La Granja Humana – texte 17/19

CONCLUSIÓN

Hemos llegado al final y supongo que el lector estará perplejo ante hechos tan extraños. Por si le sirve de consuelo sepa que el autor también lo está. Pero no sirve de nada inhibirse o encogerse de hombros y dejar que las cosas sigan como van. Creo que ante tales hechos se impone tomar algunas decisiones. Porque si todo lo que aquí hemos dicho es cierto, sería insensato quedarse inerte, aunque desgraciadamente ésa sea la actitud de la mayoría de los mortales cuando tiene que tomar decisiones de índole trascendente.

La primera decisión sería de un orden puramente mental:

  • ¿Se aceptan o no se aceptan los hechos narrados?

  • Y si se aceptan ¿cómo se aceptan?

  • ¿Como absolutamente objetivos, al igual que se aceptan las incidencias comunes de un día normal?

  • ¿O los aceptamos, pero tamizados por la mente de los percipientes o de los que nos los han transmitido?

  • ¿Son los hechos sólo verdaderos para los que han sido testigos o víctimas de ellos y no lo son para el resto de los humanos?

  • ¿Estamos ante el inicio de la gestación de un mito moderno, al igual que los mitos religiosos actuales tuvieron su inicio en alguna época de la historia?

Ésta sería la primera decisión que tendríamos que tomar. Y, como dije, encogernos de hombros ante la posibilidad de que semejantes hechos puedan ser ciertos es muy poco racional.

Porque si lo son, su trascendencia sobre la vida de la Humanidad podría ser de enormes consecuencias. Y no precisamente para el futuro. Creo firmemente que las consecuencias de la objetividad de estos hechos y de lo que ellos implican, pertenecen ya al pasado y las tenemos plasmadas en la espantosa historia de la Humanidad, en el caótico presente del que hemos tenido la mala suerte de ser testigo, y en concreto en las existencia de las grandes religiones que tienen aprisionada la mente de la gran mayoría de la Humanidad.

La primera decisión, pues, sería tomar conciencia del problema. Aparentemente la ciencia oficial y las clases dirigentes de este mundo ya hace tiempo que no sólo tomaron conciencia del problema, sino que sentenciaron que los hechos no eran verdaderos o se debían a otras causas. Ésa es hoy la creencia dominante en la sociedad «culta» y por eso los que nos dedicamos a estudiar estas cosas extrañas no somos bien vistos.

Pero los hechos siguen estando ahí y apareciendo mes tras mes en las columnas de los grandes diarios y revistas del mundo y en los despachos de las principales agencias noticiosas. Veinte veces se ha querido matar todo este tipo de noticias «oscurantistas y medievales» y veinte veces han resurgido ellas de sus cenizas. Hay alguien o algo que no las deja morir. Y ese algo es su propia objetividad. Los hombres y mujeres siguen viendo, oyendo y sintiendo cosas extrañas.

Estamos asistiendo al «retorno de los brujos» que hace casi treinta años pronosticaron Pauwels y Bergier.

Digamos que el hombre culto tiene derecho a dudar ante hechos tan raros. Quien duda ante hechos triviales puede quedarse muy bien en su duda porque no tienen consecuencias de importancia. Pero el que duda ante hechos de gran trascendencia tiene la obligación de salir de su duda. Y en la actualidad, gracias en parte a la ciencia, tenemos mil maneras de investigar estos hechos por extraños que nos parezcan y creo que hoy día podemos ya tener la seguridad de que tienen algún tipo de realidad.

Puede que no sea exactamente la que parece ser o la que los testigos dicen, pero creo que hoy, aun hablando desde un punto de vista estrictamente científico, ya no podemos dudar de que detrás de todo este ingente cúmulo de hechos paranormales, testimoniados por tantos miles de seres humanos, hay algo aunque no sepamos qué es ese «algo».

Por lo tanto persiste la obligación de investigar los hechos, lo mismo que la Humanidad se siente obligada a investigar cuál es la causa del cáncer o del SIDA. Y la ciencia en concreto no tiene derecho a encogerse de hombros y decir que los hechos son muy extraños. Ésa no es razón para no investigarlos.

