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Monstruositats

dissabte, 12/10/2019

En este video, el periodista rafapal realiza una entrevista a la anciana Fulgencia, que relata magistralmente su vivencia con “Antonia”.

Fulgencia es hija de un General del ejército del Aire, y además esposa de otro militar. Conoce bien el tema extraterrestre, y es una persona instruida y culta, que aún a su avanzada edad, se expresa admirablemente bien y da muestras de una gran memoria para ilustrarnos con su fascinante experiencia. Fulgencia acudió un buen día a una conferencia del Ufólogo Salvador Freixedo. Cuando este mostró unas fotografías de varias razas extraterrestres, el corazón casi se le detiene al ver el rostro de un ser que le recordó a su niñera… “¡Esta es Antonia!” Gritó eufórica…

Entonces, Fulgencia empezó a recordar detalles… Si, la niñera, la “mujer” que la había cuidado y tutelado a ella y a sus hermanos durante la guerra civil española. Según cuenta, era una “mujer” físicamente deformada y extraña. No tenía nariz, y su estatura no rebasaba el 1,40 m. La gente que la veía por primer avez se asustaba. Un día acudió al médico y este se asustó al comprobar varias anomalias físicas. Esta “mujer” decía llamarse Antonia, y decía venir de Teruel, sin embargo, a menudo hablaba de que en su “país” ella era la mas hermosa. Solía “hablar sola”, como si estableciera contacto con otras entidades y sus discursos sobre el mundo espiritual eran tema recurrente dentro del seno familiar. ¡”Antonia” estuvo cuidando de Fulgencia hasta que esta cumplió los 18 años!

Esta niñera entró a trabajar en la casa de la mano de su padre. La pregunta es; ¿De donde la trajo? ¿Cómo llegó a conocerla? ¿Si era de otro mundo, como vino a parar aquí y porque como cuidadora de unos niños?  Las preguntas se agolpan ante un caso verdaderamente fascinante e insólito.

 

La Granja Humana – texte 19/19

divendres, 4/10/2019

Ilustraciones

Ilustración 1. Apagón del 14 de octubre de 1978.

1 = error de conexión encontrado;

2 = línea de transmisión a León;

3 = subestación La Leona;

4 = líneas de 138.000 Kw;

5 = lugar afectado después de observar un extraño resplandor;

6 = lugar posible de caída de un rayo que afecta Pavana;

7 =zona sur del país afectada también por el apagón.

Ilustración 2. Éste es el dibujo realizado por el señor Emilio Aronne, otro de los testigos del apagón del 27de octubre en la ciudad de Choluteca. Honduras. 100 metros de largo por unos 25 de altura.


Ilustración 3. Apagón del 27 de octubre de 1978 a las 20.30 horas.

1 = líneas de 138 Kw;

2 = subestación La Leona;

3 = líneas de 69 Kw;

4 = línea Miraflores donde encontraron una cola o mecate;

5 = extraño resplandor simultáneo en Cañaveral y La Leona;

6 = circuitos abiertos cuando sucedió el apagón lentamente;

Ilustración 4. Esquema del grupo observa sobre la estación de La Leona.
1 = cúpula verdosa girando a la que estaban conectadas las «barbas»;

2 = «barbas metálica brillantes girando lentamente;

3 = Parte interior que permanece estática.

Ilustración 5. Perfil esquemático de la subestación de Tegucigalpa La Leona.
1.Ruta de llegada posible del OVNI.

2.Punto de estacionamiento donde causó la explosión (cortocircuito).

3.Punto de observación del OVNI, después del «accidente». Encima de un árbol de mango.

4.Ruta aparente de salida del OVNI.

5.Punto de observación del testigo Rosendo Ponce, vigilante del edificio departamentos.

6.Lugar de observación de la señora Donatila y su hija Elizabeth, desde el balcón de su casa.

7.Lugar de observación de la niña Isabel Manzanares, en el patio de la casa de Donatila.

8.Casa vecina a Donatila, desde donde observó el tendero del granero (Abastos) y su suegro.

9.El cerro El Picacho con 1.200 m. de elevación sobre el nivel del mar.
10.Subestación La Leona.

11.Caseta de tableros de control, donde estaban los operarios de turno.

12.Calle aledaña a la subestación, por donde se entra a La Leona.

13.Líneas de transmisión de 69 Kw.


Ilustración 6. Pequeños artefactos circulares utilizados por los ummitas.

Ilustración 7

Ilustración 8. Edwin

Ilustración 9. George-Valdar vestido con el uniforme azul claro que usan dentro de las naves. Este dibujo fue pintado de memoria por Edwin después que Valdar había regresado a su planeta, tras una estancia en la Tierra de dos años, en los que por un tiempo trabajó en la misma fábrica que Edwin y fue su mejor amigo (tomado del libro UFO contact from Koldas).

Ilustración 10. Dibujo de una de las «extraterrestres» que en Mirassol (Brasil) secuestraron a una mujer sometiéndola a un experimento biogenético del que, al parecer, resultó una criatura híbrida.

Ilustración 11. Pagina de la revista que la «Eastern Air Lines» reparte en sus aviones. Ésta corresponde al mes de abril de 1985. En sus titulares se puede leer: «¿PUEDE UD. AYUDAR A ENCONTRAR A ESTOS NIÑOS DESAPARECIDOS?»

Ilustración 14. Fotocopia del dibujo que el rubio hizo delante de J.L., en el que se pronosticaban los descubrimientos arqueológicos cerca de la plaza de El Zócalo, en la ciudad de México. En él se indican otros lugares en los que hay cosas todavía más importantes.

Ilustración 15. Interpretación hecha por J.L. del dibujo hecho por el rubio. Según él, lo que hay en donde J.L. puso una interrogación es aún más importante que lo ya descubierto.

La Granja Humana – texte 18/19

divendres, 4/10/2019

APÉNDICE

Terminado este libro, llega a nuestras manos procedente de los EE.UU., un voluminoso escrito titulado The Matrix (La matriz) que es una recopilación de numerosos informes originados en fuentes muy diversas, algunas de ellas gubernamentales.

Los «dioses», jinas o entidades inteligentes extradimensionales a que nos referimos en todo el libro, aparecen en The Matrix como unos auténticos extraterrestres, con cuerpo físico y hasta con ambiciones políticas en nuestro mundo. Y por supuesto, entrometiéndose en grande en las vidas de los hombres, ahora ya no disimuladamente sino a través de las mayores autoridades del planeta aunque éstas lo hayan tenido en secreto hasta ahora.

The Matrix es la confirmación de muchas de las ideas expuestas en este libro, aunque tanto el recopilador de los informes como nosotros, hayamos llegado a ellas por caminos muy diferentes.

Su credibilidad varía mucho y hay que confesar que en algunos casos se hace sospechosa; pero en toda la investigación sobre el fenómeno OVNI, ésta es una constante a la que ya estamos acostumbrados. Los elementos «confusionógenos» de que nos hablaban los ummitas están siempre presentes y es algo con lo que hay que contar.

En dicho informe se afirma que:

  • Ha habido bastantes caídas de platillos en diversas partes del mundo.

  • Los Estados Unidos han logrado rescatar varios de ellos y los conservan tras haberlos estudiado minuciosamente.

  • Han logrado estudiar cuerpos sin vida de los tripulantes de los platillos estrellados.

  • No sólo han recuperado cadáveres sino también cuerpos vivos de ovninautas y se dice en el informe que conservan tres de ellos, llamados «EBE-1», «EBE-2» y «EBE-3», en un «búnker» electromagnético llamado YY-II en la base de la Fuerza Aérea de Los Álamos (Nuevo México).

  • El Gobierno de los Estados Unidos – y ésta es una de las partes más importantes del informe -llegó a hacer un trato con cierto tipo de «extraterrestres» mediante el cual, a cambio de tecnología muy avanzada que recibiría de los alienígenas, les facilitaría sus actividades entre nosotros.

  • Los Estados Unidos fueron engañados en el trato. En primer lugar porque creyeron que era exclusivo con ellos cuando la verdad fue que los «extraterrestres» hicieron uno muy similar con los rusos. Y en segundo lugar porque descubrieron que los alienígenas habían mentido en cuanto a sus actividades en nuestro planeta.

  • Las matanzas de ganado que se han venido denunciando en todo el mundo, especialmente desde 1974, son una de estas actividades. Usan a los animales para de alguna manera aprovechar sus tejidos y su energía vital.

  • Usan a hombres y mujeres, sin que ellos se den cuenta, para hacer experimentos genéticos. También los usan dándose ellos cuenta, aunque en este caso sin hacerles daño aparente.

  • Se llevan a seres humanos, sobre todo niños, sin que vuelva a saberse nada de ellos. Los fines de la abducción nos son desconocidos aunque se sospecha que también sea para experiencias genéticas de algún tipo que conllevan la destrucción del individuo.

  • Se describe a las cinco clases de «extraterrestres» que en la actualidad están manteniendo un contacto mayor con los humanos y se dice cuáles son sus deficiencias al mismo tiempo que las hostilidades entre ellos,

  • Se asegura que en la actualidad rusos y norteamericanos preparan un arma contra ellos. Esta primavera pasada se hizo la primera prueba que, según un informe, salió fallida.

Éste es a grandes rasgos el contenido del libro-informe The Matrix.

Las dos últimas afirmaciones suenan a ciencia ficción y es muy posible que no sean sino elementos para sembrar dudas acerca de todo el resto de la información que hoy día se ha hecho ya indudable e inescondible.

Atengámonos al refrán castellano, «cuando el río suena, agua lleva». Todos estos rumores, reforzados por cientos de hechos incuestionables, vienen ya sonando desde hace bastante tiempo y cada vez con mayor insistencia, para que no haya nada de verdad debajo de ellos.

Lo que se puede deducir con toda seguridad de todo este conjunto de informes y de libros como Dimensiones de Jacques Vallée y de los ya citados Comunión e Intruders es que algo importante, misterioso y atemorizador se está gestando tras la pantalla de los tan ridiculizados «platillos volantes».

 

La Granja Humana – texte 17/19

dijous, 3/10/2019

CONCLUSIÓN

Hemos llegado al final y supongo que el lector estará perplejo ante hechos tan extraños. Por si le sirve de consuelo sepa que el autor también lo está. Pero no sirve de nada inhibirse o encogerse de hombros y dejar que las cosas sigan como van. Creo que ante tales hechos se impone tomar algunas decisiones. Porque si todo lo que aquí hemos dicho es cierto, sería insensato quedarse inerte, aunque desgraciadamente ésa sea la actitud de la mayoría de los mortales cuando tiene que tomar decisiones de índole trascendente.

La primera decisión sería de un orden puramente mental:

  • ¿Se aceptan o no se aceptan los hechos narrados?

  • Y si se aceptan ¿cómo se aceptan?

  • ¿Como absolutamente objetivos, al igual que se aceptan las incidencias comunes de un día normal?

  • ¿O los aceptamos, pero tamizados por la mente de los percipientes o de los que nos los han transmitido?

  • ¿Son los hechos sólo verdaderos para los que han sido testigos o víctimas de ellos y no lo son para el resto de los humanos?

  • ¿Estamos ante el inicio de la gestación de un mito moderno, al igual que los mitos religiosos actuales tuvieron su inicio en alguna época de la historia?

Ésta sería la primera decisión que tendríamos que tomar. Y, como dije, encogernos de hombros ante la posibilidad de que semejantes hechos puedan ser ciertos es muy poco racional.

Porque si lo son, su trascendencia sobre la vida de la Humanidad podría ser de enormes consecuencias. Y no precisamente para el futuro. Creo firmemente que las consecuencias de la objetividad de estos hechos y de lo que ellos implican, pertenecen ya al pasado y las tenemos plasmadas en la espantosa historia de la Humanidad, en el caótico presente del que hemos tenido la mala suerte de ser testigo, y en concreto en las existencia de las grandes religiones que tienen aprisionada la mente de la gran mayoría de la Humanidad.

La primera decisión, pues, sería tomar conciencia del problema. Aparentemente la ciencia oficial y las clases dirigentes de este mundo ya hace tiempo que no sólo tomaron conciencia del problema, sino que sentenciaron que los hechos no eran verdaderos o se debían a otras causas. Ésa es hoy la creencia dominante en la sociedad «culta» y por eso los que nos dedicamos a estudiar estas cosas extrañas no somos bien vistos.

Pero los hechos siguen estando ahí y apareciendo mes tras mes en las columnas de los grandes diarios y revistas del mundo y en los despachos de las principales agencias noticiosas. Veinte veces se ha querido matar todo este tipo de noticias «oscurantistas y medievales» y veinte veces han resurgido ellas de sus cenizas. Hay alguien o algo que no las deja morir. Y ese algo es su propia objetividad. Los hombres y mujeres siguen viendo, oyendo y sintiendo cosas extrañas.

Estamos asistiendo al «retorno de los brujos» que hace casi treinta años pronosticaron Pauwels y Bergier.

Digamos que el hombre culto tiene derecho a dudar ante hechos tan raros. Quien duda ante hechos triviales puede quedarse muy bien en su duda porque no tienen consecuencias de importancia. Pero el que duda ante hechos de gran trascendencia tiene la obligación de salir de su duda. Y en la actualidad, gracias en parte a la ciencia, tenemos mil maneras de investigar estos hechos por extraños que nos parezcan y creo que hoy día podemos ya tener la seguridad de que tienen algún tipo de realidad.

Puede que no sea exactamente la que parece ser o la que los testigos dicen, pero creo que hoy, aun hablando desde un punto de vista estrictamente científico, ya no podemos dudar de que detrás de todo este ingente cúmulo de hechos paranormales, testimoniados por tantos miles de seres humanos, hay algo aunque no sepamos qué es ese «algo».

Por lo tanto persiste la obligación de investigar los hechos, lo mismo que la Humanidad se siente obligada a investigar cuál es la causa del cáncer o del SIDA. Y la ciencia en concreto no tiene derecho a encogerse de hombros y decir que los hechos son muy extraños. Ésa no es razón para no investigarlos.

Pero dejemos a los eternos dubitantes y veamos qué es lo que las personas que han tomado conciencia del problema deberán hacer. Puede ser que no esté en sus manos el investigarlo, pero sí lo está el interesarse por lo que otros vayan descubriendo y sobre todo el pasarle este conocimiento y esta sana preocupación a las generaciones jóvenes, al contrario de lo que hasta ahora se ha venido haciendo.

Hay que abolir el narcisismo de pensar que «somos los reyes de la creación», que «el hombre es la más inteligente de las criaturas», que «todas las cosas y animales de la Naturaleza están al servicio del hombre» y tonterías por el estilo. Hay que decirles claramente, sin caer en los fanatismos cerrados de las diferentes religiones, que por encima de nosotros hay otros seres inteligentes que, al igual que los hombres hacemos con los animales, intervienen en nuestras vidas directa o indirectamente, sabiéndolo nosotros o sin saberlo. Y esto tanto a nivel individual como colectivo.

Mientras la Humanidad y sobre todo sus dirigentes, no admitan estas tremendas verdades, las cosas irán tan mal como han ido y seguiremos desunidos, desorientados, engañados, haciéndonos permanentemente la guerra y en un estado de desarrollo mental que apenas si ha cambiado en los últimos milenios.

Por el contrario, el día que los jefes de la Humanidad asuman esta tremenda verdad el hombre comenzará a abandonar el estado de semi-barbarie en que vive y empezará a evolucionar hacia el estadio de superhombre.

Pero en la actualidad los líderes del planeta —aquellos «señores visibles de este mundo» que vimos en el primer capítulo— no admiten esta verdad. Es demasiado comprometedora para ellos.

Los científicos —que en las cosas entrañablemente humanas son siempre los últimos en enterarse— se ríen de todo esto. Para sus ojos miopes no hay más realidad que la de sus laboratorios y la que se estudia en los textos de la Universidad. Los políticos están demasiado entretenidos en sus juegos de poder; a los militares su amor propio les impide creerlo y prefieren seguir jugando con sus aviones, sus barcos y sus soldaditos de carne; los banqueros están enfrascados acrecentando sus dividendos y jugando a la Bolsa…

Los únicos que lo admiten son los líderes religiosos. Ellos sí saben que hay otras inteligencias superiores al hombre, pero lo malo es que cada uno tiene de ellas una idea diferente, y cada uno cree que su religión tiene la clave para entenderse con ellas. Además, la idea que tienen de estas entidades es falsa por demasiado simplista. Las dividen en totalmente malas y totalmente buenas, convirtiendo a una de éstas en el Dios Supremo al cual lo hacen indirectamente culpable de cuantos errores y males hay en el mundo.

¿Qué tendrá que hacer el hombre evolucionado —aunque sea un solitario— que haya caído en la cuenta de esta tremenda verdad?

Lo que deberá hacer una vez que haya tomado conciencia del problema, será adoptar medidas concretas para evitar ser juguete de ninguna de estas entidades. Además, en cuanto esté en su mano, deberá ayudar a que sus semejantes despierten y caigan en la cuenta de tan tremenda realidad, para que la historia humana no siga siendo lo que hasta ahora ha sido: un conjunto de horrores inspirados por ellas y causado inmediatamente por los títeres que ellas han ido escogiendo como sus ministros a lo largo de los siglos.

Comprendo que lo que estoy diciendo es de tal envergadura que la mente se resiste a aceptarlo sin más ni más. Los errores acerca de la posición del ser humano en el cosmos los traemos en los genes desde hace milenios y por eso a muchas personas, aun inteligentes y con buena voluntad, se les hace completamente imposible superarlos.

Pero en realidad, los dioses grandes y pequeños de las religiones paganas y los «espíritus de las alturas» de que nos hablan Cristo y san Pablo son las mismas entidades de que hemos estado hablando en todo este libro. Y a ellas hay que añadir el Yahvé que durante varios siglos engañó al pueblo judío desde la nube y que los cristianos posteriormente aceptaron como Dios universal, a pesar de verlo cometer toda suerte de horrores con las naciones de Palestina y hasta con su mismo «pueblo escogido».

Cristo no entraría en esta categoría porque, aunque extraordinario, fue solamente un hombre nacido de mujer en este planeta y como todos los fundadores de religiones fue un manipulado por estas entidades.

Una prueba de que algunas de ellas nos superan en poder y en inteligencia es el hecho de que después de miles de años de habernos estado manipulando a su antojo, todavía nos tienen sumidos en la duda acerca de su existencia. Y mientras los humanos sigamos dudando que ellos existen y pensando que nosotros somos los «reyes de la creación» no tomaremos en serio el defendernos de ellos y seguiremos siendo manejados a su capricho.

Somos una granja. Una granja de animales racionales. Ésta es una terrible verdad y lo seguirá siendo durante mucho tiempo.

Es muy difícil para los animales de una granja rebelarse contra los granjeros porque éstos son más inteligentes y saben prever las posibles rebeliones. Y como somos una granja de «racionales» nos hacen creer ideologías que no sólo nos impiden rebelarnos, sino que hasta nos llevan a pensar que es bueno estar sometidos

A los animales irracionales basta con echarles bien de comer y mantenerlos en un clima agradable para que se sientan satisfechos. Pero a los animales racionales no les basta esto: hay que inventarles «valores morales» que seguir, «ideales» por los que luchar, y con eso se mantendrán entretenidos, peleando los unos con los otros y olvidados del propio progreso y del de la Humanidad entera. Y sobre todo, ignorantes de que están siendo usados. Esos «ideales» y «valores morales» son las patrias, las religiones y las ideologías sociales y económicas en que la Humanidad está dividida y que tanto daño le han hecho.

A quien quiera profundizar en estas ideas le aconsejamos la lectura de Defendámonos de los dioses, pues allí desarrollé todo este tema de una manera más completa.

Aquí quiero audazmente resumir qué pienso sobre estas entidades y hacerlo sin medias tintas o con términos ambiguos como para no caer en la excomunión de la ciencia. Ya he dicho que la ciencia oficial no sabe nada de esto y por lo tanto no me importa lo que puedan decir los seudo-científicos que se atrevan a criticarme. Para la ciencia nada de esto existe y por lo tanto lo mejor que hará será guardar silencio.

Dije «audazmente» porque de sobra sé que es una temeridad atreverse a hablar tan concretamente de algo que tiene tan mala Prensa.

La mente de los humanos prefiere atracarse de literatura, buena y mala, en la que se describen situaciones y mundos de ficción; goza con las novelas, las aventuras y las situaciones tensas, cuando la realidad es que el tema de que trata este libro supera con mucho en intensidad y en suspense a todas las novelas y las aventuras que los literatos puedan imaginarse.

Tanto los lectores comunes como los mismos editores suelen relacionar estos temas con los de ciencia ficción. No les gusta tomarlos en serio y cuando se asoman a ellos lo hacen con algo de nerviosismo.

Es muy fácil salirse de los límites humanos en plan de novela o de ciencia ficción, pero es muy duro dejar atrás, a base de hechos reales, el mundo que conocemos y adentrarse por el reino del «más allá», que hasta ahora era monopolio absoluto de las religiones y que el cristianismo ha presentado siempre con tintes aterradores.

Y hablar de «entidades», «espíritus», «inteligencias» y hasta «extraterrestres» es entrarse en ese «más allá» en el que la psique se siente muy incómoda y se defiende llamando locos a los que hablan de él.

He aquí lo que creo acerca de estas entidades inteligentes no humanas:

  • Son ordinariamente invisibles al ojo humano.

  • Algunas son visibles para los niños de corta edad y para los animales domésticos, que reaccionan con terror ante ellas.

  • Otras son invisibles también para los animales domésticos, que sin embargo las detectan con algún sexto sentido, mostrándose muy inquietos ante ellas.

  • Son variadísimas y existen enormes diferencias entre ellas. Diferencias mucho mayores que las que existen entre las diversas razas y clases de seres humanos.

  • Las hay más inteligentes y más evolucionadas que el hombre y menos que él.

  • Proceden de «otros niveles de existencia», que lo mismo pueden pertenecer a este planeta físico que a otros mundos desconocidos.

  • Algunas intervienen intensamente en las vidas de los humanos a nivel individual y más aún a nivel social o global.

  • Algunas intervienen negativamente o por puro juego sin importarles el que con su interferencia perjudiquen al ser humano.

  • Otras interfieren positivamente y tratan de ayudar.

  • Creo que abundan más las que interfieren negativamente que las que lo hacen positivamente.

  • Algunas de ellas tienen muchas limitaciones cuando actúan en nuestro mundo y todas distan mucho de ser «omnipotentes».

  • Todas, incluso las que ayudan, buscan primordialmente su bien propio.

  • Algunas se encaprichan con determinadas personas o pueblos y los ayudan abiertamente, y no tienen inconvenientes en perjudicar a otros por ayudar a sus protegidos.

  • Viceversa, algunas se encaprichan contra determina das personas o pueblos a los que hacen víctimas de sus bromas pesadas y en ocasiones macabras.

  • Alguna especie de estas entidades tiene una gran tendencia a entrometerse en las relaciones matrimoniales o sexuales de los humanos.

  • Con frecuencia le han pronosticado descendencia a parejas de las que por diversas circunstancias no se podía esperar lógicamente que tuviesen hijos.

  • Su intromisión en asuntos sexuales no sólo es pronosticando descendencia a parejas de humanos, sino interviniendo ellas en uniones sexuales, apareciéndose en forma humana o haciendo que el hombre o mujer sienta físicamente la cópula carnal con una entidad invisible. Hay miles de ejemplos pasados y presentes.

  • Las más evolucionadas pueden influir con mucha facilidad las mentes de los humanos y son no sólo capaces de leer sus mentes sino de hacer que tomen decisiones sin que se den cuenta de que están siendo manipulados.

  • Camuflan sus actividades tras fenómenos naturales. A veces hacen aparecer como «extranatural» algo que es puramente natural y a veces, al contrario, hacen que algo que es causado directamente por ellos aparezca como un fenómeno natural.

  • No son «puros espíritus» tal como la Iglesia nos presenta a sus ángeles. Estas entidades, incluidos los ángeles del cristianismo, tienen cuerpos físicos compuestos de campos de ondas, algunos de los cuales se pueden detectar en muchos de los aparatos que la tecnología humana usa en la actualidad.

  • Por esto, muchas de ellas son muy sensibles a campos electromagnéticos, a radiaciones o a energías sutiles provenientes del mundo atómico y subatómico. Algunas de estas energías producidas por nuestros aparatos o provenientes naturalmente de la Tierra o las bioenergías producidas por las mentes de algunos psíquicos, propician su presencia en nuestra dimensión, mientras que otras la impiden. En el futuro la Humanidad usará estas energías como medio para defenderse de la intromisión indebida de estas entidades o para ponerse en contacto con ellas.

  • Algunos de estos seres entran con toda facilidad en el nivel humano, sea por su proximidad a él, sea por su elevado grado de evolución, mientras que otros lo hacen sólo por accidente o con mucho trabajo.

  • La lógica de sus acciones con respecto a nosotros es totalmente diferente a la nuestra; por eso en muchas ocasiones no nos podemos explicar lo que hacen, v, menos aún, por qué lo hacen.

  • En general no tienen religión tal como nosotros la entendemos. Han superado la infantil idea de un Dios personal y «humanizado»; pero la usan para dominarnos a nosotros, sabiendo el gran arraigo que semejante idea tiene en la mente humana.

  • Las más evolucionadas de ellas tienen un gran dominio sobre la materia: suelen manifestarse bajo formas diferentes que pueden variar instantáneamente a voluntad. Otras usan formas variadas cuando se aparecen, pero necesitan tiempo para crearlas y no las pueden cambiar a voluntad. Otras siempre se presentan de la misma forma y por fin otras se manifiestan con su propia forma y no pueden variarla. Las menos evolucionadas, a duras penas pueden manifestarse en nuestro nivel de existencia: únicamente son capaces de hacerlo bajo la forma de luces más o menos grandes; cuando lo hacen bajo formas más sólidas suelen rehuir todo contacto con los humanos.

  • Las instrucciones que las más evolucionadas les dan a sus contactados varían mucho. Muy frecuentemente son sobre materias científicas (por ejemplo para construir un aparato – que en muchas ocasiones nunca llega a construirse o a funcionar -) o elaboradas teorías y fórmulas de alta matemática o física. También es corriente que les hablen del Cosmos y del movimiento y origen de los cuerpos celestes. Los contactados de tipo religioso son lanzados a fundar religiones o a reformar las ya existentes, llevándolos esto muchas veces a ser agredidos o muertos por otros fanáticos.

  • Otros contactados, en cambio, reciben toda una jerga de conceptos pseudo-filosóficos ininteligibles, que la mayor parte de las veces se van a la basura cuando muere el que los recibió, después de haberlos tenido celosamente guardados por años.

  • A veces esa jerga plúmbea y llena de disparates encuentra el camino de la imprenta y se convierte en un libro famoso o «sagrado» que entontece las mentes de miles o de millones de hombres.

    Tal ha sido el caso del:

  • Sin embargo, algunas obras maestras, tanto de la literatura como del arte, han sido dictadas o inspiradas por «ellos».

Éstos son los señores invisibles del mundo.

Con frecuencia se me dice que yo libero la mente de la creencia en un Dios grande y único para hacerla esclava de unos dioses pequeños. Pero no es así.

Lo que yo pretendo únicamente es informar; es descubrir algo que está oculto; es, si acaso, aconsejar. Lejos de mí el esclavizar a nadie diciéndole que haga esto o deje de hacer lo otro para aplacar o agradar a estos «dioses», tal como hace el cristianismo o las demás religiones con los suyos.

Yo no me siento de ninguna manera su esclavo, técnicamente, conociendo su existencia y las malas artes de algunos de ellos, trato de no dejarme utilizar. Pero yo me siento libre y vivo tranquilamente prescindiendo de ellos. No paso la vida muerto de miedo como por siglos han vivido los buenos cristianos, a los que se amenaza durante toda la vida con el infierno y a los que siempre se les ha puesto por norma que «el temor de Dios es el inicio de toda sabiduría».

Yo siempre he pensado que el temor de Dios es un insulto a Dios.

Aparte de que ya he dicho que el ser humano, considerado individualmente, tiene muchas más defensas contra estas entidades que la sociedad considerada como un todo o la Humanidad entera.

Yo no temo a estas inteligencias por muy «superiores» a mí que sean. Además, sé que después de esta vida estos «dioses» no tienen nada que hacer conmigo, porque ya no tendrán poder alguno sobre mí. Y hasta tengo la seguridad de que ellos también mueren. En el Cosmos todo lo que vive muere. Y todo lo que muere resucita. Y el nacer y el morir de todas las criaturas es el latir de la vida del Universo.

Muere la bacteria que nació hace solo unos minutos, y muere el hombre después de vivir años, y mueren los planetas después de vivir milenios y mueren las estrellas y las galaxias después de vivir cientos de millones de años.

Es la gigantesca sístole y diástole del corazón del DIOS-UNIVERSO.

Yo no les tengo miedo a estos pobres diablos que nos observan desde ventanas invisibles. Sencillamente me dedico a hacer lo que creo que tengo que hacer, sin andar mirando a ver si me observan o no y si les agrado o no. Sé que algunos de ellos son más fuertes que yo y me pueden destruir si quieren y sé que otros sólo pueden interferir en mi vida si soy débil o necio, poniéndome a su disposición o incitándolos para que lo hagan.

Por eso ahora ya no invoco a nadie en particular y me dedico a crecer internamente, tratando de que cuando me llegue la hora de salir de este mundo haya hecho lo que mi mente me dice que debería haber hecho.


Me limito a hacer lo que hace la hormiga, que laboriosamente traslada la semilla al hormiguero con paz y con diligencia sin importarle si hay algún «dios» humano contemplándola.

Naturalmente que si la hormiga supiese que ese «dios» humano que la contempla en este momento, tiene la intención de cogerla y meterla en una caja, lo mejor que podría hacer sería abandonar la semilla y correr a ponerse a buen seguro, porque el «dios» humano tiene poder para hacerlo. Y lo curioso es que por razones totalmente incomprensibles para la hormiga, lo hará sin pensar que con ello hace algo malo. Se siente con derecho porque él es hombre y la hormiga es hormiga. Son las escalas cósmicas, cada una con sus baremos «morales».

Pero la hormiga no sabe nada de eso. Ni siquiera que aquel «dios» humano ya se está inclinando en aquel preciso momento para cogerla y meterla en una caja, con una hormiga de otro hormiguero, para ponerlas a pelear; y por eso no se defiende.

Lo mismo que a los humanos les ha pasado por siglos; no han creído que existen ciertas inteligencias suprahumanas que se entretienen en hacerlos pelear y por eso no se han defendido nunca de ellas y se han dejado engañar como niños convirtiendo nuestra historia en una montaña de incomprensiones y de odios y en un río de sangre.

Y lo triste es que todavía seguimos igual, porque algunos de esos «dioses» son tan astutos que tienen convencidos a los «señores visibles del mundo» de que ellos no existen y de que los que tal cosa decimos somos unos alucinados. Y los Reagan y los Gorbachov de turno, con cerebros de hormiga, siguen acrecentando sus arsenales atómicos con los que pueden en un segundo reducir a humo este ingente hormiguero humano.

Y ante mi impotencia por convencer a ambos y a sus acólitos de que sería más racional dedicar estas enormes cantidades de dinero a elevar el nivel de vida de la humanidad o a algo tan elemental como es saciar el hambre de millones de famélicos; y ante mi rabia al ver tantos «pentágonos» grandes y pequeños llenos de hormigas violentas, y al ver tantos políticos farsantes y tantos fanáticos religiosos que envenenan el mundo con sus doctrinas, desde la pequeña tribuna que son estas líneas les grito con todas mis fuerzas: ¡imbéciles!

A estos «señores visibles del mundo», a esta «fraternidad negra» hay que tenerle más miedo que a los «señores invisibles».

En una escala global, éstos no pueden hacer nada sin aquellos. Porque aquellos son los que a las inmediatas originan guerras y dividen a la humanidad con sus patriotismos y sus fanatismos y los que nos avasallan con todo género de tributos, mentiras, injusticias y abusos.

Por eso la salvación de la Humanidad está en liberarnos de estos necios que sirven de testaferros a ciertos «señores invisibles».

Pero, ¿y cómo nos liberaremos de ellos si son de nuestra misma hechura y vemos que aunque sean de un origen humilde, en cuanto llegan a una posición de poder se corrompen, contagiándose de la enfermedad que padecen todos los gobernantes ?

La liberación de la Humanidad no llegará mientras no haya muchos más hombres libres internamente que sean capaces de asumir sin corromperse la dirección de sus hermanos menores o menos evolucionados. Y la verdadera libertad del hombre está dentro de sí.

Tiene que liberarse internamente de sus ambiciones, de sus miedos y de sus dependencias voluntarias y tiene que llegar a una adultez intelectual para no dejarse engañar y para que su mente se haga más creativa y se prepare para futuras etapas, fuera ya de este planeta rudimentario.

Mientras la mayor parte de los hombres procedan como borregos, acudiendo en manada a ver y a oír a sus «líderes» políticos o religiosos, y sientan entusiasmos patrióticos al ver desfilar a falanges de robots con un arma al hombro o gocen en juntarse como rebaños en estadios o en catedrales para ver espectáculos o para recibir bendiciones, será señal de que la Humanidad aún no ha superado su etapa infantil.

Hace falta un fermento de seres humanos evolucionados, que poco a poco vayan cumpliendo la ardua tarea de convencer a sus hermanos de que ya va siendo hora de que nos rebelemos contra los «señores invisibles» y empecemos a comportarnos como seres realmente racionales, repudiando a unos líderes marionetas que lo único que hacen es defender sus posiciones de privilegio y mantener vivas las discordias que dividen a la Humanidad.

La Granja Humana – texte 16/19

dijous, 3/10/2019

RUFO

Abordaré ahora el caso de Rufo.

 Por estar yo directamente en vuelto en él y por no saber en qué va a terminar, me resulta más difícil de escribir que todo lo que llevo redactado hasta ahora en este libro. Lo hago en parte con miedo, porque no sé si estoy violando la voluntad de alguien o rompiendo alguna misteriosa ley, cosa que no quisiera y que de ser, me temo que resulte peligroso para mí; y en parte lleno de curiosidad; una audaz curiosidad, porque presumo que la redacción de estas líneas va a tener alguna influencia directa para mi mejor comprensión del importantísimo fenómeno que estamos estudiando en este libro.


Comprendo que todas estas frases son algo sibilinas, pero sibilino es todo el fenómeno, al no dejarse agarrar definitivamente por la razón y jugar con ella, tal como lo ha estado haciendo desde el principio de los tiempos. Tenemos miles de hechos, hechos concretos pero contradictorios, que hacen que la inteligencia humana patine miserablemente a la hora de analizarlos y no sea capaz de llegar a ninguna conclusión clara y definitiva.

Comenzaré por exponer quién es Mario y cuál es mi relación con él y con todo lo que le está pasando.

Mario es un joven extraordinariamente inteligente, estudiante de universidad y al que me une una gran amistad, en parte por nuestro lejano parentesco que no era tan lejano entre la familia de mi abuelo y la del suyo. Como estudiante de ciencias químicas es brillante y dado que la condición económica de sus padres es más que buena, tiene en su casa un ordenador que yo uso con cierta frecuencia, cuando quiero presentar algún trabajo escrito con un especial esmero, o cuando quiero hacerlo rápidamente, porque la verdad es que en su «máquina» escribo mucho más rápido que en la mía.

Llevábamos muchos años sin saber el uno del otro, de modo que cuando un día me llamó y me dijo su nombre sin apellidos, yo no caía en un principio de quién se trataba, pues lo había visto hacía alrededor de veinte años, en casa de sus padres, en su provincia natal, cuando él era poco más que un bebé. Me oyó hablar por radio de temas parapsicológicos y trató por todos los medios de comunicarse conmigo. Le costó trabajo dar con mi número de teléfono, pero después de ir personalmente a la emisora en donde yo había hablado, logró que allí se lo dieran.

Quedamos en que nos veríamos en mi casa. Vino y lógicamente le pregunté por toda su familia, a la que hacía igual tiempo que no veía. Me puso al corriente de muchas cosas que yo prácticamente tenía olvidadas y de otras que desconocía por completo, porque habían ocurrido en los treinta años que yo había andado por América.

Lo notaba indeciso, hasta que intuyendo que quería decirme algo a lo que no se atrevía, le pregunté:

—Dime, ¿por qué te has decidido a llamarme y venir a verme?

