Arxiu del dimarts , 1/10/2019

La Granja Humana – texte 13/19

dimarts , 1/10/2019

LOS JINAS ISLÁMICOS

Entre los hombres cultos de nuestra sociedad se da esta paradoja: la mayor parte de ellos, cuando se les habla de «espíritus», de «entidades no humanas», de «extraterrestres», etcétera, fruncen el ceño y consideran todo el asunto como alucinaciones o como relatos de ciencia ficción.

Pero, por otra parte, vemos a esas personas profesarse católicos o cristianos, si no fervientes, por lo menos sinceros. O lo que es igual, se dicen seguidores de una religión en donde la existencia de espíritus no humanos es cosa no sólo admitida, sino obligadamente admitida.

Según la doctrina oficial, no se puede ser buen católico sin admitir la existencia de los ángeles y de los demonios, tal como ha sido definido en varios concilios y tal como la autoridad «infalible» del Papa lo ha enseñado en muchas ocasiones y muy recientemente.

Lo cierto es que estas escuelas de pensamiento universales y milenarias llamadas religiones, que han creado culturas y que han configurado a lo largo de los milenios la historia de la Humanidad, admiten sin ninguna duda la existencia de inteligencias no humanas que se entrometen en las vidas de los hombres.

Y según algunas de ellas, los mismos hombres, cuando mueren o «desencarnan» —como se dice en el espiritismo—, se convierten en espíritus incorpóreos que tienen mucho que ver con las vidas de los humanos vivientes. No hay religión que no tenga nombres, y en abundancia, para designar a estos seres, lo cual quiere decir que no sólo creen en ellos de una manera genérica, sino que hacen distinción entre sus diversas clases y rangos.

En el mismo cristianismo no se les llama simplemente ángeles, sino que se hace distinción entre «Tronos», «Dominaciones», «Potestades», «Querubines», «Serafines», «Ángeles» y «Arcángeles» que son los de rango supremo.

Y lo mismo sucede con los demonios, que tienen un escalafón, muy ordenado hasta llegar a Luzbel o Satanás que es el jefe de todos. En esto está muy clara desde hace siglos la teología clásica cristiana y el Papa actual se ha encargado de recordárselo a los fieles olvidadizos, que por cierto son bastantes y no le hacen mucho caso.

Pues bien, de entre todas las religiones, el islam es el que más ha profundizado en el conocimiento de estas entidades extrahumanas o por lo menos el que mejor ha descrito sus manifestaciones.

Cuando nos asomamos a la vastísima literatura de la cultura islámica, escrita mayormente en árabe y de carácter eminentemente religioso, nos encontramos con unos personajes no humanos que coinciden en todo con otros que también nos salen al paso en la moderna literatura ovnística. Ni los teólogos y ascetas del islam que describieron estas entidades tenían idea de lo que siglos después se llamaría en ovnilogía «extraterrestres», ni, hablando en general, los investigadores del fenómeno OVNI conocen lo que ascetas y teólogos mahometanos dijeron de sus «jins».

Y, sin embargo, las acciones que ambos describen son fundamentalmente las mismas.

La palabra árabe «jin» o «djinn», proviene, según Mario Roso de Luna, de la misma raíz de la que proviene la palabra «genio», que encontramos en todas las lenguas arias con el significado de «divinidad menor» o «espíritu de la naturaleza», que puede ser benévolo o malévolo y que con mucha frecuencia tiene un gran sentido del humor, aunque no siempre de buen gusto.

Roso de Luna, que por supuesto admite su existencia y que tanto gusta hablar de ellos en sus interesantísimas obras, les llama siempre con la palabra castellana «jina» que será la que nosotros usaremos en adelante.

Antes de proseguir tengo que decirle al lector que casi todo lo que en este capítulo diré acerca de la idea que en el islam se tiene de estas entidades, lo he tomado del profundo estudio que sobre ello hizo mi querido amigo Gordon Creighton, editor de la más importante revista del mundo sobre el fenómeno OVNI, la Flying Saucer Review de Londres.

La autoridad de Gordon Creighton sobre este particular es incuestionable y sus años al frente de la revista Flying Saucer lo avalan. Hombre de vastísima cultura, lector infatigable en diez idiomas, ha sido capaz de recopilar un acervo de información acerca del fenómeno OVNI y de todo lo que él conlleva, como probablemente ninguna otra persona en el mundo. Cuando hace ya años le hice mi primera visita en Londres, lo encontré a la puerta de su casa leyendo un periódico en chino.

Pues bien, Gordon Creighton, después de haber leído miles de páginas en árabe a lo largo de su ya extensa vida, ha logrado compilar valiosísimos textos que resumen lo que en el islam se cree de estas misteriosas entidades.

Los teólogos mahometanos creen que hay dos clases de espíritus inteligentes:

1) los ángeles

2) los jinas

Los ángeles, según ellos, son espíritus puros que intervienen menos en las vidas de los hombres. Los jinas son inferiores en rango a los ángeles, están más cerca de nosotros, y son capaces de materializarse en nuestro mundo de mil maneras diferentes, que van desde formas vivientes animalescas hasta objetos aparentemente inanimados.

Pero su manera preferida es la forma humana. Y a diferencia de los ángeles, gustan mucho de entrometerse en las vidas de los hombres y lo hacen con unas características y preferencias muy concretas, tal como veremos en seguida. En los cuentos de Las Mil y una Noches encontramos ejemplos de estas interferencias y poderes de los jinas.

Hasta aquí la teología islámica no nos dice nada fundamentalmente nuevo o diferente de lo que nos dice la teología de otras religiones, incluida la cristiana, en donde al demonio se le llama «el imitador» o «el tentador», y lo vemos a todo lo largo de la historia eclesiástica no sólo incitando a los hombres a rebelarse contra Dios, sino apareciéndose bajo mil formas grotescas para presidir aquelarres y misas negras. Éstas, a pesar de que a las autoridades tanto civiles como eclesiásticas nunca les han gustado nada y las han castigado muy severamente con leyes y cánones, y a pesar de que han tratado lo más posible de disimularlas o encubrirlas, han existido siempre, no sólo en la Edad Media, sino en nuestros días y a cada poco los periódicos y revistas —no las del corazón, porque ésas tratan de otras brujas y aquelarres— se encargan de recordárnoslo.

Y no sólo el demonio se presenta bajo formas grotescas, sino que, según la misma teología, se puede transfigurar en «ángel de luz», como nos dice san Pablo, para engañar a los creyentes.

En otras religiones, esta capacidad que tienen los espíritus de convertirse en animales es algo fundamental en sus creencias. El nahualismo de los pueblos centroamericanos es un ejemplo bien estudiado, pues a pesar de los siglos transcurridos tras su «conversión» al cristianismo, todavía sigue vivo entre los descendientes de aztecas y mayas entre otros.

En el islam —más de 600 millones de personas— rebasa el ámbito religioso y toma cuerpo en la vida social. En los tribunales de casi todos los países de mayoría islámica, si una mujer acusada de infidelidad conyugal dice que el padre del niño es un jina, el tribunal lo tomará en consideración y se limitará a decirle que tiene que probarlo. Pero los jueces no pondrán en duda la existencia de semejantes seres ni de que éstos sean capaces de violar o seducir a una mujer.

En un tribunal occidental, semejante defensa sólo serviría para que los asistentes soltasen una carcajada o para que el juez le llamase la atención a la mujer y a su abogado por faltar al respeto al tribunal. En la jurisprudencia mahometana la violación de una mujer por un jina (y lo mismo se puede decir de la seducción de un varón por un jina femenino) es algo perfectamente posible, aunque no sea una cosa ordinaria, al igual que para la mentalidad de algunos Padres de la Iglesia, de la Edad Media y de los principios del cristianismo, no era ordinario pero era perfectamente posible que un íncubo tuviese trato carnal con una mujer. La Inquisición alemana llevó a la hoguera a millares de mujeres por semejante delito y san Agustín creía que el anticristo nacería de la unión de un íncubo y una mujer.

No sólo en este particular la creencia en los jinas tiene cabida en la vida civil entre los mahometanos, sino también en asuntos relacionados con el derecho de propiedad. Los juristas mahometanos hace ya siglos que estudiaron este tema a fondo y han elaborado toda una jurisprudencia en la que estas entidades no humanas aparecen como sujetos de derecho o como posibles causantes de acciones sobre las que los tribunales se sienten con jurisdicción.

He aquí cómo Gordon Creighton resume lo que en el islam se cree de los jinas:

  1. En su estado normal, no son visibles para la visión humana común.

  2. Sin embargo son capaces de materializarse y de presentarse en nuestro mundo físico y se pueden hacer visibles o invisibles alternativamente.

  3. Pueden cambiar de forma y aparecer en cualquier disfraz grande o pequeño.

  4. También pueden presentarse como animales.

Gordon Creighton añade sus comentarios a cada una de estas capacidades de los jinas, relacionando lo que dice la teología y la literatura islámicas con casos concretos y bien documentados publicados por la revista Flying Saucer en sus más de 30 años de existencia.

En concreto, tras el número 4, él añade entre paréntesis (¿yetis?, ¿pumas?, ¿monstruos de Lago Ness?).

En este particular, desde hace bastantes años he llegado a Ia convicción de que algunos de los animales «mitológicos», tanto de tiempos pasados como de los presentes, pertenecen a este tipo de manifestaciones.

El monstruo del Lago Ness que Gordon Creighton pone con interrogaciones, es uno de estos casos típicos a los que hay que quitarle el signo de duda. Ha sido investigado larga y repetidamente, en algunos casos con métodos científicos depurados, y jamás se ha podido llegar a ninguna conclusión. Pero ahí están las varias fotografías del extrañísimo animal y los testimonios bien contrastados de testigos totalmente fidedignos, algunos de ellos con unas excelentes credenciales científicas.

Su testimonio personal y humano; es decir, el de sus sentidos y el de quien lo acompañaba, no pueden tener menos valor que el testimonio de un instrumento. Pero aun en este caso ahí está el repetido testimonio de los instrumentos, tal como lo atestiguan las fotos obtenidas.