Pero dejemos a los eternos dubitantes y veamos qué es lo que las personas que han tomado conciencia del problema deberán hacer. Puede ser que no esté en sus manos el investigarlo, pero sí lo está el interesarse por lo que otros vayan descubriendo y sobre todo el pasarle este conocimiento y esta sana preocupación a las generaciones jóvenes, al contrario de lo que hasta ahora se ha venido haciendo.

Hay que abolir el narcisismo de pensar que «somos los reyes de la creación», que «el hombre es la más inteligente de las criaturas», que «todas las cosas y animales de la Naturaleza están al servicio del hombre» y tonterías por el estilo. Hay que decirles claramente, sin caer en los fanatismos cerrados de las diferentes religiones, que por encima de nosotros hay otros seres inteligentes que, al igual que los hombres hacemos con los animales, intervienen en nuestras vidas directa o indirectamente, sabiéndolo nosotros o sin saberlo. Y esto tanto a nivel individual como colectivo.

Mientras la Humanidad y sobre todo sus dirigentes, no admitan estas tremendas verdades, las cosas irán tan mal como han ido y seguiremos desunidos, desorientados, engañados, haciéndonos permanentemente la guerra y en un estado de desarrollo mental que apenas si ha cambiado en los últimos milenios.

Por el contrario, el día que los jefes de la Humanidad asuman esta tremenda verdad el hombre comenzará a abandonar el estado de semi-barbarie en que vive y empezará a evolucionar hacia el estadio de superhombre.

Pero en la actualidad los líderes del planeta —aquellos «señores visibles de este mundo» que vimos en el primer capítulo— no admiten esta verdad. Es demasiado comprometedora para ellos.

Los científicos —que en las cosas entrañablemente humanas son siempre los últimos en enterarse— se ríen de todo esto. Para sus ojos miopes no hay más realidad que la de sus laboratorios y la que se estudia en los textos de la Universidad. Los políticos están demasiado entretenidos en sus juegos de poder; a los militares su amor propio les impide creerlo y prefieren seguir jugando con sus aviones, sus barcos y sus soldaditos de carne; los banqueros están enfrascados acrecentando sus dividendos y jugando a la Bolsa…

Los únicos que lo admiten son los líderes religiosos. Ellos sí saben que hay otras inteligencias superiores al hombre, pero lo malo es que cada uno tiene de ellas una idea diferente, y cada uno cree que su religión tiene la clave para entenderse con ellas. Además, la idea que tienen de estas entidades es falsa por demasiado simplista. Las dividen en totalmente malas y totalmente buenas, convirtiendo a una de éstas en el Dios Supremo al cual lo hacen indirectamente culpable de cuantos errores y males hay en el mundo.

¿Qué tendrá que hacer el hombre evolucionado —aunque sea un solitario— que haya caído en la cuenta de esta tremenda verdad?

Lo que deberá hacer una vez que haya tomado conciencia del problema, será adoptar medidas concretas para evitar ser juguete de ninguna de estas entidades. Además, en cuanto esté en su mano, deberá ayudar a que sus semejantes despierten y caigan en la cuenta de tan tremenda realidad, para que la historia humana no siga siendo lo que hasta ahora ha sido: un conjunto de horrores inspirados por ellas y causado inmediatamente por los títeres que ellas han ido escogiendo como sus ministros a lo largo de los siglos.

Comprendo que lo que estoy diciendo es de tal envergadura que la mente se resiste a aceptarlo sin más ni más. Los errores acerca de la posición del ser humano en el cosmos los traemos en los genes desde hace milenios y por eso a muchas personas, aun inteligentes y con buena voluntad, se les hace completamente imposible superarlos.

Pero en realidad, los dioses grandes y pequeños de las religiones paganas y los «espíritus de las alturas» de que nos hablan Cristo y san Pablo son las mismas entidades de que hemos estado hablando en todo este libro. Y a ellas hay que añadir el Yahvé que durante varios siglos engañó al pueblo judío desde la nube y que los cristianos posteriormente aceptaron como Dios universal, a pesar de verlo cometer toda suerte de horrores con las naciones de Palestina y hasta con su mismo «pueblo escogido».