Noté que se encogía y por una mirada rapidísima de reojo que le lanzó a mi esposa, caí en la cuenta de que su presencia lo cohibía. No insistí en mi pregunta, pero en cuanto ella se fue a buscar el café, le dije:

—Noto que la presencia de mí esposa te impide decirme algo que me quieres decir. Si es tanto el secreto, le digo a ella que nos deje solos.

Me interrumpió rápidamente:

—Es que me están pasando cosas muy raras…

Entonces tuve una intuición de lo que le pasaba y fui yo el que lo interrumpí:

—Si es así, no tengas el más mínimo reparo en hablar delante de ella, porque en esas cosas sabe tanto como yo. No se va a extrañar de nada y además te guardará el secreto igual que yo.

En aquel momento entraba ella con el café humeante. Para romper el hielo y facilitarle el trabajo a nuestro huésped, le dije sin rodeos a mi mujer:

—Creo que Mario tiene algo muy interesante que contarnos.

—Es que no sé por dónde empezar. El otro día te oí hablar por la radio de entidades que gobiernan este mundo tras bastidores y de que somos una especie de esclavos de otros seres invisibles más inteligentes… y de que alguna gente oye voces… y eso es lo que me está pasando a mí. Bueno, a mí me pasa algo más…

Comprendí el instante que estaba ante un filón de información que no podía desaprovechar, al mismo tiempo que podía ser de ayuda a un ser humano que corría un serio peligro. No se trataba de un psicópata en busca de una salida para sus frustraciones o sus presiones psíquicas o de alguien que quisiese conseguir notoriedad, etc. Mario era un muchacho que tenía todo lo que podía desear: unos padres que lo querían y se preocupaban por él, con una posición económica envidiable, buen tipo, sin complejos y lleno de salud, y que por encima de todo eso había dudado mucho en venir a contarme lo que le pasaba.

Hasta el día en que vino a verme por primera vez, no se lo había dicho absolutamente a nadie, ni siquiera a sus padres ni a su novia. Estaba tan desorientado con lo que le estaba pasando que no sabía qué hacer. Por eso la noche que me oyó en la radio me vio como una tabla de salvación a la que un náufrago se agarra desesperadamente. Aquella misma noche decidió conseguir mi dirección y contarme todo, antes de que la angustia y la preocupación internas comenzasen a hacerle daño.

Cerró el libro de química que estaba estudiando y se durmió con la firme idea de llamar a primera hora de la mañana a la emisora.

—Cuéntame cómo es eso de las voces,

—Bueno, la cosa comenzó hace como un año. Yo estaba un día en cama sin dormir y de repente sentí dentro de mí, pero no en la cabeza sino más bien hacia la boca del estómago, que me querían hablar. Yo oía algo pero no entendía. Era casi como si estuviese alguien dentro de mí. Me extrañó, pero como no sentí más, no le hice más caso y me dormí. A los dos días, estando sentado estudiando, volví a sentir lo mismo, pero ya más claramente y más fuerte. Duró como veinte segundos. Pero ya no pude seguir estudiando. Me quedé pensando en qué podría ser aquello y atento a ver si volvía a sentirlo. Pero aquel día no lo sentí más.

«Pasaron dos días, y de nuevo cuando estaba estudiando volví a sentir primero como un aviso y pasados unos instantes una voz interna que esta vez ya pude comprender. Me dijeron con una voz clara:

«Te vamos a dar el Mahabharata del año 2000.»

»Yo me quedé como atontado dándole vueltas a lo que acababa de oír. Por un lado trataba de encontrar el significado de aquellas palabras que a mí no me decían nada, pero por otro me preguntaba por qué me pasaba a mí aquella cosa tan rara y quién era el que me hablaba así. No tuve miedo ni tampoco me exalté pensando que yo era un elegido. Sencillamente me quedé tranquilo, dándole vueltas en la mente a un hecho tan raro. Además pensaba quién podía ser la persona a quien yo le contase todo lo que me estaba pasando y no encontraba a nadie. Esto me intranquilizaba un poco. Porque yo tenía que contárselo a alguien; no para jactarme de ello o sólo para hablar, sino para ver qué me aconsejaba.

»También pensé si me estaría volviendo loco, pero esa idea la deseché en seguida porque me veía completamente normal. Y lo mismo me veo ahora, a pesar de que desde entonces me han pasado muchas otras cosas aún más raras.

»Como por aquellos días teníamos en la universidad muchos problemas, no políticos sino con algún profesor que nos estaba poniendo las cosas muy difíciles pronto me olvidé del asunto. En realidad, no es que me olvidase sino que lo relegué a un segundo plano; pero aun en medio de los líos de las clases no dejaba de venirme a la mente.

»A los pocos días, estando en casa, de nuevo volvió a suceder. Sentía primero como un aviso pero en seguida oía la voz clara. Esta vez me dijeron algo que me hizo sonreír: «Vas a ser grande.» Pensé que me querían halagar y por un momento me pasó por la mente un sentimiento de vanidad pero en seguida se desvaneció. Lo que más me preocupaba era no tener a nadie a quien poderle contar lo que me estaba pasando. Me devanaba los sesos pensando y recordando nombres de personas, pero todas las desechaba porque estaba seguro que no me iban a comprender y que, en el fondo, iban a pensar de mí que estaba comenzando a volverme loco. Sencillamente, no estaban preparadas para semejantes fenómenos, al igual que no lo estaba yo. Pero yo era el que lo padecía y por eso no tenía más remedio que enfrentarme a él.

»A medida que iban pasando los días, las voces se iban haciendo más claras y eran más largos los mensajes que recibía. No es que fuesen más a menudo, pero cada vez que oía las palabras duraba más el mensaje, aunque nunca más de un minuto. Yo ya me había acostumbrado a oírlas y no sé cómo, sentía cuándo iban a hablarme. Ya me había resignado a no tener a nadie a quien contarle lo que me estaba pasando, cuando una noche te oí en la radio hablando de esos fenómenos de una manera muy natural y lamentándote de que la ciencia y los psiquiatras no hablasen o no supiesen nada de esto. Yo, unos meses antes no hubiese creído nada de lo que decías, pero aquella noche lo que dijiste fue para mí como una tabla de salvación a la que me agarré desesperadamente.

Mis preguntas, cuando Mario acabó de contar la esencia de lo que le pasaba, fueron éstas:

—Dime: ¿en qué están ahora las cosas? ¿Te siguen hablando? ¿Has tenido algún cambio en tu salud o algún tipo de transformación fisiológica? ¿Puedes seguir estudiando normalmente? ¿Han notado los que están a tu alrededor o tus familiares alguna cosa? ¿Qué es lo que te dicen ahora las voces? ¿Ha habido fuera de ti algún efecto físico visible?

Todas estas cosas me importaban mucho, porque estos fenómenos suelen seguir genéricamente un mismo patrón, y dependiendo de cómo se vaya manifestando, se puede colegir también de una manera general cómo va a ser el desenlace final.

Mario es un muchacho inteligente y con una mente clara y ordenada; por eso, ante la avalancha de mis preguntas, no se inmutó, antes al contrario noté que se sonreía, como satisfecho de que a pesar de lo embrollado de su problema alguien lo comprendiese y lo tomase en serio. Como si estuviese en un examen ordenó las cuestiones y me dijo:

—Vamos por partes. Primero, me siguen hablando, poco más o menos con la misma frecuencia. Los mensajes se han ido haciendo más largos y me han empezado a dar mucha información científica, sobre todo acerca de astronomía y de fisiología.

»Nadie ha notado nada porque yo no se lo he dicho a nadie y sigo mi vida normal de estudiante, pues lo que me está pasando, aunque es verdad que me preocupa, no es hasta el grado de no permitirme estudiar. En cuanto a algún cambio físico en mí, creo que el sentido de la vista se me está agudizando mucho; veo colores donde otra gente no los ve. Los otros sentidos también se me han agudizado, pero no tanto como la vista.

»En cuanto a efectos físicos había sólo dos cosas que podría contar. A mí solía dolerme bastante la cabeza y todavía de vez en cuando me duele, cosa que cuando sucede me impide estudiar. Pues bien, hace como un mes, un día que estaba tumbado en la cama porque me dolía mucho la cabeza, oí que me decían: «Vete al televisor y tócalo con una sola mano.»

»Me molestaba tanto el dolor, que sin dudarlo un momento me levanté y fui al televisor, que estaba entonces apagado. Es un pequeño televisor en color y le puse encima la mano derecha. Como por milagro la jaqueca me desapareció instantáneamente. Yo por un lado me quedé asombrado, pero por otro contentísimo de que se me hubiese ido el dolor. Me acuerdo que cerré los ojos para ver si aquello era sólo una ilusión o una autosugestión instantánea, pero no. Por más que me quedé inmóvil para ver si sentía dentro de mí algún dolor, no sentí absolutamente nada. El dolor de cabeza se me había borrado por completo en un segundo.

«Naturalmente, éste no es un efecto físico que alguien pudiese ver fuera de mí, pues yo era el único que sentía el dolor; comprendo que no puede ser prueba para nadie. Pero para mí sí lo fue.

»Otro efecto físico en el que intervinieron otras personas podría ser lo que pasó hace sólo unos quince días estando en mi casa con mis padres. A mí me habían dicho por la mañana, cuando estaba medio dormido en la cama, que aquel día iba a ver un OVNI. Yo había oído hablar de los OVNIS, pero nunca les había dado demasiada importancia. No es que negara su existencia, pero consideraba que había mucho de oscuro en todo ello y que había que esperar hasta que se aclarase más todo el asunto. Por lo tanto, cuando me dijeron aquello, pensé que a lo mejor salía de mis dudas, pero no le di más importancia.

»A lo largo del día me olvidé del asunto. Por la noche, después de la cena, me asomé en la casa de mis padres a una especie de azotea o corredor semidescubierto, desde el que se ve una buena parte del firmamento.

»Como la ciudad en que viven mis padres es pequeña, el campo se ve muy bien desde la azotea. Yo me quedé de una pieza cuando vi una bola roja, poco más o menos del tamaño de la Luna, encima de unos árboles. La estuve cotemplando durante unos instantes e inmediatamente me acordé de lo que me habían dicho por la mañana. Tuve la intención de gritar para que viniesen a verlo mis hermanos y mis padres, pero me contuve. Seguí contemplando aquello y como vi que no se movía bajé rápidamente para avisarles que viniesen a ver aquello que estaba allí detenido en el aire. Lo hice sin excitación aunque ellos fueron los que se excitaron, porque en cuanto se lo dije salieron corriendo para verlo. Cuando llegaron a la azotea aquello ya no estaba allí. Trataron de mirar el cielo desde otros sitios pero ya no pudieron ver nada. Me comieron a preguntas de cómo era, qué hacía, etc., pero de todo aquel incidente no pudieron colegir nada de lo que me estaba pasando, ni por ello pensaron de mí nada negativo. Creyeron que yo efectivamente había visto algo y que ellos tuvieron la mala suerte de llegar tarde. Y todo el incidente quedó en eso. Pero yo sé muy bien la relación que hubo entre la voz que oí por la mañana y lo que vi por la tarde.

»Me ha venido la idea de que el hecho de que ellos no viesen nada por la noche, después de que yo lo vi tan claramente, pudiese significar que lo que yo vi fue una alucinación, pero no lo creo así porque estoy muy consciente de que yo soy un tipo muy normal y de que en mi vida he tenido una alucinación.

Así estaban poco más o menos las cosas cuando Mario me fue a visitar por primera vez a mi casa. Naturalmente, yo tomé con mucho interés el asunto, y quedamos en que me llamaría cada vez que le sucediese algo digno de atención.

Por mi parte, le aseguré que el fenómeno que a él le estaba sucediendo no era tan raro como él y la mayor parte de la gente pensaba. Y ante todo le di un doble consejo: que ni se entusiasmase demasiado con lo que le estaba pasando, dedicándole energías y tiempo o esperándolo todo de las voces que oía, como si fuesen la voz de Dios, y que, por el contrario, no tuviese miedo o se desesperase pensando que se estaba volviendo loco o le iba a pasar algo malo.

Que siguiese haciendo su vida normal y que mientras las voces le mandasen hacer cosas que no perjudicasen su vida normal, las hiciese, pero si le mandaban hacer algo que fuese demasiado trabajoso o lo apartase de sus obligaciones de estudiante, no les hiciese caso.

Quedamos en que si le pasaba algo nuevo me llamaría, aunque fuese a medianoche, y que no dejaría de contarme nada por raro que fuese. Esta advertencia se la hice con el convencimiento casi absoluto de que no la cumpliría, porque es una regla general que a todas estas personas a las que les hablan desde otros planos les imponen secretos. El famoso «secreto de Fátima» es uno entre cientos. Y, efectivamente, al poco tiempo Mario me dijo que había algunas cosas de las que le habían dicho que no me las podía decir.

Pasaron varios días desde nuestra primera entrevista y de nuevo recibo una llamada de Mario. Nos vimos en su casa. Vive solo en un apartamento que sus padres le tienen alquilado y que consta de una sala, una habitación de dormir, una pequeña cocina y una azotea cubierta, en la que tiene un gran sofá en el que se tumba con frecuencia para estudiar.

El objeto de su llamada era para comunicarme dos cosas. La que a él le tenía más intrigado era la que se refería a su vista: desde la víspera le veía el aura a las personas y a todo ser viviente. Apenas si había oído hablar de eso, pero en cuanto empezó a notarlo había ido a la biblioteca de la Universidad a ver si podía documentarse sobre ello; poco fue lo que pudo conseguir, porque es una triste verdad que la ciencia oficial está muy cerrada a ciertas verdades que una minoría de la Humanidad conoce desde hace muchos siglos.

Lo cierto es que Mario podía ver alrededor de todo ser vivo una luminiscencia multicolor, que variaba mucho de un ser a otro y que en el mismo ser podía variar de un momento a otro. El fenómeno le apasionaba y era algo que tenía constantemente delante sin necesidad de hacer nada ni de esforzarse nada. Simplemente le bastaba con mirar. Le pasaba lo que a una persona que hubiese tenido por años un televisor en blanco y negro y de repente le pusiesen delante un televisor en color. Durante largos ratos se pasó distinguiendo la diferencia de las auras de cada persona, y cómo éstas cambiaban en relación a cómo cambiaba el ánimo del sujeto.

A medida que iba pasando el tiempo Mario ha ido aprendiendo muchas cosas sobre el aura y gracias a ella, en la actualidad ya sabe distinguir muchos aspectos de la persona, según los colores de su aura, y con mucha frecuencia, nada más ver a un individuo, aunque sea por primera vez, ya puede hacer un retrato de sus cualidades físicas y psíquicas. Aunque dice que cree que llegará a valerse mucho más de este poder que posee, cuando conozca más cosas de la relación que hay entre el aura y el estado de las personas y cuando sea capaz de verla todavía mejor.

La otra cosa que me comunicó aquel día fue que le habían dicho que pronto lo iban a visitar físicamente y los iba a ver. Aproveché para usar un poco su ordenador y nos despedimos hasta dentro de dos días cuando yo vendría a copiar en él unos borradores que tenía escritos a máquina.

Hasta entonces yo tenía que proceder «por fe». Es decir, tenía que creer todo lo que Mario me decía, porque en realidad no había visto nada por mis propios ojos. Cuando a los dos días fui a su casa, lo encontré tumbado en su sofá y quejándose de una gran molestia en la garganta. Se levantó y se puso a buscar unas pastillas en el botiquín del cuarto de baño. No las encontraba y recuerdo que le ayudé un poco en la búsqueda, aunque inútilmente. Cuando ya él había cesado de buscar, yo entré para no sé qué en su habitación y allí, en la mitad de la colcha tersa, encima de la cama hecha, estaba perfectamente visible la cajita de la medicina.

En este caso no tuve que hacer un acto de fe en lo que Mario me dijese. Ambos habíamos pasado por allí varias veces y de haber estado en aquel mismo sitio la hubiésemos visto inmediatamente; además, Mario hacía días que no había visto aquella medicina y él mismo había hecho la cama unas horas antes y en ningún momento había tocado aquella cajita. Simplemente apareció allí por arte de magia.

Si éste fuese el único hecho o la única prueba que yo tuviese de la realidad de lo que a Mario le está pasando, merecería ser tachado de ingenuo. Pero es que ésta fue sólo la primera de las pruebas que a medida que ha ido pasando el tiempo han ido ganando en importancia.

La primera vez que Mario vio a uno de estos seres fue así. Se encontraba en una de las sucursales de correos de Madrid, certificando un pequeño paquete. Mientras estaba en la cola trabó conversación con un joven que estaba detrás de él y que dijo llamarse Andru. La conversación fue sobre un tema intrascendente y el joven no tenía nada de particular, excepto que demostraba ser de muy buenas maneras y de apariencia agradable, pero nada extraordinario.

Cuando terminó se despidió del joven, pero éste le dijo que si quería ir a «El Corte Inglés» de Castellana él podría llevarlo, porque tenía coche e iba en aquella dirección. Efectivamente Mario iba a «El Corte Inglés» de Castellana y no fue ningún acto de telepatía de Andru ya que en la conversación que habían tenido se lo había dicho.

Por el camino, y cuando Mario menos lo esperaba, su acompañante le dijo:

«—¿Tú crees que los humanos son los únicos seres inteligentes de este planeta?»

A Mario se le agolpó toda la sangre en la cabeza. Se volvió y miró con fijeza a su acompañante. Éste conducía el vehículo de una manera natural y no vio en él nada raro. Pero la pregunta que le había hecho era muy sospechosa.

Mario contestó con otra pregunta:

«—¿Por qué me preguntas eso?»

Debió preguntárselo de una manera brusca y como sobresaltado, porque Andru se sonrió largamente hasta que volviéndose hacia él, con lentitud, le dijo mirándole a los ojos:

«—Tú estás oyendo voces. No temas. Yo conozco todo lo que te está pasando.»

—Yo no sentí ningún escalofrío —nos decía Mario en su casa —, y hasta creo que no me inmuté lo más mínimo. Me quedé sonriendo como diciéndole: «Ah, pillín, me querías engañar.» Él guardó un rato de silencio y me dijo que no tenía que preocuparme. Que poco a poco iría conociendo más de ellos y que desde el momento de mi nacimiento ellos habían tenido cuidado de mí porque yo estaba destinado para hacer cosas importantes. Yo no hablaba. Lo dejaba a él que hablase, porque eso me parecía mucho más importante.

»Me habló de cosas generales que iban encaminadas a darme tranquilidad y me dijo que nos íbamos a volver a ver pronto. Llegamos a la esquina de Marqués de Villaverde y la calle Orense y nos despedimos con un apretón de manos. Cuando me bajé ni se me ocurrió tomarle la matrícula al coche, y pensativo como estaba, apenas si me fijé en cómo era éste. Recuerdo, aunque no con mucha seguridad, que era un coche bastante nuevo, no demasiado elegante y de un modelo moderno.

»A los pocos días entré en el «VIPS» de Velázquez y Ortega y Gasset y me puse a hojear las novedades de la librería, cosa que hago con bastante frecuencia, y estando enfrascado con un libro sentí que me tocaban en el hombro. Allí estaba Andru sonriente. De nuevo volví a sentir una gran tranquilidad en su presencia y se me ocurrió invitarlo a tomar un café. Accedió y nos fuimos a la barra. Yo pedí un café y él dijo que prefería un vaso de agua. Hablamos o mejor dicho habló él, la mayor parte del tiempo, acerca de varios temas. Hablaba con gran seguridad, aunque fuese sobre el futuro. Nunca dijo con claridad quiénes eran los que me hablaban ni de dónde procedían. Insistía en que yo era más de ellos que de este planeta, y que al igual que yo, había bastantes otros; y también que más tarde aprendería muchas cosas cuando estuviese suficientemente preparado.

»Se despidió diciéndome de nuevo que nos volveríamos a ver y se fue por la puerta de entrada, perdiéndose entre la multitud que en aquel momento esperaba su turno para poder entrar. Yo me quedé un rato pensando en lo que me había dicho y dándole vueltas en la cabeza a todo lo que me estaba pasando.

»Para entonces ya mis comunicaciones con Mario eran mucho más frecuentes y esto, según él me decía, le daba más tranquilidad que cuando estaba solo, sin saber con quién hablar de lo que le sucedía. De hecho aquella misma tarde me telefoneó para comunicarme el encuentro del «VIPS».

Llegó el verano y Mario, tras haber sacado muy buenas notas, se fue a casa de sus padres y posteriormente con toda su familia — dos hermanas y dos hermanos más— se pasaron dos meses en Marbella.

Estando en Barajas para tomar el avión, cuando se iba a casa de sus padres, sucedió otro hecho en el que involuntaria e inconscientemente me vi envuelto. Me había llamado para contarme algo que le había pasado la víspera y yo me ofrecí para llevarlo al aeropuerto. Estando allá surgió un problema con el billete. Según el agente de «Iberia» el billete no servía porque estaba mal expedido. Había que llamar a la agencia que lo expidió y ya no había tiempo para ello porque el vuelo estaba para salir. Además había exceso de pasajeros y una buena lista de espera.

Mario y yo protestamos fuertemente, pero el empleado se mantuvo firme y ante nuestra protesta airada se cerró aún más en su determinación: con aquel billete de ninguna manera podría viajar…, pero de repente se quedó parado. Titubeó. Miró como asombrado hacia nosotros y se volvió para consultar con un compañero.

Cuchichearon por unos instantes y se dirigió todo sonriente hacia Mario:

—Joven, no hay problema alguno. Puede usted coger este avión. Le deseo un feliz viaje.

Yo me quedé de una pieza.

No me explicaba la razón de aquel cambio repentino. Porque no fue que el empleado hubiese descubierto que estaba en un error —no volvió a mirar el billete una vez que se lo había devuelto a Mario—, fue que sin razón alguna aparente, había cambiado de opinión y por otra parte el cuchicheo con su compañero resultó también muy extraño.

Cuando ya su equipaje estaba facturado, Mario me llamó aparte y me dijo:

—¿Te has dado cuenta?

—Cuenta ¿de qué?

—Pero ¿no has visto nada?

—No; nada.

—¿No has visto a Andru a tu lado mirando hacía el tipo de «Iberia»?

Yo no había visto absolutamente nada. Lo único que vi fue al empleado de «Iberia» quedarse parado y cambiar de opinión repentinamente.

—Pues lo tenías pegado a tu hombro izquierdo. Apareció de súbito y cuando el de «Iberia» me dijo que me podía ir se sonrió y desapareció de la misma manera. Yo creí que lo habias visto porque estaba allí a tu lado.

Todo el episodio, de no haber sido por la inexplicable conducta del hombre del mostrador, me hubiese dado que pensar acerca de la capacidad de fabulación de Mario. Pero es que además hubo otra circunstancia que me demostró que allí había pasado en realidad algo paranormal.

Cuando llegué a mi casa, mi mujer me miró con una cara de extrañeza que me hizo preguntarle por qué me miraba así. Se acercó y me tocó por el lado izquierdo del cuello. Efectivamente, yo sentía desde hacía bastante rato una especie de picazón en toda esa área. Pero no le había dado importancia.

Me miró de cerca y dijo:

—¿Por qué tienes esta parte del cuello tan roja y por qué del otro lado no tienes nada? ¿Has estado tomando baños de sol? Pero es muy extraño que sólo te hayas quemado de un lado.

Por supuesto que yo no había estado tomando baños de sol ni me había dado apenas el sol aquel día. Le conté lo que nos había pasado en el aeropuerto y ella, sin esperar a que yo dijese nada más, casi gritó:

—¡Andru! ¡El rojo del cuello es una radiación que emitía Andru! ¡Ojala no sea maligna!

Efectivamente Mario me había dicho que, cuando apareció, estaba pegado a mi izquierda, mirando hacia el empleado que en aquel momento discutía con Mario. La conjetura de mi mujer es más que conjetura. Es la repetición de un hecho con el que nos hemos encontrado muchas veces en la casuística de los OVNIS. En algunas ocasiones el resultado de la radiación no fue tan inocente y el humano murió a las pocas horas.

Poco tiempo después, cuando ya Mario estaba en la playa con su familia, sucedió su encuentro más curioso con Andru. Cierto día estaba él solo tumbado al sol, leyendo, cuando aún no había mucha gente en la playa. Cuando levantó la vista del libro y se volvió para cambiar de posición, allí estaba Andru a su lado, sentado en la arena, vestido con una ropa ligera, pero no en traje de baño. Mario se sorprendió de verlo allí de repente y le preguntó cómo había venido.

Andru le dijo con tranquilidad y sonriendo:

—Pues simplemente apareciendo.

—No me lo creo. Aquí, ¡delante de tanta gente! Alguno tenía que haberlo notado.

—Pues no es así —contestó Andru—. ¿Quieres que te lo repita?

—Sí.

En un segundo Andru ya no estaba allí. Mario miró en derredor, pero ni sombra de Andru. Se había desvanecido. Pasaron unos cuantos segundos y allí estaba él de nuevo, sentado y sonriente. Mario, que ya se iba acostumbrando a ver cosas extrañas, simplemente se encogió de hombros y contestó con otra sonrisa sin comentar más.

Aquel día Andru fue más comunicativo y le contó muchas cosas de su vida propia. Según lo que entonces le dijo, él era un ser igual que Mario; es decir, nacido en este planeta pero en realidad perteneciente a otro; su cuerpo era humano pero su mente o su alma eran de fuera, aparte de que en su concepción, gestación y alumbramiento «ellos» habían intervenido muy directamente.

Durante la infancia «ellos» vigilan muy de cerca todas las actividades de sus «implantados», para que no les suceda nada grave. Primeramente escogen familias sanas, en donde ven que van a recibir una educación buena, aunque la «bondad» a que ellos se refieren no coincide exactamente con lo que nosotros llamamos «bueno».

A pesar de que el cuerpo de estos individuos es humano, tiene ciertas variantes, imperceptibles a simple vista la mayor parte de ellas. Sin embargo, por el hecho de que ellos manejan los genes de su gente, ésta con frecuencia no se parece nada a los demás miembros de la familia. De hecho Mario no parece hermano de sus hermanos y tiene unas características fisiológicas completamente distintas a ellos. En cambio Andru se parece bastante a él.

Éste siguió diciéndole, siempre tumbado en la arena, que en un tiempo él había estado en la misma situación en que Mario estaba entonces; es decir, comenzando a descubrir todas estas tremendas e increíbles realidades.

Que poco a poco «ellos» fueron enseñándole cosas y activando sus capacidades de modo que en la actualidad él, a pesar de que vivía en un lugar concreto de Francia, y se comportaba como un ser humano, tenía mucha mayor comunicación con «ellos» y era capaz de hacer cosas «imposibles» como la que le acababa de demostrar unos momentos antes, o lo que es todavía más increíble, trasladarse desde donde vivía en Francia hasta la playa española en un momento. Con un golpecito en el hombro le dijo a Mario que tuviese paciencia, que él podría llegar a hacer lo mismo, pero para ello tendría que pasar, al igual que él, toda una preparación que le sería dada cuando «ellos» creyesen que ya estaba maduro.

Le dijo también que las playas estaban bastante contaminadas y que mucha gente, a causa de ello iba a tener enfermedades cutáneas. También lo precavió para que no abusase de los baños de sol, y de hecho, a ruegos de Mario, le echó crema en la espalda.

Le dijo, además, que él vendría a verlo de vez en cuando, pero que su trato principal sería con otros de «ellos» que estaban especialmente encargados de instruirlo y que no eran humanos como él y Mario, es decir, nacidos en este planeta, sino venidos del mundo original al que todos pertenecían. Se despidieron y en un momento Andru ya no estaba allí. No se fue caminando como había hecho en otras ocasiones, sino que repentinamente desapareció. Mario miró a su alrededor para ver si alguien entre las muchas personas que ya entonces había en la playa, se había dado cuenta. Pero nadie daba la impresión de haber visto nada.

Después de aquella entrevista, tuvo para pensar mucho con todo lo que su misterioso amigo le había dicho. Lo primero que le vino a la mente, corroborando lo que Andru le había contado acerca de la especial protección de que había gozado durante toda su vida, fue el tremendo accidente de moto que había sufrido años atrás, en el que «milagrosamente» no le había pasado nada.

Mario iba de acompañante en la parte de atrás de una moto muy potente manejada por un loco. Iban por una autopista a más* de 180 por hora; algo pasó y Mario se vio volando por el aire. Quedó tendido en la cuneta a más de cien metros de donde había sido el primer impacto. Recuerda que cuando llegaron a él los que se acercaron a auxiliarle, no se atrevían a bajar al fondo de la cuneta en donde él estaba tendido inmóvil, pensando que estaba muerto. No podían deducir otra cosa habiendo sido testigos de cómo él había salido despedido después del formidable impacto. El que conducía la moto, aunque no murió, se rompió cuantos huesos tenía.

Mario, tras unos minutos de aturdimiento se fue incorporando lentamente y ¡no le había pasado absolutamente nada!

Sin embargo, a pesar de que la impresión del accidente había sido muy fuerte, siempre le había quedado un sensación extrañísima que se sobreponía a aquélla: tenía la impresión de que cuando volaba, tras el impacto, alguien lo llevaba por el aire como si lo sostuviese en brazos. Cuando llegó al suelo sintió la misma impresión; no se dio un golpe violento, sino que fue como si lo depositasen con cuidado en tierra.

Éste no fue el único accidente en que Mario se ha visto envuelto. En otra ocasión viajaba al lado del chófer, sin llevar puesto el cinturón de seguridad. Era un coche pequeño y el joven que lo conducía iba a gran velocidad. La visibilidad era mala y en un momento se encontraron que delante de ellos, parado, había un gran camión. Literalmente toda la parte delantera del turismo en que Mario viajaba, a pesar del gran frenazo, quedó incrustada debajo de la caja del camión.

En este tipo de accidentes, de ordinario los que van delante, y sobre todo el acompañante del chófer, suelen quedar decapitados o con el cráneo destrozado.

En nuestro caso el impacto fue tal, que el joven que iba en el asiento de atrás, inmediatamente detrás de Mario, quedó muerto en el acto y sólo pudo ser sacado mucho después; el que conducía tuvo que esperar un buen rato a que trajesen grúas e instrumentos para extraerlo del amasijo de hierros en que estaba atrapado, con múltiples fracturas y heridas, pero vivo de milagro.

El coche quedó literalmente empotrado debajo del camión y las personas que se acercaron en seguida, gritaban nerviosas al ver que no se podía hacer nada para sacar a los ocupantes, pues las puertas ya no existían en todo aquel montón de hierros retorcidos.

Mario me cuenta:

—Yo vi aparecer de repente el camión parado; sentí el frenazo y el tremendo golpe, pero a continuación me vi entre las personas que estaban gritando al lado del coche. A mi derecha una señora, en un ataque de histeria, gritaba:

«¡Dios mío, qué horror! ¡Se han matado todos!»

A lo que yo instintivamente le contesté:

«No señora, a mí no me ha pasado nada.»

«Entonces se volvieron todos a mí sin poderlo creer y me miraban como a un aparecido.

»—¿Pero estabas tú ahí dentro?

»—Sí —les dije—. Y aún hay otros dos. —Y me seguían mirando de una manera rara.

»Yo no tenía ni un rasguño. Siempre pensé que allí había pasado algo raro pero ni se me pasaba por la imaginación que alguien pudiese velar de una manera tan cercana y tan eficaz por mi seguridad personal.

Como nuestro trato fue haciéndose cada vez más frecuente — en la actualidad lo considero como si fuese un hijo mío—, en alguna ocasión hemos hecho alguna excursión en bicicleta por las afueras de Madrid. Pues bien, un día en que se cayó de la bici, cuando me acerqué a él para ver si se había hecho daño, me dijo simplemente:

—Me ha vuelto a pasar lo mismo que cuando el accidente de la moto; me han depositado en el suelo.

A estas alturas, tal como le pronosticó Andru hace aproximadamente un año, Mario ya tiene alguna cualidad paranormal de la que he sido testigo muchas veces. Se trata de una mezcla de telepatía y clarividencia, que bien desarrollada y usada puede ayudarle mucho en la vida.

Según él, cuando quiere saber algo, cierra los ojos, se concentra y en seguida aparece una pequeña pantalla en la que está escrito lo que él quiere saber. He hecho con él la prueba de esto bastantes veces y estoy convencido de que puede saber cosas que su mente consciente desconoce.

Cuando le pregunto alguna cosa cuya respuesta ya conozco, tengo derecho a sospechar que se trata de telepatía; es decir, que me está leyendo la mente, lo cual ya de por sí es un hecho paranormal. Pero para evitar esto, muchas veces le he preguntado cosas cuya respuesta desconozco e igualmente, tras acudir a su pantalla, me las ha contestado.

Para esto me he servido bastante del instructivo juego llamado Trivial en el que hay miles de preguntas de unos cuantos temas. Pues bien, en las escasas ocasiones en que basado en sus propios conocimientos no es capaz de contestar alguna de las preguntas — recuérdese que Mario es un alumno brillante de ciencias químicas y que además ha sido muy aficionado a la lectura desde que sin que nadie se lo enseñase aprendió a leer—, cierra los ojos, pone las manos en la frente y en segundos deletrea en voz alta lo que lee en su pantalla que a veces, según él, está algo borrosa.

Una de las cosas más significativas en todo este proceso que se está desarrollando con Mario es la entrada en escena de Rufo.

Tal como Andru le había dicho, Mario iba a conocer a otros individuos que no habían nacido en este mundo y una de cuyas misiones aquí era la de instruir y proteger a él y a otros «Marios» que había por ahí. Y efectivamente así fue.

Un buen día se presentó Rufo «en carne y hueso».

En realidad no sé cuál es su verdadero nombre y ni siquiera si lo tiene, pero yo, en cuanto Mario me empezó a hablar de él, lo bauticé como «Rufo» y con ese nombre se ha quedado. Aunque como todos estos individuos extrahumanos le dan una gran importancia a los nombres —en realidad a los sonidos y vibraciones que producen— no me extrañaría que cualquier día de éstos me llegue la orden de que no le vuelva a llamar a Rufo y que se lo cambie por alguno otro escogido por él. Lo cual no me gustaría nada, sobre todo si el nuevo nombre se pareciese a otros que ya conozco y de los que sospecho mucho.

Rufo no fue el primer no-humano que Mario vio. Antes se le presentaron otros que se turnaban, pero el que lo visita en estos últimos meses de una manera fija es Rufo.

Todos visten poco más o menos lo mismo. Llevan una capa de color claro con mangas, que les cae hasta más abajo de la pantorrilla. Su altura media es de 1,75 a 1,80 metros y tienen el pelo largo hasta el hombro, de un color rubio no muy claro.

Su manera de hacer contacto con Mario no es como la de Andru. Éste es más «físico», más humano y por eso es para él más natural el mezclarse con la gente y aparecer caminando, aunque también esté en su mano aparecer y desaparecer repentinamente, tal como hemos visto. Pero Rufo y sus compañeros ordinariamente se presentan en la habitación o en la casa de Mario tal como lo vemos en ciertas series de televisión. Así fue como los vio por primera vez.

Estaba dormido; sintió que lo despertaban y la voz le dijo:

—Vete a la sala que tienes visita.

Se levantó en seguida y en pijama se fue a la sala donde encontró a dos individuos que lo saludaron muy afectuosamente. Hablaron un rato sobre generalidades y le dijeron que seguiría recibiendo visitas cada cierto tiempo y cuando ellos vieran que lo necesitaba. También le dijeron que más tarde tendrían que llevárselo durante quince días para darle instrucciones y toda la preparación que le hacía falta para que pudiese desenvolverse bien en el mundo.

A Mario no le gustó mucho esto de tener que estar quince días «fuera», sin saber exactamente dónde. De hecho lo citaron un día por la noche, cerca de un lago como a un kilómetro de la casa, y no fue. Otro día también lo volvieron a citar, nuevamente cerca de otro laguito, aunque éste a sólo cien metros de su casa y de dimensiones mucho menores y, no sé sí influido por mis consejos, tampoco acudió a la cita.

Creyó que iban a enfadarse con él por ello, pero no fue así. En distintas ocasiones le han dicho que él haga siempre lo que crea que debe hacer.

Antes de comenzar la «era de Rufo», que es en la que estamos ahora, tuvo algunas experiencias con otros que luego no volvieron a presentarse. La más extraña de todas fue la siguiente.

Estando un día en la tinca de sus padres, con su familia, sintió que lo despertaban por la noche v oyó que le decían:

«Vístete y sal al patio.»

Se vistió y salió al patio.