El no llegar a ninguna convicción y el que quede siempre alguna duda es algo muy corriente en la investigación de estos casos y de otros que pertenecen a otras áreas de la paranormalogía. No tenemos que olvidarnos nunca de que estamos tratando con entidades inteligentes (en algunos casos, mucho más inteligentes que el hombre) que quieren positivamente disimular su presencia entre nosotros y que saben muy bien cómo sembrar entre los humanos la semilla de la duda y cómo desacreditar a aquellos que se atreven a tomar en serio la investigación de su posible existencia.

Los «científicos puros» que no creen en absoluto en la existencia de estas entidades y que son los mayores enemigos o despreciadores de semejantes investigaciones, achacándolas siempre a ignorancia, ahabladurías, a alucinaciones, a errores de apreciación o a puras tretas de algunos para hacer dinero, son los primeros en dejarse engañar por la astucia de estos seres que deliberadamente mezclan, en sus injerencias en nuestro mundo, «elementos confusionégenos» —tal como ellos han dicho en alguna ocasión— para tener siempre en duda el alma de los humanos acerca de su existencia.

Ésta es la razón de por qué, después de miles de años de historia, la Humanidad no se ha percatado todavía de que es manejada como si fuese un rebaño de borregos por unos seres inteligentes que juegan con ella y la usan lo mismo que nosotros hacemos con los animales. El amor propio colabora para que no podamos comprender esta tremenda verdad y para que nos neguemos a admitirla.

La misma forma animalesca —con frecuencia los animales son deformes o «especies» desconocidas por la zoología— contribuye a hacer más inverosímil todo el asunto. La mente humana se niega a admitir «animales inteligentes» y mucho menos «más inteligentes» que el hombre. Sin embargo, hay cientos de testimonios que nos hablan de «animales» actuando de manera inteligente.

La presencia de formas animalescas en el mundo paranormal es muy abundante. El autor ha tenido siempre muchas dudas acerca de un gran perro negro que, aparecido inesperadamente, pasó ante él sin mirar a un lado ni a otro, cuando se encontraba en un campo inspeccionando unos cuantos animales muertos de una manera muy extraña, aquella misma noche, en la que se habían visto muchos OVNIS a muy baja altura. Todos los periódicos se hicieron eco de aquellas muertes achacándoselas, entre otras raras causas, a «perros negros» que algunos campesinos habían visto.

Es mucho lo que se podría escribir sobre la relación que hay entre los animales de este mundo o las formas animalescas que se nos presentan del «más allá» y la parapsicología trascendente o mejor aún, la paranormalogía, que estudia todo tipo de fenómenos anormales, incluidos aquellos que la parapsicología académica no quiere investigar.

Pero sigamos con el resumen que Gordon Creighton hace de las manifestaciones de los jinas según la tradición del islam:

  1. Son unos eternos mentirosos y engañadores; les encanta confundir y llenar de estupor a los humanos mediante toda suerte de invenciones y patrañas.

Gordon Creighton pone como ejemplo de estos extraños gustos de los jinas,

«buena parte de las sesiones espiritistas —que él parece achacárselas a ellos— y la mayor parte de las “comunicaciones” que reciben los contactados de los OVNIS».

Efectivamente, en ambos casos hay un porcentaje enorme de falsas informaciones, que en muchas ocasiones podrían considerarse como bromas muy pesadas. A veces estas comunicaciones, seguidas al pie de la letra por los humanos que las recibieron, han causado la muerte de éstos o por lo menos les han acarreado muy serios inconvenientes. De nuevo hay que decir que, por lo menos en el mundo de la ovnilogía, hay no cientos sino miles de casos para probarlo y el autor ha investigado personalmente docenas de ellos.

Y no deja de ser curioso el que en la teología hebraica y cristiana a Satanás se le llame repetidamente «el engañador».

  1. Les gusta llevarse o raptar a los humanos.

Sobre este particular todo lo que se pueda decir es poco y en algunos países como Estados Unidos la desaparición de personas, y en concreto de niños, comienza a ser un problema preocupante.

En ovnilogía hay libros enteros sobre este tema. En muchos casos no ha habido testigos directos e inmediatos de que el secuestro haya sido hecho por los tripulantes de un OVNI, pero se ha podido llegar a esta segura conclusión basándose en hechos que no dejaban la menor duda, lo mismo que el juez llega a la conclusión de que alguien es culpable a pesar de que ni él ni nadie haya visto el crimen. Pero hay un conjunto de circunstancias que son capaces de engendrar la certeza en la mente de una persona inteligente y sin prejuicios. (A los prejuiciados y a los no inteligentes, aunque se llamen o se crean científicos, no hay prueba alguna capaz de hacerles cambiar de opinión.)

Pero en otros casos no es menester recurrir a las deducciones porque ha habido testigos directos y abundantes —en un famoso caso en el Brasil, todos los asistentes a un partido de fútbol— de cómo los tripulantes de un OVNI se llevaban a la fuerza a un humano, que en el caso brasileño fue precisamente el árbitro del encuentro.

En el famoso caso de Cajamarca, en el Perú, citado ya por mí en otra parte, varios vecinos fueron testigos de cómo un OVNI, bajando a toda velocidad del cielo, sorbió en un segundo a Isabel Tuctá que extendía ropa recién lavada, y a su bebé colocado cerca de ella, y en pocos instantes se perdía en el espacio. Su marido, un modesto trabajador, esperó en vano a que se la devolviesen, junto con el bebé. La Guardia Civil de aquella ciudad, que hizo una seria investigación, tiene todos los pormenores del caso.

Como dije arriba, la desaparición de niños en Estados Unidos está ya preocupando a las autoridades. Las cifras reconocidas por las dos organizaciones que se encargan del asunto anda por los

80.000 niños desaparecidos por año, aunque el número debe ser bastante mayor, ya que muchos casos no llegan a su conocimiento dado que sus padres lo ocultan por diversas razones. Otros investigadores, en cambio, creen que los niños desaparecidos pasan de los 200.000, tal como me aseguró John Keel, uno de los hombres que más conoce de estos temas en el país de los rascacielos.

Lo curioso del asunto es que a pesar de que ambas organizaciones cuentan con abundantes medios para rastrear la pista de los niños desaparecidos, el porcentaje de los que se encuentran es ínfimo, y la mayor parte de los casos queda en el mayor de los misterios.

Es cierto que se puede argumentar que existen varias causas naturales para explicar estas desapariciones. Entre ellas dos son las más obvias: el rapto por maníacos sectarios o sexuales o traficantes de niños, y la huida del hogar paterno de muchos adolescentes, por influencias de malos amigos y las drogas.

Ambas posibilidades han sido estudiadas y son tenidas normalmente en cuenta por los que se dedican a la búsqueda de estos desaparecidos, y en algunos casos ésa ha sido efectivamente la causa de la desaparición. Pero después de haber adquirido mucha experiencia reconocen que si bien es cierto que esas razones existen, son la causa de una ínfima parte de las desapariciones. Reconocen asimismo que hay algo más profundo y misterioso que logra borrar todas las pistas y que ellos no pueden identificar ni explicarse cómo lo consigue en tantas ocasiones. (Ver ilustraciones 11 y 12.)

Aparte de esto está el hecho de que alrededor de la mitad de los desaparecidos no llega a los cinco años, con lo que se excluyen las causas que más podrían hacernos sospechar que se trata de una desaparición natural; es decir, el que se hubiesen ido por influencia de las malas compañías, o por amores prematuros o simplemente por divergencias con sus padres. Ninguna de estas causas es aplicable a un niño menor de cinco años.

Como decía un ex director de una de estas dos instituciones que reciben las denuncias de niños desaparecidos:

«Después de diez años me pregunto a dónde ha ido a parar una tan enorme cantidad de personas. Si esto no es un monstruoso negocio muy bien organizado, ¿cómo es posible que no se hallen las pistas y se hagan más descubrimientos? Y si es un negocio muy bien organizado, se supone que de una manera general todas las personas tendrán un destino o un fin parecido; pero ¿dónde están tantas personas? ¿Cómo es posible que logren ocultarlas por tanto tiempo?»

Éste es otro tema con el que podría llenar muchas páginas, pues lo he estudiado bastante a fondo y conozco muy de cerca casos de niños y personas desaparecidas en circunstancias muy extrañas, que encajan perfectamente con todo lo que estamos diciendo.

Pero como mi testimonio no dejaría de ser algo personal y el lector tendría que fiarse ciegamente de mí, prefiero apoyarme en hechos públicos en los que se puede comprobar que hay mucha otra gente cualificada que piensa como yo, aunque no les atribuya a los hechos las mismas causas.

Esta preocupación por la desaparición de tantos niños ha calado tan hondo en algunos Estados de Norteamérica que en ciertas ciudades los envases de cartón de leche fresca que cada mañana reparten los lecheros por las casas, llevan impresas las fotos de las personas —que casi siempre son niños— que han desaparecido en los últimos dos meses. No sólo eso, sino que con cierta frecuencia los diarios y revistas de aquel país publican en planas enteras las fotos de los niños desaparecidos últimamente. En estas mismas páginas el lector podrá ver la reproducción de dos de esas planas; una de un diario comprado accidentalmente por mí en Nueva York, un día que pasé por allí, y otra de la revista que la compañía «Eastern Airlines» publica para distribuir entre sus pasajeros.

¿Es que sólo en Estados Unidos desaparecen personas?

Ni mucho menos. Lo que pasa es que en aquel país han caído antes en la cuenta de tan extraño fenómeno y le están haciendo frente. En otros países, aunque sucede poco más o menos lo mismo, primero tardarán más en darse cuenta oficialmente de ello, y después lo negarán farisaicamente, porque a las dignísimas autoridades nunca les ha gustado que sucedan cosas que se escapan a su control o de las que no se puede dar explicación «científica».

Pero las desapariciones son un fenómeno que se ha dado siempre y que vemos reflejado no sólo en el folklore de hadas y duendes —una de cuyas diversiones consistía en llevarse a niños y doncellas—, sino en periódicos y revistas de nuestros días que de vez en cuando nos presentan casos de esta índole, aunque por supuesto disimulados bajo una gran parafernalia policíaca.

