Arxiu del dimecres, 2/10/2019

La Granja Humana – texte 15/19

dimecres, 2/10/2019

JOSÉ LUIS

Era el año 1976. Terminé de hablar en un gran local público de la ciudad de México y cuando, sudoroso, entré en la pequeña habitación contigua al escenario desde el que había hablado, me encontré esperándome a José Luis. No lo había visto en mi vida. Me saludó tímidamente y me dijo que quería contarme algo que le venía sucediendo desde hacía años.

José Luis tendría unos 20 años, era alto, con cara inteligente, de modo que me inspiró confianza y ni siquiera por un momento sospeché que podría estar delante de uno de los muchos chiflados que con demasiada frecuencia vienen a contarle a uno sus «comunicaciones» alucinatorias con «extraterrestres». Comenzamos a hablar allí mismo y aquello fue el inicio de una sincera amistad que ha durado hasta hoy.

He aquí, en resumen, lo que entonces me contó José Luis.

Cuando tenía unos 10 años, un buen día apareció por la escuela pública en que él estudiaba un muchacho rubio, poco más o menos de la misma altura que él tenía por aquel entonces —hoy día José Luis mide aproximadamente 1,85 m—, con una piel muy tersa que hacía muy difícil adivinar su edad.

El muchacho, que no era alumno de aquella escuela, se hizo amigo de un grupo de los compañeros de clase de José Luis. Cuando aparecía por allí los entusiasmaba a todos con sus cuentos sobre viajes espaciales, sobre nuevos inventos y muchos otros temas más en los que el extraño forastero estaba mucho más adelantado que sus infantiles amigos.

A pesar de que hizo muy buenas migas con unos cuantos de ellos, intimó de una manera especial con José Luis, al que frecuentaba más, no sólo en la escuela sino también en su casa, hablándole de un sinfín de temas diversos e instruyéndolo acerca de cosas que en el futuro le iban a suceder.

Pasado un tiempo hizo una especie de pacto con todos sus amigos, incluido José Luis, y la señal del pacto fue una especie de ligero tatuaje que a todos les hizo en la parte interior de la muñeca, que tenía aproximadamente la forma de una H mayúscula.

En otras palabras, el tatuaje que todavía puede verse en la muñeca de José Luis, tiene un no pequeño parecido con el famoso signo de UMMO, del que ya le hablamos al lector en páginas anteriores.

Más adelante volveremos a hablar de ello cuando surjan otras relaciones con el caso UMMO.

El misterioso visitante —al que en adelante llamaremos el rubio, ya que José Luis nunca me ha dicho si tiene nombre propio— tomó la costumbre de visitarlo en su propia casa, haciéndolo siempre en una fecha fija, que era precisamente el día de su cumpleaños que caía en el mes de abril.

Llegada esa fecha, el rubio aparecía invariablemente y saludaba a todos los miembros de la familia que ya lo trataban como a un conocido, lo apreciaban por la dulzura de sus modales por lo mucho que sabía y, especialmente la madre de José Luis, por los buenos consejos que le daba a su hijo.

La visita fija en la fecha del cumpleaños continuó repitiéndose sin interrupción y cada vez fue estrechándose más la unión con su misterioso amigo, que nunca decía de dónde venía exactamente ni cuáles eran sus actividades ordinarias. Cuando se le preguntaba sobre esto contestaba con vaguedades, dando a entender que prefería que no se le preguntase sobre ello.

Por otro lado nunca manifestó que él procediese de otro planeta ni que fuese diferente a los demás seres humanos. Como ni José Luis ni nadie en su familia habían prestado anteriormente la menor atención al fenómeno OVNI, no se les ocurrió sospechar que el rubio podía ser alguno de aquellos «extraterrestres» que por entonces aparecían de vez en cuando en las páginas de ciertas revistas y de los diarios.

Sí les llamaba a todos la atención el hecho de que el rubio no parecía crecer ni envejecer de ninguna manera. Se mantenía siempre igual, tal como lo habían visto la primera vez. Fue sólo pasados varios años de este trato cuando José Luis comenzó a sospechar que algo muy extraño había en la persona de su amigo y aprovechando que yo hablaba de estos temas, allá acudió para contarme lo que le estaba pasando.

Una de las circunstancias que me hizo sospechar que el rubio podía ser un visitante «extraterrestre» del tipo que fuese o un auténtico jina, fue lo que José Luis me contó relacionado con su matrimonio.

Ni que decir tiene que él desconocía muchos por no decir todos los recovecos e implicaciones del fenómeno OVNI, y cuando me contaba anécdotas que le habían sucedido con el rubio no lo hacía seleccionando aquellas que se parecían a otras que él hubiese leído en libros de OVNIS, porque en realidad no había leído ninguno y lo desconocía todo sobre el tema. Más bien lo hacía con cierta timidez de que lo que me contaba me pudiese parecer una trivialidad o una chifladura. Yo era el que ante detalles como el que en seguida contaré, me sobresaltaba al reconocer el parecido que tenía con otros casos que previamente habían sido estudiados por mí y por otros investigadores del fenómeno.

La cosa fue que cierto día en que José Luis se hallaba especialmente deprimido, el rubio le dijo:

—Estás triste y yo sé por qué.

José Luis trató de negar que estuviese especialmente triste o por lo menos de restarle importancia al hecho, pero el rubio insistió:

—Estás enamorado de una joven y ella no te corresponde porque ya está casada. Te deprime el ver la resolución de tus deseos como algo imposible.

Se quedó un momento pensativo y en seguida añadió:

—No te preocupes. Dentro de un año, cuando yo vuelva a visitarte, tú no sólo estarás casado con esa joven, sino que tendrás ya un hijo con ella, aunque ahora eso te parezca imposible.

José Luis desconocía por completo la gran afición que algunas de estas entidades tienen en inmiscuirse en los asuntos familiares y amorosos de los humanos. Pero la realidad fue que efectivamente, al año de aquellas palabras, cuando en el mes de abril el rubio volvió hacer acto de presencia, ya José Luis estaba casado con la joven y ésta acababa de dar a luz un varón.

Y aquí conviene hacer un paréntesis para explicar los métodos expeditivos con que algunas de estas misteriosas entidades suelen desembarazarse de los humanos que de alguna manera entorpecen sus planes. Suelen ser tremendamente drásticos en sus medios, sin importarles si éstos son injustos o violentos, según nuestra manera de apreciar las cosas.

Lo que sí suele suceder es que hacen que las cosas aparezcan como completamente naturales. Y cuando los medios ordinarios y lógicos no son suficientes o cuando el tiempo apremia, no tienen inconveniente en recurrir a métodos mucho más expeditivos por violentos que sean. Los accidentes automovilísticos, ataques al corazón o incluso meteoros inesperados —aunque siempre «naturales»— son bastante frecuentes.

Ignoro cómo fue la retirada del primer esposo de la actual mujer de José Luis; lo que sí es cierto es que en muy poco tiempo desapareció de la escena dejando el campo libre para que mi amigo pudiese cumplir sus deseos.

Como dije anteriormente, este solo detalle me hizo sospechar de que estaba ante un caso auténtico y le propuse a José Luis que hiciese dos cosas que nos podrían ayudar a cerciorarnos de si estábamos en lo cierto. Lo primero que le propuse fue que para la fecha en que su amigo solía venir, tuviese en su casa un perro.

Sabido es que los animales domésticos y en particular los perros, gatos y caballos, son especialmente sensibles a la presencia de estas entidades, a las que son capaces de detectar antes de que lo hagan los hombres y en muchas ocasiones cuando son invisibles al ojo humano.

(Lo cual, dicho sea de paso, es una prueba contundente a la que se suele acudir en parapsicología para demostrar que ciertos fenómenos que los científicos miopes atribuyen a alucinaciones, son auténticos y reales, aunque no sepamos explicar con exactitud de qué se trata. Los animales no tienen afán de notoriedad o de ganar dinero ni sufren tan fácilmente alucinaciones como los humanos.)

Pues bien, ante mi sugerencia, José Luis me dijo con pena que aquel mismo año, unas semanas antes de la fecha en que suponía llegaría su amigo, le habían regalado un perrito y que él tenía una gran ilusión por enseñárselo a el rubio cuando apareciese. Pero desgraciadamente el perrito desapareció de casa la víspera de su cumpleaños, y por más que lo buscaron por el barrio no lo pudieron encontrar.

José Luis pensaba que en algún descuido, el perro, que era todavía un cachorro, habría encontrado la puerta abierta y se habría lanzado a la calle con la fogosidad e inexperiencia con que lo hacen los cachorros, siendo luego incapaz de retornar a casa o pereciendo bajo las ruedas de algún automóvil.

Este detalle de la desaparición del perro en una fecha tan cercana a la llegada de el rubio me pareció bastante sospechoso, pero por el momento me guardé la sospecha para mí.

La otra prueba que le sugerí a José Luis fue que tratase de hacerle una fotografía. Su contestación fue instantánea:

«No es amigo de fotos. Pero en una que le hicimos con toda la familia, en la que yo puse mi brazo por encima de su hombro, todo el mundo aparece muy bien menos él, que se ve todo borroso. Fue una lástima porque es la única foto que tenemos de él.»