A pesar de que hay algunas casas por allí diseminadas, se ve el campo abierto con árboles dispersos y se puede distinguir una gran extensión de cielo. Mario salió de la casa y se alejó un poco de ella. Como a unos trescientos metros de distancia v a unos treinta o cuarenta del suelo estaba inmóvil en el aire un gran aparato circular que desprendía un gran resplandor.

Mario, sin inmutarse mucho. aunque era la primera vez que veía una cosa así, se quedó mirándolo fijamente durante un rato, cuando vio que del aparato salía como un hilo de luz o como un alambre iluminado que se dirigía rápidamente hacia donde él estaba. Se quedó quieto y pudo ver un trazo luminoso finísimo que llegaba desde el aparato hasta unos dos metros de donde él tenía los pies. Cuando estaba contemplando aquella cosa tan rara vio que algo avanzaba por encima del hilo de luz. Era un ser humano que se deslizaba rápidamente hacia él.

En un segundo, un ser aparentemente humano, aunque con una vestimenta un poco diferente, estaba ante él. Lo saludó y le preguntó cómo estaba, en perfecto castellano. Le dijo que eran sus hermanos y que había venido a visitarlo para que tuviera fe en ellos, y algunas cosas más por el estilo.

Acabada la conversación —de la que yo creo que Mario me oculta algunas partes por habérselo así pedido ellos— el misterioso visitante se despidió y se volvió al aparato de la misma manera que había venido. Daba la impresión de que patinaba sobre aquel rayo de luz, aunque esta vez era cuesta arriba.

Mario se volvió para entrar en su casa y se quedó asombrado cuando vio delante de él otro hilo de luz, en todo semejante al que acababa de ver, que partía precisamente de debajo de sus pies hacia la puerta de su casa. Sin hacer él esfuerzo alguno por su parte sintió que lo empujaban, de modo que comenzó a deslizarse suavemente por encima del hilo. Como dormía en la parte alta de la casa, el rayo de luz subía también por las escaleras y llegaba hasta su misma cama, de modo que sin ningún esfuerzo se encontró de nuevo en su habitación, sin que nadie en su casa, donde todos dormían, se hubiese percatado de nada.

La propia «era de Rufo» comenzó en el año 1986-1987, cuando Mario regresó a la Universidad, en Madrid. Rufo se le aparecía en casa con cierta frecuencia, sobre todo cuando Mario tenía alguna dificultad, y por entonces surgían muchas, pues los estudiantes estaban bastante agitados y Mario participaba muy activamente en todas las manifestaciones.

Además Rufo estaba muy atento a los pequeños conflictos sentimentales de Mario que por aquellas fechas se había echado novia. Ésta era de un genio muy vivo y él tampoco pecaba de ser pacato, de modo que en los primeros tiempos, aunque se querían y se siguen queriendo de verdad, tenían bastantes choques. Esto desconsolaba mucho a Mario y era entonces cuando el buen Rufo hacía su aparición. No precisamente como un Celestino cualquiera para que hiciese las paces con su novia, sino para hacerle recobrar la paz de espíritu, pues el no tenerla, según él, le perjudicaba bastante en su proceso de maduración para recibir todas las enseñanzas que ellos querían transmitirle.

Una de las veces en que Rufo vino, yo estaba en casa de Mario trabajando en el ordenador. Él estaba muy agitado, pues había tenido una buena trifulca con su novia. Yo estuve como una hora tecleando, completamente inmerso en mi trabajo, en el salón grande. De vez en cuando percibía unos ligeros susurros que provenían de la habitación donde Mario estaba. Yo no les prestaba atención alguna y en algún momento supuse que se trataba de la televisión que Mario había puesto a muy bajo volumen para no molestarme.

Estaba ya revisando lo que había hecho, cuando entra Mario con cara muy sonriente:

—Ni te has enterado.

—Enterado ¿de qué?

—De que he estado una hora hablando con Rufo.

Había estado todo aquel tiempo sentado en el sofá, hablando tranquilamente con Mario, y según éste, nadie podría distinguirlo de un ser humano normal.

A veces sus consejos son muy concretos, como cuando le decía que no saliese en determinados días al centro de Madrid porque había peligro de que hubiese algún atentado. Efectivamente, por aquellas fechas los atentados de ETA eran frecuentes y en los lugares más inesperados.

La prueba mejor que yo tuve de que Mario no mentía fue cierto día en que comencé a escribir lo que le estaba pasando, pero enfocándolo de una manera negativa. Porque el lector tiene que caer en la cuenta que tratar de estos temas y más aún verse envuelto en ellos, es algo que en primer lugar requiere una gran dosis de serenidad y de sangre fría y en segundo lugar demanda muchas horas de reflexión, cuando no de perplejidad y aun de ganas de huir de algo tan confuso y tan incomprensible para la mente.

Pues bien, yo había escrito en mi casa un folio entero, a espacio sencillo, con todo lo que hasta entonces sabía —que era aún muy poco— del asunto de Mario. Probablemente, si hubiese sabido más, no lo hubiese enfocado de aquella manera.

Como ya dije, lo presentaba como algo negativo de lo que hay que huir a toda costa y comparaba el caso de Mario con otros en los que el contactado había terminado muy mal.

No hacía ni media hora que había terminado de redactarlo cuando suena el teléfono:

—Salvador, tengo un recado para ti. No debes escribir eso que estás escribiendo.

Yo me hice el desentendido:

—¿De qué me estás hablando?

—Pues no sé exactamente, pero eso es lo que me han dicho.

Cambié la conversación hacia otros temas, hablamos brevemente y colgamos. A los veinte minutos nueva llamada de Mario:

—¿Vas a estar en casa? Tengo algo que llevarte.

—Sí. Aquí te espero.

A la media hora llegó con un folio plegado. Lo abrí y no salía de mi asombro. En aquel folio estaba copiado al pie de la letra todo lo que yo había escrito unas dos horas antes. Recuerdo que había escondido los originales y la copia y fui a buscarlos para cotejarlo con lo que me acababa de traer Mario. Excepto en un lugar en que yo escribía un nombre propio en abreviatura y Mario lo había escrito completo, todo lo demás era exactamente igual palabra por palabra y punto por punto.

Le pregunté:

—¿Cómo has escrito esto?

—Me lo han dictado.

Como ya he dicho, Mario no tenía entonces la capacidad de leer en su pantalla tan desarrollada como la tiene ahora. Hoy día le bastaría con cerrar los ojos y concentrarse para poder leer el texto sin que tuviese que venir nadie de fuera a dictarle nada.

Cierto día, Mario había venido a mi casa muy acongojado porque la novia le había dicho que lo iba a dejar y la razón era porque no le dedicaba a ella todo el tiempo que debía. Se lo decía todo en una frase que le repetía a todas horas:

«Quieres más a tus libros que a mí.»

Mario no quería renunciar a seguir siendo el mejor de su clase, pero por otro lado sentía mucho por aquella muchacha y de ahí su estado de desesperación. Habíamos estado hablando, junto con mi esposa, hasta altas horas de la madrugada, mezclando en la conversación su problema sentimental con el problema «ultraterrenal» en que estaba envuelto, y las horas se nos habían ido volando.

Repentinamente se levantó y dijo de una manera muy decidida:

—Tengo que irme.

Como él tiene coche propio, no me ofrecí a llevarlo hasta su casa y vi como lo más natural que se marchase.

Al día siguiente me llamó:

—¿No viste nada ayer?

—No. ¿Qué era lo que tenía que ver?

—Cuando yo dije que me tenía que ir, era que me acababan de decir que bajase, porque me iban a recoger en el portal y me iban a llevar a un sitio para hablar. Por eso te preguntaba si habías visto desde la ventana el coche en que me vinieron a buscar.

—Yo creí que te habías ido en el tuyo, pero de haberlo sabido, de muy buena gana me hubiese asomado. De modo que otra vez avisa.

Eran cuatro individuos los que lo habían recogido. Uno de ellos era Rufo, que daba la impresión de ser el jefe, mientras los otros eran sólo ayudantes ya que apenas sí hablaban y obedecían loque Rufo les decía. El color del coche, según Mario, era claro. Él recuerda que fueron por la M-30 un buen rato, hasta llegar a un sitio a orillas del Manzanares, en donde hay una explanada.

Allí vio un autobús. Bajaron y entraron en él. Mario se quedó atónito, porque lo que por fuera parecía un autobús interiormente era un enorme salón en el que cabrían muchos autobuses. Dentro había bastante gente, varones y mujeres, todos vestidos como Rufo, atentos a diversos quehaceres. Apenas si prestaron atención alguna a los recién llegados, a pesar de ser Mario diferente a ellos. Sin embargo, según su opinión, Rufo era el jefe de toda aquella gente.

Según él le ha dicho, en España hay sólo otra persona que está en sus mismas condiciones; es decir, que es un implantado de ellos aquí. Está en la ciudad de Cádiz y Mario no lo conoce, pero algún día probablemente llegará a conocerlo igual que conoció a Andru.

La mayor parte de toda aquella gente en el «autobús» estaban atentos a un sinfín de pantallas en las que aparecían toda suerte de cosas y personas. En una de ellas Mario pudo ver sucesivamente las caras de personas muy relacionadas con él. Según Rufo le dijo, «ellos» llevan control no sólo de las personas que les interesan directamente, sino de las que están inmediatamente relacionadas con ellas.

Así se encuentra en este momento el asunto de Mario.

¿Adónde irá a parar todo ello? No lo sé. Lo que sí sé es que estoy metido en él hasta el cuello y todavía de una manera más profunda de lo que he podido expresarle al lector. Porque lo cierto es que me han dado permiso para publicar todo esto sólo a condición de que me calle otras cosas. Y la verdad es que no quiero incurrir en las iras de tan poderosos señores.

Comprendo que el lector pueda quedar un poco defraudado pues únicamente tengo mi palabra para probar todos estos hechos. Pero espero de aquí a algún tiempo poder tener alguna prueba tangible y poderle dar más detalles de todo este apasionante asunto y hasta poderle decir cuál ha sido mi impresión personal de Rufo, pues tengo fe que algún día cumplirá la palabra que le ha dado a Mario de dejarse ver por mí y de conversar conmigo.

Pero no crea el lector que entretanto voy a estar nervioso centrando toda mi vida alrededor del momento en que se les ocurra presentarse delante de mí. Nada de eso. Yo seguiré haciendo mi vida normal, tratando de conocer cada día más cosas de este misterioso mundo en que vivimos y procurando ser cada día mejor persona humana.


Última hora

Como en los viejos tiempos del periodismo, hay una «últi-ma hora» escrita cuando ya todo el libro está listo para la imprenta.

Ayer necesité para ciertas diligencias mi DNI y por mucho que lo busqué no aparecía por ninguna parte. Desesperado, le dije a mi mujer que llamase a Mario y le dijese a ver si él podía hacer algo.

Mario protestó porque Rufo le había dicho que estaba abusando un poco de su «pantalla» y que no debería usarla si no fuese en casos de extrema necesidad, pues corría el peligro de que si la usaba exageradamente eso podría dificultar posteriormente el pleno desarrollo de su facultad de ver en ella. Pero ante la insistencia de mi mujer, Mario le dijo que iba a hacer una excepción y que nos llamaría en cuanto tuviese algo.

Creo que no habían pasado cinco minutos cuando sonó el teléfono.

—He visto en la pantalla que además del DNI hay un pasaporte y una tarjeta en la que se lee algo así como «La Guardia», pero no lo puedo leer claro.

—Efectivamente. Pero, ¿dónde están?

—Están en la quinta estantería de la biblioteca comenzando a contar por la derecha y en el anaquel tercero empezando desde abajo hacia arriba. Están debajo de un montón de libros en gallego que están tumbados.

Allí fui inmediatamente.

 Levanté los libros y allí estaba mi DNI y las otras cosas. Un mes antes habíamos recolocado los libros de la biblioteca y los documentos habían quedado sepultados inadvertidamente. De no haber sido por Mario yo hubiese tardado meses en descubrirlos y sólo por casualidad, pues nunca se me hubiese ocurrido buscar allí en donde lógicamente no deberían estar.

En cuanto a la tarjeta en que él leía «La Guardia» era un certificado de vacunación venezolano hecho años atrás en el puerto de La Guaira,

El misterio sigue en pie.

La Granja Humana – texte 15/19

dimecres, 2/10/2019

JOSÉ LUIS

Era el año 1976. Terminé de hablar en un gran local público de la ciudad de México y cuando, sudoroso, entré en la pequeña habitación contigua al escenario desde el que había hablado, me encontré esperándome a José Luis. No lo había visto en mi vida. Me saludó tímidamente y me dijo que quería contarme algo que le venía sucediendo desde hacía años.

José Luis tendría unos 20 años, era alto, con cara inteligente, de modo que me inspiró confianza y ni siquiera por un momento sospeché que podría estar delante de uno de los muchos chiflados que con demasiada frecuencia vienen a contarle a uno sus «comunicaciones» alucinatorias con «extraterrestres». Comenzamos a hablar allí mismo y aquello fue el inicio de una sincera amistad que ha durado hasta hoy.

He aquí, en resumen, lo que entonces me contó José Luis.

Cuando tenía unos 10 años, un buen día apareció por la escuela pública en que él estudiaba un muchacho rubio, poco más o menos de la misma altura que él tenía por aquel entonces —hoy día José Luis mide aproximadamente 1,85 m—, con una piel muy tersa que hacía muy difícil adivinar su edad.

El muchacho, que no era alumno de aquella escuela, se hizo amigo de un grupo de los compañeros de clase de José Luis. Cuando aparecía por allí los entusiasmaba a todos con sus cuentos sobre viajes espaciales, sobre nuevos inventos y muchos otros temas más en los que el extraño forastero estaba mucho más adelantado que sus infantiles amigos.

A pesar de que hizo muy buenas migas con unos cuantos de ellos, intimó de una manera especial con José Luis, al que frecuentaba más, no sólo en la escuela sino también en su casa, hablándole de un sinfín de temas diversos e instruyéndolo acerca de cosas que en el futuro le iban a suceder.

Pasado un tiempo hizo una especie de pacto con todos sus amigos, incluido José Luis, y la señal del pacto fue una especie de ligero tatuaje que a todos les hizo en la parte interior de la muñeca, que tenía aproximadamente la forma de una H mayúscula.

En otras palabras, el tatuaje que todavía puede verse en la muñeca de José Luis, tiene un no pequeño parecido con el famoso signo de UMMO, del que ya le hablamos al lector en páginas anteriores.

Más adelante volveremos a hablar de ello cuando surjan otras relaciones con el caso UMMO.

El misterioso visitante —al que en adelante llamaremos el rubio, ya que José Luis nunca me ha dicho si tiene nombre propio— tomó la costumbre de visitarlo en su propia casa, haciéndolo siempre en una fecha fija, que era precisamente el día de su cumpleaños que caía en el mes de abril.

Llegada esa fecha, el rubio aparecía invariablemente y saludaba a todos los miembros de la familia que ya lo trataban como a un conocido, lo apreciaban por la dulzura de sus modales por lo mucho que sabía y, especialmente la madre de José Luis, por los buenos consejos que le daba a su hijo.

La visita fija en la fecha del cumpleaños continuó repitiéndose sin interrupción y cada vez fue estrechándose más la unión con su misterioso amigo, que nunca decía de dónde venía exactamente ni cuáles eran sus actividades ordinarias. Cuando se le preguntaba sobre esto contestaba con vaguedades, dando a entender que prefería que no se le preguntase sobre ello.

Por otro lado nunca manifestó que él procediese de otro planeta ni que fuese diferente a los demás seres humanos. Como ni José Luis ni nadie en su familia habían prestado anteriormente la menor atención al fenómeno OVNI, no se les ocurrió sospechar que el rubio podía ser alguno de aquellos «extraterrestres» que por entonces aparecían de vez en cuando en las páginas de ciertas revistas y de los diarios.

Sí les llamaba a todos la atención el hecho de que el rubio no parecía crecer ni envejecer de ninguna manera. Se mantenía siempre igual, tal como lo habían visto la primera vez. Fue sólo pasados varios años de este trato cuando José Luis comenzó a sospechar que algo muy extraño había en la persona de su amigo y aprovechando que yo hablaba de estos temas, allá acudió para contarme lo que le estaba pasando.

Una de las circunstancias que me hizo sospechar que el rubio podía ser un visitante «extraterrestre» del tipo que fuese o un auténtico jina, fue lo que José Luis me contó relacionado con su matrimonio.

Ni que decir tiene que él desconocía muchos por no decir todos los recovecos e implicaciones del fenómeno OVNI, y cuando me contaba anécdotas que le habían sucedido con el rubio no lo hacía seleccionando aquellas que se parecían a otras que él hubiese leído en libros de OVNIS, porque en realidad no había leído ninguno y lo desconocía todo sobre el tema. Más bien lo hacía con cierta timidez de que lo que me contaba me pudiese parecer una trivialidad o una chifladura. Yo era el que ante detalles como el que en seguida contaré, me sobresaltaba al reconocer el parecido que tenía con otros casos que previamente habían sido estudiados por mí y por otros investigadores del fenómeno.

La cosa fue que cierto día en que José Luis se hallaba especialmente deprimido, el rubio le dijo:

—Estás triste y yo sé por qué.

José Luis trató de negar que estuviese especialmente triste o por lo menos de restarle importancia al hecho, pero el rubio insistió:

—Estás enamorado de una joven y ella no te corresponde porque ya está casada. Te deprime el ver la resolución de tus deseos como algo imposible.

Se quedó un momento pensativo y en seguida añadió:

—No te preocupes. Dentro de un año, cuando yo vuelva a visitarte, tú no sólo estarás casado con esa joven, sino que tendrás ya un hijo con ella, aunque ahora eso te parezca imposible.

José Luis desconocía por completo la gran afición que algunas de estas entidades tienen en inmiscuirse en los asuntos familiares y amorosos de los humanos. Pero la realidad fue que efectivamente, al año de aquellas palabras, cuando en el mes de abril el rubio volvió hacer acto de presencia, ya José Luis estaba casado con la joven y ésta acababa de dar a luz un varón.

Y aquí conviene hacer un paréntesis para explicar los métodos expeditivos con que algunas de estas misteriosas entidades suelen desembarazarse de los humanos que de alguna manera entorpecen sus planes. Suelen ser tremendamente drásticos en sus medios, sin importarles si éstos son injustos o violentos, según nuestra manera de apreciar las cosas.

Lo que sí suele suceder es que hacen que las cosas aparezcan como completamente naturales. Y cuando los medios ordinarios y lógicos no son suficientes o cuando el tiempo apremia, no tienen inconveniente en recurrir a métodos mucho más expeditivos por violentos que sean. Los accidentes automovilísticos, ataques al corazón o incluso meteoros inesperados —aunque siempre «naturales»— son bastante frecuentes.

Ignoro cómo fue la retirada del primer esposo de la actual mujer de José Luis; lo que sí es cierto es que en muy poco tiempo desapareció de la escena dejando el campo libre para que mi amigo pudiese cumplir sus deseos.

Como dije anteriormente, este solo detalle me hizo sospechar de que estaba ante un caso auténtico y le propuse a José Luis que hiciese dos cosas que nos podrían ayudar a cerciorarnos de si estábamos en lo cierto. Lo primero que le propuse fue que para la fecha en que su amigo solía venir, tuviese en su casa un perro.

Sabido es que los animales domésticos y en particular los perros, gatos y caballos, son especialmente sensibles a la presencia de estas entidades, a las que son capaces de detectar antes de que lo hagan los hombres y en muchas ocasiones cuando son invisibles al ojo humano.

(Lo cual, dicho sea de paso, es una prueba contundente a la que se suele acudir en parapsicología para demostrar que ciertos fenómenos que los científicos miopes atribuyen a alucinaciones, son auténticos y reales, aunque no sepamos explicar con exactitud de qué se trata. Los animales no tienen afán de notoriedad o de ganar dinero ni sufren tan fácilmente alucinaciones como los humanos.)

Pues bien, ante mi sugerencia, José Luis me dijo con pena que aquel mismo año, unas semanas antes de la fecha en que suponía llegaría su amigo, le habían regalado un perrito y que él tenía una gran ilusión por enseñárselo a el rubio cuando apareciese. Pero desgraciadamente el perrito desapareció de casa la víspera de su cumpleaños, y por más que lo buscaron por el barrio no lo pudieron encontrar.

José Luis pensaba que en algún descuido, el perro, que era todavía un cachorro, habría encontrado la puerta abierta y se habría lanzado a la calle con la fogosidad e inexperiencia con que lo hacen los cachorros, siendo luego incapaz de retornar a casa o pereciendo bajo las ruedas de algún automóvil.

Este detalle de la desaparición del perro en una fecha tan cercana a la llegada de el rubio me pareció bastante sospechoso, pero por el momento me guardé la sospecha para mí.

La otra prueba que le sugerí a José Luis fue que tratase de hacerle una fotografía. Su contestación fue instantánea:

«No es amigo de fotos. Pero en una que le hicimos con toda la familia, en la que yo puse mi brazo por encima de su hombro, todo el mundo aparece muy bien menos él, que se ve todo borroso. Fue una lástima porque es la única foto que tenemos de él.»

Esta contestación de José Luis acabó de disipar mis sospechas de que estaba ante un auténtico caso de «entidad no humana» que merecía la pena ser investigado a fondo, dada su poca esquivez y la diafanidad de sus manifestaciones.

Porque, como ya hemos visto, otra de las características normales entre estas entidades venidas del «más allá» es la de ser bastante alérgicas a la fotografía; bien porque no les guste que las fotografíen o bien porque la radiación que emiten vela las películas e impide que sean captados por la cámara fotográfica. El caso es que después de muchos años de trato y amistad, José Luis no posee ninguna foto de su amigo.

Con este dato de la foto mis dudas se convirtieron en certeza, aun antes de conocer muchos otros detalles que más tarde fui conociendo, y abiertamente le comuniqué a José Luis mis sospechas acerca de la desaparición de su perro.

—Creo que él fue el que te lo hizo desaparecer —le dije.

Ante su incredulidad y extrañeza le expliqué la gran sensibilidad que los animales tienen para detectar a estas entidades no humanas.

Muy probablemente el perro hubiese aullado o huido despavorido ante la presencia de su amigo, lo cual hubiese sido comprometedor para él, pues el perro de ninguna manera hubiese estado tranquilo en su presencia. Su instinto les dice que están ante algo que «no es de este mundo» y muy probablemente lo captan merced a su gran hiperestesia sensorial, que es muy superior a la de los humanos. Lo cierto es que se aterran. Acerca de este particular podría escribir páginas enteras, ya que el comportamiento de los animales ante entidades y fenómenos paranormales es algo que siempre me ha interesado mucho.

Lo curioso es que José Luis, llegado el momento, le comunicó esta sospecha mía a su amigo y éste asintió, dándome la razón. Él había hecho desaparecer el perro por la misma razón que yo había dicho: hubiera sido un engorro constante durante su visita. Y de paso note el lector lo que dijimos en párrafos anteriores referente a las maneras expeditivas que estos individuos tienen de deshacerse de todo lo que entorpece sus planes.

En años sucesivos, en todas mis visitas a la ciudad de México, de las primeras cosas que hacía era llamar a José Luis para oír sus confidencias acerca de su trato con el rubio, que ha continuado apareciendo religiosamente cada cumpleaños de mi amigo. Hubo unos años en que sus visitas se extendían más y eran no sólo en el mes de abril, hasta que un buen día le dijo que tenía que ausentarse y que por un buen tiempo no volverían a verse.

Ya para entonces la vida de José Luis había cambiado bastante y siempre de acuerdo a lo que el rubio le había predicho. Para ganarse la vida se había dedicado a varias cosas, hasta que entró en el mundo del sindicalismo en donde llegó a ocupar un puesto de responsabilidad. El rubio le dijo que aquello le iba a traer problemas con las autoridades, pero que no tuviese miedo y que siguiese adelante hasta rematar lo que se habían propuesto, porque a la larga todo se iba a solucionar, como así fue.

De hecho José Luis fue encarcelado por los pugilatos de una empresa con su sindicato, pero al poco tiempo fue liberado sin consecuencias. Entonces su misterioso consejero le dijo que dejase aquel trabajo, pues allí no había futuro para él y que estuviese atento a las oportunidades que se le iban a presentar.

Efectivamente, al poco tiempo le brindaron, de una manera bastante extraña, la oportunidad de entrar en una empresa moderna que tenía que ver con ordenadores e informática. Naturalmente, al no tener él una gran formación profesional, y menos aún una especialización universitaria en las tareas de la empresa, tuvo que contentarse con un puesto bastante humilde. Y aquí es donde de nuevo podemos ver cómo es la «eficacia» de un jina cuando se empeña en favorecer a su amigo humano.

Hoy día José Luis es el jefe supremo —tras muy pocos años de haber trabajado en ella— de una gran empresa de informática.

No es que me lo cuente él y yo se lo crea sin más ni más; es que he estado con él en el edificio de la empresa, he visto su gran despacho comparable ai de un presidente de Banco, he sido testigo de los silencios solemnes y de las reverencias un poco adulonas que los empleados de todo el edificio le hacen al pasar, tal como vemos en las grandes empresas cuan-do pasa el jefe supremo.

Y no sólo eso. El coche en el que José Luis me llevó la última vez a ver su empresa no se parece en nada al modestísimo «Volkswagen» con el que se movía años atrás.

Escalar tan rápidamente puestos en una empresa en la que había antes que él muchas personas interesadas en conseguir lo mismo y con mayores cualificaciones, no es tarea nada fácil. Sin embargo él no tuvo que hacer grandes cosas. Su amigo del «más allá» se encargó de allanarle el camino… y ¡de qué manera!

Todos los que en la empresa podían haber sido competidores para el puesto supremo y sobre todo aquellos que positivamente obstaculizaban el ascenso de José Luis fueron desapareciendo paulatina y «naturalmente» —cánceres rápidos incluidos— hasta que el puesto le cayó en las manos como pera madura y como algo completamente lógico y normal al no haber nadie más cualificado que él para el puesto.

Esa «naturalidad» se ha dado en cientos si no en miles de ocasiones en la historia. Los dioses juegan con sus marionetas humanas con una gran maestría y ponen en los puestos claves a sus protegidos o a quienes ellos juzgan que secundarán mejor sus intereses o cumplirán mejor sus consignas. A veces se toman el trabajo y el tiempo de preparar las circunstancias para que todo parezca lógico, pero en otras ocasiones, forzados por imponderables imprevistos, prefieren la eficacia aunque se les vea un poco la oreja.

En el caso de José Luis, probablemente su amigo el rubio no lo puso en el cargo porque espere que desde él pueda hacer grandes cosas, sino simplemente por pura amistad, por ayudarlo, ya que como vimos, cuando una de estas entidades extrahumanas se encapricha con un humano es capaz de hacer por él cualquier cosa.

José Luis me ha contado muchos pormenores de su trato con el rubio a lo largo de todos estos años.

Algunos son puramente anecdóticos, que sirven para saciar la natural curiosidad de los humanos ante todos estos hechos que nos asoman a un «más allá» que, aunque inquietante y perturbador, es siempre enormemente interesante para nosotros. Sin embargo otros, aunque aparentemente tan inocuos como los puramente anecdóticos, encierran profundas lecciones que nos llevan a hacer deducciones reveladoras.

Porque si bien es cierto que la mente humana está en posición desventajosa ante estas inteligencias extrahumanas, no por eso tenemos que infravalorarla y caer en el error de que no podemos avanzar en el conocimiento de ellas y de otros niveles de existencia.

Una de las cosas que más nos ha hecho reflexionar siempre en lo que se refiere a los mensajes de los supuestos «extraterrestres» o hablando con más propiedad, de estas entidades inteligentes no humanas (sin que necesariamente tengan que ser extraterrestres) es su falta de credibilidad; o dicho en otras palabras, su proclividad a afirmar cosas que juzgadas con la lógica y la mente humanas, suenan a ramplonas mentiras.

Aunque ya en mi libro Defendámonos de los dioses intenté dar una solución radical a este gran enigma, en el capítulo siguiente remacharé aquellas explicaciones con argumentos venidos de otras fuentes e investigados por personas altamente cualificadas y del todo ajenas a los «prejuicios» que yo pueda tener acerca de todo este tema.

El caso es que en el trato y en las conversaciones de el rubio con José Luis aparecen estas mismas facetas chocantes, que si por una parte le confirman a uno que está ante un genuino hecho paranormal englobado en el gran «fenómeno OVNI», por otra lo llenan a uno de sospechas de que la realidad de los hechos, al igual que la veracidad de las palabras, no son lo que parecen ser, y en consecuencia la mente debería ser muy cauta al tratar de enjuiciar globalmente todo el fenómeno, sin llegar demasiado rápidamente a conclusiones definitivas ni mucho menos cambiando hábitos de vida o adoptando patrones de conducta basados en las revelaciones o enseñanzas de estas misteriosas entidades.

El rubio es muy selectivo en cuanto a las personas con las que se relaciona; de algunas ni se deja ver, como si le molestara su presencia. En cambio no tiene inconveniente en dejarse ver y aun en conversar con otras, aunque no llegue a intimar con ellas como con José Luis. Mientras éste estuvo soltero se dejaba ver de toda la familia; sin embargo, una vez casado, que yo sepa, nunca se ha dejado ver de su esposa. En cambio sí se ha dejado ver de su hijo.

Cierto día estaba José Luis a la puerta de su casa con él, cuando era todavía muy pequeño, y apareció en la esquina el rubio caminando tranquilamente hacia ellos por la acera. Se saludaron afectuosamente como hacen siempre, y el rubio se quedó mirando fijamente por un rato al niño, que daba muestras de estar nervioso ante la presencia de aquel extraño al que no había visto en su vida. Al cabo de un rato, y como el muchacho persistiese en su intranquilidad y manifestase deseos de entrar en casa, el rubio le dijo que lo llevase y luego volviese para poder hablar tranquilamente.

La sensibilidad de los niños para cierto tipo de energías es muy superior a la de los adultos y se asemeja mucho a la de los animales.

Si el lector recuerda, ya nos habíamos encontrado con esta misma selectividad en «Zequiel», el rubio que se le presentaba al doctor Torralba y que tantas similitudes tiene con el amigo de José Luis.

Otro día un vecino de éste le dijo:

—Ayer me acerqué a tu casa para hablarte de cierto asunto y como te vi en la acera enfrascado en conversación «con un muchacho rubio», preferí no interrumpirte y dejarlo para otro día.

El «muchacho rubio» no era otro que nuestro misterioso personaje, que precisamente había estado hablando la víspera con José Luis en la acera de su casa.

En cuanto a mezclar informaciones de muy desigual valor, tanto en lo que se refiere a su credibilidad como a su contenido, el rubio no se diferencia de otros casos que el autor conoce muy bien.

En estas mismas páginas se reproducen los planos dibujados por el rubio en los que éste le predecía algo que luego tuvo un total cumplimiento y que el lector mexicano podrá comprobar por sí mismo. (Ver ilustraciones 14 y 15.)

Nótese que el plano fue dibujado antes de que en una esquina de la gran plaza del Zócalo, de la ciudad de México, se comenzasen las grandes excavaciones y los trabajos de restauración que en los últimos años se han venido realizando.

En cuanto a la parte de la ciudad señalada con una cruz, en donde el rubio dice que hay ruinas sepultadas todavía mayores, según noticias que han llegado a mi conocimiento, en las excavaciones para la construcción de nuevas líneas del Metro, se han tropezado por aquella zona con importantes ruinas que han alterado en parte los planes originales. Aunque tengo que confesar que este detalle no lo he podido comprobar con personas cualificadas para ello.

Sin embargo hay que reconocer que el tremendo acierto que tuvo, allí donde aparentemente no se veía más que asfalto y casas, nos da pie para sospechar que también puede estar en lo cierto en su otra gran predicción.

Otra cosa inquietante en que el rubio coincide con otras entidades extrahumanas es en la predicción de grandes catástrofes para el planeta. José Luis no ha querido ser muy explícito conmigo en esto, porque a lo que parece así se lo han recomendado; pero de una manera genérica me ha dicho que el rubio claramente le ha indicado que vienen tiempos muy malos.

Ésta es una constante que se da también en casi todos los videntes y profetas. Una constante que a mí personalmente no me inquieta, porque la vengo leyendo y oyendo hace muchos años, tanto de parte de los profetas religiosos como de los videntes psíquicos que no hablan en nombre de ningún Dios. Y las generaciones se siguen sucediendo una tras otra como las cosechas de hierba, y este pecador mundo, si bien es cierto que a trancas y barrancas, sigue girando en el espacio.

La gran catástrofe de este planeta no es ningún cataclismo cósmico; nuestra gran catástrofe son los líderes estúpidos y desquiciados que padecemos, inflados por el poder; y con los doctrinarios fanáticos que siguen envenenando las conciencias y llenando los corazones de suspicacias o de odios con sus dogmas y sus necios patriotismos.

A veces pienso que estas profecías cataclísmicas, a fuerza de ser repetidas generación tras generación por profetas y videntes de todos los tipos, han logrado sembrar una angustia profunda e inconsciente en el alma de los humanos. Esta angustia parece que es útil a alguien o para alguna causa que pasa completamente inadvertida para nuestra mente.

No creo en los castigos de Dios inmediatos de que nos hablan los enfermizos videntes religiosos. El Apocalipsis ha tenido ya dos mil años para hacer valer sus profecías cataclísmicas; y si no lo ha hecho en todo este tiempo tampoco creo que lo haga en nuestros días.

Pero lo extraño es que el rubio también habla de catástrofes próximas, lo cual es altamente sospechoso y nos lleva a la conclusión de que José Luis no debería caer en la tentación de entregar su mente por completo a todas las sugerencias y enseñanzas de su amigo, manteniéndola en cambio alerta para caer en la cuenta de cuándo los mensajes del misterioso confidente sobrepasan su capacidad de comprensión u obedecen a otras normas lógicas diferentes a las nuestras, o simplemente son nocivos a sus propios intereses.

Éste es un axioma que todos los contactados deberían tener siempre muy presente pero que desgraciadamente no lo tienen, por hacérseles imposible dudar de la buena voluntad de sus cósmicos interlocutores. Los que estamos fuera de este embrujamiento o fascinación, y por otra parte conocemos a una gran cantidad de contactados con los resultados finales de toda su extraña experiencia, podemos dar un juicio más certero de todo el fenómeno.

Y al que pregunte cómo es posible que seres tan evolucionados no caigan en la cuenta de que ciertas enseñanzas o sugerencias pueden a la larga ser nocivas para sus amigos humanos o que, cayendo en la cuenta, no les importe que lo sean, les repetiremos que las «leyes morales» de un nivel cósmico no se aplican a otro. Los humanos acabamos comiéndonos sin escrúpulos a la vaca que nos ha arado el campo y que nos ha dado terneros y leche por años.

El «bien» o «mal» del contactado no tiene importancia, por duro que esto parezca, si lo comparamos con la misión que el «dios» o visitante de otras dimensiones tiene asignada en nuestro mundo. Nosotros sólo somos sus esclavos; esclavos racionales o semirracionales, pero esclavos al fin.

Esto no quiere decir que todos ellos prescindan o se desinteresen por completo de lo que puede hacer sufrir al hombre y menos aún que se ensañen en buscar su mal. Después de reflexionar mucho sobre ello y de conocer muy diversos casos, hemos llegado a la conclusión de que algunos de ellos buscan positivamente el bien del hombre. Aunque la mayor parte dan la impresión de ayudarlo sólo en tanto en cuanto éste obedece sus órdenes y facilita la consecución de los planes de ellos. Y esto por no hablar de otros —a los que ya nos hemos referido— que gozan en jugar con el hombre, sometiéndolo a toda suerte de engaños y hasta sacrificándolo fríamente.

Pero volvamos a el rubio.

Otro aspecto que me resulta sospechoso es su pretensión de identificarse con los visitantes de UMMO. Si todo lo relacionado con este asunto ya resulta de por sí bastante complicado y sospechoso, la afirmación de el rubio de que él es uno de ellos se hace más sospechosa todavía. ¿Por qué? Porque muchas de las circunstancias que se dan en sus manifestaciones no están del todo de acuerdo con lo que sabemos de los visitantes ummitas.

Aparte de su talla —los de UMMO son más bien altos mientras que él tiene la estatura de un niño de unos 10 años— hay muchos otros detalles que no cuadran.

