal, con su acostumbrada puntualidad, fue
lanzarle de sopetón la siguiente pregunta:
»—Pero ¿qué hace usted exactamente aquí?
»El ‘«desconocido» adoptó su postura acostumbrada, mirándole sin despegar los labios.
»—¿Cómo se llama usted? —insistió con idéntico resultado.
»Conformado, pero no satisfecho por la imperturbable postura del «desconocido» desistió de
hacerle más preguntas por el momento. Era casi seguro que estaba allí clandestinamente.
»Poco a poco volvió a entablarse la conversación, versando como siempre sobre los temas
sociales. De pronto el «desconocido» lanzó la pregunta:
»—Y usted, ¿qué hace socialmente?
»—Pues yo no pertenezco a ningún partido político —repuso Jaime—, pero soy muy avanzado
socialmente.
»—Tiene la obligación de desplegar más actividad social. No hace lo bastante en este terreno,
porque usted, con las aptitudes que tiene, está obligado a una actividad social de acuerdo con sus
impulsos interiores.
»Por unos momentos, Jaime quedó como en suspenso. ¿Cómo podía saber el «desconocido» las
condiciones que concurrían en él? ¿Qué sabía de su vida, tanto anímica como física?
»Reaccionando tardíamente replicó:
»—Yo no tengo su capacidad. ¿No se da cuenta de que a veces no puedo seguir el hilo de sus
pensamientos ni los entiendo?
»A partir de aquel instante, el «desconocido» se esforzaba por hacerse entender, explicándole las
cosas hasta lograr que las comprendiera. El comentario entonces era muy singular. Decía
simplemente:
»—Bon, enregistré. (Bien, registrado).
»Empleaba a menudo un lenguaje muy técnico, tal como lo haría un profesor de física, utilizando
símbolos matemáticos que escapaban a su comprensión.
»Como era de esperar, la curiosidad de los habitantes del poblado no podía permanecer sin
manifestarse.
»Jean Pi, cultivador de manzanas, le interpeló en cuanto tuvo ocasión.
»—¿Quién es ese ser tan raro que te va a visitar?
»Ante el silencio de Jaime, un poco molesto, Pi continuó:
»—El otro día estaba yo en el manzanar y al verle grité: «¡Eh! ¿Dónde va usted?». Como no me
hizo caso, insistí: «¡Eh! ¿Es que no me oye?». Entonces se volvió mirándome de tal manera que me
intimidó. Tienes que saber, amigo, que es un ser muy raro. El caso es que ya no pude decirle ni media
palabra más.
»Pocos días después, hallándose en el pueblo, el padre de M. Nou, que ostentaba el cargo de
alcalde del lugar, le preguntó:
»—¿Quién es ese ser tan raro que te visita? El otro día le saludé pero ni siquiera me contestó.
Creyendo que era extranjero y no me entendía le dije por medio de gestos: «¿Y los papeles?». (la
documentación). Me miró tan fijamente, con tal intensidad, que creí haberle ofendido y me sentí muy
intimidado. Por un momento tuve la sensación de que me tapaban la boca con una mordaza. No pude
decir ni palabra. ¿Quién es este individuo? ¿Le conoce usted?
»—Puede estar tranquilo —respondió Jaime—. Es un buen amigo y una excelente persona. Desde
luego es extranjero y ha venido de muy lejos para hacerme una visita. Yo respondo por él. Pero, por
favor, no diga nada a la Gendarmería. No es que pueda ocurrir nada, pero sería enojoso.
»—¡Ah, bueno, así está bien!
»Jaime Bordas cada día estaba más intrigado. Habían transcurrido diez días desde la primera
visita del desconocido, que se presentaba invariablemente a la misma hora, para efectuar una breve
inclinación corporal y sentarse luego a charlar, unas veces a la sombra de los árboles, en el patio o
en el comedor del Hostal. Ni una sola vez quiso entrar en el bar. Después recogía su pan y su leche
marchándose con su característico caminar.
»Aquel ser representaba un enigma. A menudo se había forjado diferentes hipótesis, que no
tardaba en desechar, quedando sumido en un caos de agitadas confusiones. En su mente quedaban
agitándose una infinidad de preguntas a las que no podía dar una respuesta lógica.
»¿De dónde había surgido? ¿Cuál era su origen? ¿Se trataba de un hombre fuera de «serie»,
nacido en algún nórdico lugar? ¿Se trataba de un miembro perteneciente al clandestino movimiento
de la Resistencia o de un espía soviético? ¿Qué misión u objeto tenía que llevar a cabo en aquellos
solitarios aledaños?
»En cuanto le vio aparecer fue a su encuentro. Sin poder dominar sus impulsos, le preguntó casi a
boca de jarro:
»—Oiga, ¿qué es lo que hace usted por ahí arriba?
