El Mensaje de Otros Mundos (frag. 10)

OTROS CASOS ESPAÑOLES

Estos casos nos los ofrece Juan José Benítez, el periodista-escritor español más especializado en el
tema ovni. Todos ellos protagonizados por habitantes de las Islas Canarias.
Primer caso.
El 23 de junio de 1976, el Diario de Avisos de la isla de Tenerife publicaba esta noticia, recuadrada
y en primera página: «Anoche, espectacular fenómeno en aguas canarias. Millares de personas lo
contemplaron. Cuatro hipótesis: un volcán submarino, un meteorito que cayó al mar, otro fenómeno
marino atmosférico o algo relacionado con los ovnis».
Testimonios: el de don Guillermo Rodríguez Rodríguez, que trabajó en el observatorio de Izaña,
y que ahora es profesor del Instituto de Los Llanos de Aridane: «Por lo que yo he visto, deduzco que
hubo una gran ionización atmosférica… en la mayor parte del tiempo que duró ese fenómeno, por
ahora desconocido. La televisión se vio con dificultad: la imagen se borraba de la pantalla, como si
hubiera interferencia de ondas electromagnéticas, o algo hubiera pasado sobre la zona…».
El de don Fernando Molino, del observatorio astronómico de Izaña: «Lo vi como una gran espiral
en forma de caracol, muy brillante. Producía un halo circular de 40 grados, con luminosidad blancoazulada…
Lo que sí es claro es que fue algo de origen externo a las islas…». La noche anterior (la del 22 al 23
de junio de 1976), desde San Sebastián de la Gomera se transmitía la siguiente noticia: «Los tripulantes
de un pesquero, impresionados por el ovni que se paró junto al mástil. Los tripulantes del pesquero
Madre Bitarte, que faenaba frente a las costas de Alajeró se encuentran vivamente impresionados,
puesto que aseguran que un artefacto de grandes dimensiones, de forma semejante a dos botes de
pesca superpuestos, y que despedía destellos luminosos muy intensos, se paró a la altura del mástil
de la embarcación donde permaneció durante unos segundos hasta desaparecer cuando, alarmados,
apagaron las luces del barco. El fenómeno ha sido observado por multitud de personas que han quedado
impresionadas por su magnitud».
Ahora habla Ernesto Ferrer Galán, conserje del citado Centro Emisor de Izaña, situado a 2,300
metros sobre el nivel del mar: «Al principio, el mar se puso rojo. «Aquello» surgió entre la isla de
La Palma y el Teide. De pronto, de aquel mar enrojecido salió algo que parecía una espiral, también
roja… y al mismo tiempo que se iba formando la espiral, una tremenda luminosidad blanca fue
llenando aquel lugar… Recuerdo que recibimos más de quince llamadas desde muchos sitios y
especialmente desde la ciudad del Puerto de la Cruz. Por lo visto lo vieron miles de personas…».
Segundo caso.
El 22 de junio de 1976, a las diez de la noche, el doctor Francisco Padrón Hernández vivió una
apasionante aventura:
«…Tenía (la esfera) al principio color anaranjado-claro-azulado. Eran unos tonos que yo no he
visto en la Naturaleza. Era un anaranjado con un tinte azulado especial… No hablamos ninguno de
los tres ocupantes del taxi. Pero yo me di cuenta de que el chófer del taxi le temblaban las manos. Y
el coche, muy despacio, muy despacio, lo fue dejando allí… Total, en vista de que no hablaba nadie,
comenté:
»—Pero ¿qué pasa aquí?
»El taxista me respondió:
»—¿Es que usted no lo ve?… ¡Esto es un platillo volante! ¡Tiene hasta dos tíos dentro…!