Esta contestación de José Luis acabó de disipar mis sospechas de que estaba ante un auténtico caso de «entidad no humana» que merecía la pena ser investigado a fondo, dada su poca esquivez y la diafanidad de sus manifestaciones.

Porque, como ya hemos visto, otra de las características normales entre estas entidades venidas del «más allá» es la de ser bastante alérgicas a la fotografía; bien porque no les guste que las fotografíen o bien porque la radiación que emiten vela las películas e impide que sean captados por la cámara fotográfica. El caso es que después de muchos años de trato y amistad, José Luis no posee ninguna foto de su amigo.

Con este dato de la foto mis dudas se convirtieron en certeza, aun antes de conocer muchos otros detalles que más tarde fui conociendo, y abiertamente le comuniqué a José Luis mis sospechas acerca de la desaparición de su perro.

—Creo que él fue el que te lo hizo desaparecer —le dije.

Ante su incredulidad y extrañeza le expliqué la gran sensibilidad que los animales tienen para detectar a estas entidades no humanas.

Muy probablemente el perro hubiese aullado o huido despavorido ante la presencia de su amigo, lo cual hubiese sido comprometedor para él, pues el perro de ninguna manera hubiese estado tranquilo en su presencia. Su instinto les dice que están ante algo que «no es de este mundo» y muy probablemente lo captan merced a su gran hiperestesia sensorial, que es muy superior a la de los humanos. Lo cierto es que se aterran. Acerca de este particular podría escribir páginas enteras, ya que el comportamiento de los animales ante entidades y fenómenos paranormales es algo que siempre me ha interesado mucho.

Lo curioso es que José Luis, llegado el momento, le comunicó esta sospecha mía a su amigo y éste asintió, dándome la razón. Él había hecho desaparecer el perro por la misma razón que yo había dicho: hubiera sido un engorro constante durante su visita. Y de paso note el lector lo que dijimos en párrafos anteriores referente a las maneras expeditivas que estos individuos tienen de deshacerse de todo lo que entorpece sus planes.

En años sucesivos, en todas mis visitas a la ciudad de México, de las primeras cosas que hacía era llamar a José Luis para oír sus confidencias acerca de su trato con el rubio, que ha continuado apareciendo religiosamente cada cumpleaños de mi amigo. Hubo unos años en que sus visitas se extendían más y eran no sólo en el mes de abril, hasta que un buen día le dijo que tenía que ausentarse y que por un buen tiempo no volverían a verse.

Ya para entonces la vida de José Luis había cambiado bastante y siempre de acuerdo a lo que el rubio le había predicho. Para ganarse la vida se había dedicado a varias cosas, hasta que entró en el mundo del sindicalismo en donde llegó a ocupar un puesto de responsabilidad. El rubio le dijo que aquello le iba a traer problemas con las autoridades, pero que no tuviese miedo y que siguiese adelante hasta rematar lo que se habían propuesto, porque a la larga todo se iba a solucionar, como así fue.

De hecho José Luis fue encarcelado por los pugilatos de una empresa con su sindicato, pero al poco tiempo fue liberado sin consecuencias. Entonces su misterioso consejero le dijo que dejase aquel trabajo, pues allí no había futuro para él y que estuviese atento a las oportunidades que se le iban a presentar.

Efectivamente, al poco tiempo le brindaron, de una manera bastante extraña, la oportunidad de entrar en una empresa moderna que tenía que ver con ordenadores e informática. Naturalmente, al no tener él una gran formación profesional, y menos aún una especialización universitaria en las tareas de la empresa, tuvo que contentarse con un puesto bastante humilde. Y aquí es donde de nuevo podemos ver cómo es la «eficacia» de un jina cuando se empeña en favorecer a su amigo humano.

Hoy día José Luis es el jefe supremo —tras muy pocos años de haber trabajado en ella— de una gran empresa de informática.

No es que me lo cuente él y yo se lo crea sin más ni más; es que he estado con él en el edificio de la empresa, he visto su gran despacho comparable ai de un presidente de Banco, he sido testigo de los silencios solemnes y de las reverencias un poco adulonas que los empleados de todo el edificio le hacen al pasar, tal como vemos en las grandes empresas cuan-do pasa el jefe supremo.

Y no sólo eso. El coche en el que José Luis me llevó la última vez a ver su empresa no se parece en nada al modestísimo «Volkswagen» con el que se movía años atrás.

Escalar tan rápidamente puestos en una empresa en la que había antes que él muchas personas interesadas en conseguir lo mismo y con mayores cualificaciones, no es tarea nada fácil. Sin embargo él no tuvo que hacer grandes cosas. Su amigo del «más allá» se encargó de allanarle el camino… y ¡de qué manera!

Todos los que en la empresa podían haber sido competidores para el puesto supremo y sobre todo aquellos que positivamente obstaculizaban el ascenso de José Luis fueron desapareciendo paulatina y «naturalmente» —cánceres rápidos incluidos— hasta que el puesto le cayó en las manos como pera madura y como algo completamente lógico y normal al no haber nadie más cualificado que él para el puesto.

Esa «naturalidad» se ha dado en cientos si no en miles de ocasiones en la historia. Los dioses juegan con sus marionetas humanas con una gran maestría y ponen en los puestos claves a sus protegidos o a quienes ellos juzgan que secundarán mejor sus intereses o cumplirán mejor sus consignas. A veces se toman el trabajo y el tiempo de preparar las circunstancias para que todo parezca lógico, pero en otras ocasiones, forzados por imponderables imprevistos, prefieren la eficacia aunque se les vea un poco la oreja.

En el caso de José Luis, probablemente su amigo el rubio no lo puso en el cargo porque espere que desde él pueda hacer grandes cosas, sino simplemente por pura amistad, por ayudarlo, ya que como vimos, cuando una de estas entidades extrahumanas se encapricha con un humano es capaz de hacer por él cualquier cosa.

José Luis me ha contado muchos pormenores de su trato con el rubio a lo largo de todos estos años.

Algunos son puramente anecdóticos, que sirven para saciar la natural curiosidad de los humanos ante todos estos hechos que nos asoman a un «más allá» que, aunque inquietante y perturbador, es siempre enormemente interesante para nosotros. Sin embargo otros, aunque aparentemente tan inocuos como los puramente anecdóticos, encierran profundas lecciones que nos llevan a hacer deducciones reveladoras.

Porque si bien es cierto que la mente humana está en posición desventajosa ante estas inteligencias extrahumanas, no por eso tenemos que infravalorarla y caer en el error de que no podemos avanzar en el conocimiento de ellas y de otros niveles de existencia.

Una de las cosas que más nos ha hecho reflexionar siempre en lo que se refiere a los mensajes de los supuestos «extraterrestres» o hablando con más propiedad, de estas entidades inteligentes no humanas (sin que necesariamente tengan que ser extraterrestres) es su falta de credibilidad; o dicho en otras palabras, su proclividad a afirmar cosas que juzgadas con la lógica y la mente humanas, suenan a ramplonas mentiras.

Aunque ya en mi libro Defendámonos de los dioses intenté dar una solución radical a este gran enigma, en el capítulo siguiente remacharé aquellas explicaciones con argumentos venidos de otras fuentes e investigados por personas altamente cualificadas y del todo ajenas a los «prejuicios» que yo pueda tener acerca de todo este tema.

El caso es que en el trato y en las conversaciones de el rubio con José Luis aparecen estas mismas facetas chocantes, que si por una parte le confirman a uno que está ante un genuino hecho paranormal englobado en el gran «fenómeno OVNI», por otra lo llenan a uno de sospechas de que la realidad de los hechos, al igual que la veracidad de las palabras, no son lo que parecen ser, y en consecuencia la mente debería ser muy cauta al tratar de enjuiciar globalmente todo el fenómeno, sin llegar demasiado rápidamente a conclusiones definitivas ni mucho menos cambiando hábitos de vida o adoptando patrones de conducta basados en las revelaciones o enseñanzas de estas misteriosas entidades.

El rubio es muy selectivo en cuanto a las personas con las que se relaciona; de algunas ni se deja ver, como si le molestara su presencia. En cambio no tiene inconveniente en dejarse ver y aun en conversar con otras, aunque no llegue a intimar con ellas como con José Luis. Mientras éste estuvo soltero se dejaba ver de toda la familia; sin embargo, una vez casado, que yo sepa, nunca se ha dejado ver de su esposa. En cambio sí se ha dejado ver de su hijo.

Cierto día estaba José Luis a la puerta de su casa con él, cuando era todavía muy pequeño, y apareció en la esquina el rubio caminando tranquilamente hacia ellos por la acera. Se saludaron afectuosamente como hacen siempre, y el rubio se quedó mirando fijamente por un rato al niño, que daba muestras de estar nervioso ante la presencia de aquel extraño al que no había visto en su vida. Al cabo de un rato, y como el muchacho persistiese en su intranquilidad y manifestase deseos de entrar en casa, el rubio le dijo que lo llevase y luego volviese para poder hablar tranquilamente.

La sensibilidad de los niños para cierto tipo de energías es muy superior a la de los adultos y se asemeja mucho a la de los animales.

Si el lector recuerda, ya nos habíamos encontrado con esta misma selectividad en «Zequiel», el rubio que se le presentaba al doctor Torralba y que tantas similitudes tiene con el amigo de José Luis.