Una cosa que me llamó mucho la atención fue que cuando le entregué a José Luis los tres tomos en que alguien ha ordenado toda la documentación recibida de los ummitas, el rubio se apresuró a decirle que no la leyese por el momento y que esperase a leerla cuando él se lo dijese. Ignoro en este momento si José Luis ha recibido ya el permiso para leerlos.

Me pregunto, ¿por qué esta prohibición?

Lo que uno deduce es que José Luis detectaría en seguida las discrepancias que hay entre los informes de UMMO y los recibidos por él de su amigo y descubriría que, por una u otra razón, no le había dicho la verdad. Y esto podría minar de raíz su credibilidad y hasta las buenas relaciones tenidas hasta entonces. Comprendo que me puedo equivocar en mis deducciones, pero uno tiene derecho a preguntarse y a sospechar.

En ocasiones, las circunstancias que rodean las comunicaciones de los contactados con sus visitantes del más allá, tienen ribetes de novela policíaca.

Le contaré al lector una de esas «circunstancias», que aparte de sus pinceladas rocambolescas, encierra a mi manera de ver una estrategia o una astucia de estos seres que es todo un desafío para la inteligencia humana.

A fuerza de conocer y analizar casos del «fenómeno OVNI» he llegado a la conclusión de que estos extraños visitantes o estas inteligencias —quienesquiera que sean v vengan de donde viniesen — distan mucho de ser todopoderosos y perfectos. A la corta, los seres humanos estamos en desventaja ante ellos; y si acomplejados por nuestra inferioridad dejamos de usar a fondo nuestra mente, no evolucionaremos, y a la larga seguiremos siendo manipulados por ellos por los siglos de los siglos. Por eso es absolutamente necesario que los humanos les perdamos el miedo y comencemos a ver sus debilidades y a usarlas en nuestro provecho.

El caso fue que en cierta ocasión José Luis sintió la necesidad de retirarse varios días a un lugar tranquilo, con el fin de preparar un plan necesario en su empresa, al mismo tiempo que descansaba un poco del asfixiante tráfago diario. Hizo un reserva en un hotelito muy privado, en la ciudad de Cuernavaca, y se dirigió allá, solo, a pasar el fin de semana.

Llegado al hotel, que en aquella fecha del año estaba prácticamente sin huéspedes, se registró, acomodó sus cosas en la habitación y bajó a darse un chapuzón en la piscina.

Sin prestar atención a si había o no había alguien por allí — era el atardecer— se zambulló en el agua, avanzando por debajo de la superficie hasta topar con el muro. Allí sacó la cabeza, y para su sorpresa, se encontró con un individuo joven, de pelo negro, que estaba sentado en una silla, descalzo, apoyando sus pies en el borde de la piscina. A José Luis le llamó en seguida la atención una cosa: aquel individuo tenía los pies de un color marcadamente amarillento.

Obligado casi por las circunstancias, lo saludó con una frase tópica, y ya que prácticamente eran los únicos huéspedes del hotel, quedaron en verse más tarde en el bar.

Efectivamente, una hora después, allí estaba aquel extraño huésped esperándolo en el bar. José Luis le preguntó qué quería tomar y él le contestó que únicamente agua. José Luis pidió un cóctel con hielo. Cuando trajeron las bebidas el camarero, por error, puso el cóctel helado ante el amigo de José Luis y ante éste el vaso de agua.

Para subsanar el error, el desconocido extendió rápidamente su mano hacia el cóctel, con ánimo de acercarlo a José Luis, pero en cuanto tocó el cristal empañado por el frío hizo un gesto como de dolor, retirando la mano al instante.

José Luis notó con extrañeza su gesto y todavía se sintió más intrigado al notar que aquel individuo no cesó de frotar su mano contra el muslo durante la larga conversación que mantuvieron, como si quisiera calentarla después del enfriamiento que había sentido al coger el vaso helado.

Hasta aquí los dos detalles que me han hecho reflexionar grandemente, por pensar que en ellos y en otros semejantes —más que en lo que estos visitantes digan— está la clave de su verdadera identidad e intenciones hacia nosotros, contempladas desde nuestro punto de vista humano.

¿Por qué digo esto?

Por lo siguiente: José Luis desconocía casi por completo todo lo relacionado con el asunto UMMO. El extraño personaje con quien él trabó amistad en el solitario hotel resultó ser, según propia confesión, un enviado de el rubio, que por diversas circunstancias no había podido ir a visitarlo personalmente en aquella ocasión.

En la larga conversación que aquella noche sostuvieron en el bar después del incidente del cóctel, el solitario huésped le contó a José Luis muchas cosas muy interesantes, acerca de la civilización a la que él pertenecía y en concreto acerca de la personalidad de el rubio, que resultó ser una personalidad de muy alto rango en su planeta de origen.

Pues bien, entre las cosas que le dijo, le confirmó lo que ya le había dicho el rubio: que ellos eran de UMMO.

Esta afirmación me llena de dudas y desata en mi mente una catarata de deducciones. El rubio y sus misteriosos congéneres sabían que la noticia del «asunto UMMO» necesariamente tendría que llegar a oídos de su protegido y éste, a poco que la analizase, descubriría contradicciones tal como ya hemos indicado.

¿Qué hacer ante tal situación?

Adelantarse a solucionar dudas y deshacer sospechas, antes de que éstas se presentasen. O dicho de otra manera, reforzar la propia credibilidad basándose en «detalles» aparentemente sin importancia.

José Luis no sabía que los ummitas tienen una parte del cuerpo —de ordinario cubierta por el vestido— que es claramente amarillenta. Esto algún día llegaría a ser conocido por él y ¡oh casualidad! cuando salió del agua lo primero que vio fueron los pies amarillos de su desconocido amigo, cosa que los ordinarios confidentes de los ummitas de diversas naciones del mundo nunca habían visto y únicamente conocían en teoría por informaciones de los mismos ummitas.

José Luis tampoco sabía nada de la extrema sensibilidad que los visitantes de aquel planeta tienen en las yemas de los dedos. El episodio del fulminante efecto de la frialdad del vaso en la mano y de la constante frotación de los dedos contra el muslo, parece que tenía por objeto que él identificase automáticamente a su amigo con los ummitas en cuanto conociese esta cualidad o debilidad de ellos. Con esto, las dudas que pudieran haberle surgido acerca de la credibilidad de el rubio perdían fuerza ante estos hechos de los que él mismo había sido testigo, tan concretos por un lado y tan «casuales» por otro.

Puede ser que me equivoque en mis deducciones, pero el lector debe saber que circunstancias «casuales» como éstas, se han dado en múltiples ocasiones en las relaciones de los contactados con sus visitantes. Y ante la pregunta de cómo seres tan evolucionados puedan ser tan ingenuos en sus estratagemas para «engañarnos» o para convencernos de lo que quieren, repetiremos que distan muchísimo de ser todopoderosos y omniscientes y que tienen muchas limitaciones cuando actúan con una lógica totalmente diferente a la nuestra. Más tarde insistiremos en esto.

Otra pregunta que se le viene a uno a la mente es la siguiente: ¿Y por qué quieren identificarse con los visitantes de UMMO si en realidad no lo son? ¿No es esto un engaño o una mentira manifiesta?

«Engaño» y «mentira» son palabras, conceptos y valores que pertenecen a nuestro mundo y que no se aplican al de ellos. Los hombres «engañamos» constantemente a los anima les y sin embargo no pensamos que hacemos nada malo ni somos llevados por ello ante ningún tribunal, porque a fin de cuentas el «engaño» no se considera como tal y por lo tanto es perfectamente lícito tratándose de animales.

La fuerza de la pregunta está no en si eso es un engaño o no, sino en por qué lo hace. Confieso que la contestación no es nada fácil y la mente humana se pierde en un mar de conjeturas en las que puede fácilmente equivocarse.

En el caso concreto que consideramos, una solución a la duda podría ser que se tratase de dos tipos de visitantes completamente diferentes. Es decir, los de UMMO podrían ser unos seres como nosotros, con muchos años de adelanto en cuanto a sus técnicas y a su evolución, pero en el fondo seres como nosotros, con una realidad física y fisiológica equiparable a la nuestra, que no pueden transformar a voluntad y de la que no pueden prescindir. En otras palabras, unos seres que aunque de un planeta muy alejado del nuestro, viven en nuestra misma dimensión o en una totalmente sintonizada con la nuestra; por eso, cuando vienen a nuestro mundo y se ponen en comunicación con nosotros, conectan bien con nuestra manera de ser y se hacen creíbles, al mismo tiempo que son más vulnerables a nuestra posible hostilidad.

El rubio, en cambio, pertenecería a seres de otra dimensión, con una realidad física completamente diferente de la nuestra. El cuerpo con el que se manifiestan entre nosotros sería fabricado ad hoc y su «mente» o su inteligencia funcionarían en otros parámetros totalmente diferentes de aquellos en los que funciona la nuestra.

Admitiendo estas suposiciones, no es difícil comprender por qué seres tan distanciados de nosotros quieran unirse o «ser asociados» a otros seres que teniendo también el marchamo de «no-humanos», se presentan sin embargo con unas credenciales mucho más aceptables para los hombres de este planeta.

Pero lo malo es que este aparente «engaño» no lo vemos sólo en este caso que estamos comentando, sino que es casi una constante en todo el fenómeno OVNI: los «visitantes cósmicos» suelen decir con muchísima frecuencia cosas que no se atienen a la realidad.

La pregunta clave sigue esperando una respuesta: ¿Por qué lo hacen?

En el capítulo dedicado a los jinas, tal como se conocen en el islam, hay otra posible solución a la pregunta. Pero entonces tendremos que volver a preguntarnos: ¿son todos los que «engañan» o dicen cosas que no se atienen a nuestra lógica ni a la realidad que conocemos, jinas malévolos que buscan jugar con el hombre?

Creo que no. Creo que hay seres que buscan positivamente el bien de los humanos con los que se comunican y creo que los hay que nos defienden de los posibles «engaños» de otros. Pero aun a pesar de esto, sigo creyendo que no lo hacen —ni la «ayuda» ni el «engaño»— por amor o por odio a nosotros sino en definitiva por su propio interés. Los mismos que ayudan a ciertos humanos es muy posible que perjudiquen a otros porque así les conviene en ese momento.

Tengo mi sospecha de que la última razón de por qué algunos de estos seres dicen cosas que no se atienen a la realidad es para salir del paso o sencillamente les tiene sin cuidado lo que nosotros pensamos de ellos. Algo así como lo que muchos padres y madres hacen cuando sus pequeños hijos les preguntan, mientras son enfundados en sus pijamas para irse a la cama, si al día siguiente los van a llevar a ver los coches de bomberos. Los papás, casi sin oír, afirman solemnemente que sí, y hasta les aseguran que les comprarán un coche «de verdad». Pero lo único que tienen en mente es que aquel mocoso acabe de meterse en la cama, y los deje ver a ellos su programa de vídeo con tranquilidad.

Comprendo que esto que estoy diciendo es inadmisible para muchas personas y suena como algo insultante para la raza humana. Pero ante tanta «mentira» dicha por nuestros visitantes, incluidos los que han ayudado a sus contactados, uno no puede menos que pensar así, por duro que sea para el orgullo humano.

Hay todavía otro aspecto aún más difícil de explicar; pero nos llevaría demasiado lejos el pretender encontrarle ahora una solución y nos apartaría del tema concreto que estamos tratando en este capítulo. Me refiero a las prolijas instrucciones sobre variadísimos temas —prescindiendo ahora si son verídicas o no— con que estos seres del «más allá» suelen instruir a sus visitados. En muchísimas ocasiones tales instrucciones suenan a absurdas, a la larga han resultado completamente inútiles y con frecuencia han sido hechas a individuos que no estaban preparados para poder asimilarlas. Dejemos para otra ocasión la explicación de este extraño hecho, que tan frecuente ha sido y sigue siendo entre los contactados.

En nuestro caso, José Luis también ha recibido muchas instrucciones, pero él está preparado para asimilarlas y no se puede decir si en el futuro le serán de alguna utilidad. Algunas de ellas, a juzgar por los hechos, parece que le han sido ya muy útiles.

Lógicamente, el lector se estará preguntando hace rato: ¿quién es este rubio y de dónde procede?

Cuando José Luis le ha hecho esta pregunta, directa o indirectamente, la contestación ha sido siempre una evasiva en la que más o menos veladamente le decía que prefería no hablar del tema. Según José Luis me ha dicho, nunca le ha confesado abiertamente que él no es de este mundo, aunque se lo ha dejado entrever en muchas ocasiones.

Cierto día le dijo con alguna tristeza que tenía que irse y que estarían un buen tiempo sin volver a verse. Efectivamente cuando tocó el tiempo de su visita acostumbrada, no se presentó y estuvo muchos meses sin aparecer. Fue en este tiempo cuando sucedió el episodio del hotelito con el «ummita» de los pies amarillos.

En la actualidad la extraña simbiosis de José Luis y el rubio sigue todavía funcionando. Dudo si algún día tendré la oportunidad de ver personalmente a este personaje del «más allá» y de cambiar con él algunas palabras. Presumo que mi presencia es «non grata» porque tengo gran tendencia a preguntar y a llegar hasta las raíces de las cosas. Y como hemos visto, a estos seres les gusta muy poco ser interrogados acerca de sus orígenes y de sus intenciones en nuestro mundo.

En bastantes ocasiones he escrito formularios enteros para que los diversos «contactados» los usasen cuando fuesen visitados, y prácticamente en todos los casos mis amigos volvieron sin que sus preguntas hubiesen sido escuchadas. En lugar de contestar preguntas prefieren dar instrucciones.

Y en alguna ocasión, ante el formulario del humano, le han dicho tajantemente que lo que tenía que hacer era oír, en vez de preguntar.

La Granja Humana – texte 14/19

dimecres, 2/10/2019

LULA

Conozco a Lula desde 1973.

Había sido invitado a hablar sobre mis experiencias en las investigaciones acerca del fenómeno OVNI, a casa de un amigo inglés, ingeniero de profesión, en la ciudad de Caracas. Con ese motivo él había invitado además a un grupo de personas interesadas en el tema. Uno de los invitados fue Lula, que se suponía vendría con su esposo, que aunque no tan interesado como ella, de vez en cuando hablaba de cosas muy interesantes sobre estos mismos temas, por las que se veía que conocía a fondo el asunto.

Lula vino, pero sin su esposo, y participó activamente en la conversación que tras mi charla se entabló entre todos los que habían asistido. Nos despedimos y en ningún momento pude yo sospechar que precisamente por aquellas fechas estaba ella siendo testigo directo y en cierta manera actriz principal en un interesantísimo drama en el que el otro actor era un «extraterrestre», con todas las reservas que esta palabra me produce.

Habrían de pasar casi diez años antes que volviese a ver a Lula, esta vez en Madrid, tras el programa «Medianoche» de Antonio José Alés en la Cadena SER.

Lula me llamó por teléfono diciendo que quería hablar conmigo al día siguiente. Durante todo ese tiempo yo había sabido de ella en muchas ocasiones, por comunes amigos que comenzaron a hablarme de su interesantísimo caso.

Todo había empezado a principios de los años setenta, en el Museo de Carrozas que existe en el Palacio Real de Madrid. Lula estaba tomándose unas vacaciones, para descansar un poco de las muchas tensiones a que últimamente se había visto sometida, por las malas relaciones con su marido. Las disputas eran casi constantes y la gran diferencia de edad entre ellos agravaba aún más las cosas. Aunque el tener que separarse por unos días de sus pequeños hijos era algo que le disgustaba, tomó la decisión de ausentarse para poder reflexionar mejor acerca de la situación y para poder serenarse.

Aquella tarde el museo estaba prácticamente vacío. Lula se había detenido ante un viejo landó cuando oyó las pisadas firmes de alguien que lentamente se acercaba hacia donde ella estaba. A medida que los pasos se aproximaban sentía como si verticalmente le clavasen un puñal helado a lo largo de toda la columna vertebral.

Pero no se volvió. Únicamente miró de reojo hacia abajo para ver si podía distinguir quién estaba situado detrás de ella. Sólo pudo distinguir los lustrados zapatos de un hombre pero no levantó la vista para verle la cara.

Conmocionada por la fuerte impresión física que había recibido y al mismo tiempo intrigada por quién podría ser aquel individuo que le había causado semejante conmoción interna, se alejó del lugar y salió al jardín, sentándose en el asiento de un viejo trenecito que por aquellas fechas se hacía aún circular, en un breve recorrido para los turistas. Sacó un libro y se puso a leer.

Al poco rato, el desconocido se acercó a donde ella estaba y sin decir nada se sentó en el asiento de al lado, a pesar de que había muchos otros vacíos, ya que a aquella hora ellos eran prácticamente los únicos visitantes del museo.

Lula volvió a sentir la misma fuerte impresión a lo largo de toda su columna vertebral. Pero no levantó la vista del libro a pesar que se hallaba francamente molesta por la falta de delicadeza de aquel desconocido. Para entonces, ya había podido caer en la cuenta de que se trataba de un hombre joven, extraordinariamente alto y muy bien trajeado.

Tras unos instantes, el desconocido rompió el tenso silencio:

—Señorita, ¿de dónde es usted?

Lula tuvo la tentación de enviarlo al infierno pero se contuvo y no dijo nada. Y de nuevo oyó la voz:

—¿Es usted española?

Un largo silencio. Lula estaba dispuesta a no cambiar palabra con aquel impertinente desconocido. Pero de nuevo se oyó su voz pausada:

—No. Usted no es española. Ni tampoco francesa… ni italiana.

Hubo otro silencio.

—¡Usted es venezolana!

Lula saltó como un resorte al verse así descubierta por alguien a quien no había visto en su vida y que además le estaba resultando no sólo inquietante sino hasta repulsivo, por lo atrevido y desconsiderado.

De una forma hostil, como si no creyese lo que le decía, replicó:

—¿Cómo lo sabe usted? Y además, ¿quién es usted?

—No importa quién soy ni cómo lo sé. Lo cierto es que usted es venezolana.

—Sí, lo soy, pero no tengo intención de hablar con usted si no me dice quién es y sobre todo cómo ha logrado saber que soy venezolana.

El extraño —al que en el futuro llamaremos Jorge, aunque el nombre que él usaba no fuese ése— dijo cómo se llamaba, pero mantuvo su hermetismo en cuanto a sus orígenes, defendiéndose con evasivas a las preguntas de Lula referentes a muchos pormenores de su vida.

La conversación que había comenzado tensa, acabó distendida y mucho más animada. Cuando al cabo de un buen rato llegó el momento de cerrar el museo se despidieron cortésmente en la acera. Al cabo de unos días Lula se volvió para su tierra y pasado un tiempo se había olvidado por completo del extraño incidente en el Museo de Carrozas.

Transcurrieron varios años. Lula daba una recepción en su gran casa de Caracas y se encontraba aquella tarde muy ajetreada atendiendo a los detalles de la fiesta, cuando le dijeron que la llamaban por teléfono.

Al otro lado había una voz desconocida:

—Hola Lula, ¿me recuerdas?

—Por la voz no.

—Soy Jorge.

—¿Jorge? Conozco a varios Jorges y además hoy vienen muchas persona a la fiesta y no sé si serás una de ellas, pero no caigo… ¿Nos hemos visto alguna vez?

—Sí, nos hemos visto y somos viejos amigos. ¿Recuerdas la visita al Museo de Carrozas de Madrid?

Lula recordó en un instante el extraño episodio vivido en Madrid varios años atrás, pero preocupada como estaba con la fiesta de la noche le pareció que era una mala suerte el que precisamente aquel día volviese a presentarse aquel raro hombre.

Se le ocurrió una idea:

—¿Por qué no vienes esta noche a la fiesta y así, aparte de vernos, tienes ocasión de conocer a mucha gente interesante? Porque me imagino que no te sobrarán amigos aquí en Caracas.

—Perfecto. Allí estaré puntual.

Cuando Lula colgó, se felicitó a sí misma por haber encontrado tan rápida y brillantemente solución al problema. A los cinco minutos, embebida en la preparación de los canapés y demás detalles de la recepción, ya se había olvidado de la llamada de Jorge.

Llegó la hora de la fiesta. Lula y su marido recibían uno a uno a los huéspedes a medida que iban llegando. Estaba saludando en la puerta a uno de ellos, cuando a sus espaldas sintió como un viento helado que se le metió como una daga por la columna vertebral. Instantáneamente recordó la experiencia tenida en Madrid. Se volvió, rápida, y allí estaba Jorge sonriéndole.

Terminó la fiesta sin nada de particular, como no fuese el extraordinario atractivo que Jorge demostró ejercer sobre todos los asistentes, y se despidieron. En la puerta le anunció que su estancia en Caracas no era pasajera sino que intentaba quedarse a vivir allí.

A partir de aquel día comenzó a asediarla para que se divorciase del hombre hosco y viejo con quien estaba casada. Constantemente le repetía: «Salte de ese viejo inmueble», refiriéndose, en parte, a la gran casa en que vivía, situada en uno de los mejores barrios residenciales de la capital, y en parte a su marido, que como dijimos, le llevaba bastantes años de edad.

Lula al principio no le prestaba oídos, pero como las disputas y las diferencias con su esposo eran cada vez mayores, acabó divorciándose, entablando posteriormente relaciones con Jorge, que culminaron en boda al cabo de algo más de un año.

Por todo lo dicho hasta aquí no tenemos derecho alguno a sospechar que Jorge no fuese un ser humano ordinario y a equipararlo con las extrañas entidades a las que nos estamos refiriendo en este libro. Pero de él sabemos muchas más cosas contadas no solamente por Lula sino por sus familiares y amigos. Y si bien es cierto que ninguno de ellos sospechó que pudiese ser un «no-humano» sin embargo no dejaban de extrañarse mucho ante sus raras cualidades.

Ya le dije al lector cómo mi oportunidad de haberlo conocido personalmente se frustró, al no haber él querido asistir acompañando a Lula a una velada en casa de un amigo, en la que yo hablé sobre temas de los que seguramente él sabía mucho más que yo. No era partidario de frecuentar reuniones ni de hacer nuevas amistades. Pero si alguna vez acudía a una reunión, casi seguramente se convertía en el centro de atracción y en el animador de la charla. Daba la impresión de que sabía de todo, y no con un conocimiento superficial, sino descendiendo a detalles propios de un profesional en la materia.

Las cosas por las que un estudioso de estos temas hubiese podido sospechar que se trataba de un «no-humano» son muchas, y Lula las guarda muy bien en su memoria, tal como me las contó en una larga conversación que tengo grabada en varias cintas magnetofónicas.

Tras de su boda con Jorge y en su trato íntimo con él, Lula comenzó a descubrir cosas que la llenaban de asombro cada día.

Estas extrañas cualidades de su marido no sólo no impedían que estuviese muy unida a él sino que me confesó que llegó a estar completamente enamorada.

—Como marido era perfecto. Me trataba con gran cariño y al mismo tiempo con un gran respeto. A veces me miraba como si yo fuese una niña y en realidad yo así me sentía viendo su gran superioridad en todo.

—Con mis dos hijos (habidos en el primer matrimonio) era un padre ideal. Creo que los entendía mejor que yo. Ellos lo querían mucho y al mismo tiempo lo respetaban. Él les adivinaba por completo sus necesidades y sus deseos.

Llegó un momento en que ante tantas cosas extraordinarias que Lula veía hacer a su marido no sabía qué pensar. Nunca llegó a pensar que fuese «extraterrestre» —término que entonces estaba en Venezuela muy de moda— pero en más de una ocasión le preguntó medio en broma medio en serio de dónde era o de dónde había venido.

Él le decía siempre lo mismo: era un descendiente de italianos que habían venido a Sudamérica en busca de mejores oportunidades de vida. En efecto, él usaba un apellido italiano bastante corriente en Argentina. Y cuando Lula se ponía impertinente instándole a que le dijese quiénes eran sus padres y dónde había adquirido tantos conocimientos y tantas facultades, él decía que no fuese tan curiosa y con alguna broma salía del paso. Pero nunca dio a entender que él no fuese humano. Más bien trataba de hacer creer que lo era y en cierta manera procuraba adelantarse a las pequeñas dudas que ella pudiese tener ante actuaciones suyas que superaban todos los límites humanos.

Su vida era en ciertos aspectos normal pero en otros distaba mucho de serlo. La fuente de sus ingresos era una compañía de importación y exportación de libros que tenía un local y unos cuantos empleados. Jorge la atendía como algo secundario en su vida y daba la impresión de que le importaba poco si le iba bien o mal, aunque a él nunca le faltaba dinero ni se quejaba de apuros financieros.

Sus cualidades extraordinarias lo eran tanto en lo psíquico como en lo físico. En cuanto a lo primero, usaba la precognición como algo normal. En muchas ocasiones preveía y predecía lo que iba a pasar y atenía a ello su conducta, dejando de hacer cosas que hubiese hecho o adelantándose a hacer algo que luego, a causa de los acontecimientos previstos, no iba a poder hacer.

Los hechos que podría narrar son muchos. Cierto día en que iban por la carretera, conduciendo Jorge, repentinamente éste comenzó a decirle a Lula de una manera apremiante y refiriéndose a un camión que iba como a doscientos metros delante de ellos, en una gran bajada:

—¡Fíjate en aquel camión! ¡Fíjate bien!

Lula clavó los ojos en el camión. Pasaron unos largos instantes y al no ver en él nada de particular le preguntó intrigada:

—Yo no veo nada. ¿Qué es lo que pasa?

—¡Fíjate! ¡Va a chocar!

Todavía pasaron unos instantes hasta que, repentinamente, saliendo de un costado de la carretera, apareció un coche contra el que el camión, a pesar de haber frenado violentamente, se dio un tremendo topetazo, volcándose posteriormente. Fue un serio accidente, en el que de haber proseguido Jorge con la velocidad que traía se hubiese visto involucrado, pues estaría rebasándolo en aquellos momentos.

¿Cómo supo él que el camión iba a chocar sin que hubiese signo alguno de que iba a aparecer el otro vehículo por el costado?

Incidentes como éste, Lula puede contar un sinnúmero.

—A veces, cuando íbamos a gran velocidad por la carretera, él paraba violentamente, y cuando yo le preguntaba asustada qué pasaba, me contestaba con gran tranquilidad: «Iba a romperse tal cosa.» Se bajaba; levantaba la tapa del motor, lo arreglaba rápidamente y seguíamos el viaje.

Su manera de conducir el automóvil hubiese sido suicida en un ser humano normal. Más que correr, volaba. Lula, al principio, se resistía a viajar con él por el pánico que pasaba, temiendo que en cualquier momento se iban a estrellar. Le rogaba que fuese másdespacio. Él obedecía por un tiempo y en parte, diciendo siempre que no tuviese miedo, que no pasaría nada.

Pero al cabo de un rato ya el coche iba de nuevo lanzado a cerca de doscientos por hora y en malas carreteras. Tan normal era esto, que Lula llegó a acostumbrarse y sobre todo después de haber sido testigo repetidamente de cómo él sabía sortear las situaciones más difíciles y salía siempre indemne en donde otros conductores hubiesen perecido.

Daba la impresión de que las distancias se acortaban y Lula me ha asegurado que en varias ocasiones hicieron el viaje de Caracas a Barquisimeto en tres horas, cosa completamente imposible para un conductor normal. Además ella se asombraba cómo un coche de tan poca potencia —un «Valliant»— era capaz de desarrollar tan tremendas velocidades y durante tanto tiempo seguido.

En cuanto a sus cualidades físicas daba la impresión de haber sido criado en el agua y de pertenecer a este elemento.

—Cuando íbamos a la playa, era un espectáculo verlo nadar. En los días de mayor marejada y cuando nadie se atrevía a entrar en el agua por la fuerte resaca y por la violencia de las olas, Jorge con toda tranquilidad se adentraba en el mar, desapareciendo debajo de las grandes olas y reapareciendo entre un mar de espuma cada vez más lejos de la costa.

»Al principio yo me asustaba mucho pero ante la seguridad que él mostraba y viendo que siempre regresaba sin haber tenido ningún problema llegué a prescindir de sus entradas y salidas en el mar. En alguna ocasión, viéndolo uno de los salvavidas frente a la playa de un hotel entrar en un mar muy agitado y adentrarse aguas adentro, corrió hacia mí, sabiendo que yo era su esposa y me dijo que aquello era una locura y que le hiciese señas para que volviese inmediatamente porque estaba en un gran peligro. Yo lo tranquilicé y le dije que no se preocupase por que mi marido era un auténtico pez y había hecho eso mismo en muchas otras ocasiones. Él no lo podía creer y se alejó protestando que él no tendría ninguna responsabilidad si pasaba algo.

»A veces tardaba horas en volver sin que yo lo pudiese ver en ninguna parte, aun buscándolo con anteojos de larga vista. A veces lo veía a más de un kilómetro mar adentro regresando hacia la playa nadando a buena velocidad, en sitios en donde abundan los tiburones. Yo de ordinario tomaba mi baño y luego me sentaba tranquilamente a leer para lo cual ya iba bien preparada pues sabía que mi espera podía ser larga.

»Cuando llegaba venía hacia mí, me hacía alguna caricia y me preguntaba mimosamente cómo lo había pasado y comenzaba la segunda parte del espectáculo aún más extraordinaria que la primera y por lo menos mucho más visible. Con frecuencia, las personas que habían caído en la cuenta de que aquel hombre había desafiado por más de dos horas la furia de las olas en los días en que nadie bajaba a la playa, se acercaban para verlo de cerca, pero se quedaban aún más pasmadas cuando lo veían practicar rutinariamente su ejercicio que podríamos llamar «posnatatorio».

»Solía decirme: «Lulita, me voy a calentar un poco.»

Y comenzaba a correr a todo lo largo de la playa. Primero comenzaba trotando a grande zancadas, pero paulatinamente su velocidad se iba incrementando hasta ser comparable a la de un caballo de carreras a todo galope. La gente, desde el malecón y desde la carretera que corría paralela a la playa, se quedaba pasmada ante «aquello» que veían pasar a toda velocidad y recorrer los dos o tres kilómetros de playa en menos de dos minutos.

Al llegar a las rocas del extremo y sin detenerse absolutamente nada, volvía para atrás y hacía el mismo recorrido a la misma velocidad. Recorría la playa varias veces en ambas direcciones y era tan llamativo que los automóviles se detenían para verlo y la gente se bajaba y se acercaba a la arena para ver de cerca a quien corría a tal velocidad.

Todo lo que le diga en este particular es menos que la realidad.

Lula sigue contando, y aunque han pasado unos cuantos años y Jorge ya no está en este mundo, se le nota todavía un entusiasmo cuando recuerda las hazañas del que fue su compañero perfecto.

—Y fíjese que esto lo hacía un hombre que acababa de estar dos horas o más en agua fría del océano nadando sin parar y además lo hacía alguien ¡que no tenía pulmones!

Esta afirmación de Lula me hizo arquear las cejas. Ella, dándose cuenta de mi extrañeza, me dijo que me explicaría un poco más tarde cómo supo semejante extraño detalle de su anatomía.

Me extrañó que me dijese que tenía una foto de Jorge. Como ya he dicho, a estos individuos venidos de otras dimensiones no les gusta que los fotografíen y se las ingenian para que nadie lo haga, y si lo hace, para que no salgan las fotos. Aunque la verdad es que tener una sola fotografía de un marido tan querido es más bien algo extraño, cuando lo lógico es tener varias docenas de ellas en todas las posiciones y en diversas épocas.

Pero se ve que Jorge hizo una excepción y creyó que ya era suficiente el dejarle una a su mujer. En muchísimos otros casos en que ha habido una gran unión entre un «no-humano» y un humano, aquél, a pesar de la amistad, no ha querido dejar ni permitir foto alguna a su amigo o amiga.

Naturalmente le pedí que me la dejase ver. Jorge aparece en ella sentado, con sus largas piernas cruzadas y no completamente de frente, sino vuelto de medio lado, de modo que no se le ven los ojos. Da la impresión, una vez más, de que no quiso que la cámara fotográfica lo enfocase de frente y le tomase los ojos. Por lo demás, sus facciones no tienen nada de extraordinario. Se diría de él que podría tener algo de sangre india por el tono del color de su piel y por su pelo negro. Lula, con toda razón, guarda su única foto como un tesoro.

El lector estará intrigado por saber cuál fue el fin de la unión de Jorge con Lula, una vez que hemos dicho en líneas anteriores que Jorge ya no estaba en este mundo.

Al poco de su matrimonio, Jorge empezó a quejarse de la gran contaminación del aire que respiraba. Decía que aquello perjudicaba mucho a su salud. Lula le sugirió que comprasen una casa en las afueras de la ciudad, donde el aire era mucho más puro. Jorge, incomprensiblemente para Lula, replicaba: «No es el aire de la ciudad propiamente lo que me hace daño. Es la atmósfera.» Lula no entendía la distinción por aquel entonces.

A causa de esta «contaminación de la atmósfera» Jorge a veces se sentía muy mal. Se ponía cianótico y se tumbaba en la cama cuan largo era, quedándose completamente inmóvil un buen rato.

Entonces echaba mano de un frasquito que portaba siempre consigo, lo destapaba y se lo llevaba a la nariz, permaneciendo así por unos instantes. Cuando retiraba el frasquito y lo tapaba, se incorporaba en la cama y era como si hubiese resucitado; hablaba con toda normalidad y nadie hubiese dicho que un minuto antes había dado señales de estarse muriendo.

Antes de seguir adelante diremos que este misterioso frasquito sirvió en más de una ocasión para que Lula probase la capacidad de clarividencia de su marido. Éste le había dicho muy amablemente que si alguna vez veía el frasquito en algún sitio (cosa muy improbable porque Jorge lo llevaba siempre consigo) no cayese en la tentación de abrirlo y menos de olerlo. Y esto sin ninguna excepción. Se lo hizo prometer y Lula se lo había prometido de todo corazón, y así lo cumplía las escasísimas veces que tenía ocasión de faltar a su palabra.

Pero como los humanos somos como somos y según dice el refrán «la tentación hace al ladrón», en cierta ocasión en que Jorge se hallaba tumbado en la cama de su habitación. Lula entró en el cuarto de baño y vio encima del lavabo al intrigante y diminuto frasquito. Aunque el propósito de cumplir la promesa que le había hecho a su marido era firme, no dejó de pasarle por la mente qué misteriosa sustancia podría haber en tan pequeño pomo que era capaz de realizar los milagros que ella había presenciado tantas veces.

Lo tomó en sus manos y lo estaba observando con atención cuando oyó la voz de Jorge que decía:

—Lulita, ¿qué estás pensando? Tráeme el frasquito y déjate de pensar cosas.

Las dificultades respiratorias de Jorge fueron haciéndose cada vez más frecuentes y graves. Nunca siguió las sugerencias de Lula para que fuese a un especialista y jamás se dejó de ver por un médico.

Tenía algo de alergia a los galenos y en casa él era el que curaba las pequeñas dolencias de los niños y las suyas propias excepto aquellas que tenían que ver con la respiración. Su afección no era precisamente asma o algo por el estilo; él se quejaba siempre de lo mismo: el aire de la atmósfera era malo para él aunque no estuviese contaminado por humos y gases.

Un buen día, tras varios ataques de los que salió de la manera acostumbrada, cayó en una especie de coma del que parecía ya no iba a salir, pues pasaba el tiempo y no recobraba el conocimiento ni daba señales de vida tal como en tantas ocasiones había hecho. Ante esto, Lula llamó a una ambulancia y lo trasladaron por primera vez a una clínica.

Allí, ante los síntomas que Lula les explicó a los doctores, le hicieron una radiografía pulmonar. Cuando la vio el médico, increpó al técnico de rayos X y le dijo que se fijase mejor en lo que hacía, pues aquella placa estaba muy deficientemente tomada y no servía para nada. El técnico se defendió y dijo que la había hecho con el mayor cuidado y que eso era lo que salía. Cuando le tomó la segunda fue el propio técnico el que se sorprendió al ver que la placa era completamente anormal. Le sacó otra y otra más hasta que el mismo doctor se convenció de -que aquel sujeto no tenía pulmones.

Lo único que se veía en la esquina inferior de la placa era un raro tejido que no tenía nada que ver con los pulmones humanos. Varios doctores, extrañadísimos ante lo que veían por primera vez en su vida, contemplaron con detenimiento las placas y con toda seguridad tomaron la determinación de asistir a la autopsia de aquel hombre en caso de que muriese, para ver cómo había podido oxigenar su sangre careciendo de pulmones.

Pero aquel individuo estaba aún vivo.