»Yo, efectivamente, había visto también aquellos dos seres. Pero quise cerciorarme de que no
sufría una alucinación o algo por el estilo. Yo veía y percibía a los dos seres. Y ya empezaba a
difuminarse… Sí, al principio de verlo no era transparente. Después, lentamente, la gran esfera se fue
volviendo transparente. En la parte central (de la nave espacial extraterrestre), como en relieve,
había dos plataformas todas redondas. ¡No había remaches ni ángulos de ninguna clase! El disco era
como trazado a compás. Perfecto. Y, de pronto, vemos cómo de la parte central de esta plataforma
interior —por un extraño tubo— empieza a surgir como un gas o humo, de un azul mucho más denso o
espeso. Y comienza a recorrer la circunferencia interna de la esfera y «aquello» empieza a aumentar
de tamaño y a crecer y a crecer… Y llegó a adquirir el diámetro de una casa de 20 pisos. ¡Cómo el
hotel Don Juan de Las Palmas!
»De la cintura para abajo (las dos figuras de la nave) me parecieron cortos. Pero de ahí para
arriba, enormes. Su anchura de hombros era considerable. Y también el cráneo. Me llamó la atención
sus desproporcionados occipitales… Por lo menos (medían). 2,70 metros Sus manos eran como
picudas. No tenían dedos. Y, si los tenían, estaban guardados o enfundados en algo puntiagudo o
cónico. (Los testigos estaban a unos 50 o 60 metros de la esfera).
»Sí, los uniformes eran rojos… Tampoco era exactamente rojo (rojo vino). ¡Es que yo no lo he
visto jamás en la Naturaleza! Aquellos trajes eran perfectos. Me llamó la atención la perfección de
esos uniformes. No había arrugas».
—¿Eran figuras claramente humanas? —le pregunta el periodista.
El doctor no dudó un instante.
—Sí.
En aquel instante —prosigue el periodista— le pedí al doctor que me dibujara la escena.
Mientras dibujaba la esfera, los paneles y a dos seres, comentó:
—Se lo haré igual que al comandante que me interrogó recientemente. Los dos seres, como les
decía, se encontraban entre estos dos paneles. Y sobre éstos había una serie de palancas y aparatos
que brillaban extraordinariamente. Daban destellos. Pero yo notaba una especie de silbido muy
especial, como cuando tengo en funcionamiento el aparato de rayos X, a 90 000 voltios. Algo así…
Pero hoy, sereno ya, con aquella imagen clavada y clarísima, miren ustedes, yo estoy seguro de que
vuelvo allí y los vuelvo a ver… Muchas de esas vivencias (durante 18 años de ejercicio de la
medicina) han tenido que dejarme una gran huella. Pues bien, la huella que este objeto dejó en mi
cerebro fue completamente distinta…
—¿Cómo definiría usted esa huella? —preguntó el periodista.
—Lo haría en pocas palabras —respondió el médico rural de Guía—. Es una imagen que ha
desplazado a montones de imágenes, para convertirse en una primordial.
—¿Sintió miedo en aquel momento?
La respuesta del médico fue tajante:
—¡En absoluto! ¡Todo lo contrario! ¡Me gustó ver aquello! Me agradó. Y no sé exactamente por
qué. Quizá por su gran perfección en el trazado. Era algo muy superior a todo lo visto por mí
anteriormente. Yo mismo me pongo ahora mismo a recordar imágenes de aviones —hasta el mismo
Concorde— y sólo son basura al lado de «aquello»… Y es que aquel objeto (fíjense bien en lo que
voy a decirles) iba acompañado, no sé si psíquicamente, de un extraño fenómeno de alegría. Es
curioso. Usted observa las cosas de la Tierra; usted observa, por ejemplo, un reactor comercial en
vuelo, y ni le va ni le viene. Pero no ocurría lo mismo con aquel objeto.
—Bien, y después del tiempo transcurrido, en frío ya y después de haber hecho en su mente un
detallado análisis de todo lo sucedido, ¿qué supone usted que fue lo que vio?
—Primero: una nave (yo la llamo así) que no era material. Segundo: ocupado por unos seres muy
superiores a nosotros, en todos los sentidos. Tercero: por lo que pude observar, eran seres que llevan
unida, a su forma de ser, una gran perfección espiritual. Me dio la impresión de que allí no había
maldad.
