El insoportable peso del amor

Hace unos días, en un artículo en el País semanal llamado “El monstruoso monumento del amor” (11 de Febrero de 2014), Jorge Carrión escribía sobre la creciente costumbre de anclar candados en los puentes de ciudades europeas para simbolizar el amor imperecedero. Uno de los más importantes, el Pont des Arts en París. Dicha costumbre tiene su origen genealógico en un libro de Federico Moccia (Tengo ganas de ti) y viene siendo imitada consciente o inconscientemente desde entonces por los miles de enamorados que pasan algunos días por la capital francesa.
En el artículo, cuyo posicionamiento es bastante evidente teniendo en cuenta su título, Carrión se queja de que esa “costumbre” adquirida de los enamorados contemporáneos no repercute más que en un empobrecimiento estético y sentimental de uno de los lugares emblemáticos de París. Es del Pont des Arts del que hablaba Cortázar en su Rayuela; o en el que Cartier-Bresson tomó una de las fotos más célebres de Jean Paul Sartre; toda esa memoria borrada por el libro de Moccia, propulsor de esa fea costumbre de poner candados en los puentes.

Pero es quizás justamente esa frontera entre el conocimiento y el desconocimiento, entre la consciencia y la inconsciencia, lo que en el artículo se llama “desmemoria”, lo que parece finalmente más interesante de esa nueva moda, pues ejemplifica a la perfección la vitalidad y constante capacidad de renovación de las ciudades. Como, de una anecdótica y trivial contingencia, surge símbolo, un lugar, un espacio nuevo que se sostiene por sí mismo a través de una mitología propia. Ese mecanismo, ese azar en la concatenación de hechos aleatorios, permite justamente rehuir de la esterilidad de la ciudad-museo, a la vez que pone de manifiesto las dificultades existentes a la hora de analizar, estética o políticamente, una intervención en el espacio fuera de la autoridad del campo del arte y de sus instituciones, los museos.

Esa “monstruosa” instalación colectiva, espontánea y definitiva, puede leerse también como una buena muestra de arte participativo: una intervención que deterritorializa el espacio creando nuevos escenarios y símbolos urbanos, donde antes no los había, o donde antes había otros distintos. La lectura que aparece en el artículo puede efectivamente dar buena cuenta de la “masa turística global”, pero esa visión a su vez no deja de ser un tanto reduccionista por parcial. Mientras que “Sabrán Meritxell x Josep Lluís quienes son Moccia, Sartre y Cortázar” suena, por el contrario, a puro elitismo cultural. Si bien Carrión acierta a identificar esa transformación del espacio público en “ámbitos de performances y espacios colectivos”, parece no poder evitar una lectura tristemente letra-herida de una ciudad como París, en la que parece buscar postales sentimentales de una ciudad que ya no existe.

 

El “souvenir invertido” no es una derivación o transformación de la peregrinación fetichista sino que obedece a leyes distintas. Ni mucho menos es tampoco un ritual nuevo (ver las inscripción de Byron en el Partenón griego). Ese ritual, esa intervención, debe entenderse paralelamente a sus posibles orígenes fetichistas, porque crea un mundo nuevo que le aleja de su origen. “Si cometen ese error [ir a ver el Pont des Arts], no reconocerán el puente: ni luz de olivo ni ceniza ni magas ni filósofos existencialistas, solo cientos de miles de candados, cada uno con los nombres de una pareja y su corazoncito. Son tantos que las autoridades parisienses han alertado sobre el peligro de que la estructura se esté resintiendo por el insoportable peso del amor”. Con esa crítica técnica y estética pasamos por alto algo mucho más interesante: ese “insoportable peso del amor” ya es en sí mismo una perfecta interpretación de los candados del Pont des Arts que justifica su monumento.

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