»Él le dirigió una de sus extrañas miradas sin que sus labios se despegaran para emitir sonido
alguno. Jaime insistió:
—Tenga en cuenta que yo he respondido por usted. De sus acciones depende mi prestigio y tal
vez mi seguridad.
»La cara del «desconocido» pareció iluminarse con una extraña claridad y sus frías pupilas
relumbraron por unos segundos, pero persistió en su silencio.
»—Supongo que no se pasará el día sin hacer nada —continuó Jaime—. ¿No puede decirme qué
clase de misión le ha traído por aquí?
»Los labios del «desconocido» apenas si dieron sensación de que se movían. Y por primera vez
contestó conciso a sus insistentes preguntas.
»—Estoy haciendo el mapa topográfico del Canigó.
»—Es un trabajo innecesario —replicó Jaime—. Ya existe un plano directo de la carta de Estado
Mayor. Yo podría procurárselo con facilidad. Cualquier librería de Perpiñán lo tiene.
»—Ya lo he visto. No me sirve.
»De repente, sin saber por qué, a Jaime le llamó la atención la clara tonalidad del rostro del
«desconocido». Pensó, con lógica, que era imposible que, al cabo de diez días efectuando escaladas
por aquellos riscos, pudiera conservar la tez tan fresca y sonrosada como la de una doncella. El sol
de alta montaña quema intensamente. Bastaba ascender al Canigó (2,785 m), al pico Barbet (2,750
m), al pico de Tres Vents (2,700 m), al pico de Roja (2,600 m) para acusar los efectos de la
insolación.
»—¿Cómo es posible que conserve la cara tan blanca si se pasa todo el día en lo más alto de los
picos? —objetó—. ¿Acaso se pone un velo o una gasa?
Jaime esperó inútilmente una contestación. El «desconocido» volvió a adoptar su típica actitud
silenciosa, mientras semejaba envolverle con la aguda mirada que surgía del fondo de sus ojos. Llegó
a pensar que la palabra no, que nunca había empleado, no existía en su vocabulario.
»—¿Terminará pronto este… trabajo?
»—Sí, dentro de dos o tres días lo habré concluido.
»—¿Me lo enseñará? Me gustaría verlo.
»La sombra de una sonrisa pareció esbozarse fugazmente. Dio media vuelta y emprendió el
camino hacia las alturas.
»Un día antes de su partida el «desconocido» realizó su habitual aparición. Esta vez llevaba algo
en la mano: un tubo de aspecto metálico y de cuyo interior extrajo un mapa que extendió sobre la
mesa. Era un plano cartográfico, limpiamente realizado, con las cotas, las curvas de nivel
perfectamente trazadas, reproduciendo con inusitada fidelidad todo el macizo del Canigó. El tipo de
papel empleado daba la sensación de un pergamino muy suave, sin pliegues y no crujía al ser
manejado. Reconoció con harta facilidad el trazado que aparecía ante sus ojos sin ninguna clase de
letras ni de números; únicamente se distinguían unos símbolos indescifrables. Uno de ellos era una
especie de media luna en las curvas de nivel. La tinta empleada era negra y las altitudes no estaban
señaladas con cifras arábigas. La topografía era perfecta.
»Cuando Jaime hubo saciado su curiosidad, el «desconocido», doblando el sorprendente mapa,
volvió a guardarlo, pero no en el tubo, sino en una especie de carpeta provista de tapas metálicas,
que como es de suponer había traído consigo, pero que de pronto había pasado desapercibida a la
atención de Jaime. En el interior de la carpeta había otros documentos, así como el tubo.
»La labor topográfica para levantar aquel plano con sus detalladas curvas de nivel, hubiera
requerido el esfuerzo continuado de un equipo de topógrafos del Ejército durante dos meses, cuando
menos. Sin embargo, aquel misterioso ser lo había llevado a cabo —solo o con la ayuda de su no
menos enigmático compañero— en quince días escasos… Y al parecer sin más alimento que pan y
leche. El hecho en sí era algo desconcertante e incomprensible. Un misterio más a añadir a los que
rodeaban al «desconocido». Aunque las sorpresas de Jaime no habían terminado.
»El fantástico topógrafo le dijo:
»—Mañana no me traiga ya más leche. No le podré pagar.
»—No importa —repuso, comprendiendo que aquello significaba una despedida—. Lo que he
aprendido de usted durante estos quince días, vale más, mucho más que el pan y la leche que le he
proporcionado.
»—No le podré pagar con dinero —continuó el «desconocido»— porque no lo tengo, pero le
daré algo que para usted tiene mucho más valor.
»Y le tendió un pequeño paquete que llevaba en la mano.
»Jaime no había observado nunca que el traje del «desconocido» tuviese bolsillos. Otro detalle
que de repente le asaltó fue que realmente, pese a que le había tratado siempre como a un hombre, en
realidad no lo podía asegurar, pues su conformación de cintura para abajo no daba señales de
atributos masculinos, sino que presentaba una superficie lisa, mórbida.