En la habitación de la clínica, Lula no se separaba de él, ayudándole a veces su madre y una enfermera particular. Una vez ingresado allí nunca recobró el conocimiento. Su respiración se fue haciendo más fatigosa, hasta que en presencia de uno de los médicos que lo atendía dejó de respirar. El doctor, intrigadísimo ya por lo que había visto en la radiografía, le tomó todas las constantes vitales y se cercioró bien de que efectivamente el paciente había muerto.

Lula, siguiendo instrucciones que Jorge le había dado, no permitió que le hiciesen la autopsia, quedándose los médicos con el deseo de ver en directo la extrañísima anomalía que habían detectado en las placas.

Poco antes de que sucediese el desenlace, el lecho había sido separado unas dos cuartas de la pared, para que Lula pudiese estar al lado de la cabecera sin molestar al doctor y a la enfermera que lo atendían desde el otro lado.

Cuando Jorge, según el médico, había expirado, Lula se abrazó a su cuello y estuvo así un buen rato. Aceptado ya el trance y repuesta de la primera emoción se incorporó dispuesta a salir del estrecho pasillo en que estaba contra la pared y pasarse al otro lado. Al querer salir por el fondo de la cama que distaba unos veinte centímetros de la pared, se enredó con las sábanas y colchas y por más que lo intentaba no lograba desenredar el compacto nudo que habían formado.

Cuando trato de apartarlas se encontró con que lo que le impedía salir no eran las colchas y sábanas enredadas, sino los pies de su marido, que llegaban hasta la pared. Se fijó en la cabeza y ésta daba contra la cabecera de la cama.

¡Jorge había crecido, a raíz de su muerte, en cinco o siete minutos, veinte centímetros!

El cadáver tenía bastante más de dos metros de altura. Los médicos tuvieron de nuevo ocasión de ver que en cuestión de anatomía y salud no todo está dicho en sus manuales.

En cuanto al misterioso frasquito de que hemos hablado en líneas anteriores, sucedió con él algo muy raro. Muerto ya Jorge, el frasquito estaba, como de costumbre, encima de la mesilla de noche al alcance de su mano. Pues bien, en un momento, sin que nadie lo tocase, como obedeciendo a una orden, comenzó él solo a elevarse lentamente, a la vista de todos los que allí estaban (que luego no tuvieron dificultad en dar testimonio de ello) y una vez en el aire, a una altura como de dos metros, se destapó por sí solo y todos vieron salir de dentro una especie de vapor que se disipó en el aire.

A continuación, obedeciendo ya a la ley de la gravedad, cayó violentamente en vertical al suelo en donde se rompió en mil añicos. Cuando los presentes se inclinaron para ver qué había quedado del frasquito, por más que se arrodillaron para buscar los fragmentos, no fueron capaces de hallar ni uno solo.

Tal como Lula cuenta, si nos pusiésemos a recordar anécdotas extrañas de la vida de Jorge no acabaríamos, pues en mil ocasiones sorprendía a los presentes haciendo con toda naturalidad cosas que a todas luces superaban las capacidades humanas. Muchas veces la gente, por educación o por falta de confianza, disimulaba como que no se daba por enterada. Pero Lula pudo ver en incontables ocasiones cómo los presentes, sin decir nada, ponían cara de asombro cuando Jorge les adivinaba el pensamiento o hacía ante ellos como cosa normal algo que a todas luces era imposible.

Meses antes de su fallecimiento en la clínica, Jorge había comenzado a decirle a Lula que «se iría pronto». Nunca habló de morirse y cuando Lula, angustiada ante su frase cabalística de «irse pronto», le preguntaba qué quería decir con ello, él siempre contestaba repitiendo la misma frase y con evasivas.

Los últimos días, cuando ya él se encontraba muy mal por sus problemas «con el aire» —como él decía—, había contratado a una enfermera que fue la que lo atendió también en el hospital. A esta misma enfermera él le había dado instrucciones precisas «para cuando se fuera». La primera de todas fue mandarla a comprar unas vendas anchas y largas por el estilo de las que vemos en las momias de los faraones.

Además de esto había instruido muy bien a su esposa de lo que tenía que hacer con su cuerpo cuando llegase el momento de irse. Le dijo que le cruzase los brazos plegados encima del pecho y que en cada mano cerrada le metiese siete monedas de plata. En esta posición tenían que envolverlo en las largas vendas que había mandado comprar a la enfermera y que en el momento de su muerte ya estaban en poder de Lula. Así fue cómo lo amortajaron, quedando todo envuelto en las vendas al modo como vemos a las momias de los faraones.

Entre esto y la exagerada longitud del ataúd, el aspecto que ofrecía cuando estaba tendido en la funeraria era, al decir de los que lo visitaron, realmente impresionante.

Todos estos hechos sucedieron hace ocho años y Lula me dijo que tenía el deseo de exhumar los restos de Jorge una vez que ya ha pasado el tiempo que la ley exige para poder hacerlo. Pero hablando más propiamente, Lula cree que no se va a tratar de una exhumación normal porque tiene la certeza, a lo que parece basada en algo que Jorge le dijo, de que cuando se abra el féretro no se va a encontrar absolutamente nada dentro.

Hace algo más de un año el autor tenía una cita con Lula para asistir a la exhumación de los restos de Jorge, pero Lula no se presentó. Y ésta es la parte siniestra o por lo menos incomprensible que tantas veces acompaña o culmina las relaciones de los «dioses» con los mortales.

Lula ha desaparecido o por lo menos se ha perdido de vista para todos aquellos que la conocen desde hace mucho tiempo.

En compañía de dos amigos que la conocen desde hace muchos años y que conocieron también a Jorge, dediqué una tarde entera a ver si daba con ella en la ciudad de Caracas. Intentamos contactar con su madre y con viejas amistades y no pudimos conseguir ninguna pista. Nadie sabe dónde se ha metido, aunque conociendo su manera de actuar no sería raro que se hallase en alguna extraña aventura por Egipto o por el Oriente Próximo, en la que le sucederán fenómenos tan raros e inexplicables como le sucedieron en alguna otra previa.

La causa de este viaje puede haber sido alguna «aparición» de Jorge diciéndole que dejase todo y fuese a donde él le indicaba, tal como sucedió cuando nos vimos por última vez en Madrid, allá por el 1983.

Según Lula, tiempo antes de que nos viésemos, cierta noche se despertó como si alguien la estuviese llamando, y al abrir los ojos vio al lado de ella la cara de Jorge. Internamente sintió que le hablaba y le decía que se fuese de Madrid y que regresase a su tierra, pues allí tenía una misión importante que hacer. En cuanto percibió estas palabras, la visión se desvaneció.

La orden de Jorge no era nada fácil de cumplir, ya que por aquel entonces Lula estaba viviendo con sus hijos en Madrid, en donde tenía un trabajo muy bueno y muy bien remunerado, y en contraste en Caracas no tenía nada seguro y le sería muy difícil encontrar algún trabajo tan bueno como el que tenía en Madrid. Sin embargo, ante una orden tan explícita y dada de una manera tan «sobrenatural», no dudó; renunció a su trabajo, desmontó el piso bueno que tenía en un barrio elegante de Madrid, cerca del estadio Bernabeu, y se fue a vivir a Caracas.

Y aquí fue donde empezaron las tribulaciones de Lula.

Desde que llegó, las cosas comenzaron a irle mal. En primer lugar no pudo encontrar ningún trabajo que pudiese compararse al que tenía en la capital de España, y en realidad no encontró ninguno que valiese la pena, de modo que comenzó a tener dificultades económicas de las que había estado libre hasta entonces.

Además tuvo problemas de salud, y lo que fue peor, tuvo ciertas contrariedades familiares serias en las que estuvo envuelto uno de sus hijos, que le causaron mucha angustia y problemas incluso con la justicia, por lo que tuvo que gastar en esto bastante dinero.

Como resultado de todas estas tribulaciones, y creo que también en parte al no poderse explicar el abandono de Jorge, ya que por ninguna parte se veía la misión de que le había hablado, Lula desapareció de la escena y no se pudo proceder a la exhumación del cadáver de aquél. Sin embargo, no desespero de poder asistir algún día a ella y cerciorarme por mí mismo de que allí no hay nada, tal como Lula asegura que sucederá.

Una explicación ante un desenlace tan inesperado, podría ser ésta: el Jorge de la aparición no era el mismo que había convivido con Lula; era una entidad entrometida que jugó con la credulidad y los sentimientos de Lula.

Ésta, a mi manera de ver, fue demasiado ingenua ante una petición tan irracional e ilógica como era la de abandonar Madrid cuando tan bien ubicada estaba en compañía de sus hijos. Cuando me comunicó su deseo de levantar la casa e irse para Venezuela sin tener allá nada fijo y con las condiciones sociales y económicas en franco deterioro en aquel país, mi reacción fue negativa. Pensé que yo en su caso no lo haría sin asegurarme primero de que no estaba dando un salto en el vacío, como en realidad así ocurrió.

El «no entregar la mente por completo a nadie» tal como aconsejo en Defendámonos de los dioses es algo que todos los contactados deberían tener siempre muy presente y que desgraciadamente no tienen, por estar de ordinario sus mentes completamente dominadas. Lula estaba totalmente decidida y segura de lo que iba a hacer y le parecía además que si no lo hiciese estaría en cierta manera siéndole infiel a Jorge.

Por eso preferí no entrometerme ni sembrar dudas en lo que estaba decidida a hacer, respetando su decisión equivocada. Aparte de que no tenía idea de cómo iban a salir las cosas. Sin embargo, el hecho de que Jorge le dijese que «tenía una misión que cumplir en Caracas» me puso bastante en guardia.

Siempre que oigo a un contactado decir que le han comunicado que «tiene una misión que cumplir» sospecho que hay una trampa y que los que se están comunicando con él no son de fiar. Parece ser que algunas de estas entidades tienen una compulsión a hablar a sus elegidos de «misiones que cumplir» o de que «les son necesarios».

Y también podría ser que estos mensajes fuesen sólo una técnica para, apoyados en la psicología humana, adquirir un mayor dominio sobre sus mentes.

Creo que nunca se insistirá demasiado con toda clase de místicos, contactados y psíquicos, que tienen que estar siempre muy en guardia contra la injerencia de estas «entidades burlonas» — recordemos las actividades de los jinas— que saben camuflarse muy bien en lugar de otras y dar la impresión de ser las originales.

El lector estará preguntándose hasta qué punto son creíbles todas estas cosas. Pero por otro lado me imagino que si ha llegado hasta aquí en la lectura de este libro, ya debe de estar curado de espantos y con una mente más dispuesta a admitir hechos semejantes, que si fuese la primera vez que oye cosas tan fuera de lo corriente. A lo largo del libro habrá ido viendo que en el mundo suceden cosas, pequeñas y grandes, que distan mucho de ser corrientes.

En cuanto a los sucesos narrados en este capítulo, si bien es cierto que Lula es la principal fuente de información, el hecho de haber sido Jorge una persona que vivió con gentes conocidas y en una localidad específica, hace que no estemos tratando de conjeturas o de ideas abstractas sino de sucesos concretos.

Además, para avalar algunos de estos hechos y en concreto el del crecimiento repentino del cadáver de Jorge y lo ocurrido con el famoso frasquito a la hora de su fallecimiento, están los testimonios de la enfermera que lo asistió, de la madre de Lula y de uno de los médicos que estaba presente cuando sucedió el hecho.

Yo no pude ser testigo directo de ninguno de estos hechos extraordinarios y tengo que conformarme con los relatos de estas personas, y en especial con los de Lula, a la que conozco suficientemente como para poder asegurar de ella que es una mujer seria sin deseo alguno de protagonismo. Obviamente no gana nada con todo lo que me ha contado y más bien se expone a ser el blanco de comentarios y de investigadores indiscretos, por lo que me rogó que no dijese su nombre completo ni diese demasiadas pistas concretas para no ser fácilmente localizable.

Por desgracia, hoy esto se ha cumplido de por sí y Lula está ilocalizable incluso para los que somos sus amigos.

Ojala que sólo sea temporalmente y pronto pueda asistir con ella a la exhumación del cadáver de su marido, para ser testigo directo de su tumba vacía.

La Granja Humana – texte 13/19

dimarts , 1/10/2019

LOS JINAS ISLÁMICOS

Entre los hombres cultos de nuestra sociedad se da esta paradoja: la mayor parte de ellos, cuando se les habla de «espíritus», de «entidades no humanas», de «extraterrestres», etcétera, fruncen el ceño y consideran todo el asunto como alucinaciones o como relatos de ciencia ficción.

Pero, por otra parte, vemos a esas personas profesarse católicos o cristianos, si no fervientes, por lo menos sinceros. O lo que es igual, se dicen seguidores de una religión en donde la existencia de espíritus no humanos es cosa no sólo admitida, sino obligadamente admitida.

Según la doctrina oficial, no se puede ser buen católico sin admitir la existencia de los ángeles y de los demonios, tal como ha sido definido en varios concilios y tal como la autoridad «infalible» del Papa lo ha enseñado en muchas ocasiones y muy recientemente.

Lo cierto es que estas escuelas de pensamiento universales y milenarias llamadas religiones, que han creado culturas y que han configurado a lo largo de los milenios la historia de la Humanidad, admiten sin ninguna duda la existencia de inteligencias no humanas que se entrometen en las vidas de los hombres.

Y según algunas de ellas, los mismos hombres, cuando mueren o «desencarnan» —como se dice en el espiritismo—, se convierten en espíritus incorpóreos que tienen mucho que ver con las vidas de los humanos vivientes. No hay religión que no tenga nombres, y en abundancia, para designar a estos seres, lo cual quiere decir que no sólo creen en ellos de una manera genérica, sino que hacen distinción entre sus diversas clases y rangos.

En el mismo cristianismo no se les llama simplemente ángeles, sino que se hace distinción entre «Tronos», «Dominaciones», «Potestades», «Querubines», «Serafines», «Ángeles» y «Arcángeles» que son los de rango supremo.

Y lo mismo sucede con los demonios, que tienen un escalafón, muy ordenado hasta llegar a Luzbel o Satanás que es el jefe de todos. En esto está muy clara desde hace siglos la teología clásica cristiana y el Papa actual se ha encargado de recordárselo a los fieles olvidadizos, que por cierto son bastantes y no le hacen mucho caso.

Pues bien, de entre todas las religiones, el islam es el que más ha profundizado en el conocimiento de estas entidades extrahumanas o por lo menos el que mejor ha descrito sus manifestaciones.

Cuando nos asomamos a la vastísima literatura de la cultura islámica, escrita mayormente en árabe y de carácter eminentemente religioso, nos encontramos con unos personajes no humanos que coinciden en todo con otros que también nos salen al paso en la moderna literatura ovnística. Ni los teólogos y ascetas del islam que describieron estas entidades tenían idea de lo que siglos después se llamaría en ovnilogía «extraterrestres», ni, hablando en general, los investigadores del fenómeno OVNI conocen lo que ascetas y teólogos mahometanos dijeron de sus «jins».

Y, sin embargo, las acciones que ambos describen son fundamentalmente las mismas.

La palabra árabe «jin» o «djinn», proviene, según Mario Roso de Luna, de la misma raíz de la que proviene la palabra «genio», que encontramos en todas las lenguas arias con el significado de «divinidad menor» o «espíritu de la naturaleza», que puede ser benévolo o malévolo y que con mucha frecuencia tiene un gran sentido del humor, aunque no siempre de buen gusto.

Roso de Luna, que por supuesto admite su existencia y que tanto gusta hablar de ellos en sus interesantísimas obras, les llama siempre con la palabra castellana «jina» que será la que nosotros usaremos en adelante.

Antes de proseguir tengo que decirle al lector que casi todo lo que en este capítulo diré acerca de la idea que en el islam se tiene de estas entidades, lo he tomado del profundo estudio que sobre ello hizo mi querido amigo Gordon Creighton, editor de la más importante revista del mundo sobre el fenómeno OVNI, la Flying Saucer Review de Londres.

La autoridad de Gordon Creighton sobre este particular es incuestionable y sus años al frente de la revista Flying Saucer lo avalan. Hombre de vastísima cultura, lector infatigable en diez idiomas, ha sido capaz de recopilar un acervo de información acerca del fenómeno OVNI y de todo lo que él conlleva, como probablemente ninguna otra persona en el mundo. Cuando hace ya años le hice mi primera visita en Londres, lo encontré a la puerta de su casa leyendo un periódico en chino.

Pues bien, Gordon Creighton, después de haber leído miles de páginas en árabe a lo largo de su ya extensa vida, ha logrado compilar valiosísimos textos que resumen lo que en el islam se cree de estas misteriosas entidades.

Los teólogos mahometanos creen que hay dos clases de espíritus inteligentes:

1) los ángeles

2) los jinas

Los ángeles, según ellos, son espíritus puros que intervienen menos en las vidas de los hombres. Los jinas son inferiores en rango a los ángeles, están más cerca de nosotros, y son capaces de materializarse en nuestro mundo de mil maneras diferentes, que van desde formas vivientes animalescas hasta objetos aparentemente inanimados.

Pero su manera preferida es la forma humana. Y a diferencia de los ángeles, gustan mucho de entrometerse en las vidas de los hombres y lo hacen con unas características y preferencias muy concretas, tal como veremos en seguida. En los cuentos de Las Mil y una Noches encontramos ejemplos de estas interferencias y poderes de los jinas.

Hasta aquí la teología islámica no nos dice nada fundamentalmente nuevo o diferente de lo que nos dice la teología de otras religiones, incluida la cristiana, en donde al demonio se le llama «el imitador» o «el tentador», y lo vemos a todo lo largo de la historia eclesiástica no sólo incitando a los hombres a rebelarse contra Dios, sino apareciéndose bajo mil formas grotescas para presidir aquelarres y misas negras. Éstas, a pesar de que a las autoridades tanto civiles como eclesiásticas nunca les han gustado nada y las han castigado muy severamente con leyes y cánones, y a pesar de que han tratado lo más posible de disimularlas o encubrirlas, han existido siempre, no sólo en la Edad Media, sino en nuestros días y a cada poco los periódicos y revistas —no las del corazón, porque ésas tratan de otras brujas y aquelarres— se encargan de recordárnoslo.

Y no sólo el demonio se presenta bajo formas grotescas, sino que, según la misma teología, se puede transfigurar en «ángel de luz», como nos dice san Pablo, para engañar a los creyentes.

En otras religiones, esta capacidad que tienen los espíritus de convertirse en animales es algo fundamental en sus creencias. El nahualismo de los pueblos centroamericanos es un ejemplo bien estudiado, pues a pesar de los siglos transcurridos tras su «conversión» al cristianismo, todavía sigue vivo entre los descendientes de aztecas y mayas entre otros.

En el islam —más de 600 millones de personas— rebasa el ámbito religioso y toma cuerpo en la vida social. En los tribunales de casi todos los países de mayoría islámica, si una mujer acusada de infidelidad conyugal dice que el padre del niño es un jina, el tribunal lo tomará en consideración y se limitará a decirle que tiene que probarlo. Pero los jueces no pondrán en duda la existencia de semejantes seres ni de que éstos sean capaces de violar o seducir a una mujer.

En un tribunal occidental, semejante defensa sólo serviría para que los asistentes soltasen una carcajada o para que el juez le llamase la atención a la mujer y a su abogado por faltar al respeto al tribunal. En la jurisprudencia mahometana la violación de una mujer por un jina (y lo mismo se puede decir de la seducción de un varón por un jina femenino) es algo perfectamente posible, aunque no sea una cosa ordinaria, al igual que para la mentalidad de algunos Padres de la Iglesia, de la Edad Media y de los principios del cristianismo, no era ordinario pero era perfectamente posible que un íncubo tuviese trato carnal con una mujer. La Inquisición alemana llevó a la hoguera a millares de mujeres por semejante delito y san Agustín creía que el anticristo nacería de la unión de un íncubo y una mujer.

No sólo en este particular la creencia en los jinas tiene cabida en la vida civil entre los mahometanos, sino también en asuntos relacionados con el derecho de propiedad. Los juristas mahometanos hace ya siglos que estudiaron este tema a fondo y han elaborado toda una jurisprudencia en la que estas entidades no humanas aparecen como sujetos de derecho o como posibles causantes de acciones sobre las que los tribunales se sienten con jurisdicción.

He aquí cómo Gordon Creighton resume lo que en el islam se cree de los jinas:

  1. En su estado normal, no son visibles para la visión humana común.

  2. Sin embargo son capaces de materializarse y de presentarse en nuestro mundo físico y se pueden hacer visibles o invisibles alternativamente.

  3. Pueden cambiar de forma y aparecer en cualquier disfraz grande o pequeño.

  4. También pueden presentarse como animales.

Gordon Creighton añade sus comentarios a cada una de estas capacidades de los jinas, relacionando lo que dice la teología y la literatura islámicas con casos concretos y bien documentados publicados por la revista Flying Saucer en sus más de 30 años de existencia.

En concreto, tras el número 4, él añade entre paréntesis (¿yetis?, ¿pumas?, ¿monstruos de Lago Ness?).

En este particular, desde hace bastantes años he llegado a Ia convicción de que algunos de los animales «mitológicos», tanto de tiempos pasados como de los presentes, pertenecen a este tipo de manifestaciones.

El monstruo del Lago Ness que Gordon Creighton pone con interrogaciones, es uno de estos casos típicos a los que hay que quitarle el signo de duda. Ha sido investigado larga y repetidamente, en algunos casos con métodos científicos depurados, y jamás se ha podido llegar a ninguna conclusión. Pero ahí están las varias fotografías del extrañísimo animal y los testimonios bien contrastados de testigos totalmente fidedignos, algunos de ellos con unas excelentes credenciales científicas.

Su testimonio personal y humano; es decir, el de sus sentidos y el de quien lo acompañaba, no pueden tener menos valor que el testimonio de un instrumento. Pero aun en este caso ahí está el repetido testimonio de los instrumentos, tal como lo atestiguan las fotos obtenidas.

El no llegar a ninguna convicción y el que quede siempre alguna duda es algo muy corriente en la investigación de estos casos y de otros que pertenecen a otras áreas de la paranormalogía. No tenemos que olvidarnos nunca de que estamos tratando con entidades inteligentes (en algunos casos, mucho más inteligentes que el hombre) que quieren positivamente disimular su presencia entre nosotros y que saben muy bien cómo sembrar entre los humanos la semilla de la duda y cómo desacreditar a aquellos que se atreven a tomar en serio la investigación de su posible existencia.

Los «científicos puros» que no creen en absoluto en la existencia de estas entidades y que son los mayores enemigos o despreciadores de semejantes investigaciones, achacándolas siempre a ignorancia, ahabladurías, a alucinaciones, a errores de apreciación o a puras tretas de algunos para hacer dinero, son los primeros en dejarse engañar por la astucia de estos seres que deliberadamente mezclan, en sus injerencias en nuestro mundo, «elementos confusionégenos» —tal como ellos han dicho en alguna ocasión— para tener siempre en duda el alma de los humanos acerca de su existencia.

Ésta es la razón de por qué, después de miles de años de historia, la Humanidad no se ha percatado todavía de que es manejada como si fuese un rebaño de borregos por unos seres inteligentes que juegan con ella y la usan lo mismo que nosotros hacemos con los animales. El amor propio colabora para que no podamos comprender esta tremenda verdad y para que nos neguemos a admitirla.

La misma forma animalesca —con frecuencia los animales son deformes o «especies» desconocidas por la zoología— contribuye a hacer más inverosímil todo el asunto. La mente humana se niega a admitir «animales inteligentes» y mucho menos «más inteligentes» que el hombre. Sin embargo, hay cientos de testimonios que nos hablan de «animales» actuando de manera inteligente.

La presencia de formas animalescas en el mundo paranormal es muy abundante. El autor ha tenido siempre muchas dudas acerca de un gran perro negro que, aparecido inesperadamente, pasó ante él sin mirar a un lado ni a otro, cuando se encontraba en un campo inspeccionando unos cuantos animales muertos de una manera muy extraña, aquella misma noche, en la que se habían visto muchos OVNIS a muy baja altura. Todos los periódicos se hicieron eco de aquellas muertes achacándoselas, entre otras raras causas, a «perros negros» que algunos campesinos habían visto.

Es mucho lo que se podría escribir sobre la relación que hay entre los animales de este mundo o las formas animalescas que se nos presentan del «más allá» y la parapsicología trascendente o mejor aún, la paranormalogía, que estudia todo tipo de fenómenos anormales, incluidos aquellos que la parapsicología académica no quiere investigar.

Pero sigamos con el resumen que Gordon Creighton hace de las manifestaciones de los jinas según la tradición del islam:

  1. Son unos eternos mentirosos y engañadores; les encanta confundir y llenar de estupor a los humanos mediante toda suerte de invenciones y patrañas.

Gordon Creighton pone como ejemplo de estos extraños gustos de los jinas,

«buena parte de las sesiones espiritistas —que él parece achacárselas a ellos— y la mayor parte de las “comunicaciones” que reciben los contactados de los OVNIS».

Efectivamente, en ambos casos hay un porcentaje enorme de falsas informaciones, que en muchas ocasiones podrían considerarse como bromas muy pesadas. A veces estas comunicaciones, seguidas al pie de la letra por los humanos que las recibieron, han causado la muerte de éstos o por lo menos les han acarreado muy serios inconvenientes. De nuevo hay que decir que, por lo menos en el mundo de la ovnilogía, hay no cientos sino miles de casos para probarlo y el autor ha investigado personalmente docenas de ellos.

Y no deja de ser curioso el que en la teología hebraica y cristiana a Satanás se le llame repetidamente «el engañador».

  1. Les gusta llevarse o raptar a los humanos.

Sobre este particular todo lo que se pueda decir es poco y en algunos países como Estados Unidos la desaparición de personas, y en concreto de niños, comienza a ser un problema preocupante.

En ovnilogía hay libros enteros sobre este tema. En muchos casos no ha habido testigos directos e inmediatos de que el secuestro haya sido hecho por los tripulantes de un OVNI, pero se ha podido llegar a esta segura conclusión basándose en hechos que no dejaban la menor duda, lo mismo que el juez llega a la conclusión de que alguien es culpable a pesar de que ni él ni nadie haya visto el crimen. Pero hay un conjunto de circunstancias que son capaces de engendrar la certeza en la mente de una persona inteligente y sin prejuicios. (A los prejuiciados y a los no inteligentes, aunque se llamen o se crean científicos, no hay prueba alguna capaz de hacerles cambiar de opinión.)

Pero en otros casos no es menester recurrir a las deducciones porque ha habido testigos directos y abundantes —en un famoso caso en el Brasil, todos los asistentes a un partido de fútbol— de cómo los tripulantes de un OVNI se llevaban a la fuerza a un humano, que en el caso brasileño fue precisamente el árbitro del encuentro.

En el famoso caso de Cajamarca, en el Perú, citado ya por mí en otra parte, varios vecinos fueron testigos de cómo un OVNI, bajando a toda velocidad del cielo, sorbió en un segundo a Isabel Tuctá que extendía ropa recién lavada, y a su bebé colocado cerca de ella, y en pocos instantes se perdía en el espacio. Su marido, un modesto trabajador, esperó en vano a que se la devolviesen, junto con el bebé. La Guardia Civil de aquella ciudad, que hizo una seria investigación, tiene todos los pormenores del caso.

Como dije arriba, la desaparición de niños en Estados Unidos está ya preocupando a las autoridades. Las cifras reconocidas por las dos organizaciones que se encargan del asunto anda por los

80.000 niños desaparecidos por año, aunque el número debe ser bastante mayor, ya que muchos casos no llegan a su conocimiento dado que sus padres lo ocultan por diversas razones. Otros investigadores, en cambio, creen que los niños desaparecidos pasan de los 200.000, tal como me aseguró John Keel, uno de los hombres que más conoce de estos temas en el país de los rascacielos.

Lo curioso del asunto es que a pesar de que ambas organizaciones cuentan con abundantes medios para rastrear la pista de los niños desaparecidos, el porcentaje de los que se encuentran es ínfimo, y la mayor parte de los casos queda en el mayor de los misterios.

Es cierto que se puede argumentar que existen varias causas naturales para explicar estas desapariciones. Entre ellas dos son las más obvias: el rapto por maníacos sectarios o sexuales o traficantes de niños, y la huida del hogar paterno de muchos adolescentes, por influencias de malos amigos y las drogas.

Ambas posibilidades han sido estudiadas y son tenidas normalmente en cuenta por los que se dedican a la búsqueda de estos desaparecidos, y en algunos casos ésa ha sido efectivamente la causa de la desaparición. Pero después de haber adquirido mucha experiencia reconocen que si bien es cierto que esas razones existen, son la causa de una ínfima parte de las desapariciones. Reconocen asimismo que hay algo más profundo y misterioso que logra borrar todas las pistas y que ellos no pueden identificar ni explicarse cómo lo consigue en tantas ocasiones. (Ver ilustraciones 11 y 12.)

Aparte de esto está el hecho de que alrededor de la mitad de los desaparecidos no llega a los cinco años, con lo que se excluyen las causas que más podrían hacernos sospechar que se trata de una desaparición natural; es decir, el que se hubiesen ido por influencia de las malas compañías, o por amores prematuros o simplemente por divergencias con sus padres. Ninguna de estas causas es aplicable a un niño menor de cinco años.

Como decía un ex director de una de estas dos instituciones que reciben las denuncias de niños desaparecidos:

«Después de diez años me pregunto a dónde ha ido a parar una tan enorme cantidad de personas. Si esto no es un monstruoso negocio muy bien organizado, ¿cómo es posible que no se hallen las pistas y se hagan más descubrimientos? Y si es un negocio muy bien organizado, se supone que de una manera general todas las personas tendrán un destino o un fin parecido; pero ¿dónde están tantas personas? ¿Cómo es posible que logren ocultarlas por tanto tiempo?»

Éste es otro tema con el que podría llenar muchas páginas, pues lo he estudiado bastante a fondo y conozco muy de cerca casos de niños y personas desaparecidas en circunstancias muy extrañas, que encajan perfectamente con todo lo que estamos diciendo.

Pero como mi testimonio no dejaría de ser algo personal y el lector tendría que fiarse ciegamente de mí, prefiero apoyarme en hechos públicos en los que se puede comprobar que hay mucha otra gente cualificada que piensa como yo, aunque no les atribuya a los hechos las mismas causas.

Esta preocupación por la desaparición de tantos niños ha calado tan hondo en algunos Estados de Norteamérica que en ciertas ciudades los envases de cartón de leche fresca que cada mañana reparten los lecheros por las casas, llevan impresas las fotos de las personas —que casi siempre son niños— que han desaparecido en los últimos dos meses. No sólo eso, sino que con cierta frecuencia los diarios y revistas de aquel país publican en planas enteras las fotos de los niños desaparecidos últimamente. En estas mismas páginas el lector podrá ver la reproducción de dos de esas planas; una de un diario comprado accidentalmente por mí en Nueva York, un día que pasé por allí, y otra de la revista que la compañía «Eastern Airlines» publica para distribuir entre sus pasajeros.

¿Es que sólo en Estados Unidos desaparecen personas?

Ni mucho menos. Lo que pasa es que en aquel país han caído antes en la cuenta de tan extraño fenómeno y le están haciendo frente. En otros países, aunque sucede poco más o menos lo mismo, primero tardarán más en darse cuenta oficialmente de ello, y después lo negarán farisaicamente, porque a las dignísimas autoridades nunca les ha gustado que sucedan cosas que se escapan a su control o de las que no se puede dar explicación «científica».

Pero las desapariciones son un fenómeno que se ha dado siempre y que vemos reflejado no sólo en el folklore de hadas y duendes —una de cuyas diversiones consistía en llevarse a niños y doncellas—, sino en periódicos y revistas de nuestros días que de vez en cuando nos presentan casos de esta índole, aunque por supuesto disimulados bajo una gran parafernalia policíaca.

Y para poner un ejemplo, hace sólo dos o tres meses de la fecha en que escribo esto, hubo un choque de vehículos en la provincia de Burgos con el resultado de varios muertos; y un niño llamado Juan Pedro Martínez Gómez, de 10 años, que iba dentro de uno de los coches siniestrados, desapareció sin que hasta la fecha se haya sabido qué fue de él. Como no apareció entre las personas muertas, se organizaron batidas en toda la región aledaña al lugar del choque, no fuese que el pobre muchacho, aturdido, hubiese salido caminando sin rumbo hasta caer exhausto. Pero nada se ha hallado y la Policía está no menos desorientada que sus propios padres, pues no se explican qué es lo que puede haber ocurrido, que en todo caso está fuera de todo lo imaginable (1).

Esto no quiere decir que yo crea, por el hecho de no haber encontrado al muchacho, que se lo llevaran los jinas. Únicamente quiero dejar constancia, para los que afirman que tales desapariciones no se dan entre nosotros, que en todas partes ocurren cosas por el estilo para las que no hay explicación. En este caso no hay constancia alguna de que su desaparición se haya debido a causas extrahumanas o paranormales, pero en otros casos sí la hay y a veces testimoniada por escrito por los mismos desaparecidos, o presenciada por otros. (Ver ilustración n.° 13.)

Aparte de este caso ha habido últimamente en España otros, que han alcanzado notoriedad porque algunas revistas los han publicado con lujo de detalles. Entre ellos están el del niño asturiano, perdido en una excursión por los Picos* de Europa, que culminó con la caída del helicóptero que lo buscaba, en la que perecieron sus siete ocupantes.

Muchas veces los casos que alcanzan mayor notoriedad no son los más importantes desde nuestro punto de vista. Hasta ahora ha sucedido que los más sospechosos han permanecido desconocidos, por ser sus padres pobres campesinos sin fácil acceso a los medios de comunicación.

Cuando un caso de éstos salta al conocimiento público, lógicamente se hacen toda suerte de conjeturas y más cuando en alguno de ellos —en concreto en el de David Badía, otro niño «desaparecido» que luego fue hallado ahogado en una acequia— una de sus amiguitas, de 5 años como él, dijo que «un señor se lo había llevado en un coche para darle pasteles». Para muchos, esto es ya una solución total del caso y no dudan de que se trata de un secuestro aunque se desconozcan las intenciones finales del secuestrador. Y naturalmente se habla en seguida de «venta de órganos para trasplantes» y de «prostitución infantil, tráfico de drogas o venta para adopción» (revista Interviu).

El periodista y las autoridades tienen todo el derecho a sospechar de tales causas e intenciones, pero muy probablemente desconocen —y aunque uno se lo diga no lo admiten— que en otros casos en que los niños secuestrados han sido devueltos después de varios días, tras «haber sido llevados a pasear por el espacio» y haber sufrido profundos cambios en su psiquismo, el rapto también fue realizado por individuos que desde sus autos les ofrecieron a los niños golosinas o les prometieron dar un paseo muy bonito.

A veces, los individuos que realizaron los secuestros caían de lleno en la tópica caracterización de los famosos «hombres de negro», de los que en la década de los 50 y 60 tanto se habló en la literatura ovnística.

Para que el lector vea que no hay nada nuevo bajo el sol, transcribiré unos párrafos de mi libro Visionarios, místicos y contactos extraterrestres en el que narro otras desapariciones de niños, tanto en España como en otros países:

«En 1969 se produjeron en el pueblo de Vila Velha (Espíritu Santo, Brasil) varias desapariciones de niños, que si bien dieron alguna luz no explicaron del todo el misterio.

En el mes de agosto, durante varios días, estuvieron desapareciendo aisladamente niños. Nadie sabía adónde iban a parar. Al cabo de un mes y medio, cuando ya los daban por desaparecidos, comenzaron a reaparecer, también aisladamente, deambulando por el pueblo como si fueran autómatas. Preguntados por sus padres y por las autoridades dónde habían estado, no recordaban nada de lo que les había pasado en todo ese tiempo.

Sin embargo, hubo varios casos en que alguno de los niños dijo que un señor vestido de negro lo había invitado a dar un paseo en un automóvil muy elegante y que le había dado un cigarrillo para fumar. A partir de ese momento ya no se acordaba de más. Una niña dijo que un señor, también vestido de negro, la había llevado a las afueras del pueblo hasta un aparato raro y brillante que él dijo que era “su avión”; la había invitado a dar un paseo en él, y cuando ella cogió miedo y le dijo que no quería ir, entonces él le dio unos caramelos y le dijo que se volviese a su casa.»

Pero el lector tiene que saber que si bien las personas que desaparecen son preferentemente niños, también de vez en cuando los jóvenes de ambos sexos se esfuman sin dejar rastro. En cambio, de personas adultas y sobre todo de ancianos hay muchas menos noticias, aunque tampoco faltan.