Otro día un vecino de éste le dijo:

—Ayer me acerqué a tu casa para hablarte de cierto asunto y como te vi en la acera enfrascado en conversación «con un muchacho rubio», preferí no interrumpirte y dejarlo para otro día.

El «muchacho rubio» no era otro que nuestro misterioso personaje, que precisamente había estado hablando la víspera con José Luis en la acera de su casa.

En cuanto a mezclar informaciones de muy desigual valor, tanto en lo que se refiere a su credibilidad como a su contenido, el rubio no se diferencia de otros casos que el autor conoce muy bien.

En estas mismas páginas se reproducen los planos dibujados por el rubio en los que éste le predecía algo que luego tuvo un total cumplimiento y que el lector mexicano podrá comprobar por sí mismo. (Ver ilustraciones 14 y 15.)

Nótese que el plano fue dibujado antes de que en una esquina de la gran plaza del Zócalo, de la ciudad de México, se comenzasen las grandes excavaciones y los trabajos de restauración que en los últimos años se han venido realizando.

En cuanto a la parte de la ciudad señalada con una cruz, en donde el rubio dice que hay ruinas sepultadas todavía mayores, según noticias que han llegado a mi conocimiento, en las excavaciones para la construcción de nuevas líneas del Metro, se han tropezado por aquella zona con importantes ruinas que han alterado en parte los planes originales. Aunque tengo que confesar que este detalle no lo he podido comprobar con personas cualificadas para ello.

Sin embargo hay que reconocer que el tremendo acierto que tuvo, allí donde aparentemente no se veía más que asfalto y casas, nos da pie para sospechar que también puede estar en lo cierto en su otra gran predicción.

Otra cosa inquietante en que el rubio coincide con otras entidades extrahumanas es en la predicción de grandes catástrofes para el planeta. José Luis no ha querido ser muy explícito conmigo en esto, porque a lo que parece así se lo han recomendado; pero de una manera genérica me ha dicho que el rubio claramente le ha indicado que vienen tiempos muy malos.

Ésta es una constante que se da también en casi todos los videntes y profetas. Una constante que a mí personalmente no me inquieta, porque la vengo leyendo y oyendo hace muchos años, tanto de parte de los profetas religiosos como de los videntes psíquicos que no hablan en nombre de ningún Dios. Y las generaciones se siguen sucediendo una tras otra como las cosechas de hierba, y este pecador mundo, si bien es cierto que a trancas y barrancas, sigue girando en el espacio.

La gran catástrofe de este planeta no es ningún cataclismo cósmico; nuestra gran catástrofe son los líderes estúpidos y desquiciados que padecemos, inflados por el poder; y con los doctrinarios fanáticos que siguen envenenando las conciencias y llenando los corazones de suspicacias o de odios con sus dogmas y sus necios patriotismos.

A veces pienso que estas profecías cataclísmicas, a fuerza de ser repetidas generación tras generación por profetas y videntes de todos los tipos, han logrado sembrar una angustia profunda e inconsciente en el alma de los humanos. Esta angustia parece que es útil a alguien o para alguna causa que pasa completamente inadvertida para nuestra mente.

No creo en los castigos de Dios inmediatos de que nos hablan los enfermizos videntes religiosos. El Apocalipsis ha tenido ya dos mil años para hacer valer sus profecías cataclísmicas; y si no lo ha hecho en todo este tiempo tampoco creo que lo haga en nuestros días.

Pero lo extraño es que el rubio también habla de catástrofes próximas, lo cual es altamente sospechoso y nos lleva a la conclusión de que José Luis no debería caer en la tentación de entregar su mente por completo a todas las sugerencias y enseñanzas de su amigo, manteniéndola en cambio alerta para caer en la cuenta de cuándo los mensajes del misterioso confidente sobrepasan su capacidad de comprensión u obedecen a otras normas lógicas diferentes a las nuestras, o simplemente son nocivos a sus propios intereses.

Éste es un axioma que todos los contactados deberían tener siempre muy presente pero que desgraciadamente no lo tienen, por hacérseles imposible dudar de la buena voluntad de sus cósmicos interlocutores. Los que estamos fuera de este embrujamiento o fascinación, y por otra parte conocemos a una gran cantidad de contactados con los resultados finales de toda su extraña experiencia, podemos dar un juicio más certero de todo el fenómeno.

Y al que pregunte cómo es posible que seres tan evolucionados no caigan en la cuenta de que ciertas enseñanzas o sugerencias pueden a la larga ser nocivas para sus amigos humanos o que, cayendo en la cuenta, no les importe que lo sean, les repetiremos que las «leyes morales» de un nivel cósmico no se aplican a otro. Los humanos acabamos comiéndonos sin escrúpulos a la vaca que nos ha arado el campo y que nos ha dado terneros y leche por años.

El «bien» o «mal» del contactado no tiene importancia, por duro que esto parezca, si lo comparamos con la misión que el «dios» o visitante de otras dimensiones tiene asignada en nuestro mundo. Nosotros sólo somos sus esclavos; esclavos racionales o semirracionales, pero esclavos al fin.

Esto no quiere decir que todos ellos prescindan o se desinteresen por completo de lo que puede hacer sufrir al hombre y menos aún que se ensañen en buscar su mal. Después de reflexionar mucho sobre ello y de conocer muy diversos casos, hemos llegado a la conclusión de que algunos de ellos buscan positivamente el bien del hombre. Aunque la mayor parte dan la impresión de ayudarlo sólo en tanto en cuanto éste obedece sus órdenes y facilita la consecución de los planes de ellos. Y esto por no hablar de otros —a los que ya nos hemos referido— que gozan en jugar con el hombre, sometiéndolo a toda suerte de engaños y hasta sacrificándolo fríamente.

Pero volvamos a el rubio.

Otro aspecto que me resulta sospechoso es su pretensión de identificarse con los visitantes de UMMO. Si todo lo relacionado con este asunto ya resulta de por sí bastante complicado y sospechoso, la afirmación de el rubio de que él es uno de ellos se hace más sospechosa todavía. ¿Por qué? Porque muchas de las circunstancias que se dan en sus manifestaciones no están del todo de acuerdo con lo que sabemos de los visitantes ummitas.

Aparte de su talla —los de UMMO son más bien altos mientras que él tiene la estatura de un niño de unos 10 años— hay muchos otros detalles que no cuadran.

Una cosa que me llamó mucho la atención fue que cuando le entregué a José Luis los tres tomos en que alguien ha ordenado toda la documentación recibida de los ummitas, el rubio se apresuró a decirle que no la leyese por el momento y que esperase a leerla cuando él se lo dijese. Ignoro en este momento si José Luis ha recibido ya el permiso para leerlos.

Me pregunto, ¿por qué esta prohibición?

Lo que uno deduce es que José Luis detectaría en seguida las discrepancias que hay entre los informes de UMMO y los recibidos por él de su amigo y descubriría que, por una u otra razón, no le había dicho la verdad. Y esto podría minar de raíz su credibilidad y hasta las buenas relaciones tenidas hasta entonces. Comprendo que me puedo equivocar en mis deducciones, pero uno tiene derecho a preguntarse y a sospechar.

En ocasiones, las circunstancias que rodean las comunicaciones de los contactados con sus visitantes del más allá, tienen ribetes de novela policíaca.

Le contaré al lector una de esas «circunstancias», que aparte de sus pinceladas rocambolescas, encierra a mi manera de ver una estrategia o una astucia de estos seres que es todo un desafío para la inteligencia humana.

A fuerza de conocer y analizar casos del «fenómeno OVNI» he llegado a la conclusión de que estos extraños visitantes o estas inteligencias —quienesquiera que sean v vengan de donde viniesen — distan mucho de ser todopoderosos y perfectos. A la corta, los seres humanos estamos en desventaja ante ellos; y si acomplejados por nuestra inferioridad dejamos de usar a fondo nuestra mente, no evolucionaremos, y a la larga seguiremos siendo manipulados por ellos por los siglos de los siglos. Por eso es absolutamente necesario que los humanos les perdamos el miedo y comencemos a ver sus debilidades y a usarlas en nuestro provecho.

El caso fue que en cierta ocasión José Luis sintió la necesidad de retirarse varios días a un lugar tranquilo, con el fin de preparar un plan necesario en su empresa, al mismo tiempo que descansaba un poco del asfixiante tráfago diario. Hizo un reserva en un hotelito muy privado, en la ciudad de Cuernavaca, y se dirigió allá, solo, a pasar el fin de semana.

Llegado al hotel, que en aquella fecha del año estaba prácticamente sin huéspedes, se registró, acomodó sus cosas en la habitación y bajó a darse un chapuzón en la piscina.

Sin prestar atención a si había o no había alguien por allí — era el atardecer— se zambulló en el agua, avanzando por debajo de la superficie hasta topar con el muro. Allí sacó la cabeza, y para su sorpresa, se encontró con un individuo joven, de pelo negro, que estaba sentado en una silla, descalzo, apoyando sus pies en el borde de la piscina. A José Luis le llamó en seguida la atención una cosa: aquel individuo tenía los pies de un color marcadamente amarillento.

Obligado casi por las circunstancias, lo saludó con una frase tópica, y ya que prácticamente eran los únicos huéspedes del hotel, quedaron en verse más tarde en el bar.