»Al abrir el paquete vio que contenía unas cuantas piedras.
»—Tómelas —le dijo el «desconocido»—. Son pepitas de oro.
»—¿De dónde las ha sacado?
—Del río Cady. Es aurífero —contestó—. Yo puedo encontrar tantas como quiera.
»Jaime no dudó ni por un momento de su afirmación. Estaba acostumbrado a confiar plenamente
en su palabra. Siempre había tenido la impresión de que aquel «desconocido» no podía mentir.
»—Gracias. Buen viaje. ¿Por dónde se irá? ¿Pasará por Vemet? Se lo pregunto con la intención
de acompañarle con mi coche hasta Vilafranca del Conflent, donde puede tomar el tren. Piense que no
tiene documentos que acrediten su personalidad.
»El «desconocido» se limitó a decir:
»—Por arriba.
»Mientras se alejaba hacia donde tenía instalado el campamento, Jaime pensó que se iría por la
alta montaña. No cabía otra explicación. Sólo ahora, transcurridos bastantes años, cree que aquel
«arriba» pudiera significar algo más.
»Aunque de momento, bajo la influencia de la poderosa personalidad del «desconocido», le
creyó cuando le dijo que aquellos pedruscos redondeados que parecían unos vulgares cantos o guijos
eran pepitas auríferas, después empezó a dudar. Hasta que por fin se decidió a llevarlos a Perpiñán
con el objeto de mostrárselos a sus amigos, los hermanos Ducommun. ¡Cuál no sería su sorpresa ante
el entusiasmo desbordante que le mostraron los joyeros al asegurarle que aquello era oro purísimo!
»—¿Dónde los has encontrado? —le preguntaron con avidez—. ¿Quieres que nos asociemos para
explotar este filón?
»Jaime no quiso revelar su procedencia, cosa que molestó en extremo a los joyeros. El
«desconocido» había pagado con la magnificencia de un rey los alimentos que le proporcionó. El
valor de las pepitas era muy superior al de los modestos víveres que había consumido: más de 50
000 francos.
»Con este golpe de efecto terminó el hasta hoy inexplicable episodio de Casteil, al pie del
Canigó. La confirmación del encuentro con un personaje extraterrestre sería el mejor documento que
existe y el de mayor duración.
»Los supuestos contactos de Adamski, Cedric Allingham, Truman Bethurum, Siragusa, Daniel
Fry y algunos otros, no poseen pruebas tan corroborables como el de Casteil, ya que en ellos todo
depende de lo que cuenta el contacto. En el caso del Canigó no se registra la presencia de una
«astronave», un «disco» o cualquier otro tipo de vehículo espacial. La presencia de la tienda da
pábulo a muchas suposiciones. ¿Se trataba de un medio de transporte discoidal, aplanado y de color
gris metálico, lo que Jaime tomó por mía tienda último modelo?».
Es muy significativa la observación aportada por el eminente y estudioso francés Jacques Vallée,
doctor en Matemáticas, asesor de la NASA en el mapa de Marte, especialista en máquinas
calculadoras IBM y uno de los mayores expertos del mundo en «objetos volantes no identificados»,
tema sobre el que ha publicado varias obras en inglés. En su lista de doscientos casos de aterrizaje
de ovnis, en el que lleva el número 55 y la fecha 4 de octubre de 1954, dice que un niño de diez años,
llamado Bartiaux, vio un objeto «en forma de tienda» que había aterrizado cerca de Villers-le-Tilleul
(Ardennes-Francia). A su lado se hallaba de pie un individuo desconocido.
Pero en este caso —el del Canigó— se cuenta con el testimonio de casi todos los habitantes de
una población. En mayo de 1967, en Casteil, existían varias personas que habían conocido a Jaime,
cuando éste regentaba el Hostal de l’Isard. Entre ellas, Michel Cases, propietario del hotelrestaurante
Le Catalan.
El macizo del Canigó es perfectamente conocido desde el punto de vista geológico, pero la
verdad es que los aviones que lo sobrevuelan sufren extrañas perturbaciones magnéticas en sus
aparatos de navegación. Algo o alguien perturba los compases y los radiogoniómetros de los aviones
en las inmediaciones del misterioso y poético macizo, que en un mapa de Europa ocupa un espacio
menor que una antigua moneda de cinco céntimos. Sin embargo, este pequeño círculo constituye el
mayor cementerio de aviones de Europa.
La conclusión de cada una de las encuestas efectuadas fue siempre la misma: error de navegación.