Cristo no entraría en esta categoría porque, aunque extraordinario, fue solamente un hombre nacido de mujer en este planeta y como todos los fundadores de religiones fue un manipulado por estas entidades.

Una prueba de que algunas de ellas nos superan en poder y en inteligencia es el hecho de que después de miles de años de habernos estado manipulando a su antojo, todavía nos tienen sumidos en la duda acerca de su existencia. Y mientras los humanos sigamos dudando que ellos existen y pensando que nosotros somos los «reyes de la creación» no tomaremos en serio el defendernos de ellos y seguiremos siendo manejados a su capricho.

Somos una granja. Una granja de animales racionales. Ésta es una terrible verdad y lo seguirá siendo durante mucho tiempo.

Es muy difícil para los animales de una granja rebelarse contra los granjeros porque éstos son más inteligentes y saben prever las posibles rebeliones. Y como somos una granja de «racionales» nos hacen creer ideologías que no sólo nos impiden rebelarnos, sino que hasta nos llevan a pensar que es bueno estar sometidos

A los animales irracionales basta con echarles bien de comer y mantenerlos en un clima agradable para que se sientan satisfechos. Pero a los animales racionales no les basta esto: hay que inventarles «valores morales» que seguir, «ideales» por los que luchar, y con eso se mantendrán entretenidos, peleando los unos con los otros y olvidados del propio progreso y del de la Humanidad entera. Y sobre todo, ignorantes de que están siendo usados. Esos «ideales» y «valores morales» son las patrias, las religiones y las ideologías sociales y económicas en que la Humanidad está dividida y que tanto daño le han hecho.

A quien quiera profundizar en estas ideas le aconsejamos la lectura de Defendámonos de los dioses, pues allí desarrollé todo este tema de una manera más completa.

Aquí quiero audazmente resumir qué pienso sobre estas entidades y hacerlo sin medias tintas o con términos ambiguos como para no caer en la excomunión de la ciencia. Ya he dicho que la ciencia oficial no sabe nada de esto y por lo tanto no me importa lo que puedan decir los seudo-científicos que se atrevan a criticarme. Para la ciencia nada de esto existe y por lo tanto lo mejor que hará será guardar silencio.

Dije «audazmente» porque de sobra sé que es una temeridad atreverse a hablar tan concretamente de algo que tiene tan mala Prensa.

La mente de los humanos prefiere atracarse de literatura, buena y mala, en la que se describen situaciones y mundos de ficción; goza con las novelas, las aventuras y las situaciones tensas, cuando la realidad es que el tema de que trata este libro supera con mucho en intensidad y en suspense a todas las novelas y las aventuras que los literatos puedan imaginarse.

Tanto los lectores comunes como los mismos editores suelen relacionar estos temas con los de ciencia ficción. No les gusta tomarlos en serio y cuando se asoman a ellos lo hacen con algo de nerviosismo.

Es muy fácil salirse de los límites humanos en plan de novela o de ciencia ficción, pero es muy duro dejar atrás, a base de hechos reales, el mundo que conocemos y adentrarse por el reino del «más allá», que hasta ahora era monopolio absoluto de las religiones y que el cristianismo ha presentado siempre con tintes aterradores.

Y hablar de «entidades», «espíritus», «inteligencias» y hasta «extraterrestres» es entrarse en ese «más allá» en el que la psique se siente muy incómoda y se defiende llamando locos a los que hablan de él.

He aquí lo que creo acerca de estas entidades inteligentes no humanas:

  • Son ordinariamente invisibles al ojo humano.

  • Algunas son visibles para los niños de corta edad y para los animales domésticos, que reaccionan con terror ante ellas.

  • Otras son invisibles también para los animales domésticos, que sin embargo las detectan con algún sexto sentido, mostrándose muy inquietos ante ellas.

  • Son variadísimas y existen enormes diferencias entre ellas. Diferencias mucho mayores que las que existen entre las diversas razas y clases de seres humanos.

  • Las hay más inteligentes y más evolucionadas que el hombre y menos que él.