En España ha habido varios casos de jóvenes desaparecidos misteriosamente en los últimos meses, descollando entre ellos el del soldado José María Carnero, de 26 años, con la carrera de médico terminada. Se esfumó el 8 de abril de 1978, cuando realizaba unas maniobras con otros soldados en el campamento de Montelarreina, en la provincia de Zamora.

Comenzó a llover y sus compañeros se cobijaron bajo unos árboles; José María se alejó algo del grupo y nunca más se le vio. El Ejército, tras haber buscado intensamente por toda la zona, lo ha considerado desertor, mientras sus familiares niegan rotundamente esa posibilidad y acusan al Ejército por no suministrarles noticia alguna.

Ante hechos así, por una parte tan extraños y por otra tan aterradores y tan humillantes para la raza humana, no deja de causar estupor el comprobar que hace siglos que gentes, pueblos y culturas habían caído ya en la cuenta de ello y así lo dejaron consignado por escrito. No importa cómo ellos lo enjuiciaban o qué nombre le daban a los causantes de tales desapariciones; lo importante es que habían caído en la cuenta de ello, mientras que nuestra sociedad tecnificada todavía no se ha percatado de tan preocupante fenómeno.

Y bien mirado, la explicación que ellos le daban es en el fondo la misma que nosotros pretendemos darle: unas entidades no humanas que se dedican a llevarse seres humanos, en especial niños, a no se sabe dónde ni para qué.

Como dije anteriormente podría extenderme más sobre este tema de las abducciones, pero como ya lo he tratado en mi libro citado, a él remito al lector interesado.

Sigamos ahora con las cualidades que los teólogos y escritores del islam atribuyen a los jinas.

  1. Les encanta tentar a tos humanos en asuntos sexuales y para que tengan relaciones de este tipo con ellos. La literatura árabe está llena de tales relatos en los que vemos a los jinas «buenos» y a los «malos» teniendo relaciones sexuales con los seres humanos. También hay un considerable número de historias acerca de encuentros de jinas «buenos» y santos mahometanos famosos; por ejemplo el libro Manaquib al-Ara-fin tiene muchas referencias del trato de estas entidades con Jalalpal-Din Rumi, el mayor poeta místico del islam, que vivió desde 1207 hasta 1273.

Las historias referentes al comercio carnal entre los jinas y los humanos han atraído siempre grandemente la atención de los lectores árabes y es importante decir aquí que en la literatura china —y los chinos, salvo una pequeñísima minoría, no son musulmanes — también existe con relación a estos mismos hechos una gran tradición que está esperando que alguien la investigue.

El gran catálogo de literatura árabe conocido como Fihrist compilado el año 373 del calendario árabe (año 995 d. de C.) por Muhamad ben Ishaq ben Abi Yaqub al Warraq, numera no menos de dieciséis obras que tratan de este tema.

De nuevo en este particular las creencias del islam están de acuerdo no sólo con lo que leemos en el Génesis (c.G. v. 2 y 4) de los «hijos de Dios uniéndose a las hijas de los hombres» —y los exégetas tienen que reconocer que ésta ha sido una «palabra de Dios» muy difícil de explicar—, sino con las tradiciones de íncubos y súcubos a las que ya nos hemos referido de pasada y las de silfos, nereidas, hadas y faunos de tiempos antiguos y de la Edad Media, que también se enamoraban, raptaban y copulaban con los hijos y las hijas de los hombres. Aunque no tuviésemos otras maneras de corroborar la realidad de tales «leyendas», su sola presencia constante en todas las culturas y a lo largo de los milenios tendría que hacernos sospechar que algo hay de verdadero en ellas.

Pero resulta que en nuestros días nos encontramos con los mismos hechos, aunque esta vez no se los tengamos que atribuir a jinas ni a silfos o faunos ni a «dioses» mitológicos ni a íncubos. En nuestros días los tripulantes de los OVNIS —que son sucedáneos de todos aquellos personajes «mitológicos, o mejor dicho sus modernos disfraces— gustan de hacer exactamente lo mismo.

Aunque los desconocedores del fenómeno OVNI piensen que afirmar esto es forzar ya demasiado el paralelo, los que lo conocen bien saben que éste es un tema, dentro de la ovnilogía, que ha intrigado siempre grandemente, aunque a algunos investigadores «puristas» —pero despistados— les resulte tabú. En capítulos pasados narré mis conversaciones con alguna de las víctimas de tales contactos.

Y ya fuera del terreno de la ovnilogía y por más que los espíritus críticos se sonrían, el fenómeno se da con cierta frecuencia en nuestra sociedad sin que de ordinario salga a la superficie y sin que en muchas ocasiones se enteren los miembros de la propia familia.

Copio de mi libro El cristianismo, un mito más:

«Ciertas vírgenes, y también mujeres casadas, siguen siendo visitadas por extraños personajes cuya existencia desconoce la ciencia pero que, como antaño, siguen poseyendo la capacidad de aparecer y desaparecer a voluntad, teniendo siempre en vilo y en duda el alma de los humanos. Estos seres —auténticos “ángeles” o “demonios”— son capaces de hacer que “una virgen conciba”. Pero sus motivaciones y sus últimos designios siguen siendo hoy tan confusos y misteriosos como lo eran en tiempos pasados.»

A veces las víctimas de tales ataques, sobre todo si son adolescentes, acuden al psiquiatra obligados por sus padres, pero aquél casi con certeza no creerá en absoluto en la objetividad de los hechos y más bien sospechará del funcionamiento del cerebro de la adolescente. Pero la mayor parte de las veces el adolescente no dice nada, o, si lo dice, todo se queda en el secreto de la familia, que a lo más se lo comunica a algún sacerdote de confianza que por supuesto lo achacará a tentaciones del demonio en esa edad y dará como único remedio invocaciones a la Virgen María y práctica frecuente de los sacramentos.

En el caso de mujeres casadas que se sienten violadas — normalmente por entidades invisibles, aunque en ocasiones también por entidades visibles— es mucho más corriente que tal violación no sea comunicada a nadie y si acaso a alguna amiga que le inspire mucha confianza pero a la que se le exigirá un sigilo total. Es triste que psiquiatras y sacerdotes no crean en esto y no sepan nada de ello y por lo tanto sean completamente ineptos para ayudar a las víctimas de éste y otros fenómenos parecidos, dejándolas sumidas en su desesperación al no saber a quién acudir.

En páginas anteriores citamos muy de pasada el caso de Mirassol, en Brasil, en donde una mujer fue sometida a experimentos biogenéticos. Como este tema es de una enorme y creciente importancia, al lector que quiera profundizar más en él le recomendamos la lectura del libro (que por el momento no ha sido traducido al castellano) Intruders, de Budd Hopkins (1987).

Por él se puede ver que el fenómeno OVNI tiene unas profundidades insospechadas por todos aquellos que todavía andan buscando pruebas de su objetividad. En relación al tema que tratamos en estos últimos párrafos, el lector podrá encontrar en dicho libro casos como el de Kathie, una joven casada a quien los «extraterrestres» le extrajeron del útero un feto de unos cuatro meses causándole con ello un tremendo trauma psíquico.

La impresión general que uno recibe de la lectura del libro de Budd Hopkins es deprimente y en cierta manera aterradora. Y lo mismo se puede decir del libro Comunion, de Whitley Strieber (1988). Por ambos libros se puede ver que el fenómeno OVNI, lejos de perder importancia o de haberse estancado, se mantiene completamente vivo y se avanza sin cesar en su conocimiento cuando se lo estudia sin prejuicios y con cabeza.

Estos dos autores no son tercermundistas en busca de notoriedad. Son dos neoyorquinos que nos narran hechos, sucedidos la mayor parte de ellos en la misma ciudad de Nueva York; porque contra lo que los «ufólogos» de primera enseñanza creen, la gran actividad del fenómeno OVNI no se desarrolla en las montañas o en parajes solitarios. Ésa es su actividad física, visible y rudimentaria. La gran actividad del fenómeno OVNI y de sus tripulantes se desarrolla principalmente dentro de las viviendas de los humanos y sobre todo en el interior de sus cerebros.

Prosigamos en el resumen de Gordon Creighton:

  1. Los jinas son muy aficionados a arrebatar a los humanos y transportarlos por el aire, poniéndolos de nuevo en tierra —aunque no siempre los devuelven— a muchas millas del lugar en que los arrebataron. Y todo lo hacen en un abrir y cerrar de ojos.

A continuación G. Creighton dice que una confirmación de esto fue el caso (sobre el que él escribió un artículo en la revista Flying Saucer) de un soldado español que el 25 de octubre de 1593 fue arrebatado en Manila (Filipinas) y llevado «en un abrir y cerrar de ojos» a través de todo el Pacífico hasta la ciudad de México.

Efectivamente, éste es un caso histórico, de cuando nadie hablaba de «teleportaciones» de OVNIS, que documentado por los historiadores de la época, frailes en su mayoría, ha permanecido siempre envuelto en el misterio sin que nadie haya logrado darle una explicación satisfactoria.

Si sólo existiese este caso no merecería la pena tomarlo en consideración. Pero sucede que en nuestros mismos días y atestiguados por todas las agencias de noticias del mundo, siguen sucediendo casos parecidos y tan espectaculares en distancia como el del soldado español del siglo XVI. En la década del sesenta se dieron en Sudamérica alrededor de media docena de casos en los que las personas, con sus vehículos, eran arrebatadas por los aires en alguno de los países del Cono Sur y dejados preferentemente en México; aunque también hubo otros casos en los que las distancias se limitaban a unos cientos de kilómetros. De entre ellos se hizo clásica la teleportación de la familia Vidal, que viajando en un «Peugeot» fue llevada con automóvil y todo, en cuestión de horas, desde Chascomús, en Argentina, hasta México.

Aquí estamos de nuevo ante casos concretos y bien atestiguados que para los «científicos» y racionalistas a ultranza no tienen ningún valor; no porque no lo tengan en sí sino porque ellos se empeñan en ignorarlos, demostrando una cerrazón de mente lamentable y muy poco inteligente.

Aunque tengo la tentación de poner una lista de nombres de personas y de lugares concretos en donde han sucedido estos fenómenos, creo sería un poco redundante ya que otros lo han hecho con más detenimiento y yo mismo he escrito sobre ello en otra parte (Parapsicología y religión) y el que esté interesado en el tema puede leer los libros clásicos sobre OVNIS o acudir a las colecciones de revistas de este tema, sobre todo a las de las décadas del sesenta y setenta, en donde podrá hallar una buena cantidad de relatos sobre teleportaciones.

Yo he estado con dos amigos diferentes en los lugares exactos en donde, después de haber visto una gran luz que venía detrás de ellos por la noche en la carretera, sintieron que su coche dejaba de estar en contacto con el suelo y era depositado varios cientos de metros más adelante. A los dos los dejaron en la misma carretera por la que iban, pero a uno de ellos le dieron en el aire la vuelta al coche y lo dejaron mirando en la dirección contraria a la que llevaba. Recordaba muy bien que, pasado el susto, tuvo mucho trabajo para dar la vuelta allí mismo, porque era una carretera muy estrecha, y seguir en la dirección que traía.

En España, según me contó el gran investigador del fenómeno OVNI don Manuel Osuna, se habían dado varios casos de este tipo en el Aljarafe sevillano v en el colindante Condado onubense, de los que él tenía datos concretos. Desgraciadamente su muerte, además de arrebatarnos a un entrañable amigo, nos privó de conocer hechos interesantísimos acaecidos en aquellas regiones que él conocía tan bien y que tan fecundas son en manifestaciones de este tipo.

En Portugal, y fuera de la ovnilogía, está en la actualidad el caso de la vidente de Ladeira do Pinheiro, que en no menos de 16 ocasiones ha sido arrebatada por el aire en presencia de cientos de devotos que rezan el rosario, y a veces se ha perdido entre las nubes, estando por allá un buen rato, hasta que la han visto bajar por el aire a cierta distancia, corriendo todos hacia el sitio en donde ella era depositada en el suelo no sin cierta violencia.

En una ocasión, en mi presencia, empezó a levantarse en el aire, pero a muy poca altura y como por impulsos, optando por subirse a una silla en la que estuvo en trance por más de una hora.

En Costa Rica, un campesino que acudió a mí en busca de consejo, dadas las cosas extrañas que constantemente le pasaban, me llevó a un lugar en el campo en donde estando él solo cierto día, sentado en el suelo, vio encima de sí, a poca altura, una gran bola, y cuando la estaba mirando con curiosidad, sin saber de qué se trataba —nunca había oído hablar de OVNIS— comenzó a sentir que se elevaba como atraído por una fuerza desde arriba. Muerto de miedo empezó a gritar con todas sus fuerzas, de modo que lo oyeron otras personas que estaban a cierta distancia y que también observaban la bola, y a protestar que no quería que se lo llevasen.

Cuando estaba como a metro y medio de altura sintió que repentinamente lo soltaban y cayó violentamente al suelo. Naturalmente él, a pesar de su desconocimiento del tema, relacionaba su levantamiento con la bola que estaba en el aire encima de él.

Dejemos aquí el tema porque no quiero hacer de este capítulo una recopilación de casos de teleportación, técnicamente quiero que quede claro que aunque no salga todos los días en los periódicos, y aunque en las universidades no se enseñe, lo cierto es que hay alguien o algo que en determinadas ocasiones levanta tanto los cuerpos humanos como los de animales y los transporta por el aire sin que sepamos quién, cómo, por qué ni para qué. Y muchas veces ni para dónde, porque no vuelve a saberse de ellos.

La siguiente creencia islámica acerca de los jinas, tal como la resume G. C. es de gran importancia y tiene un aspecto predominantemente positivo, si la comparamos con la mayor parte de lo que hasta ahora hemos reseñado:

  1. La tradición arábiga atestigua, a través de toda su historia, que ha habido algunos humanos que gracias a un extraño favor han vivido en muy buena armonía con los jinas o tenido con ellos algún pacto gracias al cual recibieron «poderes preternaturales» o, ¡o que es lo mismo, «poderes psíquicos». Estos humanos se convirtieron, lógicamente, en grandes taumaturgos, profetas o magos.

A continuación G. C. nos dice que recordemos los personajes de la tradición europea que fueron famosos porque descubrieron cómo colaborar con el «reino de los silfos» o de las hadas. Y cita el caso, de hace alrededor de unos setenta años, de un librero de París especializado en libros raros y agotados, que tenía una especialamistad con un silfo.

Éste le decía dónde estaban los libros que él quería, de modo que el librero no tenía más que ir a donde él le indicaba y ofrecerle un precio a su propietario. Los Cagliostro, conde de Saint Germain, etc., son personajes de este estilo que ciertamente no escasean en la reciente historia europea.

El lector recordará ciertamente la historia del doctor Torralba que podría muy bien ser adscrito a estos personajes famosos en la tradición europea a la que se refiere G. Creighton. En páginas posteriores narraremos las historias de tres individuos diferentes con los que me une una verdadera amistad —en uno de los casos podría hablarse de una verdadera fraternidad— que por una razón u otra han logrado tener una íntima colaboración con su jina, con el que se ven físicamente a veces a pocos pasos de donde yo estoy.

Estos no son hechos de la Edad Media que tenemos que aceptar «por fe»; son personas actuales, conocidas nuestras, cuyas vidas y testimonios podemos investigar. Negarse a admitir casos cuya autenticidad está en nuestras manos verificar, es pecar de una tozudez indigna de una mente inteligente.

Dije que este punto 9 era importante porque con frecuencia da la impresión de que estos jinas son siempre perjudiciales para el hombre, y no es así. Es cierto que su interferencia en nuestras vidas es un poco incierta y con frecuencia ilógica e inesperada, pero al lado de muchos casos en que el trato ha resultado negativo y aun mortal, hay otros en que el humano ha salido grandemente beneficiado.

Da la impresión de que estos seres son muy temperamentales y cuando se encaprichan con un humano hacen cualquier cosa por ayudarlo. Algo así como los humanos hacemos con los animales; con frecuencia nos encaprichamos con un perro y hasta nos sacrificamos por él, pagando veterinarios y hasta dándole un sitio en la casa, mientras que a perros de la misma raza y hasta de la misma carnada los espantamos si se acercan a nuestra puerta.

Sin embargo no sería sincero si no dijese que hay más casos en que el humano ha resultado perjudicado que beneficiado. Por eso, a quien por la razón que sea se vea envuelto en una amistad o en un trato de este tipo, le recomiendo mucha prudencia y que no caiga en la fácil tentación de sentirse «elegido», entregándose ciegamente en manos de su amigo o «protector».

Hablaremos más sobre esto en la conclusión final.

  1. Estas características y gustos de los jinas van unidos a un tremendo «poder telepático» y a una capacidad de «encantamiento», por usar un término clásico, sobre sus víctimas humanas. Los modernos relatos de OVNIS están llenos de ejemplos de esto.

Efectivamente, la mayor parte de los contactados que he conocido y conozco —que no son pocos— pierden la capacidad de juicio ante sus «hermanos mayores» y dejan de usar su propia cabeza. Si la usasen, verían que algunos de los consejos que de ellos reciben son funestos para sus vidas como hombres de este planeta y para su propia sociedad o familia.

Comúnmente se desarrolla en el humano un apego y un amor desmesurado hacia el no-humano, que hace que las cosas de este mundo le parezcan ya pequeñas y despreciables, incluidas las personas y los intereses de su propia familia. Éste es el «encantamiento» a que se refiere G. C. y que se refleja en toda la literatura árabe sobre el trato de los humanos con estas misteriosas entidades.

Gordon Creighton termina su artículo en la Flying Saucer saltando de la tradición islámica a la cristiana y a la religión de Zoroastro. Y nos dice que a pesar de que los cristianos de hoy han perdido todo interés por estos temas, tanto Jesús como Pablo conocían muy bien la existencia de estos seres, tal como se puede ver en los textos griegos del Nuevo Testamento.

Efectivamente, san Pablo, en el texto que copiamos en la Introducción, demuestra que conocía muy bien la existencia de toda una serie de «espíritus malignos que viven en las alturas». Sin embargo, aquel texto tan intrigante es comentado con esta ingenuidad y desparpajo por los teólogos y comentaristas modernos de la Biblia de Jerusalén, como si ya todo quedase explicado y como si con el comentario no surgiesen todavía más dudas:

«Se trata de los espíritus que en opinión de los antiguos gobernaban los astros y por medio de ellos todo el universo. Residen “en las alturas” o “en el aire” entre la Tierra y la morada divina. Coinciden en parte con lo que Pablo llama en otro lugar “los elementos del mundo”. Fueron infieles a Dios y quisieron hacer a los hombres esclavos suyos…»

En cuanto al mazdeísmo, la religión de Zoroastro, toda ella está llena de la presencia de estos «espíritus», que tienen por una parte unos gustos muy parecidos a los de los jinas, aunque por otro lado sean bastante más crueles en sus relaciones con los hombres.

No me resisto a reproducir el comentario final que G. C. hace:

«¡Cuánto de lo que hoy está sucediendo en nuestro mundo a los más altos niveles de la política internacional y en los acontecimientos de cada día se puede atribuir a este sutil control e interferencia en nuestras vidas que llevan a cabo estas fuerzas invisibles e insidiosas! Ciertamente es una de las principales razones del lamentable estado en que hoy se encuentra la Humanidad.»

En las conclusiones finales profundizaremos en estas ideas en las que hace tiempo coincido con Gordon Creighton.

Ahora sólo me resta decirles a los «ufólogos» de primera enseñanza que todavía se dedican a llevar estadísticas de las horas de los avistamientos y a recopilar «pruebas científicas» de que el fenómeno existe, que acaben de convencerse de que los OVNIS o la mayoría de ellos no son exclusivamente unas simples naves tripuladas por habitantes de otros planetas, sino que mayormente son una de las manifestaciones de estos variadísimos mundos extradimensionales e invisibles que nos rodean.

Y quisiera decirles también que éstas no son invenciones mías, sino que hace ya miles de años ciertos humanos las han descubierto y han tratado de comunicárselas a sus congéneres, pero siempre hay «algo» que impide que éstos las tomen en serio y caigan en cuenta de la importancia de tan grandes realidades.

Podría, siguiendo a la insigne H. P. Blavatsky, citar cantidad de autores de la antigüedad que tratan este mismo tema, coincidiendo en el fondo con lo que decimos. Pero como sería demasiado largo, me limitaré a citar a Porfirio, un filósofo del siglo III cuyas obras fueron ferozmente perseguidas y en gran parte destruidas por los censores de la Iglesia, por los certeros ataques que este autor hacía a los dogmas cristianos.

He aquí lo que nos dice el discípulo del gran Plotino en su libro De los sacrificios a los dioses y a los demonios, en el capítulo II:

«Los “dáimones” son invisibles pero saben revestirse de variadísimas formas y figuras a causa de que su índole tiene mucho de corpórea. Moran cerca de la tierra y cuando logran burlar la vigilancia de los “dáimones” buenos, no hay maldad que no se atrevan a perpetrar, ya por fuerza ya por astucia…

Es para ellos juego de niños excitar en nosotros las malas pasiones, imbuir en las gentes doctrinas perturbadoras y promover guerras, sediciones y revueltas de que solemos culpar a los dioses… Pasan el tiempo engañando a los mortales y burlándose de ellos con toda suerte de ilusorios prodigios, pues su mayor ambición es que se les tenga por dioses o por espíritus desencarnados.»

Mayor coincidencia con todo lo que llevamos dicho no se puede dar. Y de una manera semejante pensaban autores tan importantes como Herodoto y Hornero y hasta el mismo Sócrates, tal como hemos visto anteriormente.

(1) Últimamente se ha lanzado la hipótesis de que Juan Pedro fue literalmente derretido por el ácido que transportaba el camión-cisterna en que viajaba, o que su desaparición está relacionada con el alijo de heroína descubierto en el camión. Todo es posible. Pero de todas maneras la solución de un caso no borra la realidad de miles de otras desapariciones misteriosas.

 

La Granja Humana – texte 12/19

dimarts , 1/10/2019

PRESENCIA EN LA HISTORIA – CASOS PÚBLICOS

Hasta aquí hemos presentado casos mayormente contemporáneos pero que atañen a particulares y que apenas si han sido conocidos por un reducido número de personas.

Éstas los conservarán en su memoria por toda la vida y los contarán en tertulias familiares o de amigos, suscitando la admiración de algunos, la sonrisa burlona de los más cerrados de mollera (aunque tengan títulos universitarios) y la incertidumbre en las mentes de todos. Y finalmente el caso morirá cuando muera su protagonista o pasará a formar parte del «folklore» popular, con sus infinitas leyendas.

los dioses seguirán tras sus bambalinas riéndose impunemente de los ingenuos mortales y dispuestos a repetir el truco o la broma con otro ser humano que nunca habrá oído hablar de semejantes cosas o que las creerá pura fantasía y que a su vez se llenará de asombro cuando repentinamente se encuentre ante hechos totalmente inexplicables.

Pero aparte de estos hechos individuales, en la historia tenemos muchísimos casos en que la intromisión de estos seres ha sido evidente y hasta descarada, y sin embargo la humanidad no se ha percatado o lo ha achacado a causas puramente naturales. Los dioses son expertos en este arte de encubrir sus actividades bajo la capa de «acontecimientos debidos a la naturaleza o al azar».

En este capítulo haremos algunas consideraciones sobre tres de estos acontecimientos históricos y públicos que no tienen explicación si no se miran desde el punto de vista que hemos considerado como la tesis fundamental de este libro.


El pueblo judío

El pueblo judío es un anacronismo histórico. Por un lado lo vemos aferrado a unas tradiciones antiquísimas y en buena parte absurdas (dietas, vestimentas, etc.) y por otro lo vemos en la vanguardia del mundo de las ciencias y de la tecnología. El hecho de que el Estado de Israel posea un arsenal de bombas atómicas, junto al fanatismo repetidamente demostrado por muchos de sus líderes, es algo que lógicamente debe llenar de inquietud a los otros pueblos del mundo.

Y si a esto añadimos el increíble pero real hecho de que la nación más poderosa del mundo —los Estados Unidos— está en buena parte en manos de judíos (nacidos o nacionalizados en Norteamérica) el peligro se hace aún mayor.

El pueblo judío, perseguido y masacrado en infinitas ocasiones, ha sabido sobrevivir siempre de una manera admirable y en la actualidad es en gran parte el que domina o por lo menos influye enormemente en algo tan importante como es la gran banca mundial.

Pues bien, el «fenómeno judío», totalmente inexplicable desde otros puntos de vista, tiene una clara explicación si lo miramos teniendo en mente la tesis de este libro, que en fin de cuentas no es más que la historia exacta del pueblo de Israel, aunque contemplada desde otro ángulo y viendo en su protagonista suprahumano no al Dios Único sino a uno de estos seres extrahumanos o dioses con minúscula de los que nos venimos ocupando.

No abundaré en detalles, porque todo este tema lo desarrollé ampliamente en mi libro Israel, pueblo-contacto. El resumen de todo él, es que Yahvé —un dios con minúscula y no el Dios Universal como él se presentaba— se aparecía en una nube a Moisés a la vista de todo el pueblo. Desde aquella nube, y valiéndose de un pequeño «cajón» o instrumento llamado «arca de la alianza» (que había que manejar con determinadas cautelas y colocar en un lugar apartado del pueblo al que sólo tenía acceso el caudillo) le comunicaba a Moisés cuál era su voluntad, al mismo tiempo que le confería «poderes».

Éste fue el origen de la religión judeocristiana y de las cualidades tan peculiares que el pueblo judío ha poseído a lo largo de su historia y posee todavía en la actualidad.

He aquí un ejemplo claro e innegablemente histórico de la intromisión en grande de una de estas misteriosas entidades en las vidas de los humanos.

Naturalmente que tanto judíos como cristianos absolutizan el hecho y lo convierten en algo trascendental y único, negando que sea sólo un hecho más de esta naturaleza. Para ellos «Dios» se ha comunicado sólo una vez oficial y personalmente con la humanidad y fue a través de las manifestaciones de Yahvé en la nube y más tarde, para los cristianos, cuando envió a su hijo Jesucristo.

Eso piensan los judeocristianos, y ni siquiera en esto están demasiado de acuerdo. Pero para un ser pensante libre de fanatismos, el judeocristianismo es sólo una más de las tantas religiones con que los humanos han estado engañados a lo largo de los milenios.

Lo que ahora a nosotros nos interesa considerar es el hecho en sí, prescindiendo de todo su contenido ideológico y de todo lo que en torno a él han fabulado cuatro mil años de fanatismo.

Los no cristianos —gústeles o no— tienen que reconocer que el judeocristianismo ha marcado profundamente el curso de la historia del planeta, para bien o para mal, dependiendo del punto de vista desde el que se mire. Pero es un hecho indiscutible.

Ahora bien, estamos ante un claro hecho de interferencia de entidades no humanas en la vida de un pueblo y, a través de él, en las vidas de cientos de millones de seres humanos que hoy practican el cristianismo.

Es cierto que gran parte de la humanidad, incluidos millones de judeocristianos, nunca han creído que Yahvé sea el «Dios Universal», a la vista de las barbaridades que le mandaba hacer a Moisés y a la vista de su ciego apasionamiento por el pueblo de Israel y de su ignorancia o desprecio de los otros pueblos. La sana razón dice que un «Dios Universal» no puede comportarse de una manera tan injusta y tan absurda.

Y ante esto surge de nuevo la pregunta: ¿Quién era entonces aquel ser que se presentaba en una nube, visible para todo el pueblo de Israel?

Es muy fácil decir que todas las manifestaciones de Yahvé no son sino una leyenda tejida a lo largo de los siglos. Al igual que es muy fácil decir que toda la vida de Cristo con todos sus hechos extraordinarios fue una pura invención de sus biógrafos. Es muy fácil decirlo pero es muy poco inteligente.

Si estos dos hechos fuesen los únicos en la historia de la humanidad, no tendríamos inconveniente en desecharlos por falsos. Pero resulta que en otras religiones y culturas nos encontramos con otros enteramente semejantes. Nos encontramos con «Dioses Universales» y con «Creadores del cielo y de la tierra» que les han hablado a sus elegidos desde nubes, o desde montañas o desde dentro de sus cabezas, y nos encontramos también con múltiples «Hijos de Dios» y «Redentores» que vinieron a este mundo para salvarlo. Y que incluso murieron en la cruz para lograrlo (1).

Por muy fanatizados que estén los seguidores de todos estos dioses y por mucho que nosotros menospreciemos sus creencias, los hechos que las motivaron, es decir, las apariciones de «espíritus» y de «dioses» a los fundadores de las diversas religiones, siguen ahí en todas las páginas de la larga historia de la humanidad.

Un hecho se puede negar; pero tantos y tan testimoniados, no sólo por documentos escritos sino por monumentos pétreos que han desafiado el paso de los tiempos, no se pueden negar y necesitan una explicación.

Y de nuevo tendremos que volver a preguntarnos: ¿quién o qué era lo que se presentaba ante el pueblo judío, qué lo incitó y lo condicionó para que su historia fuese lo que fue y lo que es?


La Alemania de Hitler

Presentemos otro ejemplo contemporáneo y público totalmente inexplicable si lo analizamos racionalmente: la Alemania dominada por el nazismo.

¿Cómo es posible que un pueblo tan avanzado como el alemán se haya dejado engañar y subyugar por un alucinado como Hitler? ¿Cómo es posible que millones de hombres tan ingeniosos y tan emprendedores se hayan dejado llevar como borregos al matadero de la Segunda Guerra Mundial? Y, ¿cómo es posible que los políticos de la sociedad «occidental», que se cree la más desarrollada del mundo, no hayan sido capaces de evitar aquella matanza espantosa en la que los científicos pusieron al servicio de la paranoia militar sus mejores inventos ?

Los historiadores y sociólogos nos dan mil razones para explicar lo inexplicable. Pero los dieciséis millones de muertos en los campos de batalla; los dos millones y medio de polacos, los seis millones de judíos y los quinientos veinte mil gitanos asesinados; los veintinueve millones de heridos y enfermos, los tres millones de civiles muertos en los bombardeos, y los veinticuatro millones de damnificados por las bombas, los quince millones de evacuados y deportados, y los once millones de recluidos en campos de concentración… son demasiado para aquel hombrecito esmirriado e imponente por añadidura.

La única explicación para tamaña monstruosidad es la que estamos diciendo: Hitler era sólo una marioneta. Él recibía los poderes de otros y sólo ejecutaba órdenes.

Se convence uno leyendo los muchos libros que sobre él se han escrito. Y a pesar de que la mayor parte de sus biógrafos no creen en estas inteligencias extrahumanas, sin embargo no dejan de apuntarlas, como una figura literaria o, en ocasiones, de una manera explícita, haciéndose eco de lo que el mismo Hitler decía.

Él, anticristiano y ateo confeso, se creía un instrumento de la «providencia», entendiendo por providencia todo un conjunto de fuerzas misteriosas del «más allá», con las que había aprendido a ponerse en contacto en sus largos años de aprendizaje en la secta Thule y en las muchas sociedades secretas e iniciáticas a las que perteneció. Y estas fuerzas del «más allá» eran las que lo dominaban y lo engañaban.

Y al mismo tiempo eran las que le daban el poder.

«¡Soy un enviado de la Providencia —decía en sus frecuentes arrebatos de frenesí— y seguiré con la precisión de un sonámbulo el camino que la Providencia me ha señalado! Creo haber sido llamado por la Providencia para servir a mi pueblo.»

Para que el lector vea hasta qué punto esta idea de que Hitler era manejado por fuerzas extrañas a él mismo está presente en sus biógrafos, le transcribiré breves citas de no menos de quince autores:

Walter Stein, compañero de estudios de Hitler en Viena:

«En él había entrado una entidad extraña: como si el propio Hitler oyera dentro de sí a la entidad que había tomado posesión de su alma.»

Y cuando ésta dejaba de dominarlo, «se derrumbaba en su asiento, agotado, como una figura solitaria, caído de las alturas de un éxtasis orgiástico, y bruscamente abandonado por aquella fuerza carismática que un momento antes le había dado el dominio sobre sí mismo y sobre su auditorio».

Kubizek dice que «era presa de furiosos demonios».

Paul Le Cour, en su libro Le drame de l’Europe, dice que cuando hablaba «era como si recibiese una corriente magnética que lo inflamase».

El doctor Otto Dietrich, el médico que lo atendió en el búnker, dice de él que «su voluntad se hallaba habitada por un demonio que al fin también poseía su cuerpo».

Werner Masser escribió que «Hitler nunca emprendía una acción sin haber sido invitado a ello por una orden o por una indicación de la providencia. Sus voces interiores le ordenaban marchar».

André Brissaud escribió:

«Con frecuencia daba la impresión de hallarse alucinado y de ser manejado desde fuera por un ser temible. ¿Qué pacto había firmado con el “más allá”?»

Y a esto André Rivaud añade:

«En sus momentos de furia este pelele cínico es terrible… De pronto, de un ser informe se cambia en una criatura aulladora y terrorífica que asusta a los más valientes, y se convierte en una especie de poseso dispuesto a matar inmediatamente a quien se atreva a resistirle. Un poseso sin lugar a dudas.»

A todas estas apreciaciones se pueden añadir las abundantes que R. Rideau-Dumas escribe en su libro El Diario secreto de los brujos de Hitler.

De ellas entresacamos las siguientes:

«Entonces estaba en su segundo estado, el de trance. En ese momento ya no dependía de sí mismo. Para llegar a tal desdoblamiento de la persona se había ejercitado en dominarlo. Sus ejercicios se basaban en el juego de una energía diez veces superior procedente de la voluntad, y del concurso de fuerzas supraterrestres. Se trataba de ritos procedentes de sociedades mágicas anteriores, así como la herencia de civilizaciones nórdicas desaparecidas… Seres extraterrestres enviaban a los iniciados energías irracionales, casi siempre de un terrible poder destinadas a llevar a cabo la liberación de la Humanidad incluso mediante la violencia.

«Absorto en sus voces interiores más oscuras e inquietantes parecía desplazado a otro mundo en que una voluntad infernal le dictaba órdenes… Permanecía horas enteras absorto en una extraña contemplación, más allá de la medianoche en su chalet, interrogando a sus voces interiores o a las estrellas acerca de las decisiones que tomaría… Él mismo dejó entrever que padecía la influencia de una energía cósmica. Se comparaba a un imán, pero se negaba a identificar la energía que movía el imán.»

Sin embargo al fin de su vida «tuvo clara conciencia de que había sido engañado por un genio malo».

Y es el mismo Ribadeau-Dumas el que nos dice que hasta Himmler decía de él que,

«estaba poseído por una fuerza oculta que escapaba por completo a su control. Era el demonio que lo tenía en su poder, el que le obligaba a cometer sus horribles crímenes, porque —según decía— había tomado posesión de su cuerpo desde hace mucho tiempo».

Las citas podrían seguir.

«El poder mágico que ejercía sobre las masas ha sido comparado con las prácticas ocultas de los brujos de África o con los chamanes de Asia… Asistimos a la metamorfosis de un hombre insignificante en un hombre importante.»

(Otto Strasser.)

«Se ha planteado con frecuencia el origen de la fuerza de persuasión extraordinaria que permitió a Hitler conquistar el poder por medios legales.»

(André Brissaud.)

«Los poderes del hombre —filosofa Rene Alleau a propósito de estas metamorfosis de Hitler— se detienen en un límite infranqueable; aquel donde comienza el orden espiritual con sus fuerzas universales. Otras fuerzas no humanas pueden entonces deteriorar la naturaleza del hombre…»

André Francois Poncet, embajador de Francia en Alemania, tuvo ocasión de observarlo de cerca cuando lo fue a visitar en su refugio de los Alpes, en Berchtesgaden, después del acuerdo de Munich:

«Hay días en que ante un mapamundi pone patas arriba naciones y continentes, la geografía y la historia, como un demiurgo enloquecido… tan extraño que parece que nunca se llegará a esclarecer completamente el enigma de su vida. La clave de su enigma está en otra parte.»

Elisabeth Ebertin, la famosa vidente de Munich, amiga de Hitler, escribió sobre él:

«En el estrado tiene todo el aspecto de un poseso, de un médium, el instrumento inconsciente de potencias superiores.»