Y para poner un ejemplo, hace sólo dos o tres meses de la fecha en que escribo esto, hubo un choque de vehículos en la provincia de Burgos con el resultado de varios muertos; y un niño llamado Juan Pedro Martínez Gómez, de 10 años, que iba dentro de uno de los coches siniestrados, desapareció sin que hasta la fecha se haya sabido qué fue de él. Como no apareció entre las personas muertas, se organizaron batidas en toda la región aledaña al lugar del choque, no fuese que el pobre muchacho, aturdido, hubiese salido caminando sin rumbo hasta caer exhausto. Pero nada se ha hallado y la Policía está no menos desorientada que sus propios padres, pues no se explican qué es lo que puede haber ocurrido, que en todo caso está fuera de todo lo imaginable (1).

Esto no quiere decir que yo crea, por el hecho de no haber encontrado al muchacho, que se lo llevaran los jinas. Únicamente quiero dejar constancia, para los que afirman que tales desapariciones no se dan entre nosotros, que en todas partes ocurren cosas por el estilo para las que no hay explicación. En este caso no hay constancia alguna de que su desaparición se haya debido a causas extrahumanas o paranormales, pero en otros casos sí la hay y a veces testimoniada por escrito por los mismos desaparecidos, o presenciada por otros. (Ver ilustración n.° 13.)

Aparte de este caso ha habido últimamente en España otros, que han alcanzado notoriedad porque algunas revistas los han publicado con lujo de detalles. Entre ellos están el del niño asturiano, perdido en una excursión por los Picos* de Europa, que culminó con la caída del helicóptero que lo buscaba, en la que perecieron sus siete ocupantes.

Muchas veces los casos que alcanzan mayor notoriedad no son los más importantes desde nuestro punto de vista. Hasta ahora ha sucedido que los más sospechosos han permanecido desconocidos, por ser sus padres pobres campesinos sin fácil acceso a los medios de comunicación.

Cuando un caso de éstos salta al conocimiento público, lógicamente se hacen toda suerte de conjeturas y más cuando en alguno de ellos —en concreto en el de David Badía, otro niño «desaparecido» que luego fue hallado ahogado en una acequia— una de sus amiguitas, de 5 años como él, dijo que «un señor se lo había llevado en un coche para darle pasteles». Para muchos, esto es ya una solución total del caso y no dudan de que se trata de un secuestro aunque se desconozcan las intenciones finales del secuestrador. Y naturalmente se habla en seguida de «venta de órganos para trasplantes» y de «prostitución infantil, tráfico de drogas o venta para adopción» (revista Interviu).

El periodista y las autoridades tienen todo el derecho a sospechar de tales causas e intenciones, pero muy probablemente desconocen —y aunque uno se lo diga no lo admiten— que en otros casos en que los niños secuestrados han sido devueltos después de varios días, tras «haber sido llevados a pasear por el espacio» y haber sufrido profundos cambios en su psiquismo, el rapto también fue realizado por individuos que desde sus autos les ofrecieron a los niños golosinas o les prometieron dar un paseo muy bonito.

A veces, los individuos que realizaron los secuestros caían de lleno en la tópica caracterización de los famosos «hombres de negro», de los que en la década de los 50 y 60 tanto se habló en la literatura ovnística.

Para que el lector vea que no hay nada nuevo bajo el sol, transcribiré unos párrafos de mi libro Visionarios, místicos y contactos extraterrestres en el que narro otras desapariciones de niños, tanto en España como en otros países:

«En 1969 se produjeron en el pueblo de Vila Velha (Espíritu Santo, Brasil) varias desapariciones de niños, que si bien dieron alguna luz no explicaron del todo el misterio.

En el mes de agosto, durante varios días, estuvieron desapareciendo aisladamente niños. Nadie sabía adónde iban a parar. Al cabo de un mes y medio, cuando ya los daban por desaparecidos, comenzaron a reaparecer, también aisladamente, deambulando por el pueblo como si fueran autómatas. Preguntados por sus padres y por las autoridades dónde habían estado, no recordaban nada de lo que les había pasado en todo ese tiempo.

Sin embargo, hubo varios casos en que alguno de los niños dijo que un señor vestido de negro lo había invitado a dar un paseo en un automóvil muy elegante y que le había dado un cigarrillo para fumar. A partir de ese momento ya no se acordaba de más. Una niña dijo que un señor, también vestido de negro, la había llevado a las afueras del pueblo hasta un aparato raro y brillante que él dijo que era “su avión”; la había invitado a dar un paseo en él, y cuando ella cogió miedo y le dijo que no quería ir, entonces él le dio unos caramelos y le dijo que se volviese a su casa.»

Pero el lector tiene que saber que si bien las personas que desaparecen son preferentemente niños, también de vez en cuando los jóvenes de ambos sexos se esfuman sin dejar rastro. En cambio, de personas adultas y sobre todo de ancianos hay muchas menos noticias, aunque tampoco faltan.

En España ha habido varios casos de jóvenes desaparecidos misteriosamente en los últimos meses, descollando entre ellos el del soldado José María Carnero, de 26 años, con la carrera de médico terminada. Se esfumó el 8 de abril de 1978, cuando realizaba unas maniobras con otros soldados en el campamento de Montelarreina, en la provincia de Zamora.

Comenzó a llover y sus compañeros se cobijaron bajo unos árboles; José María se alejó algo del grupo y nunca más se le vio. El Ejército, tras haber buscado intensamente por toda la zona, lo ha considerado desertor, mientras sus familiares niegan rotundamente esa posibilidad y acusan al Ejército por no suministrarles noticia alguna.

Ante hechos así, por una parte tan extraños y por otra tan aterradores y tan humillantes para la raza humana, no deja de causar estupor el comprobar que hace siglos que gentes, pueblos y culturas habían caído ya en la cuenta de ello y así lo dejaron consignado por escrito. No importa cómo ellos lo enjuiciaban o qué nombre le daban a los causantes de tales desapariciones; lo importante es que habían caído en la cuenta de ello, mientras que nuestra sociedad tecnificada todavía no se ha percatado de tan preocupante fenómeno.

Y bien mirado, la explicación que ellos le daban es en el fondo la misma que nosotros pretendemos darle: unas entidades no humanas que se dedican a llevarse seres humanos, en especial niños, a no se sabe dónde ni para qué.

Como dije anteriormente podría extenderme más sobre este tema de las abducciones, pero como ya lo he tratado en mi libro citado, a él remito al lector interesado.

Sigamos ahora con las cualidades que los teólogos y escritores del islam atribuyen a los jinas.

  1. Les encanta tentar a tos humanos en asuntos sexuales y para que tengan relaciones de este tipo con ellos. La literatura árabe está llena de tales relatos en los que vemos a los jinas «buenos» y a los «malos» teniendo relaciones sexuales con los seres humanos. También hay un considerable número de historias acerca de encuentros de jinas «buenos» y santos mahometanos famosos; por ejemplo el libro Manaquib al-Ara-fin tiene muchas referencias del trato de estas entidades con Jalalpal-Din Rumi, el mayor poeta místico del islam, que vivió desde 1207 hasta 1273.

Las historias referentes al comercio carnal entre los jinas y los humanos han atraído siempre grandemente la atención de los lectores árabes y es importante decir aquí que en la literatura china —y los chinos, salvo una pequeñísima minoría, no son musulmanes — también existe con relación a estos mismos hechos una gran tradición que está esperando que alguien la investigue.

El gran catálogo de literatura árabe conocido como Fihrist compilado el año 373 del calendario árabe (año 995 d. de C.) por Muhamad ben Ishaq ben Abi Yaqub al Warraq, numera no menos de dieciséis obras que tratan de este tema.

De nuevo en este particular las creencias del islam están de acuerdo no sólo con lo que leemos en el Génesis (c.G. v. 2 y 4) de los «hijos de Dios uniéndose a las hijas de los hombres» —y los exégetas tienen que reconocer que ésta ha sido una «palabra de Dios» muy difícil de explicar—, sino con las tradiciones de íncubos y súcubos a las que ya nos hemos referido de pasada y las de silfos, nereidas, hadas y faunos de tiempos antiguos y de la Edad Media, que también se enamoraban, raptaban y copulaban con los hijos y las hijas de los hombres. Aunque no tuviésemos otras maneras de corroborar la realidad de tales «leyendas», su sola presencia constante en todas las culturas y a lo largo de los milenios tendría que hacernos sospechar que algo hay de verdadero en ellas.

Pero resulta que en nuestros días nos encontramos con los mismos hechos, aunque esta vez no se los tengamos que atribuir a jinas ni a silfos o faunos ni a «dioses» mitológicos ni a íncubos. En nuestros días los tripulantes de los OVNIS —que son sucedáneos de todos aquellos personajes «mitológicos, o mejor dicho sus modernos disfraces— gustan de hacer exactamente lo mismo.

Aunque los desconocedores del fenómeno OVNI piensen que afirmar esto es forzar ya demasiado el paralelo, los que lo conocen bien saben que éste es un tema, dentro de la ovnilogía, que ha intrigado siempre grandemente, aunque a algunos investigadores «puristas» —pero despistados— les resulte tabú. En capítulos pasados narré mis conversaciones con alguna de las víctimas de tales contactos.

Y ya fuera del terreno de la ovnilogía y por más que los espíritus críticos se sonrían, el fenómeno se da con cierta frecuencia en nuestra sociedad sin que de ordinario salga a la superficie y sin que en muchas ocasiones se enteren los miembros de la propia familia.

Copio de mi libro El cristianismo, un mito más:

«Ciertas vírgenes, y también mujeres casadas, siguen siendo visitadas por extraños personajes cuya existencia desconoce la ciencia pero que, como antaño, siguen poseyendo la capacidad de aparecer y desaparecer a voluntad, teniendo siempre en vilo y en duda el alma de los humanos. Estos seres —auténticos “ángeles” o “demonios”— son capaces de hacer que “una virgen conciba”. Pero sus motivaciones y sus últimos designios siguen siendo hoy tan confusos y misteriosos como lo eran en tiempos pasados.»

A veces las víctimas de tales ataques, sobre todo si son adolescentes, acuden al psiquiatra obligados por sus padres, pero aquél casi con certeza no creerá en absoluto en la objetividad de los hechos y más bien sospechará del funcionamiento del cerebro de la adolescente. Pero la mayor parte de las veces el adolescente no dice nada, o, si lo dice, todo se queda en el secreto de la familia, que a lo más se lo comunica a algún sacerdote de confianza que por supuesto lo achacará a tentaciones del demonio en esa edad y dará como único remedio invocaciones a la Virgen María y práctica frecuente de los sacramentos.

