Arxiu del mes: octubre 2012

Carta al señor Juan Luis Cebrián

dimecres, 3/10/2012

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He leído con atención su artículo en el periódico El País “Escolta, Catalunya”. He sido lector diario de El País desde su creación hasta hace un tiempo, cuando poco a poco advertí que este periódico se iba apartando, a mi modesto entender, de su espíritu fundacional.

Le agradezco de entrada que por fin haya usted reaccionado. La manifestación de Cataluña del 11 de septiembre seguramente le ha hecho reflexionar. Pero no se equivoque: los hechos vienen de lejos. Si su periódico hubiera sido más permeable a Cataluña seguramente se habría dado cuenta antes.

Plantear que la independencia es una “quimera” o una “ensoñación” es solamente un prejuicio. La realidad es que una parte creciente de Cataluña quiere ser tan independiente como España. No nos hagamos trampas al solitario.

Se equivoca usted cuando afirma que el éxito de la manifestación se debe “a la habilidad que han tenido los líderes nacionalistas para adjudicar la culpa de la crisis económica” al gobierno de España. Aunque algo pueda haber de ello, el cabreo viene de lejos, cuando no había crisis económica. Lo cierto es que Artur Mas intentó convocar una manifestación para el 11-S para favorecer el Pacto fiscal y la ola le ha pasado limpiamente por encima destrozando toda su estrategia para la legislatura y obligándole incluso a convocar nuevas elecciones. No piense, además, que los catalanes tenemos unos líderes tan buenos y potentes como para conseguir que tantos catalanes vayan a una manifestación engañados.

Usted afirma: “Sometidos a la propaganda del populismo rampante, olvidaban que su dinero (el derivado de los impuestos) no es en realidad de ellos, sino de todos”. Lo mío es mío y lo de ellos es de todos. No hace falta insultar a las voces contrarias tildándolas de “populismo rampante”, y hay una parte de razón –pequeña o grande, pero una parte– en las demandas catalanas. La mayoría del Parlamento de Cataluña ha pedido muchísimas veces la publicación de las balanzas fiscales, algo que en cualquier democracia sería inconcebible no hacer, y cuando por una vez se hizo se pudo ver que efectivamente las fuerzas políticas catalanas tenían razón. Se puede discutir si el déficit fiscal es de 16.000 millones de euros o menos, pero lo que es incomprensible es que Cataluña pierda ordinalidad en el reparto final. ¿Por qué no se ha discutido cómo arreglarlo al menos en parte? En democracia no se puede apelar a la falta de transparencia del destino de los impuestos.

No me parece tampoco coherente defender que País Vasco y Navarra tienen derecho al concierto económico porque suponen una “devolución de los fueros”. ¿En qué quedamos? Cataluña también tuvo fueros, los llamamos “Constituciones catalanas”, lo que usted no puede argumentar es que para ellos se puede hacer una excepción pero con Cataluña no porque “haría inviable el Estado mismo”. ¿Qué clase de argumento es ese? ¿No se da cuenta de que alimenta la idea de que España es una rémora para Cataluña? Menos mal que no utiliza el argumento del Tribunal Constitucional cuando afirma que el Decreto de nueva planta de 1716 es la razón por la que Cataluña no puede reclamar el concierto económico. Un gran argumento para favorecer los planteamientos de los nacionalistas más radicales y un argumento que da pábulo a la idea de que hay derechos históricos. Los muertos mandan sobre los vivos. ¡Brillante!

Utiliza una cita de Tuñón de Lara fuera de contexto y de forma desafortunada ya que parece una amenaza inquietante: “no excluye la coacción física”.

Coincido con usted en que el catalanismo hunde sus raíces en una cultura multicentenaria, ya que existe Generalitat de Catalunya desde el siglo XIII. También coincido con usted en citar a Francisco Pi i Margall como fuente de inspiración del federalismo y del progresismo español (su feudo, mi ciudad, Sabadell, de la que fue repetidamente diputado). No así en el juicio que hace de Prat de la Riba, un hombre profundamente conservador y nada federalista.

Utiliza unos términos muy duros, por ejemplo, cuando afirma que “la República Española se apresuró a cortar este conato independentista y lo recondujo hacia la aprobación de un Estatuto de Autonomía”. Es cierto que Francesc Macià proclamó la República catalana, pero no es menos cierto que de parte de la República Española se mandó ni más ni menos que a Fernando de los Ríos, a Marcel·lí Domingo y a Luis Nicolau d’Olwer para negociar una salida. Nótese que esto es como si hoy desde Madrid se mandara una delegación formada por Ignacio Escolar, Carod Rovira (biógrafo de Domingo) y Roca Junyent. No utilizaron términos como “nos hemos cepillado el Estatut” sino que con un gran conocimiento sobre la historia de Cataluña propusieron recuperar elementos de la rica tradición institucional catalana como el gobierno de la Generalitat. ¡Qué diferencia, señor Cebrián!

Cuando usted afirma que “Cataluña no ha tenido ni tiene poder político suficiente para separarse de España, y no lo hará” no se da cuenta de que estos argumentos ya no valen. No se trata de tener poder, sino de voluntad de ser. Si la mayoría de catalanes quiere separarse de España ¿cuál será la respuesta democrática?