Efectivamente, una hora después, allí estaba aquel extraño huésped esperándolo en el bar. José Luis le preguntó qué quería tomar y él le contestó que únicamente agua. José Luis pidió un cóctel con hielo. Cuando trajeron las bebidas el camarero, por error, puso el cóctel helado ante el amigo de José Luis y ante éste el vaso de agua.

Para subsanar el error, el desconocido extendió rápidamente su mano hacia el cóctel, con ánimo de acercarlo a José Luis, pero en cuanto tocó el cristal empañado por el frío hizo un gesto como de dolor, retirando la mano al instante.

José Luis notó con extrañeza su gesto y todavía se sintió más intrigado al notar que aquel individuo no cesó de frotar su mano contra el muslo durante la larga conversación que mantuvieron, como si quisiera calentarla después del enfriamiento que había sentido al coger el vaso helado.

Hasta aquí los dos detalles que me han hecho reflexionar grandemente, por pensar que en ellos y en otros semejantes —más que en lo que estos visitantes digan— está la clave de su verdadera identidad e intenciones hacia nosotros, contempladas desde nuestro punto de vista humano.

¿Por qué digo esto?

Por lo siguiente: José Luis desconocía casi por completo todo lo relacionado con el asunto UMMO. El extraño personaje con quien él trabó amistad en el solitario hotel resultó ser, según propia confesión, un enviado de el rubio, que por diversas circunstancias no había podido ir a visitarlo personalmente en aquella ocasión.

En la larga conversación que aquella noche sostuvieron en el bar después del incidente del cóctel, el solitario huésped le contó a José Luis muchas cosas muy interesantes, acerca de la civilización a la que él pertenecía y en concreto acerca de la personalidad de el rubio, que resultó ser una personalidad de muy alto rango en su planeta de origen.

Pues bien, entre las cosas que le dijo, le confirmó lo que ya le había dicho el rubio: que ellos eran de UMMO.

Esta afirmación me llena de dudas y desata en mi mente una catarata de deducciones. El rubio y sus misteriosos congéneres sabían que la noticia del «asunto UMMO» necesariamente tendría que llegar a oídos de su protegido y éste, a poco que la analizase, descubriría contradicciones tal como ya hemos indicado.

¿Qué hacer ante tal situación?

Adelantarse a solucionar dudas y deshacer sospechas, antes de que éstas se presentasen. O dicho de otra manera, reforzar la propia credibilidad basándose en «detalles» aparentemente sin importancia.

José Luis no sabía que los ummitas tienen una parte del cuerpo —de ordinario cubierta por el vestido— que es claramente amarillenta. Esto algún día llegaría a ser conocido por él y ¡oh casualidad! cuando salió del agua lo primero que vio fueron los pies amarillos de su desconocido amigo, cosa que los ordinarios confidentes de los ummitas de diversas naciones del mundo nunca habían visto y únicamente conocían en teoría por informaciones de los mismos ummitas.

José Luis tampoco sabía nada de la extrema sensibilidad que los visitantes de aquel planeta tienen en las yemas de los dedos. El episodio del fulminante efecto de la frialdad del vaso en la mano y de la constante frotación de los dedos contra el muslo, parece que tenía por objeto que él identificase automáticamente a su amigo con los ummitas en cuanto conociese esta cualidad o debilidad de ellos. Con esto, las dudas que pudieran haberle surgido acerca de la credibilidad de el rubio perdían fuerza ante estos hechos de los que él mismo había sido testigo, tan concretos por un lado y tan «casuales» por otro.

Puede ser que me equivoque en mis deducciones, pero el lector debe saber que circunstancias «casuales» como éstas, se han dado en múltiples ocasiones en las relaciones de los contactados con sus visitantes. Y ante la pregunta de cómo seres tan evolucionados puedan ser tan ingenuos en sus estratagemas para «engañarnos» o para convencernos de lo que quieren, repetiremos que distan muchísimo de ser todopoderosos y omniscientes y que tienen muchas limitaciones cuando actúan con una lógica totalmente diferente a la nuestra. Más tarde insistiremos en esto.

Otra pregunta que se le viene a uno a la mente es la siguiente: ¿Y por qué quieren identificarse con los visitantes de UMMO si en realidad no lo son? ¿No es esto un engaño o una mentira manifiesta?

«Engaño» y «mentira» son palabras, conceptos y valores que pertenecen a nuestro mundo y que no se aplican al de ellos. Los hombres «engañamos» constantemente a los anima les y sin embargo no pensamos que hacemos nada malo ni somos llevados por ello ante ningún tribunal, porque a fin de cuentas el «engaño» no se considera como tal y por lo tanto es perfectamente lícito tratándose de animales.

La fuerza de la pregunta está no en si eso es un engaño o no, sino en por qué lo hace. Confieso que la contestación no es nada fácil y la mente humana se pierde en un mar de conjeturas en las que puede fácilmente equivocarse.

En el caso concreto que consideramos, una solución a la duda podría ser que se tratase de dos tipos de visitantes completamente diferentes. Es decir, los de UMMO podrían ser unos seres como nosotros, con muchos años de adelanto en cuanto a sus técnicas y a su evolución, pero en el fondo seres como nosotros, con una realidad física y fisiológica equiparable a la nuestra, que no pueden transformar a voluntad y de la que no pueden prescindir. En otras palabras, unos seres que aunque de un planeta muy alejado del nuestro, viven en nuestra misma dimensión o en una totalmente sintonizada con la nuestra; por eso, cuando vienen a nuestro mundo y se ponen en comunicación con nosotros, conectan bien con nuestra manera de ser y se hacen creíbles, al mismo tiempo que son más vulnerables a nuestra posible hostilidad.

El rubio, en cambio, pertenecería a seres de otra dimensión, con una realidad física completamente diferente de la nuestra. El cuerpo con el que se manifiestan entre nosotros sería fabricado ad hoc y su «mente» o su inteligencia funcionarían en otros parámetros totalmente diferentes de aquellos en los que funciona la nuestra.

Admitiendo estas suposiciones, no es difícil comprender por qué seres tan distanciados de nosotros quieran unirse o «ser asociados» a otros seres que teniendo también el marchamo de «no-humanos», se presentan sin embargo con unas credenciales mucho más aceptables para los hombres de este planeta.

Pero lo malo es que este aparente «engaño» no lo vemos sólo en este caso que estamos comentando, sino que es casi una constante en todo el fenómeno OVNI: los «visitantes cósmicos» suelen decir con muchísima frecuencia cosas que no se atienen a la realidad.

La pregunta clave sigue esperando una respuesta: ¿Por qué lo hacen?

En el capítulo dedicado a los jinas, tal como se conocen en el islam, hay otra posible solución a la pregunta. Pero entonces tendremos que volver a preguntarnos: ¿son todos los que «engañan» o dicen cosas que no se atienen a nuestra lógica ni a la realidad que conocemos, jinas malévolos que buscan jugar con el hombre?

Creo que no. Creo que hay seres que buscan positivamente el bien de los humanos con los que se comunican y creo que los hay que nos defienden de los posibles «engaños» de otros. Pero aun a pesar de esto, sigo creyendo que no lo hacen —ni la «ayuda» ni el «engaño»— por amor o por odio a nosotros sino en definitiva por su propio interés. Los mismos que ayudan a ciertos humanos es muy posible que perjudiquen a otros porque así les conviene en ese momento.

Tengo mi sospecha de que la última razón de por qué algunos de estos seres dicen cosas que no se atienen a la realidad es para salir del paso o sencillamente les tiene sin cuidado lo que nosotros pensamos de ellos. Algo así como lo que muchos padres y madres hacen cuando sus pequeños hijos les preguntan, mientras son enfundados en sus pijamas para irse a la cama, si al día siguiente los van a llevar a ver los coches de bomberos. Los papás, casi sin oír, afirman solemnemente que sí, y hasta les aseguran que les comprarán un coche «de verdad». Pero lo único que tienen en mente es que aquel mocoso acabe de meterse en la cama, y los deje ver a ellos su programa de vídeo con tranquilidad.

Comprendo que esto que estoy diciendo es inadmisible para muchas personas y suena como algo insultante para la raza humana. Pero ante tanta «mentira» dicha por nuestros visitantes, incluidos los que han ayudado a sus contactados, uno no puede menos que pensar así, por duro que sea para el orgullo humano.

Hay todavía otro aspecto aún más difícil de explicar; pero nos llevaría demasiado lejos el pretender encontrarle ahora una solución y nos apartaría del tema concreto que estamos tratando en este capítulo. Me refiero a las prolijas instrucciones sobre variadísimos temas —prescindiendo ahora si son verídicas o no— con que estos seres del «más allá» suelen instruir a sus visitados. En muchísimas ocasiones tales instrucciones suenan a absurdas, a la larga han resultado completamente inútiles y con frecuencia han sido hechas a individuos que no estaban preparados para poder asimilarlas. Dejemos para otra ocasión la explicación de este extraño hecho, que tan frecuente ha sido y sigue siendo entre los contactados.

En nuestro caso, José Luis también ha recibido muchas instrucciones, pero él está preparado para asimilarlas y no se puede decir si en el futuro le serán de alguna utilidad. Algunas de ellas, a juzgar por los hechos, parece que le han sido ya muy útiles.

Lógicamente, el lector se estará preguntando hace rato: ¿quién es este rubio y de dónde procede?