En el caso de mujeres casadas que se sienten violadas — normalmente por entidades invisibles, aunque en ocasiones también por entidades visibles— es mucho más corriente que tal violación no sea comunicada a nadie y si acaso a alguna amiga que le inspire mucha confianza pero a la que se le exigirá un sigilo total. Es triste que psiquiatras y sacerdotes no crean en esto y no sepan nada de ello y por lo tanto sean completamente ineptos para ayudar a las víctimas de éste y otros fenómenos parecidos, dejándolas sumidas en su desesperación al no saber a quién acudir.

En páginas anteriores citamos muy de pasada el caso de Mirassol, en Brasil, en donde una mujer fue sometida a experimentos biogenéticos. Como este tema es de una enorme y creciente importancia, al lector que quiera profundizar más en él le recomendamos la lectura del libro (que por el momento no ha sido traducido al castellano) Intruders, de Budd Hopkins (1987).

Por él se puede ver que el fenómeno OVNI tiene unas profundidades insospechadas por todos aquellos que todavía andan buscando pruebas de su objetividad. En relación al tema que tratamos en estos últimos párrafos, el lector podrá encontrar en dicho libro casos como el de Kathie, una joven casada a quien los «extraterrestres» le extrajeron del útero un feto de unos cuatro meses causándole con ello un tremendo trauma psíquico.

La impresión general que uno recibe de la lectura del libro de Budd Hopkins es deprimente y en cierta manera aterradora. Y lo mismo se puede decir del libro Comunion, de Whitley Strieber (1988). Por ambos libros se puede ver que el fenómeno OVNI, lejos de perder importancia o de haberse estancado, se mantiene completamente vivo y se avanza sin cesar en su conocimiento cuando se lo estudia sin prejuicios y con cabeza.

Estos dos autores no son tercermundistas en busca de notoriedad. Son dos neoyorquinos que nos narran hechos, sucedidos la mayor parte de ellos en la misma ciudad de Nueva York; porque contra lo que los «ufólogos» de primera enseñanza creen, la gran actividad del fenómeno OVNI no se desarrolla en las montañas o en parajes solitarios. Ésa es su actividad física, visible y rudimentaria. La gran actividad del fenómeno OVNI y de sus tripulantes se desarrolla principalmente dentro de las viviendas de los humanos y sobre todo en el interior de sus cerebros.

Prosigamos en el resumen de Gordon Creighton:

  1. Los jinas son muy aficionados a arrebatar a los humanos y transportarlos por el aire, poniéndolos de nuevo en tierra —aunque no siempre los devuelven— a muchas millas del lugar en que los arrebataron. Y todo lo hacen en un abrir y cerrar de ojos.

A continuación G. Creighton dice que una confirmación de esto fue el caso (sobre el que él escribió un artículo en la revista Flying Saucer) de un soldado español que el 25 de octubre de 1593 fue arrebatado en Manila (Filipinas) y llevado «en un abrir y cerrar de ojos» a través de todo el Pacífico hasta la ciudad de México.

Efectivamente, éste es un caso histórico, de cuando nadie hablaba de «teleportaciones» de OVNIS, que documentado por los historiadores de la época, frailes en su mayoría, ha permanecido siempre envuelto en el misterio sin que nadie haya logrado darle una explicación satisfactoria.

Si sólo existiese este caso no merecería la pena tomarlo en consideración. Pero sucede que en nuestros mismos días y atestiguados por todas las agencias de noticias del mundo, siguen sucediendo casos parecidos y tan espectaculares en distancia como el del soldado español del siglo XVI. En la década del sesenta se dieron en Sudamérica alrededor de media docena de casos en los que las personas, con sus vehículos, eran arrebatadas por los aires en alguno de los países del Cono Sur y dejados preferentemente en México; aunque también hubo otros casos en los que las distancias se limitaban a unos cientos de kilómetros. De entre ellos se hizo clásica la teleportación de la familia Vidal, que viajando en un «Peugeot» fue llevada con automóvil y todo, en cuestión de horas, desde Chascomús, en Argentina, hasta México.

Aquí estamos de nuevo ante casos concretos y bien atestiguados que para los «científicos» y racionalistas a ultranza no tienen ningún valor; no porque no lo tengan en sí sino porque ellos se empeñan en ignorarlos, demostrando una cerrazón de mente lamentable y muy poco inteligente.

Aunque tengo la tentación de poner una lista de nombres de personas y de lugares concretos en donde han sucedido estos fenómenos, creo sería un poco redundante ya que otros lo han hecho con más detenimiento y yo mismo he escrito sobre ello en otra parte (Parapsicología y religión) y el que esté interesado en el tema puede leer los libros clásicos sobre OVNIS o acudir a las colecciones de revistas de este tema, sobre todo a las de las décadas del sesenta y setenta, en donde podrá hallar una buena cantidad de relatos sobre teleportaciones.

Yo he estado con dos amigos diferentes en los lugares exactos en donde, después de haber visto una gran luz que venía detrás de ellos por la noche en la carretera, sintieron que su coche dejaba de estar en contacto con el suelo y era depositado varios cientos de metros más adelante. A los dos los dejaron en la misma carretera por la que iban, pero a uno de ellos le dieron en el aire la vuelta al coche y lo dejaron mirando en la dirección contraria a la que llevaba. Recordaba muy bien que, pasado el susto, tuvo mucho trabajo para dar la vuelta allí mismo, porque era una carretera muy estrecha, y seguir en la dirección que traía.

En España, según me contó el gran investigador del fenómeno OVNI don Manuel Osuna, se habían dado varios casos de este tipo en el Aljarafe sevillano v en el colindante Condado onubense, de los que él tenía datos concretos. Desgraciadamente su muerte, además de arrebatarnos a un entrañable amigo, nos privó de conocer hechos interesantísimos acaecidos en aquellas regiones que él conocía tan bien y que tan fecundas son en manifestaciones de este tipo.

En Portugal, y fuera de la ovnilogía, está en la actualidad el caso de la vidente de Ladeira do Pinheiro, que en no menos de 16 ocasiones ha sido arrebatada por el aire en presencia de cientos de devotos que rezan el rosario, y a veces se ha perdido entre las nubes, estando por allá un buen rato, hasta que la han visto bajar por el aire a cierta distancia, corriendo todos hacia el sitio en donde ella era depositada en el suelo no sin cierta violencia.

En una ocasión, en mi presencia, empezó a levantarse en el aire, pero a muy poca altura y como por impulsos, optando por subirse a una silla en la que estuvo en trance por más de una hora.

En Costa Rica, un campesino que acudió a mí en busca de consejo, dadas las cosas extrañas que constantemente le pasaban, me llevó a un lugar en el campo en donde estando él solo cierto día, sentado en el suelo, vio encima de sí, a poca altura, una gran bola, y cuando la estaba mirando con curiosidad, sin saber de qué se trataba —nunca había oído hablar de OVNIS— comenzó a sentir que se elevaba como atraído por una fuerza desde arriba. Muerto de miedo empezó a gritar con todas sus fuerzas, de modo que lo oyeron otras personas que estaban a cierta distancia y que también observaban la bola, y a protestar que no quería que se lo llevasen.

Cuando estaba como a metro y medio de altura sintió que repentinamente lo soltaban y cayó violentamente al suelo. Naturalmente él, a pesar de su desconocimiento del tema, relacionaba su levantamiento con la bola que estaba en el aire encima de él.

Dejemos aquí el tema porque no quiero hacer de este capítulo una recopilación de casos de teleportación, técnicamente quiero que quede claro que aunque no salga todos los días en los periódicos, y aunque en las universidades no se enseñe, lo cierto es que hay alguien o algo que en determinadas ocasiones levanta tanto los cuerpos humanos como los de animales y los transporta por el aire sin que sepamos quién, cómo, por qué ni para qué. Y muchas veces ni para dónde, porque no vuelve a saberse de ellos.

La siguiente creencia islámica acerca de los jinas, tal como la resume G. C. es de gran importancia y tiene un aspecto predominantemente positivo, si la comparamos con la mayor parte de lo que hasta ahora hemos reseñado:

  1. La tradición arábiga atestigua, a través de toda su historia, que ha habido algunos humanos que gracias a un extraño favor han vivido en muy buena armonía con los jinas o tenido con ellos algún pacto gracias al cual recibieron «poderes preternaturales» o, ¡o que es lo mismo, «poderes psíquicos». Estos humanos se convirtieron, lógicamente, en grandes taumaturgos, profetas o magos.

A continuación G. C. nos dice que recordemos los personajes de la tradición europea que fueron famosos porque descubrieron cómo colaborar con el «reino de los silfos» o de las hadas. Y cita el caso, de hace alrededor de unos setenta años, de un librero de París especializado en libros raros y agotados, que tenía una especialamistad con un silfo.

Éste le decía dónde estaban los libros que él quería, de modo que el librero no tenía más que ir a donde él le indicaba y ofrecerle un precio a su propietario. Los Cagliostro, conde de Saint Germain, etc., son personajes de este estilo que ciertamente no escasean en la reciente historia europea.

El lector recordará ciertamente la historia del doctor Torralba que podría muy bien ser adscrito a estos personajes famosos en la tradición europea a la que se refiere G. Creighton. En páginas posteriores narraremos las historias de tres individuos diferentes con los que me une una verdadera amistad —en uno de los casos podría hablarse de una verdadera fraternidad— que por una razón u otra han logrado tener una íntima colaboración con su jina, con el que se ven físicamente a veces a pocos pasos de donde yo estoy.

Estos no son hechos de la Edad Media que tenemos que aceptar «por fe»; son personas actuales, conocidas nuestras, cuyas vidas y testimonios podemos investigar. Negarse a admitir casos cuya autenticidad está en nuestras manos verificar, es pecar de una tozudez indigna de una mente inteligente.

Dije que este punto 9 era importante porque con frecuencia da la impresión de que estos jinas son siempre perjudiciales para el hombre, y no es así. Es cierto que su interferencia en nuestras vidas es un poco incierta y con frecuencia ilógica e inesperada, pero al lado de muchos casos en que el trato ha resultado negativo y aun mortal, hay otros en que el humano ha salido grandemente beneficiado.