  • Proceden de «otros niveles de existencia», que lo mismo pueden pertenecer a este planeta físico que a otros mundos desconocidos.

  • Algunas intervienen intensamente en las vidas de los humanos a nivel individual y más aún a nivel social o global.

  • Algunas intervienen negativamente o por puro juego sin importarles el que con su interferencia perjudiquen al ser humano.

  • Otras interfieren positivamente y tratan de ayudar.

  • Creo que abundan más las que interfieren negativamente que las que lo hacen positivamente.

  • Algunas de ellas tienen muchas limitaciones cuando actúan en nuestro mundo y todas distan mucho de ser «omnipotentes».

  • Todas, incluso las que ayudan, buscan primordialmente su bien propio.

  • Algunas se encaprichan con determinadas personas o pueblos y los ayudan abiertamente, y no tienen inconvenientes en perjudicar a otros por ayudar a sus protegidos.

  • Viceversa, algunas se encaprichan contra determina das personas o pueblos a los que hacen víctimas de sus bromas pesadas y en ocasiones macabras.

  • Alguna especie de estas entidades tiene una gran tendencia a entrometerse en las relaciones matrimoniales o sexuales de los humanos.

  • Con frecuencia le han pronosticado descendencia a parejas de las que por diversas circunstancias no se podía esperar lógicamente que tuviesen hijos.

  • Su intromisión en asuntos sexuales no sólo es pronosticando descendencia a parejas de humanos, sino interviniendo ellas en uniones sexuales, apareciéndose en forma humana o haciendo que el hombre o mujer sienta físicamente la cópula carnal con una entidad invisible. Hay miles de ejemplos pasados y presentes.

  • Las más evolucionadas pueden influir con mucha facilidad las mentes de los humanos y son no sólo capaces de leer sus mentes sino de hacer que tomen decisiones sin que se den cuenta de que están siendo manipulados.

  • Camuflan sus actividades tras fenómenos naturales. A veces hacen aparecer como «extranatural» algo que es puramente natural y a veces, al contrario, hacen que algo que es causado directamente por ellos aparezca como un fenómeno natural.

  • No son «puros espíritus» tal como la Iglesia nos presenta a sus ángeles. Estas entidades, incluidos los ángeles del cristianismo, tienen cuerpos físicos compuestos de campos de ondas, algunos de los cuales se pueden detectar en muchos de los aparatos que la tecnología humana usa en la actualidad.

  • Por esto, muchas de ellas son muy sensibles a campos electromagnéticos, a radiaciones o a energías sutiles provenientes del mundo atómico y subatómico. Algunas de estas energías producidas por nuestros aparatos o provenientes naturalmente de la Tierra o las bioenergías producidas por las mentes de algunos psíquicos, propician su presencia en nuestra dimensión, mientras que otras la impiden. En el futuro la Humanidad usará estas energías como medio para defenderse de la intromisión indebida de estas entidades o para ponerse en contacto con ellas.

  • Algunos de estos seres entran con toda facilidad en el nivel humano, sea por su proximidad a él, sea por su elevado grado de evolución, mientras que otros lo hacen sólo por accidente o con mucho trabajo.

  • La lógica de sus acciones con respecto a nosotros es totalmente diferente a la nuestra; por eso en muchas ocasiones no nos podemos explicar lo que hacen, v, menos aún, por qué lo hacen.

  • En general no tienen religión tal como nosotros la entendemos. Han superado la infantil idea de un Dios personal y «humanizado»; pero la usan para dominarnos a nosotros, sabiendo el gran arraigo que semejante idea tiene en la mente humana.

  • Las más evolucionadas de ellas tienen un gran dominio sobre la materia: suelen manifestarse bajo formas diferentes que pueden variar instantáneamente a voluntad. Otras usan formas variadas cuando se aparecen, pero necesitan tiempo para crearlas y no las pueden cambiar a voluntad. Otras siempre se presentan de la misma forma y por fin otras se manifiestan con su propia forma y no pueden variarla. Las menos evolucionadas, a duras penas pueden manifestarse en nuestro nivel de existencia: únicamente son capaces de hacerlo bajo la forma de luces más o menos grandes; cuando lo hacen bajo formas más sólidas suelen rehuir todo contacto con los humanos.