Cuando José Luis le ha hecho esta pregunta, directa o indirectamente, la contestación ha sido siempre una evasiva en la que más o menos veladamente le decía que prefería no hablar del tema. Según José Luis me ha dicho, nunca le ha confesado abiertamente que él no es de este mundo, aunque se lo ha dejado entrever en muchas ocasiones.

Cierto día le dijo con alguna tristeza que tenía que irse y que estarían un buen tiempo sin volver a verse. Efectivamente cuando tocó el tiempo de su visita acostumbrada, no se presentó y estuvo muchos meses sin aparecer. Fue en este tiempo cuando sucedió el episodio del hotelito con el «ummita» de los pies amarillos.

En la actualidad la extraña simbiosis de José Luis y el rubio sigue todavía funcionando. Dudo si algún día tendré la oportunidad de ver personalmente a este personaje del «más allá» y de cambiar con él algunas palabras. Presumo que mi presencia es «non grata» porque tengo gran tendencia a preguntar y a llegar hasta las raíces de las cosas. Y como hemos visto, a estos seres les gusta muy poco ser interrogados acerca de sus orígenes y de sus intenciones en nuestro mundo.

En bastantes ocasiones he escrito formularios enteros para que los diversos «contactados» los usasen cuando fuesen visitados, y prácticamente en todos los casos mis amigos volvieron sin que sus preguntas hubiesen sido escuchadas. En lugar de contestar preguntas prefieren dar instrucciones.

Y en alguna ocasión, ante el formulario del humano, le han dicho tajantemente que lo que tenía que hacer era oír, en vez de preguntar.

La Granja Humana – texte 14/19

dimecres, 2/10/2019

LULA

Conozco a Lula desde 1973.

Había sido invitado a hablar sobre mis experiencias en las investigaciones acerca del fenómeno OVNI, a casa de un amigo inglés, ingeniero de profesión, en la ciudad de Caracas. Con ese motivo él había invitado además a un grupo de personas interesadas en el tema. Uno de los invitados fue Lula, que se suponía vendría con su esposo, que aunque no tan interesado como ella, de vez en cuando hablaba de cosas muy interesantes sobre estos mismos temas, por las que se veía que conocía a fondo el asunto.

Lula vino, pero sin su esposo, y participó activamente en la conversación que tras mi charla se entabló entre todos los que habían asistido. Nos despedimos y en ningún momento pude yo sospechar que precisamente por aquellas fechas estaba ella siendo testigo directo y en cierta manera actriz principal en un interesantísimo drama en el que el otro actor era un «extraterrestre», con todas las reservas que esta palabra me produce.

Habrían de pasar casi diez años antes que volviese a ver a Lula, esta vez en Madrid, tras el programa «Medianoche» de Antonio José Alés en la Cadena SER.

Lula me llamó por teléfono diciendo que quería hablar conmigo al día siguiente. Durante todo ese tiempo yo había sabido de ella en muchas ocasiones, por comunes amigos que comenzaron a hablarme de su interesantísimo caso.

Todo había empezado a principios de los años setenta, en el Museo de Carrozas que existe en el Palacio Real de Madrid. Lula estaba tomándose unas vacaciones, para descansar un poco de las muchas tensiones a que últimamente se había visto sometida, por las malas relaciones con su marido. Las disputas eran casi constantes y la gran diferencia de edad entre ellos agravaba aún más las cosas. Aunque el tener que separarse por unos días de sus pequeños hijos era algo que le disgustaba, tomó la decisión de ausentarse para poder reflexionar mejor acerca de la situación y para poder serenarse.

Aquella tarde el museo estaba prácticamente vacío. Lula se había detenido ante un viejo landó cuando oyó las pisadas firmes de alguien que lentamente se acercaba hacia donde ella estaba. A medida que los pasos se aproximaban sentía como si verticalmente le clavasen un puñal helado a lo largo de toda la columna vertebral.

Pero no se volvió. Únicamente miró de reojo hacia abajo para ver si podía distinguir quién estaba situado detrás de ella. Sólo pudo distinguir los lustrados zapatos de un hombre pero no levantó la vista para verle la cara.

Conmocionada por la fuerte impresión física que había recibido y al mismo tiempo intrigada por quién podría ser aquel individuo que le había causado semejante conmoción interna, se alejó del lugar y salió al jardín, sentándose en el asiento de un viejo trenecito que por aquellas fechas se hacía aún circular, en un breve recorrido para los turistas. Sacó un libro y se puso a leer.

Al poco rato, el desconocido se acercó a donde ella estaba y sin decir nada se sentó en el asiento de al lado, a pesar de que había muchos otros vacíos, ya que a aquella hora ellos eran prácticamente los únicos visitantes del museo.

Lula volvió a sentir la misma fuerte impresión a lo largo de toda su columna vertebral. Pero no levantó la vista del libro a pesar que se hallaba francamente molesta por la falta de delicadeza de aquel desconocido. Para entonces, ya había podido caer en la cuenta de que se trataba de un hombre joven, extraordinariamente alto y muy bien trajeado.

Tras unos instantes, el desconocido rompió el tenso silencio:

—Señorita, ¿de dónde es usted?

Lula tuvo la tentación de enviarlo al infierno pero se contuvo y no dijo nada. Y de nuevo oyó la voz:

—¿Es usted española?

Un largo silencio. Lula estaba dispuesta a no cambiar palabra con aquel impertinente desconocido. Pero de nuevo se oyó su voz pausada:

—No. Usted no es española. Ni tampoco francesa… ni italiana.

Hubo otro silencio.

—¡Usted es venezolana!

Lula saltó como un resorte al verse así descubierta por alguien a quien no había visto en su vida y que además le estaba resultando no sólo inquietante sino hasta repulsivo, por lo atrevido y desconsiderado.

De una forma hostil, como si no creyese lo que le decía, replicó:

—¿Cómo lo sabe usted? Y además, ¿quién es usted?

—No importa quién soy ni cómo lo sé. Lo cierto es que usted es venezolana.

—Sí, lo soy, pero no tengo intención de hablar con usted si no me dice quién es y sobre todo cómo ha logrado saber que soy venezolana.

El extraño —al que en el futuro llamaremos Jorge, aunque el nombre que él usaba no fuese ése— dijo cómo se llamaba, pero mantuvo su hermetismo en cuanto a sus orígenes, defendiéndose con evasivas a las preguntas de Lula referentes a muchos pormenores de su vida.

La conversación que había comenzado tensa, acabó distendida y mucho más animada. Cuando al cabo de un buen rato llegó el momento de cerrar el museo se despidieron cortésmente en la acera. Al cabo de unos días Lula se volvió para su tierra y pasado un tiempo se había olvidado por completo del extraño incidente en el Museo de Carrozas.

Transcurrieron varios años. Lula daba una recepción en su gran casa de Caracas y se encontraba aquella tarde muy ajetreada atendiendo a los detalles de la fiesta, cuando le dijeron que la llamaban por teléfono.

Al otro lado había una voz desconocida:

—Hola Lula, ¿me recuerdas?

—Por la voz no.

—Soy Jorge.

—¿Jorge? Conozco a varios Jorges y además hoy vienen muchas persona a la fiesta y no sé si serás una de ellas, pero no caigo… ¿Nos hemos visto alguna vez?

—Sí, nos hemos visto y somos viejos amigos. ¿Recuerdas la visita al Museo de Carrozas de Madrid?

Lula recordó en un instante el extraño episodio vivido en Madrid varios años atrás, pero preocupada como estaba con la fiesta de la noche le pareció que era una mala suerte el que precisamente aquel día volviese a presentarse aquel raro hombre.

Se le ocurrió una idea:

—¿Por qué no vienes esta noche a la fiesta y así, aparte de vernos, tienes ocasión de conocer a mucha gente interesante? Porque me imagino que no te sobrarán amigos aquí en Caracas.

—Perfecto. Allí estaré puntual.

Cuando Lula colgó, se felicitó a sí misma por haber encontrado tan rápida y brillantemente solución al problema. A los cinco minutos, embebida en la preparación de los canapés y demás detalles de la recepción, ya se había olvidado de la llamada de Jorge.

Llegó la hora de la fiesta. Lula y su marido recibían uno a uno a los huéspedes a medida que iban llegando. Estaba saludando en la puerta a uno de ellos, cuando a sus espaldas sintió como un viento helado que se le metió como una daga por la columna vertebral. Instantáneamente recordó la experiencia tenida en Madrid. Se volvió, rápida, y allí estaba Jorge sonriéndole.

Terminó la fiesta sin nada de particular, como no fuese el extraordinario atractivo que Jorge demostró ejercer sobre todos los asistentes, y se despidieron. En la puerta le anunció que su estancia en Caracas no era pasajera sino que intentaba quedarse a vivir allí.

A partir de aquel día comenzó a asediarla para que se divorciase del hombre hosco y viejo con quien estaba casada. Constantemente le repetía: «Salte de ese viejo inmueble», refiriéndose, en parte, a la gran casa en que vivía, situada en uno de los mejores barrios residenciales de la capital, y en parte a su marido, que como dijimos, le llevaba bastantes años de edad.

Lula al principio no le prestaba oídos, pero como las disputas y las diferencias con su esposo eran cada vez mayores, acabó divorciándose, entablando posteriormente relaciones con Jorge, que culminaron en boda al cabo de algo más de un año.