Da la impresión de que estos seres son muy temperamentales y cuando se encaprichan con un humano hacen cualquier cosa por ayudarlo. Algo así como los humanos hacemos con los animales; con frecuencia nos encaprichamos con un perro y hasta nos sacrificamos por él, pagando veterinarios y hasta dándole un sitio en la casa, mientras que a perros de la misma raza y hasta de la misma carnada los espantamos si se acercan a nuestra puerta.

Sin embargo no sería sincero si no dijese que hay más casos en que el humano ha resultado perjudicado que beneficiado. Por eso, a quien por la razón que sea se vea envuelto en una amistad o en un trato de este tipo, le recomiendo mucha prudencia y que no caiga en la fácil tentación de sentirse «elegido», entregándose ciegamente en manos de su amigo o «protector».

Hablaremos más sobre esto en la conclusión final.

  1. Estas características y gustos de los jinas van unidos a un tremendo «poder telepático» y a una capacidad de «encantamiento», por usar un término clásico, sobre sus víctimas humanas. Los modernos relatos de OVNIS están llenos de ejemplos de esto.

Efectivamente, la mayor parte de los contactados que he conocido y conozco —que no son pocos— pierden la capacidad de juicio ante sus «hermanos mayores» y dejan de usar su propia cabeza. Si la usasen, verían que algunos de los consejos que de ellos reciben son funestos para sus vidas como hombres de este planeta y para su propia sociedad o familia.

Comúnmente se desarrolla en el humano un apego y un amor desmesurado hacia el no-humano, que hace que las cosas de este mundo le parezcan ya pequeñas y despreciables, incluidas las personas y los intereses de su propia familia. Éste es el «encantamiento» a que se refiere G. C. y que se refleja en toda la literatura árabe sobre el trato de los humanos con estas misteriosas entidades.

Gordon Creighton termina su artículo en la Flying Saucer saltando de la tradición islámica a la cristiana y a la religión de Zoroastro. Y nos dice que a pesar de que los cristianos de hoy han perdido todo interés por estos temas, tanto Jesús como Pablo conocían muy bien la existencia de estos seres, tal como se puede ver en los textos griegos del Nuevo Testamento.

Efectivamente, san Pablo, en el texto que copiamos en la Introducción, demuestra que conocía muy bien la existencia de toda una serie de «espíritus malignos que viven en las alturas». Sin embargo, aquel texto tan intrigante es comentado con esta ingenuidad y desparpajo por los teólogos y comentaristas modernos de la Biblia de Jerusalén, como si ya todo quedase explicado y como si con el comentario no surgiesen todavía más dudas:

«Se trata de los espíritus que en opinión de los antiguos gobernaban los astros y por medio de ellos todo el universo. Residen “en las alturas” o “en el aire” entre la Tierra y la morada divina. Coinciden en parte con lo que Pablo llama en otro lugar “los elementos del mundo”. Fueron infieles a Dios y quisieron hacer a los hombres esclavos suyos…»

En cuanto al mazdeísmo, la religión de Zoroastro, toda ella está llena de la presencia de estos «espíritus», que tienen por una parte unos gustos muy parecidos a los de los jinas, aunque por otro lado sean bastante más crueles en sus relaciones con los hombres.

No me resisto a reproducir el comentario final que G. C. hace:

«¡Cuánto de lo que hoy está sucediendo en nuestro mundo a los más altos niveles de la política internacional y en los acontecimientos de cada día se puede atribuir a este sutil control e interferencia en nuestras vidas que llevan a cabo estas fuerzas invisibles e insidiosas! Ciertamente es una de las principales razones del lamentable estado en que hoy se encuentra la Humanidad.»

En las conclusiones finales profundizaremos en estas ideas en las que hace tiempo coincido con Gordon Creighton.

Ahora sólo me resta decirles a los «ufólogos» de primera enseñanza que todavía se dedican a llevar estadísticas de las horas de los avistamientos y a recopilar «pruebas científicas» de que el fenómeno existe, que acaben de convencerse de que los OVNIS o la mayoría de ellos no son exclusivamente unas simples naves tripuladas por habitantes de otros planetas, sino que mayormente son una de las manifestaciones de estos variadísimos mundos extradimensionales e invisibles que nos rodean.

Y quisiera decirles también que éstas no son invenciones mías, sino que hace ya miles de años ciertos humanos las han descubierto y han tratado de comunicárselas a sus congéneres, pero siempre hay «algo» que impide que éstos las tomen en serio y caigan en cuenta de la importancia de tan grandes realidades.

Podría, siguiendo a la insigne H. P. Blavatsky, citar cantidad de autores de la antigüedad que tratan este mismo tema, coincidiendo en el fondo con lo que decimos. Pero como sería demasiado largo, me limitaré a citar a Porfirio, un filósofo del siglo III cuyas obras fueron ferozmente perseguidas y en gran parte destruidas por los censores de la Iglesia, por los certeros ataques que este autor hacía a los dogmas cristianos.

He aquí lo que nos dice el discípulo del gran Plotino en su libro De los sacrificios a los dioses y a los demonios, en el capítulo II:

«Los “dáimones” son invisibles pero saben revestirse de variadísimas formas y figuras a causa de que su índole tiene mucho de corpórea. Moran cerca de la tierra y cuando logran burlar la vigilancia de los “dáimones” buenos, no hay maldad que no se atrevan a perpetrar, ya por fuerza ya por astucia…

Es para ellos juego de niños excitar en nosotros las malas pasiones, imbuir en las gentes doctrinas perturbadoras y promover guerras, sediciones y revueltas de que solemos culpar a los dioses… Pasan el tiempo engañando a los mortales y burlándose de ellos con toda suerte de ilusorios prodigios, pues su mayor ambición es que se les tenga por dioses o por espíritus desencarnados.»

Mayor coincidencia con todo lo que llevamos dicho no se puede dar. Y de una manera semejante pensaban autores tan importantes como Herodoto y Hornero y hasta el mismo Sócrates, tal como hemos visto anteriormente.

(1) Últimamente se ha lanzado la hipótesis de que Juan Pedro fue literalmente derretido por el ácido que transportaba el camión-cisterna en que viajaba, o que su desaparición está relacionada con el alijo de heroína descubierto en el camión. Todo es posible. Pero de todas maneras la solución de un caso no borra la realidad de miles de otras desapariciones misteriosas.

 

La Granja Humana – texte 12/19

dimarts , 1/10/2019

PRESENCIA EN LA HISTORIA – CASOS PÚBLICOS

Hasta aquí hemos presentado casos mayormente contemporáneos pero que atañen a particulares y que apenas si han sido conocidos por un reducido número de personas.

Éstas los conservarán en su memoria por toda la vida y los contarán en tertulias familiares o de amigos, suscitando la admiración de algunos, la sonrisa burlona de los más cerrados de mollera (aunque tengan títulos universitarios) y la incertidumbre en las mentes de todos. Y finalmente el caso morirá cuando muera su protagonista o pasará a formar parte del «folklore» popular, con sus infinitas leyendas.

los dioses seguirán tras sus bambalinas riéndose impunemente de los ingenuos mortales y dispuestos a repetir el truco o la broma con otro ser humano que nunca habrá oído hablar de semejantes cosas o que las creerá pura fantasía y que a su vez se llenará de asombro cuando repentinamente se encuentre ante hechos totalmente inexplicables.

Pero aparte de estos hechos individuales, en la historia tenemos muchísimos casos en que la intromisión de estos seres ha sido evidente y hasta descarada, y sin embargo la humanidad no se ha percatado o lo ha achacado a causas puramente naturales. Los dioses son expertos en este arte de encubrir sus actividades bajo la capa de «acontecimientos debidos a la naturaleza o al azar».

En este capítulo haremos algunas consideraciones sobre tres de estos acontecimientos históricos y públicos que no tienen explicación si no se miran desde el punto de vista que hemos considerado como la tesis fundamental de este libro.


El pueblo judío

El pueblo judío es un anacronismo histórico. Por un lado lo vemos aferrado a unas tradiciones antiquísimas y en buena parte absurdas (dietas, vestimentas, etc.) y por otro lo vemos en la vanguardia del mundo de las ciencias y de la tecnología. El hecho de que el Estado de Israel posea un arsenal de bombas atómicas, junto al fanatismo repetidamente demostrado por muchos de sus líderes, es algo que lógicamente debe llenar de inquietud a los otros pueblos del mundo.

Y si a esto añadimos el increíble pero real hecho de que la nación más poderosa del mundo —los Estados Unidos— está en buena parte en manos de judíos (nacidos o nacionalizados en Norteamérica) el peligro se hace aún mayor.

El pueblo judío, perseguido y masacrado en infinitas ocasiones, ha sabido sobrevivir siempre de una manera admirable y en la actualidad es en gran parte el que domina o por lo menos influye enormemente en algo tan importante como es la gran banca mundial.

Pues bien, el «fenómeno judío», totalmente inexplicable desde otros puntos de vista, tiene una clara explicación si lo miramos teniendo en mente la tesis de este libro, que en fin de cuentas no es más que la historia exacta del pueblo de Israel, aunque contemplada desde otro ángulo y viendo en su protagonista suprahumano no al Dios Único sino a uno de estos seres extrahumanos o dioses con minúscula de los que nos venimos ocupando.

No abundaré en detalles, porque todo este tema lo desarrollé ampliamente en mi libro Israel, pueblo-contacto. El resumen de todo él, es que Yahvé —un dios con minúscula y no el Dios Universal como él se presentaba— se aparecía en una nube a Moisés a la vista de todo el pueblo. Desde aquella nube, y valiéndose de un pequeño «cajón» o instrumento llamado «arca de la alianza» (que había que manejar con determinadas cautelas y colocar en un lugar apartado del pueblo al que sólo tenía acceso el caudillo) le comunicaba a Moisés cuál era su voluntad, al mismo tiempo que le confería «poderes».

Éste fue el origen de la religión judeocristiana y de las cualidades tan peculiares que el pueblo judío ha poseído a lo largo de su historia y posee todavía en la actualidad.

He aquí un ejemplo claro e innegablemente histórico de la intromisión en grande de una de estas misteriosas entidades en las vidas de los humanos.

Naturalmente que tanto judíos como cristianos absolutizan el hecho y lo convierten en algo trascendental y único, negando que sea sólo un hecho más de esta naturaleza. Para ellos «Dios» se ha comunicado sólo una vez oficial y personalmente con la humanidad y fue a través de las manifestaciones de Yahvé en la nube y más tarde, para los cristianos, cuando envió a su hijo Jesucristo.