  • Las instrucciones que las más evolucionadas les dan a sus contactados varían mucho. Muy frecuentemente son sobre materias científicas (por ejemplo para construir un aparato – que en muchas ocasiones nunca llega a construirse o a funcionar -) o elaboradas teorías y fórmulas de alta matemática o física. También es corriente que les hablen del Cosmos y del movimiento y origen de los cuerpos celestes. Los contactados de tipo religioso son lanzados a fundar religiones o a reformar las ya existentes, llevándolos esto muchas veces a ser agredidos o muertos por otros fanáticos.

  • Otros contactados, en cambio, reciben toda una jerga de conceptos pseudo-filosóficos ininteligibles, que la mayor parte de las veces se van a la basura cuando muere el que los recibió, después de haberlos tenido celosamente guardados por años.

  • A veces esa jerga plúmbea y llena de disparates encuentra el camino de la imprenta y se convierte en un libro famoso o «sagrado» que entontece las mentes de miles o de millones de hombres.

    Tal ha sido el caso del:

  • Sin embargo, algunas obras maestras, tanto de la literatura como del arte, han sido dictadas o inspiradas por «ellos».

Éstos son los señores invisibles del mundo.

Con frecuencia se me dice que yo libero la mente de la creencia en un Dios grande y único para hacerla esclava de unos dioses pequeños. Pero no es así.

Lo que yo pretendo únicamente es informar; es descubrir algo que está oculto; es, si acaso, aconsejar. Lejos de mí el esclavizar a nadie diciéndole que haga esto o deje de hacer lo otro para aplacar o agradar a estos «dioses», tal como hace el cristianismo o las demás religiones con los suyos.

Yo no me siento de ninguna manera su esclavo, técnicamente, conociendo su existencia y las malas artes de algunos de ellos, trato de no dejarme utilizar. Pero yo me siento libre y vivo tranquilamente prescindiendo de ellos. No paso la vida muerto de miedo como por siglos han vivido los buenos cristianos, a los que se amenaza durante toda la vida con el infierno y a los que siempre se les ha puesto por norma que «el temor de Dios es el inicio de toda sabiduría».

Yo siempre he pensado que el temor de Dios es un insulto a Dios.

Aparte de que ya he dicho que el ser humano, considerado individualmente, tiene muchas más defensas contra estas entidades que la sociedad considerada como un todo o la Humanidad entera.

Yo no temo a estas inteligencias por muy «superiores» a mí que sean. Además, sé que después de esta vida estos «dioses» no tienen nada que hacer conmigo, porque ya no tendrán poder alguno sobre mí. Y hasta tengo la seguridad de que ellos también mueren. En el Cosmos todo lo que vive muere. Y todo lo que muere resucita. Y el nacer y el morir de todas las criaturas es el latir de la vida del Universo.

Muere la bacteria que nació hace solo unos minutos, y muere el hombre después de vivir años, y mueren los planetas después de vivir milenios y mueren las estrellas y las galaxias después de vivir cientos de millones de años.

Es la gigantesca sístole y diástole del corazón del DIOS-UNIVERSO.

Yo no les tengo miedo a estos pobres diablos que nos observan desde ventanas invisibles. Sencillamente me dedico a hacer lo que creo que tengo que hacer, sin andar mirando a ver si me observan o no y si les agrado o no. Sé que algunos de ellos son más fuertes que yo y me pueden destruir si quieren y sé que otros sólo pueden interferir en mi vida si soy débil o necio, poniéndome a su disposición o incitándolos para que lo hagan.

Por eso ahora ya no invoco a nadie en particular y me dedico a crecer internamente, tratando de que cuando me llegue la hora de salir de este mundo haya hecho lo que mi mente me dice que debería haber hecho.


Me limito a hacer lo que hace la hormiga, que laboriosamente traslada la semilla al hormiguero con paz y con diligencia sin importarle si hay algún «dios» humano contemplándola.