Pero ¿cuál es la razón natural, conocida y comprobada, que hace que tantos pilotos experimentados,
guiados por una completísima red de radiofaros desde tierra, cometan siempre el mismo error y en
el mismo lugar? Los técnicos responden que se trata de una desdichada coincidencia. El cálculo más
elemental de probabilidades nos dice que ya no puede hablarse de «coincidencias» en el caso del
Canigó. Caso que recuerda el «triángulo mortal de las Bermudas», misteriosa zona triangular que
existe en el mar, a la altura de la península de la Florida, y donde se han «esfumado» misteriosamente
docenas de barcos y aviones, en pleno día y con calma chicha.
¿Existirán acaso en nuestro planeta centros de perturbación magnética capaces de «volver locos»
los instrumentos de navegación aérea y marítima? De ser así, ¿cuál es la causa? ¿Tendrá relación con
esto el secretísimo Project Magnet de la Aviación norteamericana, consistente en varias
superfortalezas volantes equipadas con perfectos magnetómetros? Y, por último, ¿qué relaciones
tiene —si la tuvo— el «desconocido» de Casteil con estos trágicos y luctuosos sucesos?
Sea como fuere es de notar que, por causa verdaderamente incomprensible, el extraño episodio
de Casteil se borró, al poco tiempo, de la mente de Jaime, sufriendo una amnesia total-temporal que
ha durado unos diez años. ¿Fue un bloqueo psicológico impuesto desde «arriba»? El enigma subsiste
y posiblemente aún nos hallemos muy lejos de su solución.
Sin embargo, el «desconocido» predijo a Jaime que vida cambiaría y que sería objeto de shocks
muy violentos.
Los hechos posteriores parecen confirmar esta predicción. Efectivamente, en el verano de 1971,
hallándose Jaime en su magnífico chalet de Andorra y en compañía de Odile, su esposa parisiense
que conoció poco después de los hechos antes reseñados, recibió una misteriosa llamada desde
París. La voz era la misma que había oído en Casteil en 1951, la del «personaje desconocido», que le
dijo: «Te hablo desde un automóvil en el bosque de Vincennes. Experimentarás una nueva mutación.
Cesarás de envejecer, y tu mente se abrirá a verdades más amplias».
En 1967, Rafael Farriols y yo nos personamos en Casteil para efectuar una detallada investigación
in situ. Entrevistamos a varias personas que aún recordaban a Jaime Bordas y al être bizarre que
iba a buscar pan y leche; es decir, el «extraño ser» de nuestra historia. Entre estos testigos se
contaban el ya citado Michel Cases, M. Nou, antiguo alcalde del pueblo, Jean Pi, cultivador de árboles
frutales, y algunos otros.
Bordas me había confiado, como se recordará, el nombre de los joyeros que adquirieron las
pepitas de oro que le entregó el «desconocido»: los hermanos Ducommun. Por una afortunada
casualidad, uno de ellos, Henri, era a la sazón vicepresidente de la Federación Francesa de Estudios
y Deportes Submarinos. Al ser yo uno de los pioneros del buceo autónomo en España, autor de varias
obras sobre la materia, amigo personal del comandante Cousteau y de otras personalidades del
mundo submarino, tenía ya garantizado un buen recibimiento por parte de dicho joyero quien, según
luego pude comprobar, conocía en efecto mi nombre.
La joyería Ducommun Frères se encuentra en uno de los lugares más céntricos de Perpiñán: en la
misma plaza que se abre al pie del Castillet. Henri Ducommun me recibió amablemente, yo le
presenté a Farriols y acto seguido le expuse el motivo de nuestra visita, después de hacer unos breves
comentarios sobre el buceo y hablarme él de un compresor para la carga de botellas que se había
hecho instalar en Rosas.
—En efecto, me acuerdo perfectamente de Jacques Bordas —me dijo—. Era un guía de montaña
que entonces regentaba un hotel de montaña en Casteil. Era un hombre fuerte, simpático y de trato
muy agradable.
—¿Recuerda usted si alguna vez le trajo pepitas de oro para vender?
—Pues sí —respondió Henri Ducommun—, creo que fue hacia el año 50 o 51, no recuerdo bien.
Como ustedes saben —agregó—, la cuenca del río es aurífera, pero nunca nadie había traído pepitas
de aquella calidad.
Confirmado este último extremo, que parecía corroborar la veracidad de la extraña historia,
Farriols y yo reemprendimos el regreso a Barcelona, en el Morris 1100 de mi amigo, mientras en
nuestro interior se alzaba este interrogante: ¿Sería el «desconocido» del Canigó uno de los primeros
hombres de UMMO llegados a la Tierra? Las fechas concordaban: marzo de 1950, junio de 1951.
Poco más de un año después… El interrogante sigue en pie.

El Mensaje de otros mundos
Eduardo Pons Prades

ISBN 10: 8432036366
ISBN 13: 9788432036361
Editorial: Planeta, 1982

9788432036361: Mensaje de otros mundos, el

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