Por todo lo dicho hasta aquí no tenemos derecho alguno a sospechar que Jorge no fuese un ser humano ordinario y a equipararlo con las extrañas entidades a las que nos estamos refiriendo en este libro. Pero de él sabemos muchas más cosas contadas no solamente por Lula sino por sus familiares y amigos. Y si bien es cierto que ninguno de ellos sospechó que pudiese ser un «no-humano» sin embargo no dejaban de extrañarse mucho ante sus raras cualidades.

Ya le dije al lector cómo mi oportunidad de haberlo conocido personalmente se frustró, al no haber él querido asistir acompañando a Lula a una velada en casa de un amigo, en la que yo hablé sobre temas de los que seguramente él sabía mucho más que yo. No era partidario de frecuentar reuniones ni de hacer nuevas amistades. Pero si alguna vez acudía a una reunión, casi seguramente se convertía en el centro de atracción y en el animador de la charla. Daba la impresión de que sabía de todo, y no con un conocimiento superficial, sino descendiendo a detalles propios de un profesional en la materia.

Las cosas por las que un estudioso de estos temas hubiese podido sospechar que se trataba de un «no-humano» son muchas, y Lula las guarda muy bien en su memoria, tal como me las contó en una larga conversación que tengo grabada en varias cintas magnetofónicas.

Tras de su boda con Jorge y en su trato íntimo con él, Lula comenzó a descubrir cosas que la llenaban de asombro cada día.

Estas extrañas cualidades de su marido no sólo no impedían que estuviese muy unida a él sino que me confesó que llegó a estar completamente enamorada.

—Como marido era perfecto. Me trataba con gran cariño y al mismo tiempo con un gran respeto. A veces me miraba como si yo fuese una niña y en realidad yo así me sentía viendo su gran superioridad en todo.

—Con mis dos hijos (habidos en el primer matrimonio) era un padre ideal. Creo que los entendía mejor que yo. Ellos lo querían mucho y al mismo tiempo lo respetaban. Él les adivinaba por completo sus necesidades y sus deseos.

Llegó un momento en que ante tantas cosas extraordinarias que Lula veía hacer a su marido no sabía qué pensar. Nunca llegó a pensar que fuese «extraterrestre» —término que entonces estaba en Venezuela muy de moda— pero en más de una ocasión le preguntó medio en broma medio en serio de dónde era o de dónde había venido.

Él le decía siempre lo mismo: era un descendiente de italianos que habían venido a Sudamérica en busca de mejores oportunidades de vida. En efecto, él usaba un apellido italiano bastante corriente en Argentina. Y cuando Lula se ponía impertinente instándole a que le dijese quiénes eran sus padres y dónde había adquirido tantos conocimientos y tantas facultades, él decía que no fuese tan curiosa y con alguna broma salía del paso. Pero nunca dio a entender que él no fuese humano. Más bien trataba de hacer creer que lo era y en cierta manera procuraba adelantarse a las pequeñas dudas que ella pudiese tener ante actuaciones suyas que superaban todos los límites humanos.

Su vida era en ciertos aspectos normal pero en otros distaba mucho de serlo. La fuente de sus ingresos era una compañía de importación y exportación de libros que tenía un local y unos cuantos empleados. Jorge la atendía como algo secundario en su vida y daba la impresión de que le importaba poco si le iba bien o mal, aunque a él nunca le faltaba dinero ni se quejaba de apuros financieros.

Sus cualidades extraordinarias lo eran tanto en lo psíquico como en lo físico. En cuanto a lo primero, usaba la precognición como algo normal. En muchas ocasiones preveía y predecía lo que iba a pasar y atenía a ello su conducta, dejando de hacer cosas que hubiese hecho o adelantándose a hacer algo que luego, a causa de los acontecimientos previstos, no iba a poder hacer.

Los hechos que podría narrar son muchos. Cierto día en que iban por la carretera, conduciendo Jorge, repentinamente éste comenzó a decirle a Lula de una manera apremiante y refiriéndose a un camión que iba como a doscientos metros delante de ellos, en una gran bajada:

—¡Fíjate en aquel camión! ¡Fíjate bien!

Lula clavó los ojos en el camión. Pasaron unos largos instantes y al no ver en él nada de particular le preguntó intrigada:

—Yo no veo nada. ¿Qué es lo que pasa?

—¡Fíjate! ¡Va a chocar!

Todavía pasaron unos instantes hasta que, repentinamente, saliendo de un costado de la carretera, apareció un coche contra el que el camión, a pesar de haber frenado violentamente, se dio un tremendo topetazo, volcándose posteriormente. Fue un serio accidente, en el que de haber proseguido Jorge con la velocidad que traía se hubiese visto involucrado, pues estaría rebasándolo en aquellos momentos.

¿Cómo supo él que el camión iba a chocar sin que hubiese signo alguno de que iba a aparecer el otro vehículo por el costado?

Incidentes como éste, Lula puede contar un sinnúmero.

—A veces, cuando íbamos a gran velocidad por la carretera, él paraba violentamente, y cuando yo le preguntaba asustada qué pasaba, me contestaba con gran tranquilidad: «Iba a romperse tal cosa.» Se bajaba; levantaba la tapa del motor, lo arreglaba rápidamente y seguíamos el viaje.

Su manera de conducir el automóvil hubiese sido suicida en un ser humano normal. Más que correr, volaba. Lula, al principio, se resistía a viajar con él por el pánico que pasaba, temiendo que en cualquier momento se iban a estrellar. Le rogaba que fuese másdespacio. Él obedecía por un tiempo y en parte, diciendo siempre que no tuviese miedo, que no pasaría nada.

Pero al cabo de un rato ya el coche iba de nuevo lanzado a cerca de doscientos por hora y en malas carreteras. Tan normal era esto, que Lula llegó a acostumbrarse y sobre todo después de haber sido testigo repetidamente de cómo él sabía sortear las situaciones más difíciles y salía siempre indemne en donde otros conductores hubiesen perecido.

Daba la impresión de que las distancias se acortaban y Lula me ha asegurado que en varias ocasiones hicieron el viaje de Caracas a Barquisimeto en tres horas, cosa completamente imposible para un conductor normal. Además ella se asombraba cómo un coche de tan poca potencia —un «Valliant»— era capaz de desarrollar tan tremendas velocidades y durante tanto tiempo seguido.

En cuanto a sus cualidades físicas daba la impresión de haber sido criado en el agua y de pertenecer a este elemento.

—Cuando íbamos a la playa, era un espectáculo verlo nadar. En los días de mayor marejada y cuando nadie se atrevía a entrar en el agua por la fuerte resaca y por la violencia de las olas, Jorge con toda tranquilidad se adentraba en el mar, desapareciendo debajo de las grandes olas y reapareciendo entre un mar de espuma cada vez más lejos de la costa.

»Al principio yo me asustaba mucho pero ante la seguridad que él mostraba y viendo que siempre regresaba sin haber tenido ningún problema llegué a prescindir de sus entradas y salidas en el mar. En alguna ocasión, viéndolo uno de los salvavidas frente a la playa de un hotel entrar en un mar muy agitado y adentrarse aguas adentro, corrió hacia mí, sabiendo que yo era su esposa y me dijo que aquello era una locura y que le hiciese señas para que volviese inmediatamente porque estaba en un gran peligro. Yo lo tranquilicé y le dije que no se preocupase por que mi marido era un auténtico pez y había hecho eso mismo en muchas otras ocasiones. Él no lo podía creer y se alejó protestando que él no tendría ninguna responsabilidad si pasaba algo.

»A veces tardaba horas en volver sin que yo lo pudiese ver en ninguna parte, aun buscándolo con anteojos de larga vista. A veces lo veía a más de un kilómetro mar adentro regresando hacia la playa nadando a buena velocidad, en sitios en donde abundan los tiburones. Yo de ordinario tomaba mi baño y luego me sentaba tranquilamente a leer para lo cual ya iba bien preparada pues sabía que mi espera podía ser larga.

»Cuando llegaba venía hacia mí, me hacía alguna caricia y me preguntaba mimosamente cómo lo había pasado y comenzaba la segunda parte del espectáculo aún más extraordinaria que la primera y por lo menos mucho más visible. Con frecuencia, las personas que habían caído en la cuenta de que aquel hombre había desafiado por más de dos horas la furia de las olas en los días en que nadie bajaba a la playa, se acercaban para verlo de cerca, pero se quedaban aún más pasmadas cuando lo veían practicar rutinariamente su ejercicio que podríamos llamar «posnatatorio».

»Solía decirme: «Lulita, me voy a calentar un poco.»

Y comenzaba a correr a todo lo largo de la playa. Primero comenzaba trotando a grande zancadas, pero paulatinamente su velocidad se iba incrementando hasta ser comparable a la de un caballo de carreras a todo galope. La gente, desde el malecón y desde la carretera que corría paralela a la playa, se quedaba pasmada ante «aquello» que veían pasar a toda velocidad y recorrer los dos o tres kilómetros de playa en menos de dos minutos.

Al llegar a las rocas del extremo y sin detenerse absolutamente nada, volvía para atrás y hacía el mismo recorrido a la misma velocidad. Recorría la playa varias veces en ambas direcciones y era tan llamativo que los automóviles se detenían para verlo y la gente se bajaba y se acercaba a la arena para ver de cerca a quien corría a tal velocidad.