Eso piensan los judeocristianos, y ni siquiera en esto están demasiado de acuerdo. Pero para un ser pensante libre de fanatismos, el judeocristianismo es sólo una más de las tantas religiones con que los humanos han estado engañados a lo largo de los milenios.

Lo que ahora a nosotros nos interesa considerar es el hecho en sí, prescindiendo de todo su contenido ideológico y de todo lo que en torno a él han fabulado cuatro mil años de fanatismo.

Los no cristianos —gústeles o no— tienen que reconocer que el judeocristianismo ha marcado profundamente el curso de la historia del planeta, para bien o para mal, dependiendo del punto de vista desde el que se mire. Pero es un hecho indiscutible.

Ahora bien, estamos ante un claro hecho de interferencia de entidades no humanas en la vida de un pueblo y, a través de él, en las vidas de cientos de millones de seres humanos que hoy practican el cristianismo.

Es cierto que gran parte de la humanidad, incluidos millones de judeocristianos, nunca han creído que Yahvé sea el «Dios Universal», a la vista de las barbaridades que le mandaba hacer a Moisés y a la vista de su ciego apasionamiento por el pueblo de Israel y de su ignorancia o desprecio de los otros pueblos. La sana razón dice que un «Dios Universal» no puede comportarse de una manera tan injusta y tan absurda.

Y ante esto surge de nuevo la pregunta: ¿Quién era entonces aquel ser que se presentaba en una nube, visible para todo el pueblo de Israel?

Es muy fácil decir que todas las manifestaciones de Yahvé no son sino una leyenda tejida a lo largo de los siglos. Al igual que es muy fácil decir que toda la vida de Cristo con todos sus hechos extraordinarios fue una pura invención de sus biógrafos. Es muy fácil decirlo pero es muy poco inteligente.

Si estos dos hechos fuesen los únicos en la historia de la humanidad, no tendríamos inconveniente en desecharlos por falsos. Pero resulta que en otras religiones y culturas nos encontramos con otros enteramente semejantes. Nos encontramos con «Dioses Universales» y con «Creadores del cielo y de la tierra» que les han hablado a sus elegidos desde nubes, o desde montañas o desde dentro de sus cabezas, y nos encontramos también con múltiples «Hijos de Dios» y «Redentores» que vinieron a este mundo para salvarlo. Y que incluso murieron en la cruz para lograrlo (1).

Por muy fanatizados que estén los seguidores de todos estos dioses y por mucho que nosotros menospreciemos sus creencias, los hechos que las motivaron, es decir, las apariciones de «espíritus» y de «dioses» a los fundadores de las diversas religiones, siguen ahí en todas las páginas de la larga historia de la humanidad.

Un hecho se puede negar; pero tantos y tan testimoniados, no sólo por documentos escritos sino por monumentos pétreos que han desafiado el paso de los tiempos, no se pueden negar y necesitan una explicación.

Y de nuevo tendremos que volver a preguntarnos: ¿quién o qué era lo que se presentaba ante el pueblo judío, qué lo incitó y lo condicionó para que su historia fuese lo que fue y lo que es?


La Alemania de Hitler

Presentemos otro ejemplo contemporáneo y público totalmente inexplicable si lo analizamos racionalmente: la Alemania dominada por el nazismo.

¿Cómo es posible que un pueblo tan avanzado como el alemán se haya dejado engañar y subyugar por un alucinado como Hitler? ¿Cómo es posible que millones de hombres tan ingeniosos y tan emprendedores se hayan dejado llevar como borregos al matadero de la Segunda Guerra Mundial? Y, ¿cómo es posible que los políticos de la sociedad «occidental», que se cree la más desarrollada del mundo, no hayan sido capaces de evitar aquella matanza espantosa en la que los científicos pusieron al servicio de la paranoia militar sus mejores inventos ?

Los historiadores y sociólogos nos dan mil razones para explicar lo inexplicable. Pero los dieciséis millones de muertos en los campos de batalla; los dos millones y medio de polacos, los seis millones de judíos y los quinientos veinte mil gitanos asesinados; los veintinueve millones de heridos y enfermos, los tres millones de civiles muertos en los bombardeos, y los veinticuatro millones de damnificados por las bombas, los quince millones de evacuados y deportados, y los once millones de recluidos en campos de concentración… son demasiado para aquel hombrecito esmirriado e imponente por añadidura.

La única explicación para tamaña monstruosidad es la que estamos diciendo: Hitler era sólo una marioneta. Él recibía los poderes de otros y sólo ejecutaba órdenes.

Se convence uno leyendo los muchos libros que sobre él se han escrito. Y a pesar de que la mayor parte de sus biógrafos no creen en estas inteligencias extrahumanas, sin embargo no dejan de apuntarlas, como una figura literaria o, en ocasiones, de una manera explícita, haciéndose eco de lo que el mismo Hitler decía.

Él, anticristiano y ateo confeso, se creía un instrumento de la «providencia», entendiendo por providencia todo un conjunto de fuerzas misteriosas del «más allá», con las que había aprendido a ponerse en contacto en sus largos años de aprendizaje en la secta Thule y en las muchas sociedades secretas e iniciáticas a las que perteneció. Y estas fuerzas del «más allá» eran las que lo dominaban y lo engañaban.

Y al mismo tiempo eran las que le daban el poder.

«¡Soy un enviado de la Providencia —decía en sus frecuentes arrebatos de frenesí— y seguiré con la precisión de un sonámbulo el camino que la Providencia me ha señalado! Creo haber sido llamado por la Providencia para servir a mi pueblo.»

Para que el lector vea hasta qué punto esta idea de que Hitler era manejado por fuerzas extrañas a él mismo está presente en sus biógrafos, le transcribiré breves citas de no menos de quince autores:

Walter Stein, compañero de estudios de Hitler en Viena:

«En él había entrado una entidad extraña: como si el propio Hitler oyera dentro de sí a la entidad que había tomado posesión de su alma.»

Y cuando ésta dejaba de dominarlo, «se derrumbaba en su asiento, agotado, como una figura solitaria, caído de las alturas de un éxtasis orgiástico, y bruscamente abandonado por aquella fuerza carismática que un momento antes le había dado el dominio sobre sí mismo y sobre su auditorio».

Kubizek dice que «era presa de furiosos demonios».

Paul Le Cour, en su libro Le drame de l’Europe, dice que cuando hablaba «era como si recibiese una corriente magnética que lo inflamase».

El doctor Otto Dietrich, el médico que lo atendió en el búnker, dice de él que «su voluntad se hallaba habitada por un demonio que al fin también poseía su cuerpo».

Werner Masser escribió que «Hitler nunca emprendía una acción sin haber sido invitado a ello por una orden o por una indicación de la providencia. Sus voces interiores le ordenaban marchar».

André Brissaud escribió:

«Con frecuencia daba la impresión de hallarse alucinado y de ser manejado desde fuera por un ser temible. ¿Qué pacto había firmado con el “más allá”?»

Y a esto André Rivaud añade:

«En sus momentos de furia este pelele cínico es terrible… De pronto, de un ser informe se cambia en una criatura aulladora y terrorífica que asusta a los más valientes, y se convierte en una especie de poseso dispuesto a matar inmediatamente a quien se atreva a resistirle. Un poseso sin lugar a dudas.»

A todas estas apreciaciones se pueden añadir las abundantes que R. Rideau-Dumas escribe en su libro El Diario secreto de los brujos de Hitler.

De ellas entresacamos las siguientes:

«Entonces estaba en su segundo estado, el de trance. En ese momento ya no dependía de sí mismo. Para llegar a tal desdoblamiento de la persona se había ejercitado en dominarlo. Sus ejercicios se basaban en el juego de una energía diez veces superior procedente de la voluntad, y del concurso de fuerzas supraterrestres. Se trataba de ritos procedentes de sociedades mágicas anteriores, así como la herencia de civilizaciones nórdicas desaparecidas… Seres extraterrestres enviaban a los iniciados energías irracionales, casi siempre de un terrible poder destinadas a llevar a cabo la liberación de la Humanidad incluso mediante la violencia.

«Absorto en sus voces interiores más oscuras e inquietantes parecía desplazado a otro mundo en que una voluntad infernal le dictaba órdenes… Permanecía horas enteras absorto en una extraña contemplación, más allá de la medianoche en su chalet, interrogando a sus voces interiores o a las estrellas acerca de las decisiones que tomaría… Él mismo dejó entrever que padecía la influencia de una energía cósmica. Se comparaba a un imán, pero se negaba a identificar la energía que movía el imán.»

Sin embargo al fin de su vida «tuvo clara conciencia de que había sido engañado por un genio malo».

Y es el mismo Ribadeau-Dumas el que nos dice que hasta Himmler decía de él que,

«estaba poseído por una fuerza oculta que escapaba por completo a su control. Era el demonio que lo tenía en su poder, el que le obligaba a cometer sus horribles crímenes, porque —según decía— había tomado posesión de su cuerpo desde hace mucho tiempo».

Las citas podrían seguir.

«El poder mágico que ejercía sobre las masas ha sido comparado con las prácticas ocultas de los brujos de África o con los chamanes de Asia… Asistimos a la metamorfosis de un hombre insignificante en un hombre importante.»

(Otto Strasser.)

«Se ha planteado con frecuencia el origen de la fuerza de persuasión extraordinaria que permitió a Hitler conquistar el poder por medios legales.»

(André Brissaud.)

«Los poderes del hombre —filosofa Rene Alleau a propósito de estas metamorfosis de Hitler— se detienen en un límite infranqueable; aquel donde comienza el orden espiritual con sus fuerzas universales. Otras fuerzas no humanas pueden entonces deteriorar la naturaleza del hombre…»

André Francois Poncet, embajador de Francia en Alemania, tuvo ocasión de observarlo de cerca cuando lo fue a visitar en su refugio de los Alpes, en Berchtesgaden, después del acuerdo de Munich:

«Hay días en que ante un mapamundi pone patas arriba naciones y continentes, la geografía y la historia, como un demiurgo enloquecido… tan extraño que parece que nunca se llegará a esclarecer completamente el enigma de su vida. La clave de su enigma está en otra parte.»

Elisabeth Ebertin, la famosa vidente de Munich, amiga de Hitler, escribió sobre él:

«En el estrado tiene todo el aspecto de un poseso, de un médium, el instrumento inconsciente de potencias superiores.»