El historiador Trevor Ravenscroft se extraña de que en el juicio de Nuremberg nadie haya hablado de las prácticas de brujería y de pactos satánicos de todos los que allí eran juzgados:

«Citar al diablo que ellos invocaban en la secta Thule hubiera sido cómico para aquellos jueces, y sin embargo la mayoría eran anglicanos, católicos, israelitas y masones, convencidos todos ellos en mayor o menor grado, de la existencia del diablo.»

Lo mismo que les pasaba a los jueces de Nuremberg, que no querían oír hablar del demonio, le pasa a nuestra sociedad tecnificada y «científica»: no quiere oír hablar de «entidades no humanas», a pesar de que los primeros tenían delante de sí, sentados en el banquillo, a las víctimas de tales «diablos» y nuestra sociedad está convertida en un infierno debido a las estrategias de estos mismos «diablos» que en la actualidad reciben otros nombres.

Édouard Calic dice que Karl Ernst Krafft, uno de los muchos brujos que tuvo a su lado Hitler, aseguraba que,

«al Führer le producía un gran placer cuando Krafft le declaraba que había leído en el cielo que aterrorizar a las gentes por medio de la matanza y la destrucción era una distracción de los dioses».

A lo que Hitler solía añadir:

«Los dioses son malos y les gusta la guerra.»

Otro aspecto importante de la vida de Hitler que nos reafirma más en nuestra idea de su dependencia de estas entidades es su manía por la sangre. No quiero entrar aquí en este profundo tema ni abrumar al lector con otra lista de citas acerca de este interesantísimo aspecto de su vida, pero lo cierto es que la idea de la sangre lo obsesionaba y en los himnos, discursos, reglamentos y emblemas, con gran frecuencia, siguiendo las normas del mismo Führer y de los «iluminados» que lo rodeaban, se hacía mención explícita de ella:

Somos la SS que marcha por tierra roja entonando un himno del demonio. ¡Que nos maldiga todo el mundo! ¡O que se bendiga nuestra sangre!

Así cantaban los temibles jóvenes de la SS, cuya divisa era «Sangre y honor».

Ribadeau-Dumas escribe:

«El rito de la sangre, viejo como el mundo, fue inculcado por Hitler a la SS con misticismo. Los Caballeros de la Orden Negra debían saber realizar el sacrificio de la sangre, el rito atroz de las poblaciones primitivas por el cual la vida exigía la muerte. Para Hitler, tal rito procede de su magia negra y de sus invocaciones satánicas.»

Esta manía por la sangre entronca perfectamente con lo que nos encontramos en todas las religiones, que son la obra maestra de todas estas inteligencias maléficas que se entrometen en las vidas de los humanos.

En todas ellas —si excluimos al budismo— la sangre desempeña un papel principalísimo y en el cristianismo la encontramos, sublimada, en el centro de su dogma y de su liturgia: la sangre de Cristo, sangre verdadera vertida por él en la cruz, es la que redime al género humano.

Los omnisapientes teólogos se sonreirán al leer esto, pero los «espíritus del mal que están en las alturas» de los que ellos nos hablan, se ríen a carcajadas viendo el gran mito que han montado con la sangre de un pobre hombre crucificado por los romanos hace dos mil años.

He aquí, pues, otro ejemplo insigne de intromisión de estas inteligencias en la marcha de la historia humana. Como grandes directores de un «guiñol» alzaron a aquel pobre muñeco de trapo austríaco, lo hicieron aullar como a un energúmeno, le dieron unos poderes paranormales de convicción y enloquecieron a media Humanidad poniéndola a pelear hasta destrozarse.

¿Cuántos Hitler ha habido a lo largo de la historia?

Los Carlomagnos, Atilas, Napoleones, Gengiscanes y demás caudillos megalómanos glorificados por los historiadores patrioteros y por la papanatería del vulgo, ¿no habrán sido otros Hitler?

Si a los cristianos hispánicos se les aparecía en el aire Santiago Matamoros, dándoles ardor para la lucha contra los sarracenos, a éstos (tal como sucedió en la batalla de Atarcos) —año 1195— se les aparecía también otro misterioso jinete celeste —que ellos naturalmente identificaban con el Profeta— animándolos a luchar contra los cristianos.

Son los macabros juegos de los dioses. Son las «ayudas» que estas misteriosas entidades de otros planos otorgan a sus «elegidos» para que siembren la discordia entre los hombres.

¿Cómo es posible que cerca ya del año 2000, cuando por sus adelantos técnicos la Humanidad podría vivir tranquila y feliz y con alimentos suficientes para que nadie pasase hambre, tengamos que regirnos por ideologías tan antihumanas como el capitalismo y el comunismo, y tengamos que tolerar a líderes tan ciegos como Reagan o Gorbachov, que como chulos de barrio se amenazan mutuamente con destruirse y destruir al planeta, teniéndoles sin cuidado el que cada año mueran de hambre millones de personas, cuando podrían evitarlo con una ínfima parte del dinero que dedican a armamentos?

¿Por qué tanta ceguera, tanta violencia, tanto odio, tanto dolor, tantas guerras y tanta sangre en la historia humana? ¿No será porque, como decía Hitler, «los dioses son malos y les gusta la guerra»? 

Y si de los líderes políticos y militares nos vamos a los religiosos, nos encontraremos con idéntico fenómeno, aunque arropado con palabras místicas y apuntalado con imponentes tinglados doctrinales. RamaKrishnaBudaConfucioZoroastro y al igual que ellos Jesús de Nazaretfueron sólo marionetas de estas entidades suprahumanas que nos dominan desde las sombras.

Todos oyeron «voces» que ellos pensaban que venían directamente de Dios. Pero eran sólo las voces de estos «dioses» pequeños y entrometidos —«los espíritus de las alturas»— cada uno engañando con una «revelación» diferente, aunque todos coincidan en pedir sacrificios, dolor y sangre.

Ahí está el máximo símbolo del cristianismo, la cruz, que es el resumen de estas tres exigencias de los dioses.

«Revelan» cosas diferentes, pero en fin de cuentas todos acaban pidiendo lo mismo.


La doncella de Orleáns

Juana de Arco: He aquí otro ejemplo histórico de la intromisión de estas entidades en la marcha de la historia de la Humanidad.

Los profesionales de esta ciencia han investigado a fondo todos los pormenores de la increíble vida y hazañas de esta jovencita. Pero no van más allá de los meros hechos. Es cierto que se quedan asombrados ante ellos, pero no nos explican cómo una joven de 17 años que no sabía leer, nacida en un villorrio de la Lorena y que lo único que había hecho hasta entonces en su vida era ayudar a sus padres en el cuidado de los animales y en el cultivo de los campos, pudo realizar una tarea tan ingente en tan breve tiempo.

Por supuesto que la mayor parte de ellos —a los que habría que añadir médicos y psicólogos— que han hecho un profundo estudio de su personalidad, basados en los abundantes documentos de los procesos a que la sometió la Inquisición, creen que Juana era una psicótica y se fundamentan precisamente en las «voces» que ella oía constantemente y que decía que eran de san Miguel, santa Catalina y santa Margarita además de sus «espíritus protectores».

Los historiadores creyentes, por el contrario, creen que estas voces eran en realidad de san Miguel y de sus santas protectoras y que Dios era el que la enviaba y la guiaba para que salvase a Francia.

Sea cual fuere la interpretación del origen de sus voces v de sus visiones, lo cierto es que en el proceso que se le siguió por hereje, los jueces y las autoridades estaban convencidos de que la joven tenía poderes sobrenaturales y que mediante ellos había logrado las proezas que se le atribuían. Pero el problema que a ellos más les interesaba era dilucidar si aquellos poderes venían de Dios o del diablo.

Por envidias, celos e intrigas políticas se sentenció que venían del diablo y la pobre Juana fue condenada a la hoguera en la que pereció el día 30 de mayo de 1431.

¿Cuáles son las razones en que me baso para afirmar que Juana de Arco es un ejemplo de la intervención de los «dioses» en la historia humana?

Son muchas e intentaré resumirlas en breves líneas.

En primer lugar señalaré sólo de paso el paralelo entre la vida de Juana y la vida de Jesucristo:

  • Ambos tenían como misión redimir y salvar al pueblo; ella a Francia y él al mundo entero.

  • Ambos estaban en comunicación y fueron ayudados por entidades extrahumanas para realizar la gran tarea que les había sido asignada.

  • Ambos realizaron cosas asombrosas imposibles para una persona normal.

  • Ambos estaban dotados de poderes suprahumanos.

  • Ambos fueron traicionados, entregados y muertos en el suplicio.

  • Ambos fueron glorificados después de su muerte.

Como ya hemos dicho, este paralelo podría extenderse a muchos otros héroes y fundadores de religiones.

El lector estará preguntándose, con todo derecho, cuál fue la gran hazaña que realizó Juana de Arco. Para darse entera cuenta de ella tendría que conocer a fondo el lamentable estado en que se encontraba la Francia de entonces, pero ello nos llevaría demasiado espacio. Bástele saber que por aquellas fechas Inglaterra dominaba buena parte del territorio francés.

Muchos de sus nobles eran partidarios descubiertos del rey inglés y otros habían pactado con él en secreto, mientras que los restantes se negaban a obedecer al rey de Francia, huido y acobardado, en sus tímidos intentos por expulsar a los ingleses de sus territorios. Este estado caótico duraba ya casi cien años y el débil y semi-imbécil Carlos VII, angustiado por tantos males, se desentendía del Gobierno y se refugiaba en las francachelas palaciegas que sus degenerados y truculentos «consejeros» le organizaban con mucha frecuencia.

Por todas partes reinaba el desaliento y la desorganización. Los nobles rivalizaban entre sí y con sus ejércitos privados peleaban entre ellos. Y como fruto de todo esto, el hambre y la miseria campaban por todo el reino. Agobiado por tantas calamidades y viéndose completamente impotente y lleno de deudas, el propio rey había pensado en huir a Escocia o a Castilla.

Ésta era la Francia que aquella pobre adolescente campesina quería salvar…

Si sólo hubiese dicho que «oía voces» probablemente nadie le hubiese hecho caso, porque «oír voces» es una vieja enfermedad de la mente con la que los médicos de todos los tiempos han estado muy familiarizados. Pero Juana no sólo oía y veía, sino que también hacía.

Le sucedía lo que a muchos otros «iluminados» y «escogidos»: tenía «poderes» y ante éstos las multitudes se rendían. No importa que algunos privilegiados se sintiesen humillados por los hechos de una niña campesina e intrigasen contra ella; pero sus hazañas eran patentes y la gente sin maldad se rendía ante ellas.

A causa precisamente de estas intrigas de las que el débil Carlos VII estaba rodeado por todas partes, Juana tuvo que esperar varios días para ser recibida por él. Los nobles cortesanos no querían que él la viese porque presuponían la gran impresión que iba a causar en su carácter pusilánime. Cuando no pudieron impedirlo por más tiempo, prepararon una trampa para desacreditarla ante toda la Corte.

Organizaron una gran fiesta palaciega en medio de la cual Juana debería presentarse por primera vez ante el rey, a quien no había visto nunca. Éste, a modo de broma y débil siempre ante las peticiones de sus consejeros, accedió contra su voluntad a esconderse en medio de la multitud de asistentes y permitió que otro ocupase su lugar en el trono.

Cuando apareció la doncella todo el mundo calló; unos por la gran admiración que hacia ella sentían y otros esperando el gran momento en que se hincaría ante el falso rey, para celebrarlo inmediatamente con una gran carcajada. El silencio era tenso y solemne. Juana avanzó unos pasos y se detuvo. Miró al trono e inmediatamente sus ojos se apartaron de allí y se dirigieron al lugar exacto en que el rey estaba semi-escondido. Avanzó entonces resueltamente hacia él mientras la multitud cortesana le abría paso en silencio. Se hincó ante él y cuando el rey se inclinó hacia ella para hacerla levantar, Juana aprovechó para decirle casi al oído varias cosas que lo conmovieron visiblemente, pues hacía tiempo que le atormentaban la conciencia.

Cuando Juana acabó de hablarle, el rey había cambiado por completo de semblante. Su ánimo siempre deprimido e indeciso se había llenado de valor y decisión. Había sentido que estaba ante un ser extraordinario que no sólo conocía todos sus pensamientos secretos, sino que era capaz de ayudarlo en la difícil tarea de unir a los franceses y de expulsar a los invasores ingleses de sus dominios.

A partir de este momento comienza una serie de hechos que no tienen explicación humana: la organización de un ejército que hasta entonces había estado profundamente dividido por el gran odio que se profesaban sus diversos jefes; la serie de batallas y triunfos sobre el ejército inglés, mucho más fuerte y mejor organizado, y sobre todo el gran dominio que Juana logra tener sobre una soldadesca brutal y anárquica que hasta entonces se había negado a combatir y a obedecer a sus propios jefes.

Las voces le decían a Juana cómo tenía que distribuir los diversos batallones, dónde tenían que ponerse las ballestas y las piezas de artillería, por que flanco tenían que atacar y cuál era el lado débil del enemigo…

Cuando alguno de los generales iba a ser herido ella se lo anunciaba, al igual que dijo la víspera de ser herida ella misma por primera vez:

«Mañana saldrá sangre de mi cuerpo.»

En pleno combate, se ponía con el estandarte en la mano en el borde del foso en un lugar bien visible, y desde allí, rodeada de una nube de saetas y proyectiles disparados contra ella, arengaba a las tropas y daba órdenes. Sus «amigos del cielo» la defendían.

En un año, a partir de su entrada en escena, el panorama político de Francia cambió por completo. Los ingleses estaban en retirada y el deseo de recobrar la independencia de la patria estaba vivo en todos los rincones de Francia.

Y todo esto logrado en apenas unos meses por una pobre muchachita campesina llena de simplicidad e ignorancia.

La segunda parte de su vida, es decir su prisión, juicio y ejecución en la hoguera por las autoridades eclesiásticas es otra confirmación más de que Juana era sólo un instrumento de los «dueños de este mundo» o si se quiere un juguete con el que «los dioses» se divirtieron durante un tiempo.

A pesar de toda la falta de lógica que haya en su derrumbamiento repentino, tras una ascensión fulgurante, hay sin embargo un gran paralelo con lo que les ha sucedido a tantos otros «salvadores», empezando por el mismo Cristo, tal como ya indicamos.

El abandono a última hora por parte de los «guías» es una cosa muy frecuente entre los «escogidos». El porqué de este abandono es algo que se nos escapa a los mortales, pero es algo que vemos repetido hasta la saciedad, sobre todo entre los «redentores» y fundadores de religiones —que terminan muriendo en la cruz o fusilados, tal como sucedió con el fundador de los mormones o de los Bahai— y entre los místicos cristianos v «contactados» que acaban sus días enfermos o locos, y sin saber qué pensar de todas sus experiencias al ver que la mayoría de las promesas que les hicieron no se han cumplido.

Juana, a causa de las envidias de los generales y de los nobles, fue traicionada y vendida por dinero a los ingleses —un paralelo más con Cristo— que se valieron de los tribunales eclesiásticos para hacerla desaparecer en la hoguera.

Durante su cautiverio fue golpeada innumerables veces y otras tantas pretendieron violarla, no sólo los soldados que la custodiaban, sino varios generales y nobles. Con una argolla de hierro al cuello, semidesnuda, hambrienta y aterida, encerrada en una estrechísima jaula fue paseada de ciudad en ciudad.

Durante todos estos meses «las voces» seguían hablándole. Le daban ánimos para seguir aguantando las vejaciones y sufrimientos y para contestar a los interminables interrogatorios a que fue sometida por los tribunales eclesiásticos. Pero no la liberaron de los tormentos, antes al contrario, la engañaron diciéndole que «sería liberada en una gran batalla» que nunca se produjo.

Aquellas voces que la habían dirigido hasta en los detalles más insignificantes y le habían advertido de los peligros que la acechaban, en los momentos cruciales no la previnieron de la celada que le habían tendido para hacerla prisionera. Ingenua hasta el fin, no se quejó cuando se vio enjaulada y sujeta con hierros, entregada como estaba totalmente en manos de sus «espíritus protectores».

Sócrates, otro «iluminado», fue también a última hora abandonado por su «daimon» que tan fiel le había sido durante toda su vida.

He aquí sus palabras tal como nos las narra Platón en su Apología de Sócrates:

«Mi daimon, el espíritu divino que me asiste, me permitía hasta hoy oírle muy frecuentemente, aun a propósito de cosas de muy poca importancia, en todo momento en que iba a hacer algo que no me convenía. Sin embargo hoy, cuando me sucede, como veis, algo que podría considerarse como la mayor de las desgracias —al menos como tal se la considera— [se refería a su condena de muerte] no sólo no se ha dejado oír al salir yo de mi casa ni cuando estaba ante el tribunal, sino que ni tan siquiera para prevenirme cuando he tenido que hablar. Sin embargo en otras ocasiones mucho menos graves me ha obligado a callarme aun en contra de mis intenciones. Hoy en cambio ni en un solo instante, mientras estaba ante el tribunal, me ha impedido hacer o decir lo que quisiese. ¿A qué debo atribuir esto…?»

Los modernos sabios que estudian el funcionamiento de la mente humana —y que tan poco saben de ella— no tienen reparo en tildar de histérica a una pobre adolescente analfabeta; sin embargo no se atreven a hacer lo mismo con el sesudo Sócrates, al que curiosamente le sucedía un fenómeno semejante, que tuvo además el mismo trágico final.

Siguiendo una pauta que es muy común en la manera de actuar de estas entidades extrahumanas, «las voces» la animaban a que siguiera sufriendo:

«Sufre con paciencia; no te inquietes por tu martirio —le dicen repetidamente—; sufrir es progresar, es elevarse

Y la pobre niña, abandonada de todos, va firme hacia la pira en que la van a quemar.

En lo alto del cadalso, contra frailes y obispos que le instan a que se retracte de todo y que confiese que todo ha sido obra de su invención, grita con las pocas fuerzas que le quedan, que todo ha sido verdadero; que las voces eran de sus ángeles amigos y que ella sólo ha obedecido a Dios.

¡Pobre muchachita víctima de los terribles juegos de los «espíritus de las alturas»!

Juana de Arco es como el símbolo personalizado de la Humanidad entera que por siglos ha seguido ciegamente «las voces divinas» que le han ido llegando a través de todas las religiones, y en fin de cuentas ha sido defraudada por éstas, al no dejarnos evolucionar con libertad y al ponernos a pelear por la diversidad de creencias.

A los pocos meses Juana era reivindicada y glorificada por los mismos tribunales eclesiásticos y por la misma Iglesia que la había quemado viva. Pero esto pertenece ya a la farsa humana que los hombres sabemos representar tan bien sin ayuda alguna de los dioses.

Éstos se limitan a reír «desde las alturas» viendo las bufonadas históricas que tan seriamente practicamos y que en muchas ocasiones son sólo consecuencias de sus disimuladas y perversas intrigas.


El islam

La religión islámica es otro gran ejemplo histórico de la intromisión de estas inteligencias en la vida de los hombres y en la marcha del planeta.

A un insignificante hombre llamado Mahoma se le aparece un misterioso joven que dice ser nada menos que el arcángel Gabriel y le dicta un libro «sagrado» —el Corán— que en seguida se convierte en la regla de vida para millones de hombres.

Este libro es en gran parte el responsable del atraso y el fanatismo en que viven muchos millones de seres humanos aparte de haber causado y de seguir causando infinidad de muertos.

Pues bien, uno se pregunta: ¿cómo es posible que una religión y en concreto un libro en donde lo ridículo se mezcla con lo sublime y lo ameno con lo plúmbeo, hayan podido extenderse por el mundo con el ímpetu avasallador con que en muy pocos años se extendieron, llegando hasta los confines de Asia y Oceanía, a donde no había llegado el cristianismo nacido cinco siglos antes?

La razón es la de siempre: la aparición de seres misteriosos de otro mundo que le dan capacidades especiales al humano que escogen para que pueda extender el mensaje o la orden que le dan.

En el siguiente capítulo nos asomaremos a la cultura y a la literatura islámicas ya que en ellas se describen de una manera muy concreta estas inteligencias suprahumanas de las que estamos hablando.

(1) Este tema lo he desarrollado en mi libro El cristianismo, un mito más.

La Granja Humana – texte 11/19

dilluns, 30/09/2019

EL MISTERIO DE UMMO

Puesto que a lo largo del libro en varias ocasiones hacemos referencia al caso UMMO, creemos oportuno dedicarle unas cuantas páginas ya que consideramos que es uno de los casos más extraños en toda la extraña fenomenología ovnistica.

Aunque la presencia de estos extraterrestres ha sido detectada en unas cuantas naciones, y por las décadas del 60 y 70 la jefa de los catorce ummitas que residían en nuestro planeta estaba en Australia, fue en España donde sus actividades y sus comunicaciones adquirieron mayor notoriedad, no sabemos si por haberse ellos manifestado más abiertamente entre nosotros o por la mayor locuacidad de sus contactados ibéricos. Lo cierto es que por aquellas fechas circularon por España muchos informes con una temática muy diversa que supuestamente procedían de los exploradores que el planeta UMMO había enviado a la Tierra.

De ser esto cierto nos encontramos ante un caso que cae de lleno en el tema de este libro. Se trataría de unos seres inteligentes no humanos —unos auténticos extraterrestres— que no pertenecen a otra dimensión sino que son poco más o menos como nosotros pero con mil años de adelanto en todos los sentidos.

Según ellos su planeta gira alrededor de la estrella Wolf 424, de la constelación Virgo, a unos 14 años-luz de nuestro sistema solar.

Llegaron a nuestro planeta el año 1950, haciendo su primer contacto con el suelo en el sur de Francia. Sus primeras impresiones e incidentes en su trato con los humanos son de un interés que supera al de cualquier novela de aventuras.

Son más bien altos y rubios, y su físico en general no se diferencia mayormente del de los nórdicos, por lo cual no les es difícil pasar inadvertidos entre los humanos, presentándose ordinariamente como «noruegos» que están realizando algún trabajo de investigación.

Así por lo menos fue cómo se comportaron en España el tiempo que estuvieron entre nosotros.

Tenían en Madrid dos secretarios que eran los que les escribían las cartas e informes que ellos dictaban para sus amigos españoles. Estos dos secretarios eran los únicos que conocían su verdadera identidad, y a ruego suyo nunca se comunicaron personalmente con las personas a las que iban dirigidas las cartas.

Poco a poco han ido explorando los cinco continentes de nuestro planeta; según ellos, en las computadoras de UMMO hay en estos momentos más datos sobre la Tierra que en todas nuestras bibliotecas.

Pero no sólo se han dedicado a estudiarnos, sino que también nos han dado abundante información sobre su planeta y vehículos en que viajan, así como sobre el espacio sideral y sobre la constitución básica de la materia. En este particular nos dicen que estamos bastante perdidos en cuanto a las ideas que tenemos sobre su composición en niveles subatómicos. Sus explicaciones acerca de cómo realizan el viaje valiéndose para ello de la curvatura del espacio y de una especie de «latir» del Cosmos son realmente fascinantes.

Pero como no encaja con lo que los astrónomos saben, éstos no le prestan mucha atención.

La documentación ya es en la actualidad bastante abundante, muy variada y en muchos aspectos interesantísima. Ha sido recopilada y parcialmente publicada por varios autores entre los que destacan el doctor Juan Aguirre, que fue el primero que la organizó, y los escritores Antonio RiberaRafael Farriols y el padre López Guerrero.

Todos estos informes se han ido recibiendo a lo largo de unos 20 años, de ordinario en forma de cartas que llegan por correo normal y escritas no sólo por los dos secretarios de Madrid, sino por otros que tienen en otras naciones, ya que en muchas ocasiones el original del informe está en otra lengua, tal como consta al principio del escrito.

Yo mismo, cuando residía en San Juan de Puerto Rico, y estando totalmente ajeno al asunto, recibí un buen día una carta cuyo fotografía podrá ver el lector en estas páginas. En su parte superior izquierda tenía el conocido emblema de UMMO que consiste en una H mayúscula cuyo travesaño horizontal está cruzado por un trazo vertical. No sale en Ia foto porque es repujado.

El texto de la carta es el siguiente:

Isla de Puerto Rico

X-IV-MCMLXXXI

Señor Salvador Freixedo

Colegio Católico Aurora

Calle Wilson 1366

Santurce

Puerto Rico

Señor: Nuestro UMMOAELEWE Superior de UMMO nos ha enviado su nombre y señas junto a los de otros dos OEMII (hombres) de esa OYALII (sociedad) para nosotros iniciar y mantener en lo posible comunicación con ustedes en una sola dirección.

Sabemos su interés en nosotros a raíz de uno de sus viajes a Barcelona, en España. Entonces nos limitamos a estudiarlo a través de nuestras UULEWA (especie de pantallas que ellos tienen aquí) pasando el informe a las XANMMO ISOO en UMMO (las grandes computadoras centrales que ellos tienen en su planeta). Su análisis resultó favorable y por tal ha sido incluido como uno de nuestros posibles contactos aquí, sujeto a su aceptación.

Cada contacto tendrá una misión distinta y la de usted, como hombre de letras, será la de divulgar el contenido de toda la información científica que le suministremos, sin necesariamente descubrir la fuente de donde emana, nosotros no nos oponemos a que así lo haga sí así lo desea, aunque tampoco lo recomendamos, ya que podría afectar negativamente su imagen (en sí ya bastante controversial) pasando a formar parte de los mal llamados «Chiflados de UMMO», por lo que lo dejamos a su mejor discreción.

Como esta relación ha de ser puramente voluntaria de parte de cada una de las partes destinatarias, es por lo que de encontrarse satisfecho de su elección, deberá publicar en el clasificado dominical, de su periódico local en inglés, la siguiente frase: OEMII-2 O.K.

Esperaremos un plazo de cuatro tirajes del citado dominical contando desde el próximo domingo, para conocer su respuesta. En el caso de no producirse el anuncio en el tiempo prefijado consideraremos su silencio como una negativa de su parte y no insistiremos más en ello.

Una vez aceptada su contactación tiene plena libertad para cancelar la misma cuando así lo desee, volviendo a publicar en el ya citado dominical: OEMII-2 K.O.

Nuestra presencia aquí no programada en principio por nuestros mayores data ya de un lustro, inicialmente fue motivada por un extraño fenómeno de carácter psíquico que emanaba de esta isla, causando graves perturbaciones a varios de nuestros hermanos, sobre lo cual le informaremos más adelante. Una vez logramos la motivación de nuestro inesperado viaje a Puerto Rico, nos fue encomendado el estudio geológico de su OYALII y muy especial la inspección in situ de la fosa abisal marítima existente al norte de la misma, lo cual estamos todavía realizando.

Sin más por ahora, le saluda

AUX 17

Por un lado me extrañó el recibir esta carta porque yo nunca había hecho nada por entrar en comunicación con ellos —aunque confieso que sí con otros—, pero por otro lado no me pareció demasiado raro ya que ellos acostumbraban a comunicarse con gentes que se distinguían por su estudio del fenómeno OVNI, y principalmente lo han hecho con dos grupos de personas, uno en Madrid y otro en Barcelona, la mayor parte de las cuales son amigos míos.

Como no me disgustaba nada entrar en contacto con ellos y por otro lado sabía que suministraban informaciones muy interesantes, hice lo que ellos decían.

Me fui al periódico The San Juan Star y redacté para los anuncios clasificados un breve texto que decía así:

Buy Radionics Machine OEMII-2 OK new or used. Interested also in Machine WOAI. Call 722-1366.

El encargado de los clasificados no me lo quería admitir porque no entendía lo que aquello significaba y pensaba que podrían ser claves para los traficantes de drogas. Tuve que recurrir a mi amistad personal con el director y el jefe de redacción del periódico para lograr que me lo admitiese, aunque antes tuve que hacerle alguna modificación y «explicarle» que OEMII —que en realidad significa «hombre» o «varón»— era una clase de máquinas de radiónica. Como tantas veces en la vida, con la mentira logré lo que no hubiera logrado con la verdad.

Sin embargo, a la semana exacta de la publicación del segundo anuncio, cogí el avión para Madrid tal como hacía tiempo había planeado, sin ver en qué paraba todo y si en realidad comenzaba a recibir alguna comunicación.

Me imagino que ante una cosa tan importante, otros hubiesen preferido quedarse y esperar. Pero yo siempre he pensado que si estos señores u otros por el estilo son tan superiores a nosotros y quieren de veras ayudarnos, tienen que atenerse a nuestro modo de vida y acomodarse a nuestras costumbres, en vez de hacer que nosotros nos pongamos a bailar al son de su pandero.

A mi vuelta a Puerto Rico, tras cuatro meses de ausencia, pensé que hallaría en medio de los dos sacos de correspondencia que me esperaban, alguna comunicación de los ummitas, pero no había absolutamente nada ni nunca volví a recibir cosa alguna de ellos. No sé si se habrán enfadado por mi desconsideración al no suspender mi viaje o si se habrá tratado de una broma de alguien, cosa que dudo mucho.

Las opiniones en cuanto a la veracidad de todo el caso UMMO varían mucho. Algunos juzgan que todo es real; y piensan así, entre otras cosas, por el gran impacto que las comunicaciones ummitas han causado en sus vidas; otros piensan que se trata de un gran montaje humano hecho por algún Gobierno o por alguna gran sociedad o institución con el fin de estudiar ciertas reacciones de la psicología humana o de boicotear o promover ciertas misteriosas «causas»; y por fin otros suspenden el juicio ante datos tan confusos. Me encuentro entre éstos.

El sentimiento me inclina a creer que es verdad porque no se puede negar que es fascinante la idea de que desde las lejanías del Universo vengan unos seres casi como nosotros a visitarnos y a levantarnos la moral aunque sólo sea indirectamente, viendo hasta dónde podemos llegar en nuestra evolución.

La razón, sin embargo, no acaba de dar su asentimiento total, a pesar de que hay aspectos en todo el fenómeno que me dicen que se trata de algo real y que no es un montaje humano. Sería demasiado largo ponerme ahora a detallar cuáles son esos aspectos, pero mi larga búsqueda en el terreno de lo paranormal me ha preparado para admitir cosas que de otra manera no hubiese admitido. Si creo en la existencia de otras entidades mucho más sutiles e «irreales», estoy lógicamente obligado a admitir la existencia de unos seres que son casi como nosotros aunque vengan desde un astro muy lejano.

Las distancias siderales, que para nuestros científicos suponen una dificultad insalvable, para los ummitas no lo son, y nos explican con todo género de detalles cómo logran vencerlas. Yo no sé si sus explicaciones son en fin de cuentas verídicas o no —porque superan con mucho los límites de nuestra tecnología y ciencia actuales—, pero lo que no se puede negar es que son fascinantes.

Nuestros científicos, sin embargo, no se dignan atender a sus informes y siguen pensando que nuestra tecnología —en la que se incluyen reumáticos cohetes que estallan en pleno vuelo y que caminan a paso de carreta en las infinitas distancias del Universo— es lo más avanzado del Cosmos.

De modo que una parte de mi mente se inclina a creer en la realidad objetiva de la visita de los ummitas y en su presencia física entre nosotros. Pero por otra parte me asaltan dudas. A veces se me parecen demasiado a nosotros. Da la impresión de que los hipotéticos autores del montaje cargaron demasiado las tintas en cuanto a sus rasgos «humanos», para hacernos tragar mejor el anzuelo.

Pero eso mismo es lo que nos pone en guardia.

Sospechamos por ejemplo de sus ideas religiosas. Su tinglado teológico se parece demasiado al nuestro y su UMMO-WOA o Redentor da la impresión de ser una copia descarada de nuestros Cristos. Si la idea de un Dios encarnado dando la vida por «salvar» a su pueblo se nos hace aquí difícil de admitir, el verla repetida en UMMO se nos hace todavía mucho más cuesta arriba.

Además, ciertos rasgos psicológicos de ellos —por ejemplo su gran amor propio cuando no les creemos— nos recuerdan demasiado a los humanos.

Por otro lado cabe la gran posibilidad de que todo el caso UMMO sea un montaje perfectamente concebido y realizado, aunque no por humanos sino por jinas, tal como veremos en el capítulo que le dedicamos a estas entidades. Es decir un caso de seres que proceden con una lógica muy similar a la nuestra y por lo tanto perfectamente inteligible por los humanos, cosa que no suele suceder con la mayor parte de las entidades que se comunican con los contactados; éstos, a la larga no entienden cómo y por qué los «hermanos del espacio» actúan de manera tan errática como suelen hacerlo.

En cambio en el caso UMMO sus acciones son bastante lógicas y comprensibles.

En la primavera de 1987, cuando escribo estas líneas, después de un silencio de varios años, ha habido un reavivamiento de todo el caso, porque de nuevo las personas que años atrás recibieron cartas de los ummitas han vuelto a tener comunicaciones de ellos, por la ordinaria vía del correo. Estaremos atentos a ver cómo se desenvuelven los acontecimientos.

Para todos aquellos lectores que no hayan tenido ocasión de conocer los documentos enviados por los ummitas o relacionados con ellos, he seleccionado a modo de ejemplo, dos de muy diversa índole. El primero, más bien anecdótico, es una carta enviada al señor Enrique Villagrasa, en 1967, en la que se cuenta cómo fue la visita a Madrid de la joven jefa de todos los ummitas que por aquel entonces estaban en nuestro planeta, que residía de ordinario en Australia.

La carta fue escrita por el secretario español que tenían en Madrid v que por deseo expreso de ellos nunca tomó contacto con los destinatarios de las misivas y permanece aún en el anonimato.

La carta dice así:

Muy señor mío:

Hace unos meses le escribí una carta con motivo de una reunión que habíamos proyectado, reunión que, como le diré más adelante, no pudo hacerse. Yo soy el señor que hasta ahora ha venido escribiendo a máquina lo que estos señores procedentes del planeta Ummo me han ido dictando. Quiero recordar que en mi última carta le conté toda mi historia, que si se la contase a muchos creerían que estaba loco, pero usted ya los conoce y puede comprenderme.

Incluso mi mujer que hasta hace pocos días era bastante escéptica y creía que eran agentes de espionaje (ya sabe que cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza no razona y no hay quien la convenza con argumentos) a la vista de lo ocurrido ha tenido que rendirse ante la evidencia, pues ahora los que no conozcan este asunto harán bien en no creerlo, pues los que lo hemos vivido, y yo creo que lo he vivido más que usted, tendríamos que estar locos para no admitir tos hechos.

Desde hace unos meses, y después que yo le escribí a usted, han sucedido más cosas.

Vinieron a casa otros señores de Ummo. Conocí a uno que no hablaba y a otro que parecía más viejo y que ha estado mucho tiempo en Sudamérica. Estos días hemos tenido mucho trabajo y eso que sé que ellos también dictan cartas a otro señor. (Se refiere al otro secretario que los de Ummo tenían en Madrid.) Escribí bajo dictado a otros señores a los que antes no habíamos escrito, todos en Madrid excepto uno en Valencia, este último médico también, y los otros son un ingeniero del ICAI, un escritor, un profesor de la Universidad que es profesor en exactas y otros dos que no sé su profesión.

Hablé por teléfono con el profesor de ciencias exactas y estaba muy intrigado; me hizo muchas preguntas y al final me dijo que creía que era yo el que escribía los informes que tratan sobre una pregunta que hizo sobre una cosa que se llama «Teoría de retículos». (Si usted viera lo asombrado que estaba con la respuesta que le dieron . Costó trabajo hacerle creer que yo no había estudiado matemáticas ni era catedrático como él decía.) En cambio ellos han dejado de escribir a señores que antes les conocían, por ejemplo al ingeniero industrial.

A todo esto mi cuñado, ya informado, tuvo un disgusto conmigo, pues opinaba que este asunto podría traernos serios inconvenientes. Pero como a mí si no me dan razones no acepto consejos, le contesté que me dijera qué clase de disgustos podrían ocurrirme, pues yo escribiéndoles a máquina unas cosas que me dictan no hago nada contra la ley. La verdad es que él estaba más asustado que yo puesto que llegó a convencerme de que ellos decían la verdad al asegurar su procedencia del Ummo.

Pero yo a fuerza de tratarlos me he convencido de que son las mejores personas que he visto en mi vida. Ya quisiéramos los de la Tierra ir con esa falta de malicia que van ellos y tan comprensivos e imparciales para comprender las más íntimas cosas. Sólo la dulzura y seriedad con que reprenden y dicen las cosas los retrata. Y no vaya a creerse que son ingenuos; nada más mirarte parece que te penetran.

Pero a finales del año pasado me dictaron unas cosas en que le decían a uno de los corresponsales que una de sus naves inter planetarias iba a venir entre enero y mayo.