Todo lo que le diga en este particular es menos que la realidad.

Lula sigue contando, y aunque han pasado unos cuantos años y Jorge ya no está en este mundo, se le nota todavía un entusiasmo cuando recuerda las hazañas del que fue su compañero perfecto.

—Y fíjese que esto lo hacía un hombre que acababa de estar dos horas o más en agua fría del océano nadando sin parar y además lo hacía alguien ¡que no tenía pulmones!

Esta afirmación de Lula me hizo arquear las cejas. Ella, dándose cuenta de mi extrañeza, me dijo que me explicaría un poco más tarde cómo supo semejante extraño detalle de su anatomía.

Me extrañó que me dijese que tenía una foto de Jorge. Como ya he dicho, a estos individuos venidos de otras dimensiones no les gusta que los fotografíen y se las ingenian para que nadie lo haga, y si lo hace, para que no salgan las fotos. Aunque la verdad es que tener una sola fotografía de un marido tan querido es más bien algo extraño, cuando lo lógico es tener varias docenas de ellas en todas las posiciones y en diversas épocas.

Pero se ve que Jorge hizo una excepción y creyó que ya era suficiente el dejarle una a su mujer. En muchísimos otros casos en que ha habido una gran unión entre un «no-humano» y un humano, aquél, a pesar de la amistad, no ha querido dejar ni permitir foto alguna a su amigo o amiga.

Naturalmente le pedí que me la dejase ver. Jorge aparece en ella sentado, con sus largas piernas cruzadas y no completamente de frente, sino vuelto de medio lado, de modo que no se le ven los ojos. Da la impresión, una vez más, de que no quiso que la cámara fotográfica lo enfocase de frente y le tomase los ojos. Por lo demás, sus facciones no tienen nada de extraordinario. Se diría de él que podría tener algo de sangre india por el tono del color de su piel y por su pelo negro. Lula, con toda razón, guarda su única foto como un tesoro.

El lector estará intrigado por saber cuál fue el fin de la unión de Jorge con Lula, una vez que hemos dicho en líneas anteriores que Jorge ya no estaba en este mundo.

Al poco de su matrimonio, Jorge empezó a quejarse de la gran contaminación del aire que respiraba. Decía que aquello perjudicaba mucho a su salud. Lula le sugirió que comprasen una casa en las afueras de la ciudad, donde el aire era mucho más puro. Jorge, incomprensiblemente para Lula, replicaba: «No es el aire de la ciudad propiamente lo que me hace daño. Es la atmósfera.» Lula no entendía la distinción por aquel entonces.

A causa de esta «contaminación de la atmósfera» Jorge a veces se sentía muy mal. Se ponía cianótico y se tumbaba en la cama cuan largo era, quedándose completamente inmóvil un buen rato.

Entonces echaba mano de un frasquito que portaba siempre consigo, lo destapaba y se lo llevaba a la nariz, permaneciendo así por unos instantes. Cuando retiraba el frasquito y lo tapaba, se incorporaba en la cama y era como si hubiese resucitado; hablaba con toda normalidad y nadie hubiese dicho que un minuto antes había dado señales de estarse muriendo.

Antes de seguir adelante diremos que este misterioso frasquito sirvió en más de una ocasión para que Lula probase la capacidad de clarividencia de su marido. Éste le había dicho muy amablemente que si alguna vez veía el frasquito en algún sitio (cosa muy improbable porque Jorge lo llevaba siempre consigo) no cayese en la tentación de abrirlo y menos de olerlo. Y esto sin ninguna excepción. Se lo hizo prometer y Lula se lo había prometido de todo corazón, y así lo cumplía las escasísimas veces que tenía ocasión de faltar a su palabra.

Pero como los humanos somos como somos y según dice el refrán «la tentación hace al ladrón», en cierta ocasión en que Jorge se hallaba tumbado en la cama de su habitación. Lula entró en el cuarto de baño y vio encima del lavabo al intrigante y diminuto frasquito. Aunque el propósito de cumplir la promesa que le había hecho a su marido era firme, no dejó de pasarle por la mente qué misteriosa sustancia podría haber en tan pequeño pomo que era capaz de realizar los milagros que ella había presenciado tantas veces.

Lo tomó en sus manos y lo estaba observando con atención cuando oyó la voz de Jorge que decía:

—Lulita, ¿qué estás pensando? Tráeme el frasquito y déjate de pensar cosas.

Las dificultades respiratorias de Jorge fueron haciéndose cada vez más frecuentes y graves. Nunca siguió las sugerencias de Lula para que fuese a un especialista y jamás se dejó de ver por un médico.

Tenía algo de alergia a los galenos y en casa él era el que curaba las pequeñas dolencias de los niños y las suyas propias excepto aquellas que tenían que ver con la respiración. Su afección no era precisamente asma o algo por el estilo; él se quejaba siempre de lo mismo: el aire de la atmósfera era malo para él aunque no estuviese contaminado por humos y gases.

Un buen día, tras varios ataques de los que salió de la manera acostumbrada, cayó en una especie de coma del que parecía ya no iba a salir, pues pasaba el tiempo y no recobraba el conocimiento ni daba señales de vida tal como en tantas ocasiones había hecho. Ante esto, Lula llamó a una ambulancia y lo trasladaron por primera vez a una clínica.

Allí, ante los síntomas que Lula les explicó a los doctores, le hicieron una radiografía pulmonar. Cuando la vio el médico, increpó al técnico de rayos X y le dijo que se fijase mejor en lo que hacía, pues aquella placa estaba muy deficientemente tomada y no servía para nada. El técnico se defendió y dijo que la había hecho con el mayor cuidado y que eso era lo que salía. Cuando le tomó la segunda fue el propio técnico el que se sorprendió al ver que la placa era completamente anormal. Le sacó otra y otra más hasta que el mismo doctor se convenció de -que aquel sujeto no tenía pulmones.

Lo único que se veía en la esquina inferior de la placa era un raro tejido que no tenía nada que ver con los pulmones humanos. Varios doctores, extrañadísimos ante lo que veían por primera vez en su vida, contemplaron con detenimiento las placas y con toda seguridad tomaron la determinación de asistir a la autopsia de aquel hombre en caso de que muriese, para ver cómo había podido oxigenar su sangre careciendo de pulmones.

Pero aquel individuo estaba aún vivo.

En la habitación de la clínica, Lula no se separaba de él, ayudándole a veces su madre y una enfermera particular. Una vez ingresado allí nunca recobró el conocimiento. Su respiración se fue haciendo más fatigosa, hasta que en presencia de uno de los médicos que lo atendía dejó de respirar. El doctor, intrigadísimo ya por lo que había visto en la radiografía, le tomó todas las constantes vitales y se cercioró bien de que efectivamente el paciente había muerto.

Lula, siguiendo instrucciones que Jorge le había dado, no permitió que le hiciesen la autopsia, quedándose los médicos con el deseo de ver en directo la extrañísima anomalía que habían detectado en las placas.

Poco antes de que sucediese el desenlace, el lecho había sido separado unas dos cuartas de la pared, para que Lula pudiese estar al lado de la cabecera sin molestar al doctor y a la enfermera que lo atendían desde el otro lado.

Cuando Jorge, según el médico, había expirado, Lula se abrazó a su cuello y estuvo así un buen rato. Aceptado ya el trance y repuesta de la primera emoción se incorporó dispuesta a salir del estrecho pasillo en que estaba contra la pared y pasarse al otro lado. Al querer salir por el fondo de la cama que distaba unos veinte centímetros de la pared, se enredó con las sábanas y colchas y por más que lo intentaba no lograba desenredar el compacto nudo que habían formado.

Cuando trato de apartarlas se encontró con que lo que le impedía salir no eran las colchas y sábanas enredadas, sino los pies de su marido, que llegaban hasta la pared. Se fijó en la cabeza y ésta daba contra la cabecera de la cama.

¡Jorge había crecido, a raíz de su muerte, en cinco o siete minutos, veinte centímetros!

El cadáver tenía bastante más de dos metros de altura. Los médicos tuvieron de nuevo ocasión de ver que en cuestión de anatomía y salud no todo está dicho en sus manuales.

En cuanto al misterioso frasquito de que hemos hablado en líneas anteriores, sucedió con él algo muy raro. Muerto ya Jorge, el frasquito estaba, como de costumbre, encima de la mesilla de noche al alcance de su mano. Pues bien, en un momento, sin que nadie lo tocase, como obedeciendo a una orden, comenzó él solo a elevarse lentamente, a la vista de todos los que allí estaban (que luego no tuvieron dificultad en dar testimonio de ello) y una vez en el aire, a una altura como de dos metros, se destapó por sí solo y todos vieron salir de dentro una especie de vapor que se disipó en el aire.

A continuación, obedeciendo ya a la ley de la gravedad, cayó violentamente en vertical al suelo en donde se rompió en mil añicos. Cuando los presentes se inclinaron para ver qué había quedado del frasquito, por más que se arrodillaron para buscar los fragmentos, no fueron capaces de hallar ni uno solo.