El historiador Trevor Ravenscroft se extraña de que en el juicio de Nuremberg nadie haya hablado de las prácticas de brujería y de pactos satánicos de todos los que allí eran juzgados:

«Citar al diablo que ellos invocaban en la secta Thule hubiera sido cómico para aquellos jueces, y sin embargo la mayoría eran anglicanos, católicos, israelitas y masones, convencidos todos ellos en mayor o menor grado, de la existencia del diablo.»

Lo mismo que les pasaba a los jueces de Nuremberg, que no querían oír hablar del demonio, le pasa a nuestra sociedad tecnificada y «científica»: no quiere oír hablar de «entidades no humanas», a pesar de que los primeros tenían delante de sí, sentados en el banquillo, a las víctimas de tales «diablos» y nuestra sociedad está convertida en un infierno debido a las estrategias de estos mismos «diablos» que en la actualidad reciben otros nombres.

Édouard Calic dice que Karl Ernst Krafft, uno de los muchos brujos que tuvo a su lado Hitler, aseguraba que,

«al Führer le producía un gran placer cuando Krafft le declaraba que había leído en el cielo que aterrorizar a las gentes por medio de la matanza y la destrucción era una distracción de los dioses».

A lo que Hitler solía añadir:

«Los dioses son malos y les gusta la guerra.»

Otro aspecto importante de la vida de Hitler que nos reafirma más en nuestra idea de su dependencia de estas entidades es su manía por la sangre. No quiero entrar aquí en este profundo tema ni abrumar al lector con otra lista de citas acerca de este interesantísimo aspecto de su vida, pero lo cierto es que la idea de la sangre lo obsesionaba y en los himnos, discursos, reglamentos y emblemas, con gran frecuencia, siguiendo las normas del mismo Führer y de los «iluminados» que lo rodeaban, se hacía mención explícita de ella:

Somos la SS que marcha por tierra roja entonando un himno del demonio. ¡Que nos maldiga todo el mundo! ¡O que se bendiga nuestra sangre!

Así cantaban los temibles jóvenes de la SS, cuya divisa era «Sangre y honor».

Ribadeau-Dumas escribe:

«El rito de la sangre, viejo como el mundo, fue inculcado por Hitler a la SS con misticismo. Los Caballeros de la Orden Negra debían saber realizar el sacrificio de la sangre, el rito atroz de las poblaciones primitivas por el cual la vida exigía la muerte. Para Hitler, tal rito procede de su magia negra y de sus invocaciones satánicas.»

Esta manía por la sangre entronca perfectamente con lo que nos encontramos en todas las religiones, que son la obra maestra de todas estas inteligencias maléficas que se entrometen en las vidas de los humanos.

En todas ellas —si excluimos al budismo— la sangre desempeña un papel principalísimo y en el cristianismo la encontramos, sublimada, en el centro de su dogma y de su liturgia: la sangre de Cristo, sangre verdadera vertida por él en la cruz, es la que redime al género humano.

Los omnisapientes teólogos se sonreirán al leer esto, pero los «espíritus del mal que están en las alturas» de los que ellos nos hablan, se ríen a carcajadas viendo el gran mito que han montado con la sangre de un pobre hombre crucificado por los romanos hace dos mil años.

He aquí, pues, otro ejemplo insigne de intromisión de estas inteligencias en la marcha de la historia humana. Como grandes directores de un «guiñol» alzaron a aquel pobre muñeco de trapo austríaco, lo hicieron aullar como a un energúmeno, le dieron unos poderes paranormales de convicción y enloquecieron a media Humanidad poniéndola a pelear hasta destrozarse.

¿Cuántos Hitler ha habido a lo largo de la historia?

Los Carlomagnos, Atilas, Napoleones, Gengiscanes y demás caudillos megalómanos glorificados por los historiadores patrioteros y por la papanatería del vulgo, ¿no habrán sido otros Hitler?

Si a los cristianos hispánicos se les aparecía en el aire Santiago Matamoros, dándoles ardor para la lucha contra los sarracenos, a éstos (tal como sucedió en la batalla de Atarcos) —año 1195— se les aparecía también otro misterioso jinete celeste —que ellos naturalmente identificaban con el Profeta— animándolos a luchar contra los cristianos.

Son los macabros juegos de los dioses. Son las «ayudas» que estas misteriosas entidades de otros planos otorgan a sus «elegidos» para que siembren la discordia entre los hombres.

¿Cómo es posible que cerca ya del año 2000, cuando por sus adelantos técnicos la Humanidad podría vivir tranquila y feliz y con alimentos suficientes para que nadie pasase hambre, tengamos que regirnos por ideologías tan antihumanas como el capitalismo y el comunismo, y tengamos que tolerar a líderes tan ciegos como Reagan o Gorbachov, que como chulos de barrio se amenazan mutuamente con destruirse y destruir al planeta, teniéndoles sin cuidado el que cada año mueran de hambre millones de personas, cuando podrían evitarlo con una ínfima parte del dinero que dedican a armamentos?

¿Por qué tanta ceguera, tanta violencia, tanto odio, tanto dolor, tantas guerras y tanta sangre en la historia humana? ¿No será porque, como decía Hitler, «los dioses son malos y les gusta la guerra»? 

Y si de los líderes políticos y militares nos vamos a los religiosos, nos encontraremos con idéntico fenómeno, aunque arropado con palabras místicas y apuntalado con imponentes tinglados doctrinales. RamaKrishnaBudaConfucioZoroastro y al igual que ellos Jesús de Nazaretfueron sólo marionetas de estas entidades suprahumanas que nos dominan desde las sombras.

Todos oyeron «voces» que ellos pensaban que venían directamente de Dios. Pero eran sólo las voces de estos «dioses» pequeños y entrometidos —«los espíritus de las alturas»— cada uno engañando con una «revelación» diferente, aunque todos coincidan en pedir sacrificios, dolor y sangre.

Ahí está el máximo símbolo del cristianismo, la cruz, que es el resumen de estas tres exigencias de los dioses.

«Revelan» cosas diferentes, pero en fin de cuentas todos acaban pidiendo lo mismo.


La doncella de Orleáns

Juana de Arco: He aquí otro ejemplo histórico de la intromisión de estas entidades en la marcha de la historia de la Humanidad.

Los profesionales de esta ciencia han investigado a fondo todos los pormenores de la increíble vida y hazañas de esta jovencita. Pero no van más allá de los meros hechos. Es cierto que se quedan asombrados ante ellos, pero no nos explican cómo una joven de 17 años que no sabía leer, nacida en un villorrio de la Lorena y que lo único que había hecho hasta entonces en su vida era ayudar a sus padres en el cuidado de los animales y en el cultivo de los campos, pudo realizar una tarea tan ingente en tan breve tiempo.

Por supuesto que la mayor parte de ellos —a los que habría que añadir médicos y psicólogos— que han hecho un profundo estudio de su personalidad, basados en los abundantes documentos de los procesos a que la sometió la Inquisición, creen que Juana era una psicótica y se fundamentan precisamente en las «voces» que ella oía constantemente y que decía que eran de san Miguel, santa Catalina y santa Margarita además de sus «espíritus protectores».

Los historiadores creyentes, por el contrario, creen que estas voces eran en realidad de san Miguel y de sus santas protectoras y que Dios era el que la enviaba y la guiaba para que salvase a Francia.

Sea cual fuere la interpretación del origen de sus voces v de sus visiones, lo cierto es que en el proceso que se le siguió por hereje, los jueces y las autoridades estaban convencidos de que la joven tenía poderes sobrenaturales y que mediante ellos había logrado las proezas que se le atribuían. Pero el problema que a ellos más les interesaba era dilucidar si aquellos poderes venían de Dios o del diablo.

Por envidias, celos e intrigas políticas se sentenció que venían del diablo y la pobre Juana fue condenada a la hoguera en la que pereció el día 30 de mayo de 1431.

¿Cuáles son las razones en que me baso para afirmar que Juana de Arco es un ejemplo de la intervención de los «dioses» en la historia humana?

Son muchas e intentaré resumirlas en breves líneas.

En primer lugar señalaré sólo de paso el paralelo entre la vida de Juana y la vida de Jesucristo:

  • Ambos tenían como misión redimir y salvar al pueblo; ella a Francia y él al mundo entero.

  • Ambos estaban en comunicación y fueron ayudados por entidades extrahumanas para realizar la gran tarea que les había sido asignada.

  • Ambos realizaron cosas asombrosas imposibles para una persona normal.

  • Ambos estaban dotados de poderes suprahumanos.

  • Ambos fueron traicionados, entregados y muertos en el suplicio.

  • Ambos fueron glorificados después de su muerte.

Como ya hemos dicho, este paralelo podría extenderse a muchos otros héroes y fundadores de religiones.

El lector estará preguntándose, con todo derecho, cuál fue la gran hazaña que realizó Juana de Arco. Para darse entera cuenta de ella tendría que conocer a fondo el lamentable estado en que se encontraba la Francia de entonces, pero ello nos llevaría demasiado espacio. Bástele saber que por aquellas fechas Inglaterra dominaba buena parte del territorio francés.

Muchos de sus nobles eran partidarios descubiertos del rey inglés y otros habían pactado con él en secreto, mientras que los restantes se negaban a obedecer al rey de Francia, huido y acobardado, en sus tímidos intentos por expulsar a los ingleses de sus territorios. Este estado caótico duraba ya casi cien años y el débil y semi-imbécil Carlos VII, angustiado por tantos males, se desentendía del Gobierno y se refugiaba en las francachelas palaciegas que sus degenerados y truculentos «consejeros» le organizaban con mucha frecuencia.

Por todas partes reinaba el desaliento y la desorganización. Los nobles rivalizaban entre sí y con sus ejércitos privados peleaban entre ellos. Y como fruto de todo esto, el hambre y la miseria campaban por todo el reino. Agobiado por tantas calamidades y viéndose completamente impotente y lleno de deudas, el propio rey había pensado en huir a Escocia o a Castilla.

Ésta era la Francia que aquella pobre adolescente campesina quería salvar…

Si sólo hubiese dicho que «oía voces» probablemente nadie le hubiese hecho caso, porque «oír voces» es una vieja enfermedad de la mente con la que los médicos de todos los tiempos han estado muy familiarizados. Pero Juana no sólo oía y veía, sino que también hacía.