Efectivamente, en una visita que me hicieron dos de ellos el domingo 14 de mayo yo noté que algo ocurría, pues me dictaron una carta que me dejó asombrado pues era una carta comercial, dirigida a Australia, pidiendo información sobre unos paneles aislantes termoacústicos.

Nunca me habían dictado nada semejante. Lo más curioso era que ellos me traían unas hojas y sobre timbrado el nombre de una firma comercial madrileña especializada en decoración de locales comerciales. (Por cierto que por curiosidad fui a esa dirección y sé que se trata de un arquitecto a quien nunca habíamos escrito.)

Además comenzaron a venir a casa con más asiduidad a dictarme cosas de tipo científico, pero en cambio se desentendían más de este asunto pues antes, recién escrito un informe, era repasado por el superior de ellos que se llama DEI 98 y me mandaba que lo enviase por correo inmediatamente. Ahora en cambio dictaban más cosas y me daban una especie de agenda con instrucciones para que los fuese mandando más espaciados en fechas distintas a cada persona. Por ejemplo, una cosa que le envío a usted sobre un esquema de los ibozoo uu (física atómica) la he tenido guardada un tiempo esperando la fecha marcada por ellos.

El día del Corpus por la mañana me llamaron a las once. Yo no estaba y se puso mi señora. Dijeron que volverían a llamar a las dos. Se puso al teléfono el señor que es superior de ellos, DEI 98, y me preguntó si podía hablar con mi yie (ellos llaman a las esposas yie) y conmigo a las seis de la tarde para un asunto muy importante para ellos. Le dije que sí y comenté con mi señora muy preocupado, pues él insistió en que no hubiera nadie en casa a esa hora, aparte de nosotros.

A esa hora llegó DEI 98 con otro que yo conocía y al que me presentó como IAUDU 3. Éste no habló una palabra. Nos reunimos en el comedor y DEI 98 nos dijo a mi señora y a mí que esperaban a partir del 31 de mayo o quizás un poco antes, una de sus naves que aterrizaría en Madrid y que con ese motivo habían venido muchos «.hermanos suyos» (ellos se llaman hermanos entre sí aunque no lo sean de sangre) a Madrid.

Deseaban de nosotros lo que él llamaba un gran favor. Nos dijo que al día siguiente llegaría a Madrid la que es superiora jefe de todos los que están aquí en la Tierra. Dijo que venía desde Singapur, vía Londres, y que habían empezado a estudiar su alojamiento y preferían que pernoctase en un domicilio particular antes que en un hotel, subordinando tal plan a que mi señora y yo aceptásemos, pero suplicándonos que no nos sintiésemos obligados en absoluto y que si preveíamos algún inconveniente o sentíamos temor, que lo dijéramos con plena libertad.

Mi señora se apresuró a decir que sí, pero que ella se sentía apurada pues nuestra casa carece de las comodidades de un hotel, pero que dormiría en nuestra cama de matrimonio y nosotros nos arreglaríamos en el sofá-cama o incluso si era preciso nos iríamos a casa de mi madre política. Yo por mi parte dije que la única preocupación era buscar una explicación por si se enteraban los porteros, aunque en realidad no era gran problema diciendo, por ejemplo, que eran amigos que conocimos en nuestras vacaciones de Málaga, de nacionalidad sueca,

DEI 98 advirtió que las que pernoctarían serían dos mujeres, YU 1, hija de AIN 368, y otra «hermana», que por lo que le diré luego, debe ser al mismo tiempo su secretaria y su doncella (luego le contaré, pues tuvimos tiempo de hablar con ella) y nos dijo además algo que nos asombró: que de ninguna manera dormiría en nuestra cama echándonos de allí. Que eligiésemos nosotros una habitación libre y que su hermana dormiría ¡en el suelo! y la otra hermana no podía estar durmiendo mientras ella, la superiora, lo hiciese.

El día 26 de mayo a las siete de la tarde vinieron ASOO 3, hijo de AGU 28, que yo ya conocía, pues me había dictado cosas para varias personas, con el mismo señor silencioso del día anterior. Llevaban una maleta corriente de cuero, muy moderna y de tamaño mediano, que creíamos sería el equipaje de las dos señoras o señoritas que viniesen. Estuvieron charlando con nosotros después de pedirnos examinar todas las habitaciones. Nos dijeron que esperaban hasta el anochecer para hacer una cosa. La superiora llegaría a las diez y media. Nos enteramos también que en la calle esperaban «varios hermanos más» y no quisieron aceptar nada más que agua.

Estaba ya oscureciendo cuando nos rogaron que apagásemos la luz del comedor y abriésemos de par en par el balcón. El que no hablaba español se quedó sentado con los ojos cerrados e inmóvil, como si estuviese hipnotizado, y el otro sacó una pluma estilográfica y ésta empezó a emitir como un zumbido continuo con altibajos, pues les estaban comunicando algo. Mientras, el otro se despertaba de vez en cuando y le hablaba en su lenguaje.

Ya había anochecido. Serían las diez menos veinte y pusieron delante del balcón la maleta y la abrieron. Mi mujer y yo estábamos sentados sin decir palabra y muy impresionados. Como frente a nosotros hay un anuncio de neón de una tienda de electricidad y electrodomésticos, se veía bien lo que estaba haciendo aunque estaban apagadas las luces. Primero miraron bien si había alguien en los balcones que aunque no caen frente a nosotros, en la otra fachada, no están lejos. Luego empezaron a sacar de la maleta unas bolitas como metálicas del tamaño de una pelota de tenis y otras más pequeñas. Yo ya había visto una meses atrás. Es algo extraordinario. Se mantienen en el aire y se dirigen a todas las alturas como dirigidas por radio. Además sacaron otras dos que aunque no se veían bien eran de una forma parecida a las de la figura n.° 2 (ver ilustración n.° 6).

En total sacarían cerca de veintitantas de distintas clases. Una a una las sacaban al balcón y como si fuesen burbujas o globos pequeñitos desaparecían hacia la calle. Por lo menos cuatro pasaron cerca del techo bordeando la lámpara y se metieron en el pasillo de la casa. Luego nos pidieron permiso y se fueron pasillo adentro y oímos abrir la puerta de la calle. Cuando volvieron, la maleta estaba vacía. A todo esto el que no sabía español manipulaba una varilla metálica con un disco en el centro (ver figura n.° 3 de la ilustración n.° 6).

A las once menos cuarto llamaron a la puerta. Lo más asombroso es que estando charlando con nosotros ASOO 3 nos dijo que ya habían llegado a la puerta de la calle, y aunque yo sé que el portal no se cierra hasta más tarde me dijeron que no era prudente que bajase a recibirla.

Salimos a abrir muy nerviosos. Acompañadas de DEI 98 venían dos señoritas. Una de ellas más alta y otra más joven y menudita. Llevaban abrigos de ante muy modernos, de color marrón la chica mayor y verde pajizo la joven que nosotros sabíamos ya que era la jefe. Por cierto que ella misma llevaba un bolso maletín de skay o plástico que ponía BEA, de las aerolíneas inglesas. No llevaban otro equipaje. Las dos eran rubias y llevaban el pelo suelto. Iban vestidas muy modernas pero discretas.

La menudita (que era la jefe), con acento inglés y hablando muy mal el español, aunque se le entendía, se dirigió a mi señora y le dijo algo así como que agradecía de corazón la hospitalidad del país España; pasamos todos al comedor, pero después de haberse despedido los dos señores de antes. En mi vida me he sentido más molesto pues cuando nos sentamos, la señorita YU 1, mi señora y yo, la chica mayor que se llamaba algo así como UU00 ciento veintitantos y DEI 98, que es el hombre que más me ha impresionado en mi vida por su inteligencia infinita, permanecieron de pie, lo cual fue muy violento; y en eso sí hago una crítica, pues aunque se acostumbre entre ellos hacia su superiora, por respeto, debieron darse cuenta que mi mujer y yo estábamos muy violentos.

Por ejemplo a mí, que no se me escapa nada, noté que cada vez que ella les preguntaba algo, ellos contestaban bajando los ojos y como si no se atrevieran a mirarla. Ella es casi una niña. No tendría ni 19 años por lo que sabemos, pero aparentaba 16. La otra aparentaba entre los 23 y los 25. Desde luego lo que más asombraba a mi mujer es que fuese ella, siendo de los más jóvenes de los que estaban aquí (en la Tierra) la que mandase, y no se le ocurrió otra cosa que decírselo. Los tres se rieron y ella nos dijo que no creyésemos que en Ummo mandan las jovencitas; que eso dependía de muchos factores.

Hablamos mucho de las costumbres españolas. Lo único que le repugnó eran los toros. No se habló nada del planeta Ummo. Nos hizo muchas preguntas sobre el régimen español; estaba enterada de muchas cosas, del referéndum y hasta de las Cortes. Yo le dije que nosotros no queríamos entender de política desde que en la guerra me mataron a mi padre los rojos.

Me quedé asombrado de lo que sabía. Mi mujer la escuchaba con timidez sin atreverse a hablar. Ella se dio cuenta y con mucha dulzura comenzó a hablar de la cocina española y de que le entristecía mucho saber que las mujeres españolas leen poco y que no se las forma intelectualmente como a los hombres y que ella estaba segura que la feminidad no se perdía jamás con una educación mayor. Luego miró sonriendo a la otra y ésta abrió la bolsa de viaje y entregó a mi mujer una enciclopedia del hogar maravillosa, con láminas en color y en español.

Cenamos allí. Mi mujer se quedó asombrada pues la forzaron a dejarse ayudar por ellas. Lo que nos asombró más es que comiesen con nosotros; se negaron a tomar vino. Ya nos habían dicho que querían una cena sobria y mi mujer había preparado de antemano patatas cocidas, huevos pasados por agua y para ellos frutas (naranjas y plátanos). Otra cosa violenta que pasó fue que suplicó tanto que al final de la cena se empeñó en lavar ella misma (la superiora) los cacharros y su secretaria se quedó de pie sin ayudar, según me dijo luego mi mujer, que por cierto le pasó la timidez y mientras secaban los platos charlaron mucho.

Yo quedé hablando en la sobremesa con DEI 98. Otra cosa que nos chocó es que antes de ponerse a cenar nos pidieron permiso para descalzarse. La señorita mayor se arrodilló y con naturalidad le quitó los zapatos a su jefa y luego se descalzaron ellos. Durante la cena se sentaron pero no hablaron mientras mi mujer no les hacía preguntas.

Lo más violento fue luego, pues muy discretamente nos pidieron permiso para retirarse. Volvimos a suplicar que se acostasen en nuestra cama o al menos en un sillón que es sofá-cama, pero fue inútil.

DEI 98 se marchó a la calle. Me enteré que iba a un hotel cercano donde había instalado una especie de centro oficial de ellos provisionalmente. Creo que con la sola misión de proteger a la señorita YU 1. Además creo que estuvieron varios dando vueltas por los alrededores toda la noche.

Digo que fue muy violento pues ni siquiera admitió que mi señora le diese una manta. Nos dijo sonriendo que iba a dormir simplemente en el suelo, en el mismo comedor. Nosotros estábamos sin saber qué hacer ni qué decir. La señorita mayor, que hablaba mucho mejor el español que su superiora, nos pidió permiso para «echar una cosa en el suelo» diciéndonos que no nos preocupásemos porque al día siguiente no se notaría nada ni estropearía las baldosas.

Sacó un cilindro como niquelado y salió una cantidad increíble de espuma amarilla que dejó una mancha grande en el suelo como si fuese barniz. No nos atrevimos ni a preguntar. La señora YU se quedó dentro y salimos nosotros tres. La otra dijo que no se acostaría; que se quedaría toda la noche de pie en el pasillo. Cuando entramos en el dormitorio estábamos tan nerviosos y preocupados que no nos atrevíamos ni a desvestirnos. No sé por qué a mi mujer se le ocurrió ponerme más nervioso diciendo que a lo mejor venía la Policía, como si estuviésemos haciendo un crimen o algo malo.

Sentados en la cama y sin hablar, a los veinte minutos va y dice que quería llamar por si necesitaban algo. Luego me lo contó. La chica mayor paseaba a oscuras por el pasillo con los brazos cruzados. En voz baja le preguntó que si era prudente despedirse de ella y preguntarle si quería algo. Le dijo que en efecto era una cortesía y que entrase sin llamar; mi mujer quería llamar con los nudillos pero la otra amablemente le dijo que no, que entrase pues seguro que no dormía todavía. Entraron las dos; el comedor nuestro tiene una mesa larga y hay otra mesita de camilla en un rincón cerca del balcón.

Estaba el balcón entreabierto y la luz apagada, pero mi mujer dice que en el suelo, al lado de ella y de la mesa de camilla, había como un disco algo mayor que una moneda de 50 pesetas que fosforescía mucho y se le veía bastante bien. Ella se incorporó y mi mujer le preguntó que si quería algo pues estaba nerviosa pensando si estaría incómoda. Dice mi mujer que llevaba una especie de bañador. Como la luz era tenue no distinguió de qué. Estaba en el santo suelo sobre la mancha amarilla. Hablaron unas palabras y salieron de nuevo.

En el pasillo habló con la otra. Estuvieron largo rato hablando bajo. Esta «señorita» resultó que estaba casada y que su marido estaba en Ummo y ella vino seleccionada a nuestro planeta. Allí en Ummo era como si dijéramos profesora de una especialidad de matemáticas y su misión en la Tierra no me la supo explicar bien mi mujer, pero parece que estaba relacionada con el estudio de la historia de los físicos que ha habido aquí antiguamente. Estando en México cometió una desobediencia y parece que estaba algo así como castigada a servir de doncella a su jefe. En fin, una historia larga.

Nos levantamos temprano.

Ellas estaban charlando ya en el comedor. Nos pidieron permiso para entrar en el cuarto de baño. Primero se bañó la mayor y YU quedó fuera hablando con nosotros. Luego entraron las dos. Lo más curioso es que mi mujer observó que no habían usado las toallas ni el jabón pese a que el baño había sido utilizado. La mancha amarilla del suelo ya no estaba. ¡Ni con lupa quedaba nada! No quisieron desayunar aunque insistieron en que lo hiciésemos nosotros.

Ocurrió otra cosa. Estando hablando YU 1 con nosotros, ia otra que estaba de pie se puso a mirar y curiosear, volviendo la cabeza, los muebles del comedor. La jovencita se dio cuenta y esta vez en su idioma le dijo algo en un tono que a nosotros nos pareció dulce, pero la mayor, UUOO, se puso colorada, le temblaron los labios y se le humedecieron los ojos. Nosotros aparentamos no darnos cuenta y seguimos hablando.

Se marcharon temprano y regresaron por la noche. No olvidaremos nunca las conversaciones que tuvimos con aquella joven. Mi mujer estaba tan impresionada que me confesó que ahora creía de verdad que fuese de Ummo. Además, el mismo día 27, DEI 98 vino a dictarme varias cosas, entre ellas unas cartas que usted recibiría. Una en la que daba la noticia de la llegada al Brasil, Bolivia y España de unas naves interplanetarias de ellos.

Me dictó más informes y dijo que seguiría haciéndolo el domingo y el martes, pues no sabía si su superiora les daría a todos la orden de marcharse y él sospechaba que sí, pues le constaba que nadie más descendería de la nave y que todos sus hermanos habían recibido órdenes de concentrarse (abandonando los demás países en que estaban) en Brasil, Bolivia y España.

Le pregunté si volverían y me dijo que ni siquiera sabía seguro si partían. Le pregunté si ella lo sabría o esperaban órdenes al llegar las naves y me dijo que no era preciso esperar las naves para conocer las órdenes (ellos llaman a las naves Oauelea ueba oemm). Y que ella lo sabía pero que no acostumbraba a dar explicaciones a los que estaban sumisos a ella. Pero que por si acaso, me dictaría él mismo algunos informes más para que en él caso de marcha los enviase a ciertas personas en determinadas fechas (por cierto, me entregó a máquina otros tres informes para tres personas que residen en París y Lyon, escritos en francés).

Al día siguiente, domingo por la tarde, regresó YU sin su hermana pero acompañada de ASOO 3 y de otro que no conocía, muy joven y que tampoco hablaba español (o no quería hablarlo). Me dieron unos paquetitos para enviarlos v un sobre para mí pidiendo que no lo abriera aún. ASOO 3 me pidió que pasase lo que pasase guardase reserva sobre mi identidad, puesto que si regresaban a la Tierra, yo y otro señor éramos los únicos enlaces en España. YU 1 se despidió de nosotros el martes por la mañana, diciendo que no dormiría más en nuestra casa y que pasaría la noche en los alrededores de Madrid. Vino DEI 98 a recogerla y subieron a un taxi cuya matrícula he apuntado. Estábamos impresionados al despedirlos. Ya no he vuelto a verlos.

Por los periódicos me he enterado de que llegó la nave. En uno de ellos vienen hasta las fotografías. Toda la noche del miércoles estuvimos mi mujer y yo paseando por la Casa de Campo y Arguelles, pues nos dijeron que era más probable la llegada el mismo miércoles que el jueves. El jueves estuvimos hasta las once de la noche por la Ciudad Universitaria y viendo que no veíamos nada, muertos de sueño nos retiramos. A la tarde siguiente nos enteramos en el diario Pueblo y compramos todos los periódicos de la tarde para saber las noticias.

Yo ya no dudaba hace tiempo pero esto, por si quedaba alguna duda, acabó por convencerme y lo mismo a mi esposa. Yo ya no sé si estoy soñando; si no fuese porque están ustedes, los que reciben mis cartas, y mi mujer que los ha conocido y mi cuñado y las noticias de los periódicos, creería que estoy loco. Esto es lo más grande que he conocido en mi vida y si no fuese porque ellos me han suplicado discreción, no me importaría ya que me tomasen por loco y decirlo a los cuatro vientos.

Lo único que me preocupa ahora es una cosa; ¿por qué se han ido así tan de repente y además todos?

El domingo 28 por la noche tuvimos mi mujer y yo con ella otra larga charla. Ella nos dio consejos maravillosos sobre las comidas, sobre cómo educar a los hijos; hablamos de los viajes espaciales de los norteamericanos a la Luna y nos contó cosas de astronomía que nos dejó con la boca abierta, hasta el punto que yo al principio me sentía acomplejado porque ella era casi una chavala; me sentí dominado por ella y no sé cómo salió a relucir todo el lío de Egipto y los judíos.

Yo le pregunté qué opinaba y nos dijo que nos tranquilizásemos, que no habría guerra mundial, pero luego se quedó como pensativa y se miraron ellas dos muy significativamente. Luego, como si se diesen cuenta que habíamos cogido esa mirada, repitió con voz segura que nos tranquilizásemos; que no habría tal guerra.

Pero yo le he dado vueltas a este asunto. ¿Por qué se marcharon todos así tan de repente?

Dicen que las ratas abandonan los barcos que luego acaban por naufragar… Ellos han estado haciendo sus estudios, me estaban dictando informes científicos y otras cosas y de repente. ¿Nos dirían eso de que no habrá guerra por tranquilizarnos, como a los niños se les mentía en tiempo de guerra, antes de un bombardeo? Ellos están muy enterados de política y de armamento. A mí, antes de la explosión de la bomba atómica china, me lo anunció DEI 98 con la hora exacta que luego dijeron los periódicos.

En fin, me he desahogado con usted, pues lo necesitaba. Pienso escribir esta noche otra carta más a otro señor de los que reciben informes.

Deseo expresarle mi amistad pues usted y yo hemos sido testigos de esto.

Perdóneme si no firmo.

Hasta aquí la carta del secretario de los ummitas en Madrid.

Este «documento», como dije, es puramente anecdótico y dista mucho de otros en los que nuestros misteriosos visitantes descienden a profundidades técnicas o filosóficas que rebasan los pensamientos de nuestros científicos y pensadores.

Como segundo ejemplo reproduciré un dibujo enviado por ellos (y publicado por el P. López Guerrero en su libro Mirando a la lejanía del Universo (Plaza & Janes) en el que detallan cuáles son sus sistemas para almacenar información, comparándolos con los nuestros.

LA ESTRUCTURA BÁSICA DE LAS MEMORIAS DE TITANIO (XANWAABUASII DIIO)

«Los computadores digitales de TIERRA utilizan generalmente una memoria central de núcleos magnéticos de ferrita y diversas unidades memoria periféricas de cinta magnética, discos, tambores o varitas con banda helicoidal.

«Todas ellas son capaces de acumular, codificados magnéticamente, un número muy limitado de “bits” (aunque las cifras sean de varios millones). Los tiempos de acceso son en cambio muy aceptables.

»Veamos ahora de un modo elemental la base técnica de nuestros XANWAABUASII (acumuladores de datos en titanio).

»El problema se planteó cuando las antiguas memorias de tipo fotoeléctrico (grandes superficies de selenio donde las cifras eran memorizadas en forma de impulsos luminosos que proyectados sobre esas láminas quedaban registrados en forma de puntos cargados electrostáticamente) fueron insuficientes, por el gran volumen exigido para su ubicación, para acumular los miles de trillones de cifras, que requerían los millones de OB-XANWAII (puede traducirse por “rutinas”) y datos numéricos de un programa de cálculo. (Nosotros no hemos utilizado nunca memorización magnetostática.)

»DAOO 6, hijo de DAOO 4, proyecta por primera vez codificar microfísicamente (ni ópticos ni magnéticos) los datos numéricos o «caracteres» con una base IBOAAYANOA (podría traducirse por “cuántica”).

«Sabernos que la corteza electrónica de un átomo puede excitarse alcanzando los electrones diversos niveles energéticos, que TIERRA denomina cuánticos. El paso de un estado a otro lo realiza liberando o absorbiendo energía cuantificada que lleva asociada una frecuencia característica. Así, un electrón de átomo de titanio puede cambiar de estado en la corteza liberando un IBOAAYA ODU (fotón), pero en el átomo de DIIO (titanio), como en otros elementos químicos, los electrones pueden pasar a varios estados emitiendo diversos tipos de IBOAAYA ODU (fotones o “cuantos”) de diversas frecuencias. A este fenómeno lo denominan ustedes “espectro de emisión característico de este elemento químico” y que permite identificarlo por valoración espectroscópica.

»Pues bien, si logramos alterar a voluntad el estado cuántico de la corteza electrónica del titanio, podemos convertirlo en portador, almacenador o acumulador de un mensaje elemental, un “número”.

»Si el átomo es susceptible, por ejemplo, de alcanzar 12 o más estados, cada uno de esos niveles simbolizará o “codificará” un guarismo del 0 al 12. Y como una simple pastilla de titanio consta de billones de átomos, podemos imaginar la información codificada que será capaz de acumular. Ninguna otra base macrofísica de memoria puede comparársele.

»Los bloques de titanio que utilizamos han de tener una estructura perfecta y un grado de pureza química de rendimiento 100%. Bastaría la inclusión de unos átomos de impureza (hierro, molibdeno, silicio, etc.), para hacer inutilizable el bloque de titanio.

»Ustedes pueden preguntarse, ¿cómo es posible el acceso a uno por uno de esos átomos del bloque para codificarlos excitándolos, o extraer la información (decodificación) acumulada?

»Un esquema o dibujo elemental aclarará las ideas. (Ver ilustración n.° 7.)

»Sobre un bloque de titanio inciden tres haces [simbolizados en el dibujo original con los colores carmín, azul y verde] de sección infinitesimal y frecuencia elevadísima, capaces por tanto de atravesar el bloque sin afectar los núcleos de sus átomos, pero sí las cortezas electrónicas respectivas; se utilizan por ejemplo frecuencias del orden de 8,35.1021 ciclos por segundo y distintas para cada haz. A, B y C son los generadores de frecuencia.

»Estas elevadas frecuencias caen fuera del espectro característico del titanio, por lo que estos haces independientemente considerados no son capaces de excitar uno a uno sus electrones corticales.

»Mas no ocurre así cuando los tres rayos inciden simultáneamente sobre un átomo específico (la H del dibujo). Entonces la superposición o mezcla de las tres frecuencias provoca un efecto de antiguo conocido por ustedes como “batido” o “heterodinaje” que da como resultado una frecuencia mucho más baja y que coincide con cualquiera de las rayas espectrales del titanio.

»El átomo es así excitado, y como los tres haces ortogonales pueden desplazarse en el espacio con gran precisión, localizan uno a uno todos los átomos del bloque.

»El proceso decodificador, obligando a la corteza electrónica a regresar a su estado cuántico inicial, se realiza a la inversa.

»Hemos de hacer las aclaraciones complementarias siguientes puesto que en un afán sintetizador hemos esquematizado infantilmente el sistema.

»1.° En la práctica se utilizan para cada átomo de titanio sólo diez estados cuánticos que corresponden a las rayas espectrales siguientes:

»Esto significa que para cada cifra codificada cuánticamente (base 12) necesitamos excitar no uno sino dos átomos (10 + 2).

»2.° Como una vez codificado el átomo queda reducido a su estado inicial, al contrario que un núcleo toroi-dal de ferrita que brinda su información, sin perder su excitación magnética, un número indefinido de veces, cada cifra codificada se repite unos cientos de miles de veces para poseer acumulada suficiente información.

»3.° Es muy importante que los átomos posean una gran estabilidad espacial en el cristal de titanio, pues cualquier oscilación térmica haría impracticable su lo-calización por los tres haces de alta frecuencia. El cristal de titanio trabaja a temperatura prácticamente igualada al cero absoluto.»

Como el lector puede ver, no se trata sólo de «mensajes» místicos exhortándonos a la paz y al amor, sino de escritos de alta tecnología.

El que he reproducido es uno entre docenas, siendo algunos de ellos bastante más complejos e ininteligibles para alguien que no haya estudiado a fondo la física moderna. Y en muchas ocasiones, como por ejemplo cuando describen la construcción y funcionamiento de sus naves y cómo logran vencer las enormes distancias siderales, los conocedores más profundos de la física universitaria no son capaces de seguir sus fórmulas y explicaciones.

Es una gran lástima que sólo un muy reducido grupo de científicos en el mundo entero se hayan preocupado por investigar algunas de las técnicas que los ummitas nos han comunicado (1). Los prejuicios y la soberbia son males muy enraizados en el psiquismo humano.

Pero a algunos que lo han hecho, les han servido muy bien para fabricar instrumentos con los que no sólo se han adelantado enormemente a su época sino que se han beneficiado económicamente.

Los últimos mensajes que se han recibido versan sobre cosas tan actuales y tan discutidas como el «machismo», algunos aspectos del dogma católico (con consideraciones que resultan demoledoras para éste), sobre el aborto, etc.

Sobre este último tema, por ejemplo, acusan a los humanos de tratarlo de una manera totalmente superficial y apasionada y en su análisis descienden a profundidades ético-filosóficas que se hacen difíciles de comprender para una mente humana que no esté muy evolucionada.

Nos dicen que en temas así hay que adoptar un punto de vista cósmico, mucho más abarcador, que no sólo tenga en cuenta las circunstancias humanas actuales de este planeta sino las de toda la creación, y por eso introducen frecuentemente en la discusión del tema términos como «involución» y «neguentropía» que para la mayor parte de los ardientes defensores o acusadores del aborto apenas si tienen significado.

Con gusto reproduciríamos alguno de estos documentos, pero en las últimas comunicaciones los ummitas nos han dejado saber que prefieren que estos mensajes se hagan circular únicamente y con discreción entre los grupos de personas más preparadas, y que no verían con agrado que se publicasen en los grandes medios de comunicación. Respetaremos sus deseos; y a los que estén más interesados no les sería difícil ponerse en contacto con alguna de las muchas personas que desde hace tiempo están más o menos relacionadas con el asunto UMMO.

Para beneficio del lector narraré otro caso que tiene cierta analogía con el de UMMO. Nos lo cuenta Carl van Vlierden en su libro UFO contact from planet Roldas. A cosmic dialogue (P. O. Box 1395, Pinetown 3600. Rep. de Sudáfrica, 1986).

Un sudafricano llamado F. Edwin W., del pueblo de Pinetown, cerca de la ciudad de Durban, convivió durante dos años como compañero de trabajo, en una empresa dedicada a la fabricación de aparatos de radio, con un individuo llamado George que provenía del planeta Koldas, uno de los 12 que componen una federación de planetas situada en un universo paralelo.

Aunque el caso suena en muchos detalles a pura ciencia ficción y nos recuerda a otros que hemos escuchado a diversos contactados, la verdad es que la persona física del tal George ha sido perfectamente comprobada no sólo por el autor del libro sino por otros investigadores sudafricanos y sobre todo por sus ex compañeros de trabajo.

George, aparte de medir casi dos metros de estatura, de poseer una inteligencia fuera de lo común y una fuerza descomunal, era en todo como un ser humano corriente y en nada se podía ver en él a un ser de otro mundo.

Pescando con Edwin, una noche de 1960, le preguntó si él creía que la Tierra era el único planeta habitado donde había seres inteligentes. Edwin le contestó que era lógico que hubiese más planetas habitados, pero que en aquel momento él no estaba muy interesado en aquel tema sino en conseguir que los peces picasen.

Unos días más tarde George volvió a insistir en el tema y le dijo:

—¿Te convencerías de que hay más planetas habitados si yo te enseñase una de sus naves?

—Si la veo claramente y compruebo que no es de este mundo, claro que me convencería.

—Muy bien. Esta noche vamos a pescar otra vez. Me vienes a buscar.

Llegados al solitario lugar en que solían pescar durante toda la noche, George sacó de su mochila un pequeño aparato de radio de los que se fabricaban en la empresa en que ambos trabajaban. Estiró unas extrañas antenas que él había modificado y en seguida comenzó a oírse una voz hablando en una lengua que Edwin no entendía.

George, que escuchaba con gran atención, le dijo entonces a Edwin:

—Dentro de unos 15 minutos tendremos un OVNI encima de nuestra cabeza.

Apenas habían pasado diez minutos cuando apareció en el horizonte una luz que avanzó hacia ellos rápidamente haciéndose cada vez mayor. En pocos instantes estaba sobre sus cabezas, aunque no a muy baja altura. El aparato de radio seguía transmitiendo aunque ahora de una manera mucho más potente. En cuando el OVNI se detuvo encima de ellos comenzó a transmitir en inglés.

Unos segundos antes, George le había dicho a Edwin que escuchase con atención.

—Edwin, te habla Wy-Ora, el comandante de esta nave. El que está a tu lado, a quien tú llamas George, no se llama así, sino que su verdadero nombre es Valdar y es uno de nosotros que está en vuestro planeta cumpliendo una labor de investigación.

Wy-Ora siguió hablando durante un buen rato sobre diversos temas relacionados con la venida de ellos y la estancia de Valdar en la Tierra y terminó diciéndole si quería dirigir un centro de apoyo a sus actividades, similar a otros 300 que ya tenían por todo el mundo.

Edwin dijo que sí y desde entonces hasta hoy ha dirigido lo que ellos llaman una «Base Q», cuyas actividades han sido ampliamente estudiadas por muchos investigadores del fenómeno OVNI. En el libro a que hice referencia con anterioridad se narra solamente una pequeña parte de ellas y se transcribe una mínima selección de los miles de horas de conversaciones con los seres de Koldas que tienen grabadas.

Estas conversaciones con las naves se hacían primeramente en un pequeño aparato de radio —que se encendía él solo en el momento oportuno— que Valdar le dejó a Edwin, cuando cierto día un OVNI lo recogió en una playa para devolverlo a su planeta. Posteriormente, cuando las autoridades —o ciertos «hombres de negro»— se llevaron el aparato, la comunicación se hacía y se sigue haciendo mediante telepatía, estando Edwin en un estado de trance que Valdar le había enseñado a practicar. (Ver ilustraciones 8 y 9.)

Como dije, las instrucciones y mensajes grabados en cintas que la «Base Q» tiene de los Koldasianos son abundantísimas y versan sobre muchos temas, aunque no descienden a tantos detalles técnicos y científicos como los informes de UMMO.

Según ellas, los Koldasianos están viniendo a la Tierra des-de los tiempos de la Atlántida. Además de las «Bases Q», dirigidas por humanos, tuvieron hasta no hace mucho tiempo alrededor de una docena de «Bases A», repartidas por todo el planeta y dirigidas por Koldasianos. Estas bases eran subterráneas, y en ellas había individuos como Valdar, al cuidado de las pequeñas naves que allí tenían para sus desplazamientos y misiones en la Tierra. Una de estas bases, situada en el Estado de Nevada (USA), fue atacada por el ejército de esta nación en la década de los sesenta, viéndose los koldasianos obligados a repeler el ataque. Desde entonces abandonaron todas sus «Bases A» y se limitan a patrullar con sus ingentes naves a gran altura por encima de nuestra atmósfera.

Una de las cosas más interesantes que Valdar le contó a Edwin fue que cierto día una de sus naves había interceptado a otra de un planeta que no es de su Confederación y que siempre les había mostrado gran hostilidad. Entre los documentos que en ella descubrieron había ciertos planes muy siniestros para los habitantes de la Tierra. Su objetivo era, desde hacía mucho tiempo, crear un clima de violencia entre los habitantes de nuestro planeta, destruir los principios morales y lograr un estado de pesimismo y caos en el que ellos podrían lograr mejor sus últimos fines.

Valdar añadió que según los mismos documentos, sus enemigos se mostraban muy satisfechos porque en los últimos años habían avanzado mucho en su trabajo.

La idea fundamental que se trasluce de todas las grabaciones es que los líderes de la Confederación de planetas quieren convencer a las autoridades de la Tierra para que entren a formar parte de su Confederación, porque esto a la larga traería muchas ventajas para ambas partes, ya que, en lo que a nosotros se refiere, ellos compartirían desinteresada y gradualmente todos sus muchos conocimientos y adelantos.

Sin embargo las autoridades de nuestro planeta, cuando en secreto han sido consultadas, o no han dado crédito a la proposición o la han rechazado. La última de estas tentativas tuvo lugar en setiembre de 1974.

Los líderes de Koldas reconocen que el hecho de haber tantas naciones y tantas discordias en el planeta, dificulta mucho su plan.

Valdar se quejaba a Edwin:

«¿Por qué los dirigentes de la Tierra son tan diferentes de otros? En otros planetas nos han recibido con los brazos abiertos… Nosotros estamos dispuestos a darles toda nuestra tecnología y a comunicarles los secretos del Universo… Sí; los grandes líderes de la Tierra saben de nuestra existencia…, pero no se ponen de acuerdo…»

Como dije, todo el asunto parece una novela de ciencia ficción, pero sin embargo está respaldado por hechos innegables que una vez más nos dejan llenos de dudas.

El gran paralelo con el asunto UMMO es que estos seres se presentan con una apariencia física muy parecida a la nuestra. Según dicen, tienen la capacidad de variar algo de modo que no infundan sospechas, pero fundamentalmente son como nosotros. De hecho alguno de ellos, que al igual que Valdar estuvo destinado en Australia, se casó con una australiana y se la llevó con él cuando le llegó el momento de volverse a Koldas.

Un caso totalmente similar lo veremos en uno de los últimos capítulos de este libro, pero en él yo tuve la ocasión de conocer a la mujer casada con el «extraterrestre».

Y digo «totalmente similar» porque en ambos casos sus físicos, incluida su exagerada estatura, eran muy parecidos. No se trataba de los típicos personajes adamskianos de largas melenas rubias y de piel muy blanca, sino de individuos con facciones ligeramente aindiadas y de piel no demasiado clara.

Todavía podría poner varios ejemplos más de contactos extraterrestres; pero por más que los datos que tenemos de planetas como IargaItibi-Ra, etc., y de abducciones y experiencias biogenéticas como las de Mirassol (Brasil) sean impresionantes y en cierta manera convincentes no podemos menos de confesar que tenemos serias dudas sobre ellos. No de la realidad de los contactos en sí ni de la veracidad de los contactados, sino de la credibilidad de los contactantes, por muy avanzados que sean. (Ver ilustración n.° 10.)

Nos da la impresión de que todas sus comunicaciones, explicaciones y mensajes son sólo pantallas detrás de las cuales se esconden los verdaderos motivos de nuestros visitantes. La explicación de estas dudas nuestras la irá descubriendo el lector en los capítulos siguientes.

(1) Una excepción la constituye entre nosotros el Ingeniero Juan Domínguez Montes que en su libro El Pluricosmos (Librería Agora) se ha adentrado sin prejuicios en el estudio de las fórmulas ummitas y de su profunda filosofía, llegando a conclusiones que tanto en el orden tecnológico como en el filosófico son capaces de enriquecer grandemente los conocimientos y el espíritu humano.