Naturalmente que si la hormiga supiese que ese «dios» humano que la contempla en este momento, tiene la intención de cogerla y meterla en una caja, lo mejor que podría hacer sería abandonar la semilla y correr a ponerse a buen seguro, porque el «dios» humano tiene poder para hacerlo. Y lo curioso es que por razones totalmente incomprensibles para la hormiga, lo hará sin pensar que con ello hace algo malo. Se siente con derecho porque él es hombre y la hormiga es hormiga. Son las escalas cósmicas, cada una con sus baremos «morales».

Pero la hormiga no sabe nada de eso. Ni siquiera que aquel «dios» humano ya se está inclinando en aquel preciso momento para cogerla y meterla en una caja, con una hormiga de otro hormiguero, para ponerlas a pelear; y por eso no se defiende.

Lo mismo que a los humanos les ha pasado por siglos; no han creído que existen ciertas inteligencias suprahumanas que se entretienen en hacerlos pelear y por eso no se han defendido nunca de ellas y se han dejado engañar como niños convirtiendo nuestra historia en una montaña de incomprensiones y de odios y en un río de sangre.

Y lo triste es que todavía seguimos igual, porque algunos de esos «dioses» son tan astutos que tienen convencidos a los «señores visibles del mundo» de que ellos no existen y de que los que tal cosa decimos somos unos alucinados. Y los Reagan y los Gorbachov de turno, con cerebros de hormiga, siguen acrecentando sus arsenales atómicos con los que pueden en un segundo reducir a humo este ingente hormiguero humano.

Y ante mi impotencia por convencer a ambos y a sus acólitos de que sería más racional dedicar estas enormes cantidades de dinero a elevar el nivel de vida de la humanidad o a algo tan elemental como es saciar el hambre de millones de famélicos; y ante mi rabia al ver tantos «pentágonos» grandes y pequeños llenos de hormigas violentas, y al ver tantos políticos farsantes y tantos fanáticos religiosos que envenenan el mundo con sus doctrinas, desde la pequeña tribuna que son estas líneas les grito con todas mis fuerzas: ¡imbéciles!

A estos «señores visibles del mundo», a esta «fraternidad negra» hay que tenerle más miedo que a los «señores invisibles».

En una escala global, éstos no pueden hacer nada sin aquellos. Porque aquellos son los que a las inmediatas originan guerras y dividen a la humanidad con sus patriotismos y sus fanatismos y los que nos avasallan con todo género de tributos, mentiras, injusticias y abusos.

Por eso la salvación de la Humanidad está en liberarnos de estos necios que sirven de testaferros a ciertos «señores invisibles».

Pero, ¿y cómo nos liberaremos de ellos si son de nuestra misma hechura y vemos que aunque sean de un origen humilde, en cuanto llegan a una posición de poder se corrompen, contagiándose de la enfermedad que padecen todos los gobernantes ?

La liberación de la Humanidad no llegará mientras no haya muchos más hombres libres internamente que sean capaces de asumir sin corromperse la dirección de sus hermanos menores o menos evolucionados. Y la verdadera libertad del hombre está dentro de sí.

Tiene que liberarse internamente de sus ambiciones, de sus miedos y de sus dependencias voluntarias y tiene que llegar a una adultez intelectual para no dejarse engañar y para que su mente se haga más creativa y se prepare para futuras etapas, fuera ya de este planeta rudimentario.

Mientras la mayor parte de los hombres procedan como borregos, acudiendo en manada a ver y a oír a sus «líderes» políticos o religiosos, y sientan entusiasmos patrióticos al ver desfilar a falanges de robots con un arma al hombro o gocen en juntarse como rebaños en estadios o en catedrales para ver espectáculos o para recibir bendiciones, será señal de que la Humanidad aún no ha superado su etapa infantil.

Hace falta un fermento de seres humanos evolucionados, que poco a poco vayan cumpliendo la ardua tarea de convencer a sus hermanos de que ya va siendo hora de que nos rebelemos contra los «señores invisibles» y empecemos a comportarnos como seres realmente racionales, repudiando a unos líderes marionetas que lo único que hacen es defender sus posiciones de privilegio y mantener vivas las discordias que dividen a la Humanidad.

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