Le sucedía lo que a muchos otros «iluminados» y «escogidos»: tenía «poderes» y ante éstos las multitudes se rendían. No importa que algunos privilegiados se sintiesen humillados por los hechos de una niña campesina e intrigasen contra ella; pero sus hazañas eran patentes y la gente sin maldad se rendía ante ellas.

A causa precisamente de estas intrigas de las que el débil Carlos VII estaba rodeado por todas partes, Juana tuvo que esperar varios días para ser recibida por él. Los nobles cortesanos no querían que él la viese porque presuponían la gran impresión que iba a causar en su carácter pusilánime. Cuando no pudieron impedirlo por más tiempo, prepararon una trampa para desacreditarla ante toda la Corte.

Organizaron una gran fiesta palaciega en medio de la cual Juana debería presentarse por primera vez ante el rey, a quien no había visto nunca. Éste, a modo de broma y débil siempre ante las peticiones de sus consejeros, accedió contra su voluntad a esconderse en medio de la multitud de asistentes y permitió que otro ocupase su lugar en el trono.

Cuando apareció la doncella todo el mundo calló; unos por la gran admiración que hacia ella sentían y otros esperando el gran momento en que se hincaría ante el falso rey, para celebrarlo inmediatamente con una gran carcajada. El silencio era tenso y solemne. Juana avanzó unos pasos y se detuvo. Miró al trono e inmediatamente sus ojos se apartaron de allí y se dirigieron al lugar exacto en que el rey estaba semi-escondido. Avanzó entonces resueltamente hacia él mientras la multitud cortesana le abría paso en silencio. Se hincó ante él y cuando el rey se inclinó hacia ella para hacerla levantar, Juana aprovechó para decirle casi al oído varias cosas que lo conmovieron visiblemente, pues hacía tiempo que le atormentaban la conciencia.

Cuando Juana acabó de hablarle, el rey había cambiado por completo de semblante. Su ánimo siempre deprimido e indeciso se había llenado de valor y decisión. Había sentido que estaba ante un ser extraordinario que no sólo conocía todos sus pensamientos secretos, sino que era capaz de ayudarlo en la difícil tarea de unir a los franceses y de expulsar a los invasores ingleses de sus dominios.

A partir de este momento comienza una serie de hechos que no tienen explicación humana: la organización de un ejército que hasta entonces había estado profundamente dividido por el gran odio que se profesaban sus diversos jefes; la serie de batallas y triunfos sobre el ejército inglés, mucho más fuerte y mejor organizado, y sobre todo el gran dominio que Juana logra tener sobre una soldadesca brutal y anárquica que hasta entonces se había negado a combatir y a obedecer a sus propios jefes.

Las voces le decían a Juana cómo tenía que distribuir los diversos batallones, dónde tenían que ponerse las ballestas y las piezas de artillería, por que flanco tenían que atacar y cuál era el lado débil del enemigo…

Cuando alguno de los generales iba a ser herido ella se lo anunciaba, al igual que dijo la víspera de ser herida ella misma por primera vez:

«Mañana saldrá sangre de mi cuerpo.»

En pleno combate, se ponía con el estandarte en la mano en el borde del foso en un lugar bien visible, y desde allí, rodeada de una nube de saetas y proyectiles disparados contra ella, arengaba a las tropas y daba órdenes. Sus «amigos del cielo» la defendían.

En un año, a partir de su entrada en escena, el panorama político de Francia cambió por completo. Los ingleses estaban en retirada y el deseo de recobrar la independencia de la patria estaba vivo en todos los rincones de Francia.

Y todo esto logrado en apenas unos meses por una pobre muchachita campesina llena de simplicidad e ignorancia.

La segunda parte de su vida, es decir su prisión, juicio y ejecución en la hoguera por las autoridades eclesiásticas es otra confirmación más de que Juana era sólo un instrumento de los «dueños de este mundo» o si se quiere un juguete con el que «los dioses» se divirtieron durante un tiempo.

A pesar de toda la falta de lógica que haya en su derrumbamiento repentino, tras una ascensión fulgurante, hay sin embargo un gran paralelo con lo que les ha sucedido a tantos otros «salvadores», empezando por el mismo Cristo, tal como ya indicamos.

El abandono a última hora por parte de los «guías» es una cosa muy frecuente entre los «escogidos». El porqué de este abandono es algo que se nos escapa a los mortales, pero es algo que vemos repetido hasta la saciedad, sobre todo entre los «redentores» y fundadores de religiones —que terminan muriendo en la cruz o fusilados, tal como sucedió con el fundador de los mormones o de los Bahai— y entre los místicos cristianos v «contactados» que acaban sus días enfermos o locos, y sin saber qué pensar de todas sus experiencias al ver que la mayoría de las promesas que les hicieron no se han cumplido.

Juana, a causa de las envidias de los generales y de los nobles, fue traicionada y vendida por dinero a los ingleses —un paralelo más con Cristo— que se valieron de los tribunales eclesiásticos para hacerla desaparecer en la hoguera.

Durante su cautiverio fue golpeada innumerables veces y otras tantas pretendieron violarla, no sólo los soldados que la custodiaban, sino varios generales y nobles. Con una argolla de hierro al cuello, semidesnuda, hambrienta y aterida, encerrada en una estrechísima jaula fue paseada de ciudad en ciudad.

Durante todos estos meses «las voces» seguían hablándole. Le daban ánimos para seguir aguantando las vejaciones y sufrimientos y para contestar a los interminables interrogatorios a que fue sometida por los tribunales eclesiásticos. Pero no la liberaron de los tormentos, antes al contrario, la engañaron diciéndole que «sería liberada en una gran batalla» que nunca se produjo.

Aquellas voces que la habían dirigido hasta en los detalles más insignificantes y le habían advertido de los peligros que la acechaban, en los momentos cruciales no la previnieron de la celada que le habían tendido para hacerla prisionera. Ingenua hasta el fin, no se quejó cuando se vio enjaulada y sujeta con hierros, entregada como estaba totalmente en manos de sus «espíritus protectores».

Sócrates, otro «iluminado», fue también a última hora abandonado por su «daimon» que tan fiel le había sido durante toda su vida.

He aquí sus palabras tal como nos las narra Platón en su Apología de Sócrates:

«Mi daimon, el espíritu divino que me asiste, me permitía hasta hoy oírle muy frecuentemente, aun a propósito de cosas de muy poca importancia, en todo momento en que iba a hacer algo que no me convenía. Sin embargo hoy, cuando me sucede, como veis, algo que podría considerarse como la mayor de las desgracias —al menos como tal se la considera— [se refería a su condena de muerte] no sólo no se ha dejado oír al salir yo de mi casa ni cuando estaba ante el tribunal, sino que ni tan siquiera para prevenirme cuando he tenido que hablar. Sin embargo en otras ocasiones mucho menos graves me ha obligado a callarme aun en contra de mis intenciones. Hoy en cambio ni en un solo instante, mientras estaba ante el tribunal, me ha impedido hacer o decir lo que quisiese. ¿A qué debo atribuir esto…?»

Los modernos sabios que estudian el funcionamiento de la mente humana —y que tan poco saben de ella— no tienen reparo en tildar de histérica a una pobre adolescente analfabeta; sin embargo no se atreven a hacer lo mismo con el sesudo Sócrates, al que curiosamente le sucedía un fenómeno semejante, que tuvo además el mismo trágico final.

Siguiendo una pauta que es muy común en la manera de actuar de estas entidades extrahumanas, «las voces» la animaban a que siguiera sufriendo:

«Sufre con paciencia; no te inquietes por tu martirio —le dicen repetidamente—; sufrir es progresar, es elevarse

Y la pobre niña, abandonada de todos, va firme hacia la pira en que la van a quemar.

En lo alto del cadalso, contra frailes y obispos que le instan a que se retracte de todo y que confiese que todo ha sido obra de su invención, grita con las pocas fuerzas que le quedan, que todo ha sido verdadero; que las voces eran de sus ángeles amigos y que ella sólo ha obedecido a Dios.

¡Pobre muchachita víctima de los terribles juegos de los «espíritus de las alturas»!

Juana de Arco es como el símbolo personalizado de la Humanidad entera que por siglos ha seguido ciegamente «las voces divinas» que le han ido llegando a través de todas las religiones, y en fin de cuentas ha sido defraudada por éstas, al no dejarnos evolucionar con libertad y al ponernos a pelear por la diversidad de creencias.

A los pocos meses Juana era reivindicada y glorificada por los mismos tribunales eclesiásticos y por la misma Iglesia que la había quemado viva. Pero esto pertenece ya a la farsa humana que los hombres sabemos representar tan bien sin ayuda alguna de los dioses.

Éstos se limitan a reír «desde las alturas» viendo las bufonadas históricas que tan seriamente practicamos y que en muchas ocasiones son sólo consecuencias de sus disimuladas y perversas intrigas.


El islam

La religión islámica es otro gran ejemplo histórico de la intromisión de estas inteligencias en la vida de los hombres y en la marcha del planeta.

A un insignificante hombre llamado Mahoma se le aparece un misterioso joven que dice ser nada menos que el arcángel Gabriel y le dicta un libro «sagrado» —el Corán— que en seguida se convierte en la regla de vida para millones de hombres.

Este libro es en gran parte el responsable del atraso y el fanatismo en que viven muchos millones de seres humanos aparte de haber causado y de seguir causando infinidad de muertos.

Pues bien, uno se pregunta: ¿cómo es posible que una religión y en concreto un libro en donde lo ridículo se mezcla con lo sublime y lo ameno con lo plúmbeo, hayan podido extenderse por el mundo con el ímpetu avasallador con que en muy pocos años se extendieron, llegando hasta los confines de Asia y Oceanía, a donde no había llegado el cristianismo nacido cinco siglos antes?

La razón es la de siempre: la aparición de seres misteriosos de otro mundo que le dan capacidades especiales al humano que escogen para que pueda extender el mensaje o la orden que le dan.

En el siguiente capítulo nos asomaremos a la cultura y a la literatura islámicas ya que en ellas se describen de una manera muy concreta estas inteligencias suprahumanas de las que estamos hablando.

(1) Este tema lo he desarrollado en mi libro El cristianismo, un mito más.