Carta a mi amigo cubano

Kasani (Perú), enero de 2016

 

Estimado amigo cubano,

¿Qué bolá? Hace rato quería escribirte. Notaba que te debía cuatro letras desde el día que pisé tu hermosa tierra por primera vez, aquél día que me recibiste con tu enorme sonrisa y la puerta abierta, ¿recuerdas?. Si no lo hice antes es porque tenía miedo de no poder plasmar todo lo que siento cada segundo que te pienso. Y ahora me atrevo no sé muy bien por qué, porque mis miedos siguen sin evadirse.

Te escribo desde Kasani, en Perú, en el punto fronterizo con la vecina Bolivia. Justo ahorita estoy cruzando el paso aduanero. Un airecillo agradable aliña uno de los atardeceres más lindos que he visto en mi vida. El sol está a puntico de dejarse amar por las profundidades del lago Titicaca. ¿Lo estás viendo conmigo?. Es relindo, ¿verdad?. No tengo frío, pero tampoco me sobra la chaqueta. Dejo que la brisa me acaricie la piel y disfruto del cosquilleo.

Ésta de ahora es la cuarta frontera que cruzo en 20 días. Desde que le dije “¡Hasta pronto!” a tu preciosa Habana me he recorrido Brasil, Argentina, Bolivia y ahora me inmerso en los entresijos que me depara el Perú. Tres de las cuatro las crucé por tierra, y, déjame decirte, que fue un puro trámite, incluso para alguien como yo, que no está acostumbrado. “Buenos días, ¿cómo le va?”. “Aquí, seguimos caminando”. “¿Cuántos días va a quedarse?”. Y otro sello en el pasaporte para seguir coleccionando, después de una cola más o menos larga.

Hoy, sin embargo, al estar en esta cola me acordé de ti. Te tuve presente todo el rato y supongo que es por eso que decidí escribirte. Intenté ponerme en tu lugar. Pero no lo conseguí. Y, desgraciadamente, no lo conseguiré jamás.

Te imaginé en Costa Rica, justo intentando hacer lo que hago yo ahora para cruzar la frontera a Nicaragua, para seguir con tu largo viaje hasta tu nueva vida de sueño americano. Vi tu cara, junto con la de los 8.000 compatriotas que te acompañan, al ver la puerta cerrada al tan anhelado y a la vez temido autoexilio.

Ahora miro a mi alrededor y veo los cerdos y las vacas, que no entienden de administraciones, ni fronteras, ni políticas, y que campan a sus anchas cada día de un lado para otro. ¿Viste qué gracioso? Ahora es una hora menos que hace apenas 100 metros. Ellas tampoco se percatan de eso. Las vacas, digo.

Recuerdo a mi amiga cubana, tu alma gemela del preuniversitario, ¿te acuerdas?. El otro día era su cumpleaños. Me decía que le gustaba mucho cumplir años pero que de un tiempo pa’cá que se dio cuenta que no sabía a quien llamar, más todos, como tu, se habían ido para no regresar. No te preocupes, lo pasamos bien, pero se podía oler su nostalgia desde bien entrado el malecón.

Pues ya más nada. Siento no poder entenderte. Siento no ser capaz. Y siento sentirlo y no poderte ayudar. Te deseo lo mejor, estimado amigo cubano. Yo seguiré amándote a ti y a tu tierra, tan llena de amarguras y contradicciones, y de sonrisas y puertas abiertas.

Nos vemos algún día, en alguna parte de esta pinga de mundo que te tiene a ti, y me tiene a mi, y a nuestra incapacidad de más nunca poder entendernos.

Buena suerte, amigo.

 

Mar.