Tal como Lula cuenta, si nos pusiésemos a recordar anécdotas extrañas de la vida de Jorge no acabaríamos, pues en mil ocasiones sorprendía a los presentes haciendo con toda naturalidad cosas que a todas luces superaban las capacidades humanas. Muchas veces la gente, por educación o por falta de confianza, disimulaba como que no se daba por enterada. Pero Lula pudo ver en incontables ocasiones cómo los presentes, sin decir nada, ponían cara de asombro cuando Jorge les adivinaba el pensamiento o hacía ante ellos como cosa normal algo que a todas luces era imposible.

Meses antes de su fallecimiento en la clínica, Jorge había comenzado a decirle a Lula que «se iría pronto». Nunca habló de morirse y cuando Lula, angustiada ante su frase cabalística de «irse pronto», le preguntaba qué quería decir con ello, él siempre contestaba repitiendo la misma frase y con evasivas.

Los últimos días, cuando ya él se encontraba muy mal por sus problemas «con el aire» —como él decía—, había contratado a una enfermera que fue la que lo atendió también en el hospital. A esta misma enfermera él le había dado instrucciones precisas «para cuando se fuera». La primera de todas fue mandarla a comprar unas vendas anchas y largas por el estilo de las que vemos en las momias de los faraones.

Además de esto había instruido muy bien a su esposa de lo que tenía que hacer con su cuerpo cuando llegase el momento de irse. Le dijo que le cruzase los brazos plegados encima del pecho y que en cada mano cerrada le metiese siete monedas de plata. En esta posición tenían que envolverlo en las largas vendas que había mandado comprar a la enfermera y que en el momento de su muerte ya estaban en poder de Lula. Así fue cómo lo amortajaron, quedando todo envuelto en las vendas al modo como vemos a las momias de los faraones.

Entre esto y la exagerada longitud del ataúd, el aspecto que ofrecía cuando estaba tendido en la funeraria era, al decir de los que lo visitaron, realmente impresionante.

Todos estos hechos sucedieron hace ocho años y Lula me dijo que tenía el deseo de exhumar los restos de Jorge una vez que ya ha pasado el tiempo que la ley exige para poder hacerlo. Pero hablando más propiamente, Lula cree que no se va a tratar de una exhumación normal porque tiene la certeza, a lo que parece basada en algo que Jorge le dijo, de que cuando se abra el féretro no se va a encontrar absolutamente nada dentro.

Hace algo más de un año el autor tenía una cita con Lula para asistir a la exhumación de los restos de Jorge, pero Lula no se presentó. Y ésta es la parte siniestra o por lo menos incomprensible que tantas veces acompaña o culmina las relaciones de los «dioses» con los mortales.

Lula ha desaparecido o por lo menos se ha perdido de vista para todos aquellos que la conocen desde hace mucho tiempo.

En compañía de dos amigos que la conocen desde hace muchos años y que conocieron también a Jorge, dediqué una tarde entera a ver si daba con ella en la ciudad de Caracas. Intentamos contactar con su madre y con viejas amistades y no pudimos conseguir ninguna pista. Nadie sabe dónde se ha metido, aunque conociendo su manera de actuar no sería raro que se hallase en alguna extraña aventura por Egipto o por el Oriente Próximo, en la que le sucederán fenómenos tan raros e inexplicables como le sucedieron en alguna otra previa.

La causa de este viaje puede haber sido alguna «aparición» de Jorge diciéndole que dejase todo y fuese a donde él le indicaba, tal como sucedió cuando nos vimos por última vez en Madrid, allá por el 1983.

Según Lula, tiempo antes de que nos viésemos, cierta noche se despertó como si alguien la estuviese llamando, y al abrir los ojos vio al lado de ella la cara de Jorge. Internamente sintió que le hablaba y le decía que se fuese de Madrid y que regresase a su tierra, pues allí tenía una misión importante que hacer. En cuanto percibió estas palabras, la visión se desvaneció.

La orden de Jorge no era nada fácil de cumplir, ya que por aquel entonces Lula estaba viviendo con sus hijos en Madrid, en donde tenía un trabajo muy bueno y muy bien remunerado, y en contraste en Caracas no tenía nada seguro y le sería muy difícil encontrar algún trabajo tan bueno como el que tenía en Madrid. Sin embargo, ante una orden tan explícita y dada de una manera tan «sobrenatural», no dudó; renunció a su trabajo, desmontó el piso bueno que tenía en un barrio elegante de Madrid, cerca del estadio Bernabeu, y se fue a vivir a Caracas.

Y aquí fue donde empezaron las tribulaciones de Lula.

Desde que llegó, las cosas comenzaron a irle mal. En primer lugar no pudo encontrar ningún trabajo que pudiese compararse al que tenía en la capital de España, y en realidad no encontró ninguno que valiese la pena, de modo que comenzó a tener dificultades económicas de las que había estado libre hasta entonces.

Además tuvo problemas de salud, y lo que fue peor, tuvo ciertas contrariedades familiares serias en las que estuvo envuelto uno de sus hijos, que le causaron mucha angustia y problemas incluso con la justicia, por lo que tuvo que gastar en esto bastante dinero.

Como resultado de todas estas tribulaciones, y creo que también en parte al no poderse explicar el abandono de Jorge, ya que por ninguna parte se veía la misión de que le había hablado, Lula desapareció de la escena y no se pudo proceder a la exhumación del cadáver de aquél. Sin embargo, no desespero de poder asistir algún día a ella y cerciorarme por mí mismo de que allí no hay nada, tal como Lula asegura que sucederá.

Una explicación ante un desenlace tan inesperado, podría ser ésta: el Jorge de la aparición no era el mismo que había convivido con Lula; era una entidad entrometida que jugó con la credulidad y los sentimientos de Lula.

Ésta, a mi manera de ver, fue demasiado ingenua ante una petición tan irracional e ilógica como era la de abandonar Madrid cuando tan bien ubicada estaba en compañía de sus hijos. Cuando me comunicó su deseo de levantar la casa e irse para Venezuela sin tener allá nada fijo y con las condiciones sociales y económicas en franco deterioro en aquel país, mi reacción fue negativa. Pensé que yo en su caso no lo haría sin asegurarme primero de que no estaba dando un salto en el vacío, como en realidad así ocurrió.

El «no entregar la mente por completo a nadie» tal como aconsejo en Defendámonos de los dioses es algo que todos los contactados deberían tener siempre muy presente y que desgraciadamente no tienen, por estar de ordinario sus mentes completamente dominadas. Lula estaba totalmente decidida y segura de lo que iba a hacer y le parecía además que si no lo hiciese estaría en cierta manera siéndole infiel a Jorge.

Por eso preferí no entrometerme ni sembrar dudas en lo que estaba decidida a hacer, respetando su decisión equivocada. Aparte de que no tenía idea de cómo iban a salir las cosas. Sin embargo, el hecho de que Jorge le dijese que «tenía una misión que cumplir en Caracas» me puso bastante en guardia.

Siempre que oigo a un contactado decir que le han comunicado que «tiene una misión que cumplir» sospecho que hay una trampa y que los que se están comunicando con él no son de fiar. Parece ser que algunas de estas entidades tienen una compulsión a hablar a sus elegidos de «misiones que cumplir» o de que «les son necesarios».

Y también podría ser que estos mensajes fuesen sólo una técnica para, apoyados en la psicología humana, adquirir un mayor dominio sobre sus mentes.

Creo que nunca se insistirá demasiado con toda clase de místicos, contactados y psíquicos, que tienen que estar siempre muy en guardia contra la injerencia de estas «entidades burlonas» — recordemos las actividades de los jinas— que saben camuflarse muy bien en lugar de otras y dar la impresión de ser las originales.

El lector estará preguntándose hasta qué punto son creíbles todas estas cosas. Pero por otro lado me imagino que si ha llegado hasta aquí en la lectura de este libro, ya debe de estar curado de espantos y con una mente más dispuesta a admitir hechos semejantes, que si fuese la primera vez que oye cosas tan fuera de lo corriente. A lo largo del libro habrá ido viendo que en el mundo suceden cosas, pequeñas y grandes, que distan mucho de ser corrientes.

En cuanto a los sucesos narrados en este capítulo, si bien es cierto que Lula es la principal fuente de información, el hecho de haber sido Jorge una persona que vivió con gentes conocidas y en una localidad específica, hace que no estemos tratando de conjeturas o de ideas abstractas sino de sucesos concretos.

Además, para avalar algunos de estos hechos y en concreto el del crecimiento repentino del cadáver de Jorge y lo ocurrido con el famoso frasquito a la hora de su fallecimiento, están los testimonios de la enfermera que lo asistió, de la madre de Lula y de uno de los médicos que estaba presente cuando sucedió el hecho.

Yo no pude ser testigo directo de ninguno de estos hechos extraordinarios y tengo que conformarme con los relatos de estas personas, y en especial con los de Lula, a la que conozco suficientemente como para poder asegurar de ella que es una mujer seria sin deseo alguno de protagonismo. Obviamente no gana nada con todo lo que me ha contado y más bien se expone a ser el blanco de comentarios y de investigadores indiscretos, por lo que me rogó que no dijese su nombre completo ni diese demasiadas pistas concretas para no ser fácilmente localizable.

Por desgracia, hoy esto se ha cumplido de por sí y Lula está ilocalizable incluso para los que somos sus amigos.

Ojala que sólo sea temporalmente y pronto pueda asistir con ella a la exhumación del cadáver de su marido, para ser testigo directo de su tumba vacía.