No entiende usted lo que pasa estos días en Cataluña. El presidente de la Generalitat no quería la independencia, quería el Pacto fiscal. No se equivoque, la gran manifestación ha sido un gran tsunami que le ha obligado a rectificar. Y, claro, la escasa visión política de una clase política española incapaz de no ver lo que no quiere ver hace el resto. Ejemplo claro de lo que digo es la actitud de TVE de llevar a noticia número cinco la manifestación del 11-S. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Tampoco entiendo la expresión de que el catalanismo “amenaza con despertar a la fiera del nacionalismo español”. Este tipo de amenaza es lo que los catalanes de 50 años para abajo no están dispuestos a aceptar. Se ha acabado el miedo, señor Cebrián.

Una determinada parte de España se parece a veces a la Iglesia católica, empeñada desde siempre en hacer católicos a hostias. España parece también querer hacer españoles a hostias. ¿Y si se prueba otra forma?

No entiendo su afirmación de que el señor Mariano Rajoy ha sido prudente, señor Cebrián. Rajoy es un avestruz que en vez de arreglar un problema plantea que no hay camino de salida. Por otro lado, alabo su valentía al proponer una reforma de la Constitución, más vale tarde que nunca. Pero no ayuda en nada analizar a los manifestantes catalanes despreciándolos como productos de la “mente calenturienta”.

No sé por qué da por supuesto que una separación de Cataluña de España supondría salir de Europa, ni por qué España vetaría la reentrada de un pueblo hermano (expresión de Francesc Macià en la misma proclamación de la república de 1931) para que sufriera una “decadencia galopante”.

Quien esto le escribe ni fue a la manifestación, ni se considera nacionalista. Soy un federalista partidario de entenderse con los otros pueblos de España pero que poco a poco ha visto cómo todas las posibilidades de entendimiento se han ido desvaneciendo por la cerrazón de una clase política y mediática madrileña incapaz de entender cosas obvias. Una de ellas y principal: que Cataluña es una nación. Todos los partidos del antifranquismo catalán, TODOS, estábamos de acuerdo en eso. Hay que tener presente que los residuos franquistas en Cataluña son mucho menores que en España. Véase, por ejemplo, el peso electoral residual del PP en Cataluña.

No entiendo la miopía política de la izquierda española. Cuando se planteó la reforma del Estatuto, Pasqual Maragall no realizó una maniobra táctica, como ustedes en El País entendieron, era una gran ocasión histórica de plantear un federalismo asimétrico. Como usted sabrá, el federalismo español es asimétrico porque es librepensador. Porque surge de un principio rector pimargalliano de republicanismo liberal construido a partir del ciudadano, añadiendo además el método de “tradición pasada por el tamiz de la razón”. Si se hubiese respetado el Estatuto que salió de Cataluña, no habría pasado nada. Se habría llegado al concierto económico en quince años y toda una generación de federalistas e independentistas se hubieran dado por satisfechos. Lo laminaron primero en Madrid con una visión de murciélago y luego se aceptó la resolución de un impresentable Tribunal Constitucional que no cumplió ni sus propias normas y que dio una interpretación contraria a padres de la Constitución como Roca Junyent. Al final terminó cercenando la parte fundamental del Estatuto reformado y del anterior. Acabó humillando a todo un pueblo que lo había votado en referéndum. Por eso la gran manifestación de hace dos años. Ustedes en El País lo consideraron un tema menor desoyendo la significación de la manifestación. Pasó una gran oportunidad para la izquierda española. Faltó visión. ¿Por qué Felipe González no salió a defender el federalismo asimétrico y la reforma de la Constitución en aquellos días? Solo Santiago Carrillo entendió su significado acudiendo a la cita del Ateneo cuando se presentó el Estatuto en Madrid.

Ahora, mal que me pese, llegan tarde. Los federalistas estamos ya en franca minoría, emparedados entre el independentismo y una muralla de indiferencia en el resto de España. Nosotros hemos fracasado, pero a la izquierda española es posible que en el futuro le falte la izquierda catalana, imprescindible siempre en todos los intentos de convertir España en un país decente desde 1820.

Pienso que un demócrata tendría que decir lo mismo que Vicente del Bosque y además, en caso de establecerse un estado catalán, propondría que España votara a favor de su reingreso en la UE y establecer una rápida sucesión de acuerdos fraternales de colaboración.

Creo sinceramente que es tarde pero El País podría participar en el intento de crear un escenario federal real. Primero repensado su edición de Cataluña –¿no la podrían hacer en catalán? Hasta el conservador diario La Vanguardia les ha adelantado por la izquierda. Segundo, haciendo pedagogía de Cataluña como una nación y por tanto sujeta a la posibilidad de decidir en consulta o referéndum su futuro. Y tercero planteando qué quiere decir un estado catalán dentro de España.

No soy nadie ni represento a nadie pero aquí van unas sinceras reflexiones.

Jordi Serrano Blanquer

Historiador y ciudadano sabadellense