—Pero ¿en qué se basa usted para sacar esta última conclusión?
—Simplemente con mirar a la Tierra… —respondió el doctor.
Todos permanecimos unos instantes en silencio.
—Si usted observa a un hombre, aquí en nuestro mundo, ese señor no va rodeado de nada. No
produce ninguna sensación extraña. Y mucho menos de grandeza o de majestad. Sólo es materia que
se mueve. Usted ve un gran coche y unas personas que se montan en él y nada más. No observa nada
más. Sólo materia. El coche puede ser más o menos bonito, sí, pero no desprende espiritualidad.
Y lo que yo vi, sí desprendía esa espiritualidad. No sé si me ha entendido. ¡Eran destellos de
espiritualidad! Y no es que esa espiritualidad fuera dependiente de su perfección física, no. A aquel
conjunto iban asociadas una serie de cosas perfectas.
—¿Usted había leído anteriormente algún libro sobre ovnis?
—No, nunca. Había oído hablar, eso sí. Pero jamás me preocupó. Como usted comprenderá,
bastantes problemas tiene uno con la medicina…
—¿Notó un silencio anormal en la zona?
—Eso sí.
—¿Y cómo lo describiría?
—Era, no sé… Quizá como un silencio vacío. Hay silencios llenos. Los silencios de la noche o
del viento, por ejemplo.
—Y los movimientos previos al desplazamiento, ¿cómo fueron?
—Ya le digo: muy suaves. Armoniosos. ¡Figúrese una esfera de esas dimensiones! Aquello no
tenía nada que ver con los movimientos de nuestros aviones. Parecía poco menos que un juego. ¡Es
que ustedes no lo pueden imaginar siquiera! Todo lo que hay en nuestro mundo, al lado de «aquello»
resulta árido.
—¿Molestaba a los ojos la luminosidad de la esfera?
—No, todo lo contrario. Era agradable contemplarla.
—De todo el ovni ¿qué fue lo que más le impresionó?
—Todo. Es que no se podía separar… Todo era majestuoso. ¡Era un conjunto armónico!
—¿Y qué más le extrañó?
—Pues quizá la redondez. Todo allí era redondeado. No vi esquinas ni ángulos por ningún sitio.
(El periodista J. J. Benítez recalca: «Era realmente curioso. Aquello me recordó, casi sin querer,
las manifestaciones de los miembros del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias, que en
1974 me habían especificado ya que en el interior de las naves de los seres del espacio que nos
visitan ellos tampoco habían observado ningún ángulo o esquina).
—Después del avistamiento, ¿ha notado usted alguna reacción o efecto secundario en su persona?
—Sí, sí que he notado algo muy concreto y sorprendente. A raíz de aquello, he comprobado que
mi memoria es mucho más consistente. Tengo una memoria mucho más lúcida, aunque parezca
mentira. Además, cuando estudio capto las cosas y conceptos en menos tiempo que antes y con más
profundidad. Y, por último, los diagnósticos o razonamientos en general casi no me cuestan trabajo…
Y les aseguro que no ha sido producto de mi imaginación. Yo llevo 18 años ejerciendo la
medicina y ha habido muchos diagnósticos que me han supuesto un gran esfuerzo, numerosos estudios
y tiempo. Algunos, incluso, los dejaba para otro día. Hoy, en cambio, los razono con gran facilidad.
Además, noto una gran seguridad en mí mismo.
Al ser preguntado en qué medida el encuentro ha supuesto un cambio de vida, el doctor Francisco
Padrón responde:
—Le contaré algo. Llevo, tal y como dije, 18 años como médico, aquí, en Guía. Al principio, yo
me dediqué por entero a mi carrera. De mutuo acuerdo con mi mujer, yo dedicaba horas y horas a mi
trabajo y ella cuidaba de los niños. Llegué a pasar dos y hasta tres días sin dormir. Hasta que un día
—de esto hace ya unos cinco o seis años— me di cuenta de que aquello no era vida. E hice una
composición de lugar: ¿cuál era la vida de un médico? ¿Qué pintaba yo en este mundo trabajando 24
o 48 horas seguidas? ¿Qué era y qué representaba?
»Y traté de ordenar mi vida. Empecé no recetando una vez por semana. Haciendo, en fin, que mi
profesión no me esclavizase. Y dediqué más tiempo a mi mujer y a mis hijos. Porque yo pensé: si soy
un médico que dedico mi vida, por entero, a la profesión, cuando me quiera dar cuenta tendré bastón,
sombrero y levita y no podré tenerme de pie… Y me prometí a mí mismo que eso no iba a suceder.
¿Cómo? Ejerciendo mi profesión lo más dignamente posible y dedicando el resto del tiempo a mi
hogar. Pues bien, esas dos cosas que le digo las he visto ahora con mucha más claridad.
»Para el militar que me vino a interrogar, por ejemplo, sólo contaba la nave, sus dimensiones, su
sistema de propulsión, etc. El militar es frío. Y quizá no puede entender que aquella «espiritualidad»
era inseparable del resto de la nave… el militar no comprende este punto.
—Suponga que en base a esa espiritualidad, esos seres le invitasen a entrar en sus naves. ¿Qué
haría usted?
—Sinceramente, hoy por hoy, creo que no me encuentro preparado para ello.
—¿No pensó entonces en las consecuencias que esa declaración (la del encuentro con ellos y su
esfera) le iba a acarrear?
—No. Eso me trae sin cuidado. Yo me creí en la obligación de decir lo que había visto. Y eso es
todo. Lo que opinen los ignorantes o malintencionados me deja absolutamente frío… yo estoy por
encima de toda esa gente que no comprende o que se burla. Como usted comprenderá yo no puedo
valorar el comentario de una esquina o de una plaza… Ésos son los que «arreglan» el mundo
hablando. La persona que está formada tiene que estar por encima de todo eso. Usted no puede
ocultar algo que fue real o dejar de manifestar su pensamiento por el «qué dirán».
—Ahora, ¿cree usted que los ovnis existen?
—Por descontado. Tendría que estar ciego para no creer. Aunque también le diré algo: hay mucha
gente que se hace el ciego, para no tener que revisar sus trasnochados y cómodos principios. Y ésos
son los peores…
Y el periodista apostilla la entrevista, que duró varias horas, con estas puntualizaciones: «El
citado médico —tal y como pude averiguar y constatar por mí mismo en la laboriosa localidad de
Guía, así como en la amplia zona que rodea dicha población— es uno de los profesionales más
queridos y respetados de aquellos pagos. Es hombre profundamente serio y trabajador, que jamás se
había preocupado por otra cuestión que no fuera la medicina, su hogar y sus enfermos.
»Saltaba a la vista: en aquella inolvidable fecha en que acudimos a su consultorio para
entrevistarle, fue preciso aguardar hasta bien entrada la noche, para poder conversar con un mínimo
de tranquilidad. Los pacientes llenaban sin cesar la sala de espera. Su historial, además, es
brillantísimo[44].
En este último caso —como ya lo hizo J. J. Benítez al incluir este testimonio en su libro—, yo me
he visto obligado a extractar dicha declaración. La extensión de estos testimonios (el de Joaquín
Bordas y el del doctor Francisco Padrón) me ha permitido, por otra parte, abreviar algo el mío,
debido al gran número de coincidencias entre nuestras respectivas experiencias. Muy notable en el
caso del doctor Padrón, que no subió en nave espacial extraterrestre alguna, al menos físicamente.
Coincido con él en casi el cien por cien de sus apreciaciones…

El Mensaje de otros mundos
Eduardo Pons Prades

ISBN 13: 9788432036361
Editorial: Planeta, 1982

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